sábado, 30 de septiembre de 2017

Conceptos erróneos acerca de Dios

“Las rocas, las montañas, los árboles, las nubes, los planetas, las estrellas, y los soles, son hechos. El mundo que nos rodea es un gran mundo de hechos; pero dentro de nosotros hay otro mundo: nuestros pensamientos, sentimientos, actos voluntarios, y nuestro propio sentido o conocimiento interior; en resumen, nuestra personalidad humana, el mundo interior contrastado con el exterior, es también un mundo positivo, puesto que conocemos las cosas que nos rodean lo mismo que las que están dentro de nosotros” (Mullins).
Así tenemos el mundo de la materia y el mundo del espíritu. Vamos a examinar las teorías que los unen bajo distintas ideas.
(1) El panteismo. El padre del panteísmo moderno fue Benito de Espinosa, quien nació en Holanda en 1632. El enseñaba que no hay más que una sola substancia universal e impersonal, y que la materia y el espíritu son atributos de ella. Contienen todos los atributos de la perfección, pero siendo nosotros imperfectos y limitados, no podemos ver sino dos de ellos, que son el pensamiento y la extensión; el primer término significando el mundo interior, y el segundo el mundo exterior. Sin embargo, dice el panteísmo, no son dos sino una sola cosa.
Dice que la materia (o la extensión) puede existir en distintos modos, es decir, en reposo o en movimiento. El espíritu o pensamiento también tiene sus dos modos: el intelecto y la voluntad.
Para el panteísta, Dios no es una Persona, porque la personalidad implica limitación; sino que él es la base de todas las cosas, y cada cosa que existe es solamente un modo o un atributo de él. El no creó el mundo, y el universo no es un efecto del cual él sea la causa, porque esencialmente él es el mundo.
Alguien ha dicho que para el panteísta si se llama a Dios la causa del universo, es sólo “como la manzana es la causa de su color rojo; como la leche es la causa de la blancura, la dulzura y la liquidez; y no como el padre es la causa de la existencia de su hijo, o como el sol es la causa de su calor” (Weber).
No podemos aceptar el panteísmo, porque su creencia radical no es lógica. Cuando dice que no hay más de una sola substancia en todo el universo, se aleja de los hechos conocidos. No podemos conocer un pensamiento sin una persona, y el panteísmo niega la personalidad. Niega la relación de la causa y el efecto, y también otra ley de la ciencia que enseña que debemos dejar los hechos como los encontramos. No podemos ver la personalidad en nosotros mismos y al mismo tiempo negarla en la gran substancia unificadora.
El panteísta no puede reconocer la diferencia entre lo bueno y lo malo, porque si un hombre es una parte de Dios, todos sus actos son actos de Dios. Esta creencia hace al hombre igual con las plantas y los astros, y no hay libertad ni albedrío, sino que todo se manifesta motivado por el principio interno de la gran substancia unificadora, y eso quita todo refrenamiento de los actos humanos.
Después de ver este desierto y sequedad moral, ¡qué refrigerio nos da mirar el paisaje que nos delinea la Palabra de Dios! Comenzando con nosotros mismos, podemos probar que tenemos la personalidad, la conciencia moral y el libre albedrío. Conocemos lo bueno y lo malo, y sabemos que somos responsables de cada acto, palabra y pensamiento. En cuanto a los hechos del universo, la única hipótesis que puede satisfacer todos nuestros anhelos y explicar todos los hechos es la de un Ser supremo que nos hizo a nosotros y del mismo modo a las demás cosas, quien es una PERSONA a quien podemos conocer y con quien podemos tener comunión.
En nuestro estudio del panteísmo hemos visto su explicación errónea de los dos mundos (el exterior del universo, y el interior del pensamiento), diciendo que los dos son el exterior y el interior de una sola gran substancia unificadora que incluye a Dios y a todo el universo. Ahora vamos a notar brevemente dos teorías erróneas que se basaron sobre los dos mundos ya mencionados: la primera se designa con el nombre de idealismo, y la segunda materialismo. La primera enseña que el pensamiento es todo e incluye todo lo que existe, y la segunda dice lo mismo acerca de la materia.
(2) El idealismo. Se encuentra en algunas de las teorías de los hindúes en la India. Buda enseñaba, y muchos de los hindúes modernos afirman, que toda la diferencia que vemos entre las cosas existe solamente en nuestro pensamiento. Por ejemplo, veo en un rincón de la casa una cuerda arrollada, y me parece una serpiente. Es a causa de poca luz, o en otras palabras debido a mi ignorancia, que para mí es una serpiente. Al recibir más luz yo sabré que la serpiente no existe. El punto débil de este razonamiento es que aunque no hay serpiente, la cuerda sí existe. Ellos no se fijan en esto.
Los hindúes llevan esta teoría hasta el punto de creer que no existe nada, y vemos así de dónde sacó la Ciencia Cristiana muchas de sus ideas. Los hindúes enseñan que lo que se necesita es el gyán, o el conocimiento perfecto; y ellos se sienten en meditación inactiva hasta llegar a conocer (así dicen) que no existe nada, y éste es el estado perfecto llamado por los budistas nirvana: cuando uno sabe que todo es pensamiento, con la entrada de más luz y conocimiento podrá comprender que en realidad no hay nada que exista.
(3) El materialismo. La teoría que encontramos más a menudo en los países occidentales es el materialismo, que en vez de comenzar con el pensamiento, comienza con la materia o el átomo. Dicen que este pequeño granito de materia, juntamente con la fuerza y el movimiento, edificó todo el universo. Niegan un Ser inteligente que dirigió todo ese desenvolvimiento, y cuando preguntamos entonces cómo sabían los átomos arreglarse para hacer planetas, animales, plantas, hombres y todas las cosas que vemos en derredor, dicen que todo se hizo por la casualidad, por suerte, o por necesidad.
Es casi increíble que hombres inteligentes pudieran sostener una teoría tan baja de sus prendas elevadas, pero así es. Uno de ellos escribió: “Todo estudiante de la naturaleza debe, si piensa consistentemente, llegar a la conclusión de que todas las capacidades comprendidas bajo el nombre de actividades del alma son sólo funciones de la substancia del cerebro, o expresándome en términos más rudos, que el pensamiento tiene con el cerebro la misma relación que la hiel con el hígado” (Vogt).
¿Qué podemos decir al materialista? Primeramente que su punto de partida no es material sino mental. Habla del átomo, de fuerza, y de movimiento, que son meras abstracciones de la mente, que nadie jamás ha visto ni con los más potentes microscopios. Estas construcciones mentales demandan, pues, una mente con existencia previa; en otras palabras, implica la inteligencia superior y suprema de Dios.
En resumen, podemos decir que esta teoría hace al hombre un autómata. Niega lo que bien conocemos, como la voluntad, la conciencia, el poder mental de selección, el intelecto, el conocimiento, y la misma personalidad. Con mil pruebas podemos demostrar que la mente es superior a la materia, lo que el materialismo niega. Dice que todas las cosas vinieron de la materia por la generación espontánea, y ésta nunca ha sido comprobada.
Notemos que la mente usa la materia; pues, ¿no es la mente superior y distinta de ella? Vemos también el instinto religioso en el hombre, y como siempre le sugiere la idea de DIOS y no de los átomos. El materialismo no se puede probar en ninguna manera, y está en contra de todos los hechos de la ciencia.
(4) El agnosticismo. Otro enemigo del evangelio es la teoría del agnosticismo, cuyo nombre le fue dado por el profesor Huxley. El agnoticismo se puede describir como una actitud de la mente que niega la posibilidad de conocer a Dios o de saber la verdad acerca del universo. Hay grados en esta ignorancia, porque algunos de sus seguidores dicen que no sabemos y no podemos saber nada. Niegan la validez y la realidad de todo conocimiento, negando las demás.
Hay algo en esta creencia parecido a la teoría de los hindúes que hemos notado anteriormente. Ambas nos conducen a un desierto espiritual, sin vestigio de vida. Cuando se les presenta a los agnósticos los hechos del mundo interior y exterior, responden que lo que perciben nuestros sentidos es sólo conocimiento de la apariencia de las cosas, y no de la realidad detrás de ellas. Confiesan que probablemente haya una causa, pero la llaman incognoscible (que no se puede conocer). Al explorar el punto con ellos más adelante, dirán que no saben (y no se puede saber) si esa causa detrás de todas las cosas sea Dios, o la materia, o la substancia universal del panteísmo. Tienen una teoría extraña que nuestra mente cambia todas las cosas que llegan a ella, de tal modo que no podemos ver ninguna cosa como está en realidad, sino que la vemos cubierta con una máscara hecha por nuestro propio pensamiento.
Esta influencia venenosa de la mente cubre toda la naturaleza, sea de plantas, rocas, árboles, hombres o mujeres, y nos hace imposible ver la realidad de las cosas, lo que los agnósticos llaman incognoscible, o imposible de ser conocido. ¿No están los ciegos guiando a los ciegos?
Al tratar con los agnósticos es bueno pedirles una prueba de cada teoría que nos traen, porque en verdad no hay una sola prueba que ellos puedan presentar, por cuanto todas sus ideas son hipótesis y conjeturas sin la más mínima base de verdad. Alguien ha dicho: “Cuando el agnóstico dice que el universo manifiesta una fuerza incognoscible, se contradice a sí mismo: si el universo se manifiesta así, revela la fuerza oculta.” ¿Cómo sabe él que hay una cosa incognoscible? Si lo sabe, entonces es cosa conocida.

El agnóstico no niega la existencia de Dios, sino que afirma que no podemos conocerle; y esto en efecto lo niega, porque si hay un Dios omnipresente, omnisciente y omnipotente es imposible que sus criaturas no le conozcan. De este modo todas las teorías del agnóstico se pueden reducir al absurdo. Esta creencia lleva el alma a una desolación total.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La Existencia de Dios

Nadie puede proteger ni defender lo que no tiene. La fe que Judas nos exhorta a defender con tesón fue entregada a los santos, y ellos la han dado a nosotros en las Santas Escrituras (Judas 3). Vamos pues a mirar algunas de las verdades cardinales de nuestra fe, y a notar cómo ellas han sido defendidas durante los siglos pasados. Los argumentos principales para probar esas verdades son los mismos hoy que en los días de los padres apostólicos, quienes se valieron de ellos en sus escrituras; pero cada siglo de experiencia añade más fuerza y más claridad a ellos.
Puede haber dos clases de evidencia, a saber: evidencia demostrativa (como las pruebas matemáticas), y evidencia moral. Es claro que no se puede usar la primera clase para verdades espirituales, pues los argumentos en defensa del evangelio son siempre morales. Hay dos clases de esta evidencia moral, es decir, la exterior y la interior. Las pruebas exteriores se basan en el testimonio y el razonamiento. Las pruebas interiores se basan en las experiencias del cristiano. Su religión es de la cabeza y también del corazón.
Estúdiese Romanos 1:18–25 para ver que en un tiempo los hombres conocían a Dios; pero a causa de la entrada del pecado en el mundo muchos quisieron negar su existencia y no retenerlo en su conocimiento. Ahora vamos a notar algunos de los argumentos para la existencia de Dios, no usando la Biblia sino tratando únicamente de la materia en lo exterior y de la naturaleza humana en lo interior. Hay muchos argumentos, pero para más brevedad vamos a resumirlos en los cuatro más importantes:
(1) El argumento ontológico. Este fue formulado primeramente por el obispo Anselmo, quien decía: “Credo ut inteligam” (Yo creo para que yo entienda). Demuestra que tenemos una idea de un Ser perfecto y supremo, y no nos es posible imaginar nada más grande que él. La idea de Dios no podía entrar a la mente del hombre si esa mente no tuviera su origen en él. La mera idea de Dios se nos hace posible porque él mismo está detrás de esa idea. La naturaleza responde a nuestros pensamientos de ella, y nuestros pensamientos responden a ella, por lo tanto ambos deben haber sido hechos por una mente infinita. Es lógico y creíble que este Ser supremo exista.
(2) El argumento cosmológico. Santo Tomás de Aquino fue el originador de este pensamiento entre los cristianos; antes de su tiempo había sido empleado por el filósofo griego Aristóteles. Se basa en el hecho del universo —todo lo que vemos en nuestro derredor. Este universo no se hizo a sí mismo, porque cada efecto requiere una causa. Lo relativo demanda lo absoluto. Estamos conscientes de todas nuestras acciones, y sabemos que somos responsables de ellas. En otras palabras, nuestro libre albedrío es la causa de ellas. Debe existir, entonces, una causa de todo lo que vemos en el universo, incluyendo los seres inteligentes y libres, y aquella primera causa debe ser libre y superior a ellos.
“La electricidad es generada por el calor; el calor viene del carbón; el carbón de las antiguas selvas; éstas obtuvieron sus propiedades de los rayos del sol; el calor solar es alimentado de alguna manera misteriosa, probablemente por meteoros, y así, sucesivamente hasta el principio. Ahora, el calor, el carbón, las selvas, y la luz solar —todos los términos mencionados en la serie anterior— son parcialmente causas y parcialmente efectos. De manera que de cada uno debe darse cuenta por alguna cosa anterior. En ninguna parte en el reino ilimitado de la naturaleza material se ha descubierto todavía alguna cosa que sea totalmente causa. Los átomos o fuerzas fundamentales no han sido descubiertos sino supuestos. Sin embargo, aun ellos necesitan una causa anterior para ponerlos en movimiento” (Mullins). No es posible imaginar este universo iniciándose sin la primera gran causa, es decir, Dios.
(3) El argumento teleológico. Se basa éste en el orden y designio que se manifiestan en todo el universo. Hemos visto que necesitamos un principio causante, y ahora pasamos adelante a notar que el orden de todas las cosas demanda una causa inteligente que lo diseñó todo. El filósofo Sócrates lo ilustraba por una estatua. Al verla sabemos que tuvo un hacedor y que una mente inteligente la diseñó antes de esculpirla.
Si aceptamos el orden y el diseño en las obras humanas como pruebas de que hubo una mente inteligente detrás de ellas, ¡cuánto más debemos hacerlo con respecto a las obras de Dios! El salmista dice: “El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?” (Salmo 94:9). Cuando vemos el rayo de una rueda, no pensamos en él como un fin en sí mismo, sino en relación con la rueda entera. Ese rayo fue hecho para llenar un determinado lugar, y fue adaptado para ello exclusivamente. No tiene valor en sí mismo sino como una parte necesaria de la rueda.
El orden perfecto que observamos en toda la naturaleza nos habla del designio del Creador, y sin ese orden y designio el universo sería un caos. Todas las cosas fueron designadas para algún fin especial, y cada una llena su propia esfera o círculo de acción sin chocar con otras ni perjudicarlas a ellas. Podemos resumir este argumento diciendo que notamos en todo el universo el orden, el designio, la intención, y el ajuste perfecto de toda la creación, revelando la mente diseñadora del Arquitecto. Testificamos con Pablo que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).
(4) El argumento moral. Este se basa en la conciencia del hombre y su conocimiento de la ley moral, o la distinción entre lo bueno y lo malo. Con este argumento incluimos los que se han llamado argumentos humanos, y también los de la experiencia —en fin, todos los argumentos que podemos sacar del ser humano y sus experiencias. Este argumento moral es irrefragable, porque cada hombre sabe lo que tiene adentro de su ser, reconoce la supremacía de la conciencia entre sus facultades, y siente la responsabilidad moral de todas sus acciones.
Este sentido del deber implica una relación personal a un gobernador o legislador. Si su conciencia le remuerde al hombre por haber hecho mal o quebrantado alguna ley, es claro que alguien hizo esa ley, algún ser supremo que tenga autoridad sobre toda la raza humana. Cuando hace bien, el hombre siente una paz y tranquilidad en su alma; y cuando hace mal todo es confusión, vergüenza y temor en su ser. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
“Por medio de las operaciones de la conciencia discernimos que estamos sujetos a un Legislador justo que premia y castiga. Somos así puestos en contacto con la actitud moral del Ser en quien vivimos y nos movemos. Hay adentro de nosotros un testimonio inmediato e innegable a su santidad y justicia” (Fisher).
Para resumir lo que nos pueden probar estos cuatro argumentos, podemos afirmar que el argumento ontológico nos prueba que la existencia de Dios es cosa creíble; el argumento cosmológico nos asegura que de todo lo que existe hubo una causa primera, un Ser Supremo; el argumento teleológico prueba que en todo el universo hay orden, designio, intención, y ajuste, que hacen preciso un Ser inteligente y racional que lo diseñó todo; y el argumento moral demuestra que de nuestro propio ser y de las experiencias humanas sabemos que hay un Gobernador y Legislador que es santo, justo, y absoluto en su gobierno.

“El principio causante es fundamental a cada uno de los argumentos. La prueba de la evidencia de la voluntad en la naturaleza indica una causa eficiente; que el diseño es una causa de propósito, y que la conciencia es una causa moral. Obsérvese además, el contraste entre los teístas (los que creemos en Dios) y los que niegan su existencia. Estos últimos buscan las formas más bajas posibles de existencia —materia, fuerza, o algo más— y explican todo lo más alto en conceptos de lo más bajo. El teísta invierte el proceso: explica lo inferior en la naturaleza en conceptos de lo más elevado. Los unos están por debajo del nivel personal, mientras que los otros están en ese nivel” (Mullins).