jueves, 12 de abril de 2018

La Resurrección de Jesús

Vamos ahora a considerar el milagro de milagros, el punto central de toda la predicación de los apóstoles, y aquí podemos aventurar todos nuestros argumentos, diciendo con Pablo que “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). No sólo los amigos, sino también los enemigos de Jesús en todos los siglos, han reconocido que su resurrección de entre los muertos fue el hecho de mayor importancia en su historia; y por eso lo han atacado con furia indecible. El destrozar la fe en su resurrección es destruir la fe en todos sus milagros.
Primeramente, notemos lo que dice la Biblia acerca de la resurrección de cuerpos muertos:
(a) Era la esperanza de los santos en el Antiguo Testamento que después de la muerte sus cuerpos serían resucitados a una vida eterna con Dios. La expresión que “fue recogido a su pueblo” o “fue reunido con sus padres” usada tan a menudo para describir la muerte, incluye en sí la fe de una resurrección final que todos los justos estaban esperando en el lugar de los espíritus, llamado Seol en hebreo, y en griego Hades.
Abraham es el primero de quien se relata con claridad la fe de resurrección (Génesis 22:5; Hebreos 11:17–19), aunque esa fe está implícita en los nombres dados por Adán a su esposa y por Lamec a su hijo (Génesis 3:20; 5:29). Los santos del Antiguo Testamento no tenían la claridad que nosotros hemos tenido desde la resurrección de Cristo; y sin embargo, ellos guardaban una fe firme en otra vida después de la muerte (Hebreos 11:9; Génesis 49:18; Job 14:14; 19:23–27; Isaías 26:19; Daniel 12:2, 13; Isaías 13:14).
(b) Hubo unos pocos ejemplos de la resurrección de muertos a la vida terrenal, pero cada uno de ellos tuvo que morir otra vez (1 Reyes 17:17–24; 2 Reyes 4:18–37; 13:21; Mateo 9:25; Lucas 7:15; Juan 11:43, 44). Todos éstos acontecieron antes de la resurrección de Jesús, y habrá habido muchos más durante su ministerio terrenal (Mateo 11:5). Después de su ascensión ha habido también hasta el día de hoy ejemplos de resurrección de muertos (Hechos 9:41; 20:9–12; Hebreos 11:35).
Pasando ahora a la resurección de Jesús, podemos hacer cinco afirmaciones que describen la fe cristiana:
(1) Que él murió en verdad, y no fue víctima de síncope, de un trance, de engaño, ni de fraude.
(2) Que su cuerpo muerto fue sepultado en una tumba en la presencia de muchos testigos.
(3) Que al tercer día él se levantó, y la tumba quedó vacía.
(4) Que él apareció a lo menos once veces a los suyos, cinco veces el mismo día de su resurrección.
(5) Que después de cuarenta días él ascendió al cielo, a la vista de sus discípulos.
Hay siete puntos importantes que podemos mencionar como conclusiones inmediatas:
(1) La resurrección de Jesús se menciona más de cien veces en el Nuevo Testamento y fue la verdad central del testimonio de los apóstoles (Hechos 1:22; 2:24, 29–32; 3:15, 26; 4:10, 33; 5:31; 17:18; 23:6; Romanos 10:9; 1 Corintios 15:1–28; 2 Timoteo 2:8; Apocalipsis 1:18).
(2) El Cristo resucitado podía comer y beber, y tenía manos, pies, carne, huesos, y toda la apariencia de un hombre (Juan 20:16, 17, 20, 27; Lucas 24:15, 18, 39–43; Hechos 10:40, 41).
(3) Sin embargo, era tan diferente que no se reconocía muy pronto (Juan 20:14, 15; 21:4, 12; Lucas 24:16).
(4) Su cuerpo glorificado podía transportarse en un momento, según su voluntad, y pasar a través de paredes o puertas cerradas. No estaba sujeto a las limitaciones que tienen los cuerpos terrestres (Juan 20:19, 26; Lucas 24:31; Hechos 1:9).
(5) Nuestros cuerpos serán resucitados en la semejanza de su cuerpo glorificado (Filipenses 3:21; 1 Corintios 15:42–50; 2 Corintios 4:14; 1 Tesalonicenses 4:14).
(6) Por medio de su resurrección recibimos su vida eterna, y ésta incluye la curación de nuestras enfermedades (1 Pedro 1:3, 4; Juan 14:19; Romanos 8:11).
(7) Su resurrección es la gran prueba de su Deidad (Romanos 1:4; 4:25). Si él no hubiera resucitado, no habríamos sabido si su sacrificio fue aceptado o no, y así no habría existido prueba convincente de la expiación de nuestros pecados.
Ahora, en defensa de esta fe nuestra, vamos a presentar tres hechos básicos, que son: (a) El relato claro que hace el Nuevo Testamento de que Jesús fue levantado de entre los muertos. (b) La transformación moral de los discípulos que estaban lamentándose y llorando (Marcos 16:10). (c) Los hechos de la historia de la iglesia cristiana. Durante los siglos subsiguientes, millones han creído en la resurrección y han sido del mismo modo transformados (Romanos 10:9; 12:1, 2).
Aceptando estos tres hechos, que nadie puede negar, vamos a usar la hipótesis de que los escritores del Nuevo Testamento eran hombres competentes y dignos de crédito, y que su relato de la resurrección de Jesús es veraz. Para comprobarlo, tenemos que pasar a la evidencia acerca de los hechos sencillos: primero, que su cuerpo estaba muerto, y luego, que al tercer día estaba vivo. Acordémonos de que la primera clase de evidencia es la de testigos oculares, y la de segundo grado se puede obtener de los que la recibieron de los testigos oculares. Debemos aceptar el testimonio de escritos contemporáneos dignos de confianza, y notar también la fuerza cumulativa de evidencia.
Compárense las cuatro narraciones de los evangelios. El hecho de que Jesús murió fue aceptado por todos los historiadores de aquel entonces, entre los cuales podemos mencionar a Josefo el judío, y Tácito el pagano. José de Arimatea (tío de la madre de Jesús) y Nicodemo, ambos miembros del Sanedrín judío, prepararon el cuerpo para la sepultura, y eran testigos oculares de que se trataba de un cuerpo muerto. Uno de los soldados romanos (que tenían la responsabilidad de certificar que los criminales crucificados murieran efectivamente) para estar seguro, traspasó su costado con una lanza, y en el acto salió sangre y agua de la cavidad del corazón.
Otros hechos innegables son que una gran piedra fue colocada a la entrada de la cueva que sirvió de sepultura; que la piedra fue sellada por los romanos; que una guardia de soldados romanos fue puesta día y noche por los fariseos, con el consentimiento de Pilato; y que muy de mañana, el tercer día los guardas asustados corrieron a los sumos sacerdotes, diciendo que Jesús había salido de la tumba. Este sepulcro abierto y vacío es un testigo elocuente hasta el día de hoy.
Muy de mañana el primer día de la semana un grupo de mujeres llegó a la tumba con especias para embalsamar el cuerpo de su amado Salvador. Parece que María Magdalena corrió adelante y viendo la tumba abierta se fue a avisar a los apóstoles. Entre tanto, las demás mujeres llegaron, creyeron el mensaje de los ángeles y salieron. Pedro y Juan vinieron después, y salieron, dejando a María Magdalena llorando cerca de la tumba. Jesús apareció a ella entonces, después a las demás mujeres en su camino, en seguida a Pedro, a los dos en el camino a Emaús y a los diez apóstoles en el aposento alto en la noche. Estas fueron las cinco revelaciones del Señor Jesús en el mismo día de su resurrección.
Antes de considerar otras cinco apariciones más de las que se relatan como sucedidas durante los cuarenta días, será bueno enfatizar el testimonio de las envolturas del cuerpo de Jesús. Fue embalsamado apresuradamente por José y Nicodemo, antes de comenzar su sábado a las 6 p.m. el viernes, con cincuenta kilos de mirra y áloes. Medítese en el gran peso y abundancia de especias, todas envueltas por lienzos en todo el cuerpo, menos en la cabeza, la que estaba envuelta por separado en un sudario. Cuando Pedro y Juan vinieron a la tumba, vieron los lienzos tendidos (la palabra griega empleada significa enrollados) en el mismo lugar donde estaba el cuerpo, y el sudario de la cabeza en su lugar respectivo. Jesús había salido de la envoltura sin deshacerla, y allí quedaban en la cueva los lienzos con los cincuenta kilos de especias, sin el cuerpo adentro.
Después de ese glorioso día, Jesús apareció muchas veces a los suyos, cinco relatadas antes de su ascensión: a los once apóstoles después de una semana, a siete de ellos en el lago de Tiberias, a más de quinientos en un monte de Galilea, a Santiago solo, y a todos los discípulos al tiempo de su ascensión; y una aparición más, unos años después, que resultó en la conversión de Saulo el fariseo. Aquí tenemos muchas pruebas convincentes de la resurrección de Jesús que ningún hombre sincero puede negar (Hechos 1:1–3). La resurrección de Jesús es el evento más bien autenticado de la historia antigua.
Notemos ahora algunas de las teorías que los enemigos de Cristo han fabricado para negar la resurrección corporal:
(1) La teoría del fraude. Los jefes de los sacerdotes dieron mucho dinero a los soldados de la guardia para propagar la teoría de que sus discípulos habían hurtado al cuerpo de Jesús y proclamado que él había resucitado, sabiendo todo el tiempo que estaba muerto.
Todos concuerdan en el hecho de que los discípulos estaban completamente desesperados después de la muerte de Jesús, y no hacían nada sino llorar y lamentarse. Ni siquiera tenían la idea de que él se levantara de la tumba (con las posibles excepciones de María su madre y María de Betania). No eran, por consiguiente, capaces de ejecutar tal fraude, aun en el caso de haber sido hombres malvados que quisieran engañar a otros. ¿Es posible, acaso, que miles de personas sencillas, honradas y veraces fuesen engañadas de esta manera y dieran sus vidas en apoyo de un fraude semejante? ¡No! Lo que sucedió con ellos es que sus lamentos fueron cambiados en regocijo y su desesperación en una fe indómita porque le vieron vivo.
(2) La teoría del desmayo. Otros incrédulos dicen que Jesús no murió sino que se desmayó en la tumba, en una condición de síncope, hasta que fue revivificado por el olor de las especias y el aire libre en el interior del sepulcro. Hemos probado ya que Jesús murió en verdad, y los judíos dicen que en los ungüentos que usaban para embalsamar los cuerpos había veneno fuerte; por consiguente, de ello habría muerto Jesus muy pronto, aun cuando la lanza del soldado romano no le hubiese traspasado. Cuando él salió triunfante del sepulcro, no estaba débil ni desfalleciente, sino sano y fuerte, con su cuerpo glorificado, las heridas sanadas, y las cicatrices como señales de la absoluta identidad del cuerpo con el que fue colgado de la cruz.
(3) La teoría de la alucinación. Los que la sostienen, creen que Jesús murió y quedó muerto, pero que María Magdalena imaginó que había oído su voz, y así la fe de todos los cristianos se fundó sobre una ilusión. El carácter de los miles de hombres inteligentes y prácticos que fueron convencidos de que Jesús resucitó constituye una contestación y refutación de esa teoría.
(4) La teoría del espectro. Esta creencia falsa está en la raíz del Ruselismo, que enseña que en verdad Jesús murió, y que su cuerpo fue “disuelto en gases”, mientras que su espectro (y no otra cosa) fue lo que se apareció a los discípulos. Nótese que su cuerpo glorificado tenía carne y huesos, y que comía y bebía con sus discípulos (Lucas 24:30, 37–43; Hechos 10:41).
(5) La teoría del mito. Los que la apoyan creen que Jesús murió y quedó muerto, pero que se suscitaron mitos entre los que le amaban, cuentos de que había resucitado, en los cuales no hubo verdad alguna. Para contradecir esta falsedad, podemos demostrar que los discípulos no esperaban su resurrección, sino que estaban en suma tristeza y desesperación. Lo que les convenció y les quitó toda duda, fue la vista del mismo Jesús en su cuerpo glorificado (Juan 20:24–29; 2 Pedro 1:16).

¿Qué aconteció con el cuerpo de Jesús? Es claro que, ora fue retenido por los discípulos o fue entregado a los judíos, si es que se niega que se levantó vivo de entre los muertos. Si los discípulos lo retuvieron en secreto, al mismo tiempo que proclamaban que había resucitado, eran impostores; deducción que queda refutada por toda la historia. Si lo retuvieron los judíos, ¿por qué no lo exhibieron como evidencia en contra de la proclamación de los cristianos de que él había resucitado?

domingo, 4 de marzo de 2018

Jesucristo: La Evidencia Suprema

En todos los siglos Dios ha hablado a los hombres, y en el capítulo 6 hemos visto que es su deseo revelarse a sus criaturas. “Dios habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otros tiempos a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:1–3).
Dios habló por boca de los profetas, y habló por sus escrituras, pero la obra magna de su revelación, la consumación de todo lo que él quería decir a los hombres, era el Dios-Hombre: Emanuel (Mateo 1:23), la completa y perfecta revelación del Padre en su Hijo unigénito. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 14:9; 1:18).
En el corto resumen que vamos a dar del ministerio y reclamaciones de Jesús, recuérdese siempre que Dios nos habló por medio de él. Hay una relación íntima y una semejanza entre Cristo y las Escrituras. El se llama el Verbo (o Palabra) de Dios. En él tenemos la Palabra viva, y en la Biblia tenemos la Palabra escrita. Del mismo modo como Jesucristo el Verbo es divino-humano, así la Biblia tiene dos elementos, la inspiración divina y los escritores humanos. Jesús el Verbo se hizo carne, vino al mundo para revelar al Padre a los hombres (Juan 1:1–14). Acordémonos en todo este estudio que Jesús tenía estas dos naturalezas. El era el perfecto Dios y perfecto hombre. Los evangelios sinópticos enfatizan la segunda naturaleza y el evangelio de Juan la primera.
Hemos notado que la naturaleza en derredor nuestro nos habla de un Ser supremo que la creó y la sostiene, pero no nos explica todo lo referente a su carácter ni a su voluntad para con nosotros. Vamos ahora a ver cómo Jesús lo hace perfectamente en los evangelios; y notaremos su actitud y sus reclamaciones en cuanto al pecado, en cuanto a la ley de Moisés, en cuanto a la naturaleza, en cuanto a Dios Padre, y en cuanto a la humanidad.
(1) Jesús reclamó estar exento del pecado, y lo perdonaba en otros. Fue el pecado lo que hizo la separación entre Dios y el hombre, y sin establecer un puente sobre esta grande sima, nunca podía hacerse la reconciliación. Para expiar el pecado del hombre fue preciso que hubiera un sacrificio perfecto (Levítico 22:17–25), y eso es lo que Jesús reclamó ser. El escudriñaba el pecado en el corazón de los hombres, y les exhortaba a arrepentirse, pero él mismo nunca vio la necesidad de arrepentirse y jamás confesó haber pecado. Al contrario, a sus enemigos acérrimos les desafió: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46), y nadie pudo acusarle de nada.
Muchas acusaciones fueron presentadas en contra de Jesús, pero tanto sus jueces como los testigos sabían que eran falsas. Un comentarista célebre dijo que “No podemos pensar ni siquiera en una acusación que no redunda en su favor”. Y este Hombre sin mancha de pecado, perdonaba los pecados de otros. Medite en lo que significa esto: que él ejercía la prerrogativa de Dios mismo, que él afirmaba que iba a llevar los pecados de toda la raza humana y hacer expiación por ellos, y también que el perdón de pecados por medio de él iba a predicarse a todo el mundo (Marcos 2:10–12; Mateo 26:28; Lucas 24:45–47).
(2) En cuanto a la ley, Jesús se contrastaba a sí mismo con los demás maestros de ella. El citaba a los judíos los mandatos de Moisés, y muchas veces los contradecía, poniendo su propia enseñanza como una ley superior. “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos” (Mateo 5:43–48). Léase todo el Sermón del monte para notar otros ejemplos de ese tono autoritativo de Jesús, quien reclamó una autoridad absoluta y suprema.
“Las enseñanzas morales de Moisés eran como vasos llenos parcialmente. Cristo los llenó hasta rebosar con el agua de la vida, y así cumplió con aquellas enseñanzas. Esto es un hecho de la ley ceremonial lo mismo como de la moral, tal cual se menciona en forma particular en la epístola a los Hebreos. En su muerte sacrificial realizó completamente la idea del sacrificio y del sacerdocio, y abrogó para siempre los sacrificios externos en el pecado” (Mullins).
Podemos notar aquí las muchas referencias en las evangelios al reino de Dios y que Jesús se anunciaba como su Rey. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” (Mateo 7:21–23). El acepta la adoración como su derecho, y reclama la autoridad de decir quiénes pueden entrar en su reino y quiénes no. Reclama también la autoridad sobre los eventos futuros en la providencia de Dios (Mateo capítulos 24 y 25), y lo enfatiza diciendo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”
(3) En cuanto a la naturaleza, vemos que Jesús la dominaba completamente. En otro capítulo vamos a hablar de sus milagros como evidencias, pero aquí notaremos tan sólo su dominio sobre todo el universo, y el hecho de que él reclamaba esta autoridad era una parte de su carácter y su actitud continua. Cuando él sufría hambre, sed o cansancio, no fue porque no tuviera poder de suplir todas sus necesidades con una palabra, sino para demostrarse nuestro Sumo Sacerdote.
“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17, 18). Jesús no quería cambiar piedras en panes para su propio uso, pero él multiplicó el almuerzo de un muchachito para alimentar a una multitud con hambre. El andaba sobre las aguas, calmaba las tempestades, hacía pescas milagrosas, sanaba toda clase de enfermedad, y dominaba hasta los demonios y los ejércitos de Satanás.
(4) En lo referente a Dios Padre, no estamos en duda alguna respecto de la relación existente entre él y Jesús. Cuando Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán, vino la voz de Dios Padre que testificó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17; Lucas 3:22). En los evangelios sinópticos vemos su comunión continua con el Padre celestial desde la edad de doce años (Lucas 2:49), y la misma voz del cielo vino en la noche de su transfiguración (Mateo 17:5; Marcos 9:7; Lucas 9:35).
La proclamación más clara de su conocimiento del Padre y la autoridad que tenía de revelarle a él se halla en Mateo 11:27: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” De su omnipresencia y omnipotencia tenemos testimonio claro en Mateo 18:20 y 28:18–20, juntamente con su reclamación de ser igual a Dios.
Pasando al evangelio de Juan, que fue escrito muchos años después que los sinópticos, encontramos aún más luz acerca de la vida de comunión con Dios que tenía Jesús. El habla todo el tiempo de su Padre; más de cuarenta veces dice que el Padre le envió, y reclama que “porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Juan 12:49).
(5) Por último, vamos a citar lo que Jesús reclamaba ser en cuanto a toda la humanidad. Los judíos estaban esperando la venida de su Mesías, y el título “hijo de David” fue usado por Jesús en una ocasión (Marcos 12:35–37). Pero por lo general él se describe a sí mismo como “Hijo del Hombre,” demostrando su amor a toda la raza y su carácter como representante y expresión máxima de ella. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Bien podemos decir con los alguaciles de los fariseos: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46).
Aunque Jesús fue hecho a semejanza de los hombres, y hallado en la condición de hombre (Filipenses 2:7, 8), sin embargo era distinto a los demás hombres e infinitamente superior a ellos. No sólo reclamaba ser perfecto, revelador de Dios, y mensajero de él, sino que se ofrecía a sí mismo como objeto de adoración. Hemos visto ya cómo él perdonaba pecados, cambiaba y explicaba la Ley, dominaba toda la naturaleza, y recibía testimonios de igualdad con Dios Padre. Ahora notemos que él aceptaba el homenaje y la adoración de los hombres, y no se puede hallar para él otro lugar sino el de supremacía absoluta en la religión cristiana.
En cuanto a su propia reclamación de ser supremo, dice el autor de Ecce Homo: “Consideró la última y más alta decisión sobre los hechos de los hombres, esa decisión a la cual apelan todos los injustamente condenados en los tribunales humanos — que no pesa el hecho solamente, sino los motivos, las tentaciones, las ignorancias, y todas las condiciones complejas delhecho —él consideró, en resumen, que el cielo y el infierno estaban en sus manos” (Seeley).
Vemos en nuestro glorioso Salvador una combinación maravillosa de poder y humildad. El era manso de corazón, y al mismo tiempo Juez de toda la tierra. “La unión de cosas opuestas en perfecto equilibrio y consistencia aparece en Jesús. Otros hombres son fragmentos. El es el hombre completo. El está cansado y dormido en el barco, como lo hubiera estado cualquier apóstol, pero se levanta y con voz de trueno silencia la tempestad. El llora con los demás de corazón quebrantados junto a una tumba, pero llama con voz divina a Lázaro, diciéndole que venga afuera. Se somete a sus aprehensores, como lo hubiera hecho cualquier reo, pero obra un milagro para restituir una oreja cortada y reprende al violento discípulo que la cortó.”
Verdaderamente no hubo nadie como el Señor Jesucristo, Hijo del Hombre e Hijo unigénito de Dios. Estas notas acerca de su carácter y reclamaciones pueden ser reforzadas no solamente con citas de los cuatro evangelios, sino también con muchas referencias de las epístolas, especialmente las de Pablo, de donde podemos deducir que su doctrina de la Persona de Cristo fue aceptada universalmente por la iglesia del primer siglo (Romanos 1:3, 4).
Podemos resumir la evidencia de Jesús así:
1. Su Persona es única en la historia: de linaje real, nacido de una virgen, criado como carpintero, sin maestro y sin libros, mostrándose en medio de un fanático ambiente judío, conmoviendo a fondo su nación por medio de un ministerio que duró solamente unos tres años, perseguido por las autoridades eclesiásticas y civiles, muerto como malhechor a la edad de 33 años, resucitado de entre los muertos, visto después por más de quinientos testigos, y adorado por millones de santos durante más de diecinueve siglos.
2. Su carácter, en su incomparable majestad, santidad, y humildad es la mayor evidencia de su Deidad (Hebreos 7:6).
3. Sus enseñanzas, sumamente sencillas y poderosas, han cambiado las corrientes de la historia, y han hecho sentir su influencia en todo el mundo.

4. Sus milagros fueron únicos en su género, realizados ante grandes multitudes, con la mayor publicidad y en toda clase de personas, y fueron aceptados como genuinos aun por sus enemigos (Juan 5:36; 7:31).