miércoles, 30 de agosto de 2017

La Existencia de Dios

Nadie puede proteger ni defender lo que no tiene. La fe que Judas nos exhorta a defender con tesón fue entregada a los santos, y ellos la han dado a nosotros en las Santas Escrituras (Judas 3). Vamos pues a mirar algunas de las verdades cardinales de nuestra fe, y a notar cómo ellas han sido defendidas durante los siglos pasados. Los argumentos principales para probar esas verdades son los mismos hoy que en los días de los padres apostólicos, quienes se valieron de ellos en sus escrituras; pero cada siglo de experiencia añade más fuerza y más claridad a ellos.
Puede haber dos clases de evidencia, a saber: evidencia demostrativa (como las pruebas matemáticas), y evidencia moral. Es claro que no se puede usar la primera clase para verdades espirituales, pues los argumentos en defensa del evangelio son siempre morales. Hay dos clases de esta evidencia moral, es decir, la exterior y la interior. Las pruebas exteriores se basan en el testimonio y el razonamiento. Las pruebas interiores se basan en las experiencias del cristiano. Su religión es de la cabeza y también del corazón.
Estúdiese Romanos 1:18–25 para ver que en un tiempo los hombres conocían a Dios; pero a causa de la entrada del pecado en el mundo muchos quisieron negar su existencia y no retenerlo en su conocimiento. Ahora vamos a notar algunos de los argumentos para la existencia de Dios, no usando la Biblia sino tratando únicamente de la materia en lo exterior y de la naturaleza humana en lo interior. Hay muchos argumentos, pero para más brevedad vamos a resumirlos en los cuatro más importantes:
(1) El argumento ontológico. Este fue formulado primeramente por el obispo Anselmo, quien decía: “Credo ut inteligam” (Yo creo para que yo entienda). Demuestra que tenemos una idea de un Ser perfecto y supremo, y no nos es posible imaginar nada más grande que él. La idea de Dios no podía entrar a la mente del hombre si esa mente no tuviera su origen en él. La mera idea de Dios se nos hace posible porque él mismo está detrás de esa idea. La naturaleza responde a nuestros pensamientos de ella, y nuestros pensamientos responden a ella, por lo tanto ambos deben haber sido hechos por una mente infinita. Es lógico y creíble que este Ser supremo exista.
(2) El argumento cosmológico. Santo Tomás de Aquino fue el originador de este pensamiento entre los cristianos; antes de su tiempo había sido empleado por el filósofo griego Aristóteles. Se basa en el hecho del universo —todo lo que vemos en nuestro derredor. Este universo no se hizo a sí mismo, porque cada efecto requiere una causa. Lo relativo demanda lo absoluto. Estamos conscientes de todas nuestras acciones, y sabemos que somos responsables de ellas. En otras palabras, nuestro libre albedrío es la causa de ellas. Debe existir, entonces, una causa de todo lo que vemos en el universo, incluyendo los seres inteligentes y libres, y aquella primera causa debe ser libre y superior a ellos.
“La electricidad es generada por el calor; el calor viene del carbón; el carbón de las antiguas selvas; éstas obtuvieron sus propiedades de los rayos del sol; el calor solar es alimentado de alguna manera misteriosa, probablemente por meteoros, y así, sucesivamente hasta el principio. Ahora, el calor, el carbón, las selvas, y la luz solar —todos los términos mencionados en la serie anterior— son parcialmente causas y parcialmente efectos. De manera que de cada uno debe darse cuenta por alguna cosa anterior. En ninguna parte en el reino ilimitado de la naturaleza material se ha descubierto todavía alguna cosa que sea totalmente causa. Los átomos o fuerzas fundamentales no han sido descubiertos sino supuestos. Sin embargo, aun ellos necesitan una causa anterior para ponerlos en movimiento” (Mullins). No es posible imaginar este universo iniciándose sin la primera gran causa, es decir, Dios.
(3) El argumento teleológico. Se basa éste en el orden y designio que se manifiestan en todo el universo. Hemos visto que necesitamos un principio causante, y ahora pasamos adelante a notar que el orden de todas las cosas demanda una causa inteligente que lo diseñó todo. El filósofo Sócrates lo ilustraba por una estatua. Al verla sabemos que tuvo un hacedor y que una mente inteligente la diseñó antes de esculpirla.
Si aceptamos el orden y el diseño en las obras humanas como pruebas de que hubo una mente inteligente detrás de ellas, ¡cuánto más debemos hacerlo con respecto a las obras de Dios! El salmista dice: “El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?” (Salmo 94:9). Cuando vemos el rayo de una rueda, no pensamos en él como un fin en sí mismo, sino en relación con la rueda entera. Ese rayo fue hecho para llenar un determinado lugar, y fue adaptado para ello exclusivamente. No tiene valor en sí mismo sino como una parte necesaria de la rueda.
El orden perfecto que observamos en toda la naturaleza nos habla del designio del Creador, y sin ese orden y designio el universo sería un caos. Todas las cosas fueron designadas para algún fin especial, y cada una llena su propia esfera o círculo de acción sin chocar con otras ni perjudicarlas a ellas. Podemos resumir este argumento diciendo que notamos en todo el universo el orden, el designio, la intención, y el ajuste perfecto de toda la creación, revelando la mente diseñadora del Arquitecto. Testificamos con Pablo que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).
(4) El argumento moral. Este se basa en la conciencia del hombre y su conocimiento de la ley moral, o la distinción entre lo bueno y lo malo. Con este argumento incluimos los que se han llamado argumentos humanos, y también los de la experiencia —en fin, todos los argumentos que podemos sacar del ser humano y sus experiencias. Este argumento moral es irrefragable, porque cada hombre sabe lo que tiene adentro de su ser, reconoce la supremacía de la conciencia entre sus facultades, y siente la responsabilidad moral de todas sus acciones.
Este sentido del deber implica una relación personal a un gobernador o legislador. Si su conciencia le remuerde al hombre por haber hecho mal o quebrantado alguna ley, es claro que alguien hizo esa ley, algún ser supremo que tenga autoridad sobre toda la raza humana. Cuando hace bien, el hombre siente una paz y tranquilidad en su alma; y cuando hace mal todo es confusión, vergüenza y temor en su ser. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
“Por medio de las operaciones de la conciencia discernimos que estamos sujetos a un Legislador justo que premia y castiga. Somos así puestos en contacto con la actitud moral del Ser en quien vivimos y nos movemos. Hay adentro de nosotros un testimonio inmediato e innegable a su santidad y justicia” (Fisher).
Para resumir lo que nos pueden probar estos cuatro argumentos, podemos afirmar que el argumento ontológico nos prueba que la existencia de Dios es cosa creíble; el argumento cosmológico nos asegura que de todo lo que existe hubo una causa primera, un Ser Supremo; el argumento teleológico prueba que en todo el universo hay orden, designio, intención, y ajuste, que hacen preciso un Ser inteligente y racional que lo diseñó todo; y el argumento moral demuestra que de nuestro propio ser y de las experiencias humanas sabemos que hay un Gobernador y Legislador que es santo, justo, y absoluto en su gobierno.

“El principio causante es fundamental a cada uno de los argumentos. La prueba de la evidencia de la voluntad en la naturaleza indica una causa eficiente; que el diseño es una causa de propósito, y que la conciencia es una causa moral. Obsérvese además, el contraste entre los teístas (los que creemos en Dios) y los que niegan su existencia. Estos últimos buscan las formas más bajas posibles de existencia —materia, fuerza, o algo más— y explican todo lo más alto en conceptos de lo más bajo. El teísta invierte el proceso: explica lo inferior en la naturaleza en conceptos de lo más elevado. Los unos están por debajo del nivel personal, mientras que los otros están en ese nivel” (Mullins).

jueves, 22 de junio de 2017

La Doctrina y las Evidencias

El cristiano verdadero quiere obedecer el mandato de su Salvador, quien dijo: “Escudriñad las Escrituras.” Es un deleite buscar en todas partes de la Biblia las enseñanzas divinas, las que, puestas en forma sistemática, se llaman la doctrina cristiana.
La palabra teología viene de dos palabras griegas que significan Dios y palabra, o un discurso acerca de Dios. Usamos la palabra doctrina para describir las enseñanzas de la Biblia, y la palabra teología en un sentido más amplio, abarcando “la ciencia de Dios y las relaciones entre Dios y el Universo” (Strong).
Las doctrinas o enseñanzas divinas están esparcidas en toda la Biblia como flores en un campo grande. El estudiante reverente anda en el campo recogiendo las flores y haciendo ramilletes de ellas. Esto es lo que hace en su estudio de la doctrina. En los días de los apóstoles, éstos vieron muy pronto que en su ministerio no sólo tenían que recoger las enseñanzas de Cristo y arreglarlas en forma sistemática, sino que también tenían que protegerlas, porque se levantaban muchos enemigos. Aquí se originó la necesidad de las evidencias cristianas.
Del mismo modo que usamos las palabras doctrina y teología, y la segunda tiene una significación más amplia que la primera; así usamos las palabras evidencias y apologética, la segunda abarca un campo más amplio que la primera. Podemos definir las evidencias como un tema o alegato que prueba que Jesucristo y la cristiandad son todo lo que la Biblia reclama que son. Es una defensa histórica y práctica del conjunto de verdad que Dios nos ha dado (1 Pedro 3:15). La apologética es más amplia y abarca también el aspecto filosófico de esta defensa.
La defensa de su fe ha sido siempre uno de los deberes del cristiano (Tito 1:9; 2:1; 1 Timoteo 4:13–16; 2 Juan 9). La tarea del defensor del cristianismo es una guerra en la cual él siempre puede salir victorioso, porque está luchando al lado de Dios mismo en contra de los enemigos de él. Nunca debe temer al opositor, cuyas palabras son “como las capas de piel de oso usadas por los granaderos para hacerse aparecer feroces”. La palabra “evidencia” viene del latín, y significa “lo que hace ver algo con claridad”. El valor preeminente de las evidencias cristianas está en que benefician a los creyentes mismos, fortaleciéndoles en su fe, demostrándoles que su posición es inconquistable, y que los ataques de ateos, agnósticos, infieles, unitarios, materialistas, racionalistas y modernistas de toda clase, durante las edades, no han resultado sino en victorias para Cristo y derrota para sus opositores.
El hombre, hecho a la imagen de Dios (Génesis 1:27, 28), tiene en su alma una sed de conocer a su Creador. Esta sed no puede ser saciada por la filosofía, ni por la ciencia, ni por toda la sabiduría de este mundo. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21). Veremos en los capítulos que siguen cómo el Creador se dio a conocer a sus criaturas primero en la revelación de su Santa Palabra, y luego, en su revelación perfecta y suprema, en el Dios-Hombre, nuestro Señor Jesucristo (Juan 1:18; 7:45–46; 20:31).
En todo nuestro estudio de las evidencias cristianas debemos acordarnos de que los argumentos que usaremos deben basarse en los hechos. Es posible valernos de las hipótesis y derivar de ellas nuestras conclusiones, pero toda nuestra creencia, en resumidas cuentas, está basada en los hechos. Recordemos, pues, que hay cuatro hechos que no se pueden contradecir, a saber:
(a) La naturaleza física que nos rodea. Por mucho que el ateo quisiera negar la existencia del Creador, no puede negar el hecho de que existe el universo. Queda, pues, bajo su responsabilidad demostrar su afirmación de que esta creación llegó a existir sin un Hacedor.
(b) La revelación de Dios que tenemos en la Biblia. El modernista dice que manos humanas la compilaron, y que su autoridad es igual a la de cualquier otro libro. A él le cabe la responsabilidad de probar su afirmación, y para ello tiene que explicar cómo unos cuarenta escritores viviendo en varios países distintos y abarcando un período de alrededor de 1.600 años pudieron producir 66 libros grandes y pequeños que reclaman ser escrituras del mismo Dios, que nunca se contradicen, y que se ajustan en un solo libro sagrado de tal modo que no se puede sacar uno sin dejar incompleto el libro entero (véase la prueba de eso en el capítulo 13).
(c) La experiencia religiosa. Es otro hecho del que siempre debemos acordarnos. Por mucho que se burle de ella el escéptico, no puede cambiar el hecho de que un hombre borracho y perdido puede verse cambiado en un santo de Dios. ¿A qué se debe ese cambio? Que nos explique el racionalista cómo los ladrones son convertidos en hombres honrados, los mentirosos en hombres de verdad, y leones en corderos, en el sentido figurado de la palabra. Puede ser que ellos no puedan argüir con sus opositores, pero cada uno de ellos puede testificar: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).
(d) La historia cristiana. He aquí otro hecho del que siempre debemos valernos en la lucha en contra de las fuerzas del error. La cristiandad ha existido ya por casi dos mil años. Tuvo su principio de una manera sumamente humilde. No se valió de fuerza militar para propagarse, como hicieron Mahoma y sus seguidores con la religión mahometana; sin embargo, la fe de Jesucristo se ha diseminado en todas partes del mundo y tiene el mismo poder el día de hoy como en los días de Cristo y sus apóstoles.
Meditando en estos cuatro hechos patentes que no se pueden ocultar, el hombre sincero tiene que confesar que la única causa adecuada para explicarlos satisfactoriamente es una PERSONA. Ha de haber existido un Creador que hizo el universo, que se reveló a sus criaturas en la Biblia, que fue encarnado en su Hijo Jesucristo, y que viene por su Espíritu a morar en los pecadores convertidos, haciéndoles a ellos a su vez manifiestamente una epístola de Cristo, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Corintios 3:1–3).
Los apóstoles salieron por el mundo del paganismo con el mensaje del evangelio, revestidos con el poder del Espíritu Santo, y prontos para ganar a toda la humanidad para Cristo. Su actitud puede ejemplificarse en las palabras de Pablo: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?… Contra los que me acusan, esta es mi defensa” (1 Corintios 9:1, 3). Para los que se oponían a su mensaje, bastaba decirles que él había visto a Cristo en la gloria; y luego todos creerían lo que les predicaba.
Sin duda, no sólo Pablo, sino todos los discípulos primitivos creían que los gloriosos hechos de que ellos eran testigos serían aceptados por los que les oían; pero no resultó así. Cristo había amonestado a sus discípulos que: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20); y Pablo mismo, después de haber encontrado la oposición de corazones endurecidos en muchas ciudades, escribió de Efeso: “Se me ha abierto puerta grande y eficaz y muchos son los adversarios” (1 Corintios 16:9).
Vemos pues, que aun en el principio de la dispensación de la gracia hubo una lucha, las fuerzas de las tinieblas resistiendo y guerreando contra la luz del evangelio. Los soldados de Cristo en aquel entonces y durante todos los siglos siguientes han tenido que presentar sus evidencias, sus pruebas, y las clarificaciones de su mensaje para refutar a los enemigos de afuera y a los herejes de adentro de la iglesia.
El primer enemigo que resistió el evangelio fue el judaísmo, aquel sistema de Ley que había sido dado por Dios mismo en la infancia de la raza humana, no para ser un orden permanente, sino para demostrar la santidad de Dios y de su Ley, la imposibilidad de que el hombre por sus propios esfuerzos la cumpliese, y su necesidad de un Salvador. “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24).
Estúdiese con esmero toda la epístola a los Gálatas, y después lo que Pablo escribió en Romanos, para ver cómo el apóstol presentaba las evidencias del evangelio, y nótese especialmente el pasaje ya citado en Gálatas 3 para ver su respuesta a los que querían imponer la Ley de Moisés sobre los conversos cristianos.
El primer Concilio de la Iglesia, convocado en Jerusalén en el año 50 D.C., se ocupó de este mismo problema, y de los maestros falsos que estaban trayendo el judaísmo dentro de la iglesia (Hechos 15). Pablo se les oponía en todo lugar, pero ellos eran tan astutos y atrevidos que en una ocasión Pedro mismo fue engañado por un corto tiempo. Nótese el espíritu manso con que él recibió la reprensión pública de Pablo, y cómo después manifestó su aprecio por él (Gálatas 2:11–21; 2 Pedro 3:15, 16).
Cuando los cristianos fueron esparcidos por todas partes del mundo entonces conocido, tuvieron que defender su fe en contra de los ataques de otro enemigo, a saber, el paganismo. Un buen ejemplo de esta defensa se halla en el discurso de Pablo a los filósofos de Atenas, el centro mismo de la religión y la cultura griegas. Los romanos gobernaban el mundo de aquel entonces por la fuerza de sus ejércitos; pero el idioma y la cultura de los griegos (cuyo imperio había antecedido al de Roma) permanecían todavía. Tanto los romanos como los griegos eran paganos, rindiendo culto a los ídolos.
Puesto en pie sobre el cerro de Marte, donde los filósofos solían congregarse, Pablo les felicitó por su instinto religioso, y por el hecho de que estaban buscando a Dios, hasta llegar a edificar un altar AL DIOS NO CONOCIDO. Este altar le dio el punto de contacto con ellos, para predicarles las buenas nuevas de Cristo.
En todos sus discursos a los judíos les traía sus pruebas del Antiguo Testamento. Los paganos empero no sabían nada de las Escrituras, en consecuencia Pablo tuvo que probarles la existencia del Dios verdadero apelando a los hombres creados por él, y a sus propios instintos y conciencia (Hechos 17).
Con el paso de los siglos, muchos enemigos y sistemas falsos se levantaron fuera y dentro de la iglesia de Cristo. En otros capítulos vamos a notar algunos de los sistemas que tenemos que afrontar en estos postreros días. En la Historia de la Iglesia Cristiana se encuentran los pormenores de la lucha en contra de los opositores Lucio (165 D.C.), Celso (178 D.C.), Porfirio (233 D.C.), y Hieróclito (300 D.C.). Los padres apostólicos que les contestaron por escrituras en defensa del cristianismo fueron Agustín, Cirilo, Tertuliano, Justino Mártir, Eusebio, Teófilo, Clemente, Hipólito, Orígenes y otros. Tenían que combatir no sólo los ataques de afuera, sino las herejías sutiles de maestros falsos de la iglesia. Los cristianos de hoy tienen que hacer lo mismo.

Podemos notar aquí unos hechos acerca de la “presunción a favor de toda institución actual” y la “carga de comprobación”. No es preciso defender una institución actual hasta que se traiga algún argumento en contra de ella; y el que trae la acusación es el que debe probarla; éste es uno de los principios fundamentales de la ley. Aplicando esta ley a la institución cristiana, podemos aclarar nuestros pensamientos con el resumen que hace el doctor F. W. Ferrar: “(1) Había una presunción fuerte en contra del evangelio cuando por primera vez fue anunciado. Un campesino judío reclamó ser el Mesías prometido, en quien todas las naciones del mundo iban a ser bendecidas. Nadie podía culparse por no creerlo, hasta que él lo probara. La carga de comprobación quedaba con Jesús, y él la aceptó (Juan 15:24, compare con Hechos 19:36). (2) El caso en el tiempo actual es completamente opuesto. La cristiandad existe, y cualquiera que niegue su origen divino debe traer razones convincentes por asignarle un origen humano. La carga de comprobación queda al lado del que rechaza el evangelio. Si no fue establecido milagrosamente, como reclama haberlo sido, entonces se hace necesario un milagro mayor, es decir, que fuera instituido por agencias e ingenio humano, a pesar de toda resistencia. (3) Cuando nuestros misioneros llevan el evangelio a los paganos, es evidente que los cristianos mismos tienen que asumir la responsabilidad de comprobación. Los paganos no preguntan cuáles son las acusaciones en contra del cristianismo, sino que demandan razones suficientes para hacerles abandonar la religión de sus antepasados y abrazar la religión nueva.”