miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Revelación de Dios al hombre

¿Por qué una revelación?
Hemos visto cómo el hombre en su propio ser, sin conocer la Biblia, puede razonar y llegar a la certidumbre de que existe un Ser supremo, el Creador de todo el universo, y de que él es santo, bueno y Todopoderoso. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20). Esto hemos probado por medio de los varios argumentos teológicos que nos han conducido hasta este punto.
Sin embargo, estos argumentos no satisfacen ni apagan la sed del alma. Queremos no sólo saber que existe un Dios sino también conocerle. En las palabras de San Agustín: “Tú nos has hecho para ti mismo, y nuestro corazón no tiene sosiego hasta que descanse en ti.”
La imagen de Dios en el hombre le hace capaz de conocer a Dios, pero ¿cómo puede hallar a su Creador? “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” ha sido el clamor amargo del alma sedienta que tiene que responder “¡No!” a la pregunta: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios?” (Job 11:7). Cuán amargamente se queja Job de la imposibilidad de alcanzar a Dios, y de la falta de un Mediador. “No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos” (Job 9:33). Este anhelo santo no sólo deseaba una revelación de Dios, sino una revelación por encarnación, y eso es lo que Dios otorgó a sus criaturas por medio de su Hijo unigénito Jesucristo.
Es verdad que no hay experiencia de Dios sin una revelación de él. El Creador mismo tiene que extender su mano de amor hacia la criatura, él mismo tiene que hacer posible el contacto. El pecado ha hecho una separación entre Dios y el hombre; pero de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para ser la escalera que uniera a la tierra con el cielo (Juan 1:51; Génesis 28:12).
Dios quiere que sus criaturas le conozcan (Oseas 6:6). En este asunto él ha tomado la iniciativa, y se ha revelado a los hombres. “Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mateo 11:27; véase también Salmo 27:8). Podemos notar aquí algunas de las voces que le proclaman: (1) La voz de la creación. Toda la naturaleza nos habla de su Creador (Salmo 19:1–4; Isaías 40:26). (2) La voz de la conciencia (Romanos 1:19). Este instructor interior siempre nos amonesta de la existencia de Dios. (3) La voz de la historia (Job 32:7). Nunca ha habido nación sin alguna idea de un Ser Supremo. (4) La voz de la filosofía. Los hombres de despejada inteligencia en todas las edades han buscado a Dios en sus razonamientos, y muchos de los filósofos más grandes y los más eruditos han sido devotos adoradores de él, porque le encontraron en su Hijo, Jesucristo. (5) La voz del Salvador (Juan 14:5–10). El no sólo nos enseñó la existencia de Dios, sino que la reveló en su propia vida, mediante palabras y hechos.
La revelación es la comunicación directa de la voluntad de Dios al hombre. Podemos tener por la naturaleza misma un cierto conocimiento de un Ser supremo (Romanos 1:19, 20), pero eso se llama más bien inducción (razonando de las partes al todo, o al conjunto). Las Santas Escrituras reclaman ser el conjunto de la verdad que Dios ha dado al hombre milagrosamente. Veremos cómo se prueba esto.
Podemos pues definir la revelación como una comunicación sobrenatural de Dios al hombre. Dos métodos son posibles: (1) Revelación inmediata, cuando Dios habla a un individuo; y (2) Revelación escrita.
Se objeta al primer método, diciendo que:
(a) Se entremete con el libre albedrío del hombre, porque algunos tendrían que recibirla por fuerza.
(b) Tiene que ser repetida a cada uno.
(c) Abre el camino para la contradicción e impostura.
La revelación escrita tiene estas ventajas:
(a) Es más clara y abierta.
(b) Es más certera.
(c) Es más permanente.
De modo que se ve que la importancia del asunto demanda una relevación escrita.
Podemos notar varios métodos que Dios usó para revelar su voluntad fuera de la revelación escrita:
(1) Señales, como la vara de Moisés (Exodo 4:1–5).
(2) Símbolos, como la columna da nube y fuego (Exodo 13:21, 22; Números 9:15–23).
(3) Sueños como los de José (Génesis 37:5–11).
(4) Comunicaciones cara a cara (Números 12:8).
(5) Los Urim y Tumim, probablemente dos piedras que cambiaban de color cuando Dios revelaba su voluntad, aprobando o desaprobando (Exodo 28:30; Números 27:21).
(6) Suertes (Jonás 1:7).
(7) Visiones (Isaías 6:1).
(8) Milagros (2 Reyes 4:35).
(9) Profecías (2 Reyes 7:1).
(10) Encarnación (Juan 1:14; Hebreos 1:1, 2).
(11) Contestación a la oración (Isaías 38:5).
(12) Acontecimientos providenciales (2 Reyes 8:3–6).
(13) Su voz en el corazón (Isaías 28:22, 23; 30:21).
No conocemos a Dios como es en sí mismo, sino solamente en su acción y efecto en nosotros (Romanos 11:33–36). Es su iniciativa lo que hace posible nuestra respuesta a él. Le amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Nuestra fe misma es don de él (Efesios 2:8; Mateo 16:17). Cuando dice: “El que tiene oído, oiga”, es una demanda dirigida a nuestro libre albedrío, a nuestra voluntad, por la gracia infinita de Dios.
La fe es la base de todo descubrimiento y de todo progreso en el conocimiento de Dios. Cristóbal Colón creyó que existía un mundo al occidente, y su fe le hizo paciente para aguantar, esperar y perseverar. Nuestras convicciones fundamentales (por ejemplo, la fe que existimos o que el mundo en derredor nuestro es una realidad y no meramente un sueño) dependen de nuestras experiencias. Podemos defender estas convicciones por medio de argumentos, pero la base es siempre la experiencia misma. Por tanto, no tengamos vergüenza en nuestra predicación de apelar a la experiencia nuestra ni a la de otros. Es un argumento que nunca puede ser contradicho.
Notemos ahora unos resultados de la revelación de Dios a sus criaturas:
(1) Confianza (Salmo 9:10).
(2) Vida (Juan 17:3).
(3) Amor (Juan 17:25, 26).
(4) Poder (Daniel 11:32).
(5) Gracia (1 Pedro 1:2, 3). Esta incluye todas las bendiciones de la vida cristiana.

La actitud de Dios hacia sus criaturas anhelosas de conocerle se puede comprender por las palabras de Exodo 2:23–25; 3:7, 8. El las ve hundidas en el fango del pecado y clamando por rescate, y contesta: “He oído su clamor … y he descendido para librarlos.” El hombre pecador puede quedarse indiferente al clamor de sus semejantes, pero Dios nunca. La revelación es su respuesta (Isaías 49:15; Salmo 18:4–19). El deseo de Dios de revelarse a sus criaturas se cumplirá plenamente en el milenio, cuando la tierra estará llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar (Salmo 72:19; Habacuc 2:14).

lunes, 13 de noviembre de 2017

El Silencio de Dios

Existen quienes niegan la existencia de Dios a causa de su silencio en muchas ocasiones, y dicen: “Si hubiera Dios no permitiría eso y eso otro.” A los tales se les llama infieles, palabra que significa “sin fe”. Para contestar a ellos es importante demostrar que el silencio de Dios no prueba ni impotencia ni negligencia de su parte. Por ejemplo, en el caso de la crucifixión de su Hijo amado, Dios guardó silencio mientras su Hijo unigénito era muerto, porque sabía que únicamente de esa manera se podía efectuar la salvación del mundo pecador.
En toda ocasión en que los hombres han criticado el silencio de Dios, podemos ver que hubo una causa, un motivo suficiente para ello. (Estúdiense Job 23:1–10; Salmo 28:1; 35:22, 23; 44:23, 24; 83:1.) El caso de Job puede tomarse como típico de la actitud de todos los santos de su época: los 2.500 años desde Adán hasta Moisés, en que no hubo revelación escrita de Dios. Ellos creían firmemente en la existencia, la omnipotencia y la bondad de su Creador, pero tenían en su corazón el anhelo insaciable de conocerle mejor, de oír su voz, de ver sus huellas y de tener comunión más íntima con él.
Podemos escuchar el clamor de los santos de aquel entonces en las palabras de Job: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!… He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré.” En las referencias citadas en los Salmos se oye el mismo clamor al Todopoderoso: “Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto.”
Podemos discernir la causa principal del clamor de los santos de aquel entonces: era porque el Redentor prometido no había venido. La actitud de los piadosos en todas las edades desde la promesa de Génesis 3:15 hasta la encarnación se resume en las palabras de Jacob: “Tu salvación esperé, oh Jehová” (Génesis 49:18). Y cuando Cristo nació, su venida fue anunciada a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lucas 2:38). El clamor del alma en vista del silencio de Dios se relaciona con el cumplimiento de algunas de sus promesas.
Durante los cuatro milenios antes de la encarnación, Dios se había revelado a los hombres en visiones, en sueños, en voz audible, y por 1.500 años en su Palabra escrita del Antiguo Testamento; pero todavía les faltaba la revelación suprema en su Hijo, la Palabra viviente, Emanuel, Dios con nosotros. En él, y sólo en él se satisfacen todos los anhelos del alma humana y se resuelven los misterios y problemas de la vida.
La declaración de Salomón en Eclesiastés 8:11 merece mención especial, porque nos explica cómo los hombres interpretan mal el silencio de Dios. “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” Ellos saben que lo que hacen es malo, saben que están pecando, y que el juicio de Dios les caerá encima, pero como no cae muy pronto, cobran ánimo en su camino malo y dicen: “No seré movido jamás”, “será el día de mañana como éste, o mucho más excelente” (Salmo 10:6; Isaías 56:12).
¿Es lógico culpar a Dios por los accidentes que son causados solamente por la negligencia, descuido, o maldad de los hombres? ¿Acaso conviene al hijo criticar a su padre, o a la criatura culpar a su Creador? (Isaías 29:16; 45:9; 64:8; Jeremías 18:6; Romanos 9:20, 21). Job, en su mortal angustia, había dicho algunas cosas duras, a raiz de las cuales Eliú le reprendió severamente. Pero fue la revelación de Dios mismo lo que le humilló a hacerle clamar: “Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía … por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:1–6; Salmo 73:11–26; Juan 9:3; 13:7; 1 Pedro 1:7).
Hay otro pensamiento más profundo que relaciona el silencio de Dios con el libre albedrío del hombre. La libertad moral del ser humano no tan sólo incluye su responsabilidad moral sino también la limitación de la intervención divina. Dios hizo al hombre a su propia imagen con libre albedrío, y deja que sus criaturas ejerzan libremente esa voluntad. Esto hace al hombre responsable de todas sus acciones.
La Biblia nos enseña que Dios cuida y gobierna todo el universo, y que su gobierno se extiende hasta a las acciones libres de los hombres. “Yo también te detuve de pecar contra mí” (Génesis 20:6; 31:24; Oseas 2:6). Pero por lo general Dios no impide que el hombre peque, sino que guarda silencio. “En lo referente a los mensajeros … Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón” (2 Crónicas 32:31; Salmo 81:11–14; Oseas 4:17; Hechos 14:16; Romanos 1:24, 26, 28).
Dos frases en el Salmo 50 nos explican el tratamiento de Dios con el mundo durante esta edad de gracia. Este Salmo describe la segunda venida de Cristo en tres etapas: el rapto de los santos (vs. 4–6); su trato con Israel y la gran tribulación (vs. 7–15); y el juicio de los inicuos (vs. 16–21). Las dos frases significantes son: “Vendrá nuestro Dios y no callará”, y “Estas cosas hiciste, y yo he callado” (vs. 3, 21).
Es evidente, pues, que durante esta dispensación de gracia Dios está guardando silencio, y que este silencio terminará cuando Cristo venga otra vez. “Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira” (Salmo 2:5). El hombre se ha jactado de sus prodigios, sus conocimientos, y su facultad de manejar el mundo sin Dios. Así, el Omnipotente ha guardado silencio para que el hombre orgulloso manifestase lo que podía hacer, ¡y ha resultado un caos!
Un motivo para el silencio de Dios en cuanto a las aflicciones de su pueblo se halla en su infinito amor. El desea el bienestar eterno nuestro, y tiene que dejarnos pasar por las pruebas necesarias para refinarnos y perfeccionarnos (Job 23:10; Juan 13:7; 1 Pedro 1:7; Santiago 5:1–8; Hebreos 12:4–11). Otro pensamiento interesante puede mencionarse aquí, y es que en toda la Biblia vemos que Dios ejecuta juicio sumario una vez para demostrar su actitud hacia tal o cual pecado, y después guarda silencio para con el hombre. Pero al fin su juicio caerá, si no en esta vida, lo será entonces después de la segunda venida de Cristo (Números 15:32–36; 1 Timoteo 5:24).

Notaremos veinte ejemplos de estos escarmientos que Dios nos ha dado en la Biblia, demostrando lo que él piensa acerca de varios pecados: (1) Lascivia, Génesis 12:7; (2) Amor al mundo, Génesis 19:26; (3) Inmundicia, Génesis 38:7–10; (4) Idolatría, Exodo 32:26–29; (5) Borrachera, Levítico 10:1–3, 8–10; (6) Blasfemia, Levítico 24:11–16; (7) Maledicencia, Números 12:1–10; (8) Falta de fe, Números 14:39; (9) Rebelión, Números 16:30; (10) Murmuración, Números 16:41–49; (11) Fornicación, Números 25:1–8; (12) Robo a Dios, Josué 7:22–26; (13) Falta de reverencia, 1 Samuel 6:19; (14) Presunción, 2 Samuel 6:6, 7; (15) Falta de discernimiento, 1 Reyes 13:21–24; (16) Codicia, 2 Reyes 5:26, 27; (17) Incredulidad, 2 Reyes 7:18–21; (18) Profecías falsa, Jeremías 28:1–17; 29:22, 32; (19) Orgullo, Daniel 4:29–37; (20) Mentira, Hechos 5:1–11.