miércoles, 3 de enero de 2018

La Razón del Hombre y la Revelación

Mientras estamos estudiando el hecho de la revelación de Dios al hombre, es importante meditar en la parte que tiene el hombre mismo en ella, y bajo qué condiciones Dios se revela a él. El hombre, hecho a la imagen de Dios, tiene la facultad de razonar, lo que le distingue de los animales y le acerca a su Padre celestial (Génesis 1:26–28; Deuteronomio 3:9). El Creador trata a sus criaturas conforme a la razón, y quiere que ellas siempre usen las facultades que él les dio.
Vemos que aun con los pecadores Dios apela a su facultad de razonar. El les llama: “¡Venid pues, y razonemos juntos, dice el Señor!” (Isaías 1:18, Versión inglesa King James). El pecado no es razonable, sino que es una locura, un extravío mental. El hijo pródigo estaba fuera de sí hasta que volvió a su padre (Lucas 15:17). Cuando el salmista consideró sus caminos, él también volvió a Dios (Salmo 119:59). Llamando y hablando al cristiano también, Dios apela a su razón al exhortarle al culto racional (Romanos 12:1).
La razón del hombre, usando las facultades que Dios le otorgó, ha considerado los argumentos que pusimos en una lista en el capítulo 2 y se ha asegurado de que Dios existe, y que es santo y benévolo hacia todos. Pero eso no satisface al hombre que siente en sí el anhelo de acercarse más a Dios y conocerle mejor. Con más meditación él ve que es razonazle creer en una revelación divina milagrosa, porque:
(1) Es posible, en vista de la omnipotencia de Dios.
(2) Es probable, en vista de su bondad y sabiduría.
(3) Es creíble. Aparte de la Biblia (la verdadera revelación divina) vemos que en todas las edades los hombres han estado listos para creer en revelaciones supuestas, tales como los libros sagrados del Oriente, el Corán, el libro de Mormón, Ciencia y Salud, etc. Todo manifiesta el deseo innato de la humanidad para recibir revelaciones de Dios.
(4) Es necesario, en vista de la impotencia e ignorancia del hombre, y sus profundos deseos espirituales.
El libro de Job, escrito por Moisés unos 1.500 años antes de Cristo, describe algunos acontecimientos probablemente 500 años antes de su tiempo, es decir, dos mil años antes de Cristo. Ese libro es de sumo interés para el estudiante de las evidencias, porque describe la vida, los pensamientos, la actitud y los anhelos de los antiguos en los siglos cuando no había revelación escrita de Dios. Hemos notado sus clamores en el capítulo 5.
Podemos ahora resumir nuestros pensamientos acerca de la razón del hombre, su capacidad y sus límites.
(1) La razón descubre la necesidad de una revelación. Sin duda los santos del tiempo de Job razonaban conforme a los argumentos que hemos presentado en el capítulo 2, y después de todo no estaban satisfechos. Sabían que Dios era superior, infinitamente superior a ellos, pero siempre creían que existía algún punto de contacto. Ellos sabían que él los había hecho, y que los anhelos de conocerle que surgían en sus corazones eran una dádiva de él. Sabían que él era bueno, perfecto, sin mancha de mal, y lleno de compasión; pues también estaban seguros de que él no les hubiera otorgado tales deseos sin intentar satisfacerlos. La actitud de ellos puede verse en las palabras de Job 31:35: “¡Quién me diera quien me oyese! He aquí mi confianza es que el Omnipotente testificará por mí.”
(2) La razón averigua la existencia de una revelación. La Biblia es un hecho. Digan lo que digan sus enemigos, existe en el mundo, reclama ser la revelación milagrosa de Dios a los hombres, y está acreditada por millones de hombres en todas partes del mundo. No es preciso que probemos que es la única revelación escrita de Dios, sino que sus enemigos tienen que probar que no lo es. La carga de comprobación queda con ellos, porque la razón misma nos prueba, después de una investigación cuidadosa, que la Biblia es todo lo que reclama ser. Esto hemos estudiado ya en nuestro estudio de la Doctrina Cristiana, y vamos a presentar más pensamientos de clarificación en otros capítulos de este libro.
Al comparar la Biblia con los libros que son venerados por las religiones orientales, y también por las modernas, la razón inmediatamente reconoce la superioridad del libro de Dios, rechazando a todos los demás como paja al lado del trigo (Jeremías 23:28). La Biblia contiene la verdad y nada más que la verdad, en tanto que otros libros religiosos, aunque tengan algunas verdades, las han mezclado con muchas mentiras, absurdos, disparates y errores.
(3) La razón interpreta el significado de la revelación. No acepta el libro de Dios de una manera ciega, sino que lo examina para indagar lo que dice. La revelación no es contraria a la razón, aunque es superior a ella. Hay muchas cosas divinas que yo no puedo comprender con mis poderes intelectuales tan limitados, pero no por eso las rechazo. Esos poderes intelectuales están buscando un DIOS; y si yo pudiera comprenderle a él perfectamente, sería igual a él. Un dios semejante no me serviría; antes bien, yo busco un Ser infinito, delante del cual yo soy como el polvo menudo en la balanza (Isaías 40:15).
Mi razón, pues, acepta al Dios de la Biblia y estudia su revelación con todo esmero, averiguando lo que dice y creyendo que es la verdad. Es un libro escrito para toda la humanidad, para los pobres e ignorantes, lo mismo que para los ricos e instruidos. El mensaje del amor de Dios hacia el pobre pecador no fue escrito en el lenguaje de los colegios ni universidades, sino en un lenguaje tan simple y claro que un niño puede comprenderlo, y se esconde tan sólo de los sabios y sagaces incrédulos (Mateo 11:25).

(4) La razón se somete a la autoridad de la revelación. Después de usar las facultades mentales hasta este punto, es lógico seguir adelante y expresar nuestra adoración y homenaje al Creador que se ha dignado revelarse a sus criaturas. Si Dios ha hablado al hombre, es razonable que éste escuche, escudriñe y obedezca en todo a su Creador (Amós 3:8; 2 Timoteo 3:16, 17). “Nosotros sostenemos los hechos eternos que constituyen las más sólidas de todas las realidades, con el contenido de nuestra fe cristiana. Sostenemos también que la única hipótesis adecuada para responder por un vasto conjunto de hechos es la hipótesis cristiana; y la comprobación en todas sus formas legítimas en el reino personal y moral puede aplicarse con éxito a la hipótesis” (Mullins).

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Revelación de Dios al hombre

¿Por qué una revelación?
Hemos visto cómo el hombre en su propio ser, sin conocer la Biblia, puede razonar y llegar a la certidumbre de que existe un Ser supremo, el Creador de todo el universo, y de que él es santo, bueno y Todopoderoso. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20). Esto hemos probado por medio de los varios argumentos teológicos que nos han conducido hasta este punto.
Sin embargo, estos argumentos no satisfacen ni apagan la sed del alma. Queremos no sólo saber que existe un Dios sino también conocerle. En las palabras de San Agustín: “Tú nos has hecho para ti mismo, y nuestro corazón no tiene sosiego hasta que descanse en ti.”
La imagen de Dios en el hombre le hace capaz de conocer a Dios, pero ¿cómo puede hallar a su Creador? “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” ha sido el clamor amargo del alma sedienta que tiene que responder “¡No!” a la pregunta: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios?” (Job 11:7). Cuán amargamente se queja Job de la imposibilidad de alcanzar a Dios, y de la falta de un Mediador. “No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos” (Job 9:33). Este anhelo santo no sólo deseaba una revelación de Dios, sino una revelación por encarnación, y eso es lo que Dios otorgó a sus criaturas por medio de su Hijo unigénito Jesucristo.
Es verdad que no hay experiencia de Dios sin una revelación de él. El Creador mismo tiene que extender su mano de amor hacia la criatura, él mismo tiene que hacer posible el contacto. El pecado ha hecho una separación entre Dios y el hombre; pero de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para ser la escalera que uniera a la tierra con el cielo (Juan 1:51; Génesis 28:12).
Dios quiere que sus criaturas le conozcan (Oseas 6:6). En este asunto él ha tomado la iniciativa, y se ha revelado a los hombres. “Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mateo 11:27; véase también Salmo 27:8). Podemos notar aquí algunas de las voces que le proclaman: (1) La voz de la creación. Toda la naturaleza nos habla de su Creador (Salmo 19:1–4; Isaías 40:26). (2) La voz de la conciencia (Romanos 1:19). Este instructor interior siempre nos amonesta de la existencia de Dios. (3) La voz de la historia (Job 32:7). Nunca ha habido nación sin alguna idea de un Ser Supremo. (4) La voz de la filosofía. Los hombres de despejada inteligencia en todas las edades han buscado a Dios en sus razonamientos, y muchos de los filósofos más grandes y los más eruditos han sido devotos adoradores de él, porque le encontraron en su Hijo, Jesucristo. (5) La voz del Salvador (Juan 14:5–10). El no sólo nos enseñó la existencia de Dios, sino que la reveló en su propia vida, mediante palabras y hechos.
La revelación es la comunicación directa de la voluntad de Dios al hombre. Podemos tener por la naturaleza misma un cierto conocimiento de un Ser supremo (Romanos 1:19, 20), pero eso se llama más bien inducción (razonando de las partes al todo, o al conjunto). Las Santas Escrituras reclaman ser el conjunto de la verdad que Dios ha dado al hombre milagrosamente. Veremos cómo se prueba esto.
Podemos pues definir la revelación como una comunicación sobrenatural de Dios al hombre. Dos métodos son posibles: (1) Revelación inmediata, cuando Dios habla a un individuo; y (2) Revelación escrita.
Se objeta al primer método, diciendo que:
(a) Se entremete con el libre albedrío del hombre, porque algunos tendrían que recibirla por fuerza.
(b) Tiene que ser repetida a cada uno.
(c) Abre el camino para la contradicción e impostura.
La revelación escrita tiene estas ventajas:
(a) Es más clara y abierta.
(b) Es más certera.
(c) Es más permanente.
De modo que se ve que la importancia del asunto demanda una relevación escrita.
Podemos notar varios métodos que Dios usó para revelar su voluntad fuera de la revelación escrita:
(1) Señales, como la vara de Moisés (Exodo 4:1–5).
(2) Símbolos, como la columna da nube y fuego (Exodo 13:21, 22; Números 9:15–23).
(3) Sueños como los de José (Génesis 37:5–11).
(4) Comunicaciones cara a cara (Números 12:8).
(5) Los Urim y Tumim, probablemente dos piedras que cambiaban de color cuando Dios revelaba su voluntad, aprobando o desaprobando (Exodo 28:30; Números 27:21).
(6) Suertes (Jonás 1:7).
(7) Visiones (Isaías 6:1).
(8) Milagros (2 Reyes 4:35).
(9) Profecías (2 Reyes 7:1).
(10) Encarnación (Juan 1:14; Hebreos 1:1, 2).
(11) Contestación a la oración (Isaías 38:5).
(12) Acontecimientos providenciales (2 Reyes 8:3–6).
(13) Su voz en el corazón (Isaías 28:22, 23; 30:21).
No conocemos a Dios como es en sí mismo, sino solamente en su acción y efecto en nosotros (Romanos 11:33–36). Es su iniciativa lo que hace posible nuestra respuesta a él. Le amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Nuestra fe misma es don de él (Efesios 2:8; Mateo 16:17). Cuando dice: “El que tiene oído, oiga”, es una demanda dirigida a nuestro libre albedrío, a nuestra voluntad, por la gracia infinita de Dios.
La fe es la base de todo descubrimiento y de todo progreso en el conocimiento de Dios. Cristóbal Colón creyó que existía un mundo al occidente, y su fe le hizo paciente para aguantar, esperar y perseverar. Nuestras convicciones fundamentales (por ejemplo, la fe que existimos o que el mundo en derredor nuestro es una realidad y no meramente un sueño) dependen de nuestras experiencias. Podemos defender estas convicciones por medio de argumentos, pero la base es siempre la experiencia misma. Por tanto, no tengamos vergüenza en nuestra predicación de apelar a la experiencia nuestra ni a la de otros. Es un argumento que nunca puede ser contradicho.
Notemos ahora unos resultados de la revelación de Dios a sus criaturas:
(1) Confianza (Salmo 9:10).
(2) Vida (Juan 17:3).
(3) Amor (Juan 17:25, 26).
(4) Poder (Daniel 11:32).
(5) Gracia (1 Pedro 1:2, 3). Esta incluye todas las bendiciones de la vida cristiana.

La actitud de Dios hacia sus criaturas anhelosas de conocerle se puede comprender por las palabras de Exodo 2:23–25; 3:7, 8. El las ve hundidas en el fango del pecado y clamando por rescate, y contesta: “He oído su clamor … y he descendido para librarlos.” El hombre pecador puede quedarse indiferente al clamor de sus semejantes, pero Dios nunca. La revelación es su respuesta (Isaías 49:15; Salmo 18:4–19). El deseo de Dios de revelarse a sus criaturas se cumplirá plenamente en el milenio, cuando la tierra estará llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar (Salmo 72:19; Habacuc 2:14).