lunes, 13 de noviembre de 2017

El Silencio de Dios

Existen quienes niegan la existencia de Dios a causa de su silencio en muchas ocasiones, y dicen: “Si hubiera Dios no permitiría eso y eso otro.” A los tales se les llama infieles, palabra que significa “sin fe”. Para contestar a ellos es importante demostrar que el silencio de Dios no prueba ni impotencia ni negligencia de su parte. Por ejemplo, en el caso de la crucifixión de su Hijo amado, Dios guardó silencio mientras su Hijo unigénito era muerto, porque sabía que únicamente de esa manera se podía efectuar la salvación del mundo pecador.
En toda ocasión en que los hombres han criticado el silencio de Dios, podemos ver que hubo una causa, un motivo suficiente para ello. (Estúdiense Job 23:1–10; Salmo 28:1; 35:22, 23; 44:23, 24; 83:1.) El caso de Job puede tomarse como típico de la actitud de todos los santos de su época: los 2.500 años desde Adán hasta Moisés, en que no hubo revelación escrita de Dios. Ellos creían firmemente en la existencia, la omnipotencia y la bondad de su Creador, pero tenían en su corazón el anhelo insaciable de conocerle mejor, de oír su voz, de ver sus huellas y de tener comunión más íntima con él.
Podemos escuchar el clamor de los santos de aquel entonces en las palabras de Job: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!… He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré.” En las referencias citadas en los Salmos se oye el mismo clamor al Todopoderoso: “Oh Dios, no guardes silencio; no calles, oh Dios, ni te estés quieto.”
Podemos discernir la causa principal del clamor de los santos de aquel entonces: era porque el Redentor prometido no había venido. La actitud de los piadosos en todas las edades desde la promesa de Génesis 3:15 hasta la encarnación se resume en las palabras de Jacob: “Tu salvación esperé, oh Jehová” (Génesis 49:18). Y cuando Cristo nació, su venida fue anunciada a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lucas 2:38). El clamor del alma en vista del silencio de Dios se relaciona con el cumplimiento de algunas de sus promesas.
Durante los cuatro milenios antes de la encarnación, Dios se había revelado a los hombres en visiones, en sueños, en voz audible, y por 1.500 años en su Palabra escrita del Antiguo Testamento; pero todavía les faltaba la revelación suprema en su Hijo, la Palabra viviente, Emanuel, Dios con nosotros. En él, y sólo en él se satisfacen todos los anhelos del alma humana y se resuelven los misterios y problemas de la vida.
La declaración de Salomón en Eclesiastés 8:11 merece mención especial, porque nos explica cómo los hombres interpretan mal el silencio de Dios. “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.” Ellos saben que lo que hacen es malo, saben que están pecando, y que el juicio de Dios les caerá encima, pero como no cae muy pronto, cobran ánimo en su camino malo y dicen: “No seré movido jamás”, “será el día de mañana como éste, o mucho más excelente” (Salmo 10:6; Isaías 56:12).
¿Es lógico culpar a Dios por los accidentes que son causados solamente por la negligencia, descuido, o maldad de los hombres? ¿Acaso conviene al hijo criticar a su padre, o a la criatura culpar a su Creador? (Isaías 29:16; 45:9; 64:8; Jeremías 18:6; Romanos 9:20, 21). Job, en su mortal angustia, había dicho algunas cosas duras, a raiz de las cuales Eliú le reprendió severamente. Pero fue la revelación de Dios mismo lo que le humilló a hacerle clamar: “Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía … por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:1–6; Salmo 73:11–26; Juan 9:3; 13:7; 1 Pedro 1:7).
Hay otro pensamiento más profundo que relaciona el silencio de Dios con el libre albedrío del hombre. La libertad moral del ser humano no tan sólo incluye su responsabilidad moral sino también la limitación de la intervención divina. Dios hizo al hombre a su propia imagen con libre albedrío, y deja que sus criaturas ejerzan libremente esa voluntad. Esto hace al hombre responsable de todas sus acciones.
La Biblia nos enseña que Dios cuida y gobierna todo el universo, y que su gobierno se extiende hasta a las acciones libres de los hombres. “Yo también te detuve de pecar contra mí” (Génesis 20:6; 31:24; Oseas 2:6). Pero por lo general Dios no impide que el hombre peque, sino que guarda silencio. “En lo referente a los mensajeros … Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón” (2 Crónicas 32:31; Salmo 81:11–14; Oseas 4:17; Hechos 14:16; Romanos 1:24, 26, 28).
Dos frases en el Salmo 50 nos explican el tratamiento de Dios con el mundo durante esta edad de gracia. Este Salmo describe la segunda venida de Cristo en tres etapas: el rapto de los santos (vs. 4–6); su trato con Israel y la gran tribulación (vs. 7–15); y el juicio de los inicuos (vs. 16–21). Las dos frases significantes son: “Vendrá nuestro Dios y no callará”, y “Estas cosas hiciste, y yo he callado” (vs. 3, 21).
Es evidente, pues, que durante esta dispensación de gracia Dios está guardando silencio, y que este silencio terminará cuando Cristo venga otra vez. “Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira” (Salmo 2:5). El hombre se ha jactado de sus prodigios, sus conocimientos, y su facultad de manejar el mundo sin Dios. Así, el Omnipotente ha guardado silencio para que el hombre orgulloso manifestase lo que podía hacer, ¡y ha resultado un caos!
Un motivo para el silencio de Dios en cuanto a las aflicciones de su pueblo se halla en su infinito amor. El desea el bienestar eterno nuestro, y tiene que dejarnos pasar por las pruebas necesarias para refinarnos y perfeccionarnos (Job 23:10; Juan 13:7; 1 Pedro 1:7; Santiago 5:1–8; Hebreos 12:4–11). Otro pensamiento interesante puede mencionarse aquí, y es que en toda la Biblia vemos que Dios ejecuta juicio sumario una vez para demostrar su actitud hacia tal o cual pecado, y después guarda silencio para con el hombre. Pero al fin su juicio caerá, si no en esta vida, lo será entonces después de la segunda venida de Cristo (Números 15:32–36; 1 Timoteo 5:24).

Notaremos veinte ejemplos de estos escarmientos que Dios nos ha dado en la Biblia, demostrando lo que él piensa acerca de varios pecados: (1) Lascivia, Génesis 12:7; (2) Amor al mundo, Génesis 19:26; (3) Inmundicia, Génesis 38:7–10; (4) Idolatría, Exodo 32:26–29; (5) Borrachera, Levítico 10:1–3, 8–10; (6) Blasfemia, Levítico 24:11–16; (7) Maledicencia, Números 12:1–10; (8) Falta de fe, Números 14:39; (9) Rebelión, Números 16:30; (10) Murmuración, Números 16:41–49; (11) Fornicación, Números 25:1–8; (12) Robo a Dios, Josué 7:22–26; (13) Falta de reverencia, 1 Samuel 6:19; (14) Presunción, 2 Samuel 6:6, 7; (15) Falta de discernimiento, 1 Reyes 13:21–24; (16) Codicia, 2 Reyes 5:26, 27; (17) Incredulidad, 2 Reyes 7:18–21; (18) Profecías falsa, Jeremías 28:1–17; 29:22, 32; (19) Orgullo, Daniel 4:29–37; (20) Mentira, Hechos 5:1–11.

sábado, 28 de octubre de 2017

El Evolucionismo

Ha habido muchas definiciones de la palabra evolución, pero citaremos solamente la que hizo el profesor Herbert Spencer, que “la evolución es una integración de la materia y disipación del movimiento”. En otras palabras, es una hipótesis o conjetura que fue sugerida por Charles Darwin, de la cual él se retractó terminantemente antes de su muerte en 1882, aceptando las enseñanzas bíblicas como la base de su fe.
Empero, es triste notar que, aunque el autor de esta conjetura la abandonó en los últimos días de su vida, la influencia de los libros que escribió con anterioridad ha permanecido hasta el día de hoy, y hay muchos profesores y científicos infieles que proclaman esta hipótesis como si fuera verdad, enseñando en muchos colegios y universidades que toda cosa viva que exista principió con una pequeñísima célula o masa de protoplasma, la cual sin ninguna operación de Dios, se desarrolló en otras cosas, primeramente los minerales, luego el mundo vegetal, y de ello los animales, hasta que en el paso de los siglos los monos se desarrollaron hasta ser hombres.
Conocemos cerca de cien substancias que se llaman simples, y los evolucionistas enseñan que ellas fueron producidas por otras cosas más simples durante el paso de millones de años, hasta que su punto de partida fue una “nebulosidad primitiva” que se puso en movimiento y poco a poco produjo todo el universo. Ellos nunca han procurado explicar cómo se hizo una célula o nebulosidad primitiva, ni quién proveyó el movimiento.
Para descubrir el progreso ordenado de la naturaleza se puede emplear la palabra evolución, como el desarrollo del pollo del huevo, de la flor a la semilla, etc. Estas cosas se han derivado actualmente de las otras. ¿Pero quién ha visto a un pez derivarse de una piedra, o a un hombre de un mono? La ley de Dios para las plantas y los animales era que produjeran según su género (Génesis 1:11, 24), y en el principio ambas clases de vida, así la inanimada como la animada, vinieron de la mano del Creador mismo. No hay vida en los minerales, ¿cómo pues vinieron ellos a ser plantas? Lo que existe no puede ser el producto de lo que no existe. Una piedra nunca podría llegar a tener conciencia de sí ni la capacidad de pensar, cualesquiera que fueran sus cercanías, ni en un año ni en el paso de edades interminables.
Es bueno comparar el uso que los evolucionistas hacen de su conjetura con los distintivos que tiene la ciencia para el uso de una hipótesis: “Una hipótesis legítima (1) no debe ser inconsistente con los hechos ya averiguados o las inferencias a las cuales conduce; (2) debe ser de tal carácter que admita la comprobación o refutación, o cuando menos que sea considerada más o menos probable por las investigaciones subsiguientes; (3) debe ser aplicable a la descripción o explicación de todos los fenómenos, y si asigna una causa, debe asignar una causa completamente adecuada que la haya producido” (Fowler).
Rechazamos la teoría de la evolución porque (1) crea más dificultades y problemas que los que explica. Nunca ha explicado cómo vino a existir la primera vida para comenzar su proceso de desarrollo. Tampoco ha provisto el enganche entre la vida inanimada y la animada, ni demostrado cuándo tuvo principio el conocimiento de sí mismo. Así los evolucionistas fallan por completo en explicar la existencia de la materia, la fuerza, la capacidad de pensar, y la naturaleza espiritual del hombre.
(2) Porque los científicos más célebres han negado esta teoría, desde Darwin hasta los profesores Agassiz, Dawson, Bateson y muchos más. El doctor Etheridge, inspector del Museo Británico, dijo: “En todo este gran museo no hay un átomo de evidencia de la trasmutación de las especies. Este museo está lleno de pruebas de la completa falsedad de estas ideas.”
(3) Porque algunos hechos acerca del hombre y el abismo impasable entre él y el bruto la niegan: (a) La ausencia de piel protectora como la de los animales; (b) El tamaño del cerebro del hombre en comparación al de los monos más grande; (c) El uso de instrumentos y el hacer fuego, lo que ningún animal hace. El mono más inteligente es solamente un animal; el salvaje más degradado es ciertamente un hombre.
(4) Porque ha causado una degradación terrible en los hombres y las naciones que la han adoptado. Menosprecia el valor de la vida humana, degradando al hombre al nivel de los brutos, multiplica los criminales y mata la vida espiritual.
(5) Si la teoría de la evolución fuera verídica, existirían algunos casos actuales de una especie que está desarrollándose en otra especie. La microbiología provee la mejor esfera de la investigación sobre este particular, puesto que las formas observadas son las células más sencillas, donde un cambio de una forma a otra sería más probable, si tal cambio fuera posible. Además, las células se multiplican rápidamente, de modo que a veces resultan muchas generaciones en el curso de un solo día. Esto da al científico la oportunidad de observar millares de generaciones; tiempo suficiente para producir cuando menos un pequeño cambio, si es que lo hubiera. Pero los estudios revelan que las formas microscópicas son siempre invariables, no obstante la diferencia en las cercanías o el número de generaciones.
(6) Hay dos casos en la naturaleza (entre muchos) que refutan esta teoría: (a) Las abejas. Las abejas obreras poseen en sus cuerpos los instrumentos necesarios para su trabajo. Estos instrumentos no son el producto de la experiencia y el ambiente de las cercanías, como requiere la teoría de la evolución, puesto que ni la reina ni el zángano se ocupan en estas tareas, y la obrera no es capaz de producir cría. La reina, que es la madre de todas, raras veces sale de la colmena. (b) Los pejesapos. El científico Tomás Barbour, escribiendo en el Atlantic Monthly de marzo de 1943, admite que hay muchas cosas que la teoría de la evolución no puede explicar. Textualmente dice: “Hace poco estuve estudiando un grupo de pejesapos o ranas pescadoras; peces de las aguas profundas en los cuales el primer elemento de la aleta dorsal se ha convertido en una especie de caña de pescar. En algunos esa aleta es capaz de moverse hasta situarse frente a la boca del pez; en el extremo de la raya lleva pequeños filamentos movibles que se retuercen como gusanos en un anzuelo, con el objeto de engañar a los peces pequeños y llevarlos hasta la boca del pejesapo … Cito el caso extraordinario … que presentan estos peces porque me resulta absolutamente imposible comprender cómo se realizó el primer paso; no es posible explicarlo por los medios que tenemos a nuestro alcance. En efecto, la caña de pescar tenía que ser más o menos perfecta desde el principio para que el pez la pudiera usar.” Así es como dicho escritor rechaza casi por completo la teoría de la evolución cuando declara al fin del mismo artículo: “Hay muchas partes oscuras en la teoría del evolucionismo. En cuanto a mí, los misterios que nos rodean se me representan en forma tan vívida, que los ateos con su explicación mecanística de la vida me inspiran cierta irritación.”
En contraste con esta teoría falsa de la evolución, notaremos ahora lo que nos enseña la Biblia acerca de la creación: La creación es el hecho libre de Dios por el cual en el principio y para su propia gloria él hizo el universo visible e invisible sin usar material preexistente.
Pruebas directas. (a) Génesis 1:1. La palabra hebrea que significa crear se usa aquí tres veces: en el v. 1 con respecto a la materia, en el v. 21 con respecto a la vida animal, y en el v. 27 con respecto a la vida humana. Esto indica que hay una sima intransible entre la vida vegetal y la vida animal, y también otra sima entre la vida animal y la vida humana. Excluye la posibilidad de la evolución como se enseña hoy día. (b) Hebreos 11:3. Aquí vemos que el universo no fue hecho de materia preexistente, sino por mandato del Omnipotente.
Pruebas indirectas. Marcos 13:19; Salmo 33:6, 9; Juan 17:5; Efesios 1:4; Salmo 90:2; Proverbios 8:23; Juan 1:1; Colosenses 1:17; Hebreos 9:14. Vemos aquí que las tres Personas de la Santa Trinidad existían antes de que el mundo fuese. El autor de la creación fue Dios el Padre, obrando por su Palabra (Jesucristo, su Hijo unigénito) y su Espíritu. Las tres Personas se mencionan en el Salmo 33:6; el Padre en Génesis 1:1; 1 Corintios 8:6; Efesios 3:9; el Hijo en Juan 1:3; 1 Corintios 8:6; Hebreos 1:2; 11:3; Colosenses 1:16; y el Espíritu en Génesis 1:2; Job 26:13; 33:4.
El hombre fue el resultado de un acto de creación divina e inmediata (Génesis 2:7; Zacarías 12:1). Toda la raza humana descendió de sus primeros padres Adán y Eva (Génesis 1:27, 28; 2:7, 22; 3:20). Los siguientes hechos confirman la narración bíblica de la creación: (a) La historia; (b) las lenguas del mundo; (c) la psicología; y (d) la fisiología. Estas ciencias prueban que todas las naciones y sus idiomas tuvieron un origen común; que retienen características comunes, así mentales como morales; que todas las naciones son capaces de mezclarse por matrimonios; que la temperatura del cuerpo es siempre la misma; y que la sangre humana se puede distinguir por medio del microscopio de la de cualquier animal. Los cuerpos de todas las razas están sujetos a las mismas enfermedades; y la muerte viene a todas de la misma manera.

El origen de la raza humana de una sola pareja envuelve dos grandes verdades: (1) La unidad orgánica de la humanidad en la primera transgresión y también en la salvación provista para la raza en Cristo (Romanos 5:12; 1 Corintios 15:21, 22; Hebreos 2:15–17). (2) La hermandad natural del género humano, y así la obligación de llevar el conocimiento de Cristo a cada miembro de la raza (Hechos 17:26; Hebreos 2:11; Lucas 10:25–37; Mateo 28:18–20; Romanos 1:14–16).