jueves, 22 de junio de 2017

La Doctrina y las Evidencias

El cristiano verdadero quiere obedecer el mandato de su Salvador, quien dijo: “Escudriñad las Escrituras.” Es un deleite buscar en todas partes de la Biblia las enseñanzas divinas, las que, puestas en forma sistemática, se llaman la doctrina cristiana.
La palabra teología viene de dos palabras griegas que significan Dios y palabra, o un discurso acerca de Dios. Usamos la palabra doctrina para describir las enseñanzas de la Biblia, y la palabra teología en un sentido más amplio, abarcando “la ciencia de Dios y las relaciones entre Dios y el Universo” (Strong).
Las doctrinas o enseñanzas divinas están esparcidas en toda la Biblia como flores en un campo grande. El estudiante reverente anda en el campo recogiendo las flores y haciendo ramilletes de ellas. Esto es lo que hace en su estudio de la doctrina. En los días de los apóstoles, éstos vieron muy pronto que en su ministerio no sólo tenían que recoger las enseñanzas de Cristo y arreglarlas en forma sistemática, sino que también tenían que protegerlas, porque se levantaban muchos enemigos. Aquí se originó la necesidad de las evidencias cristianas.
Del mismo modo que usamos las palabras doctrina y teología, y la segunda tiene una significación más amplia que la primera; así usamos las palabras evidencias y apologética, la segunda abarca un campo más amplio que la primera. Podemos definir las evidencias como un tema o alegato que prueba que Jesucristo y la cristiandad son todo lo que la Biblia reclama que son. Es una defensa histórica y práctica del conjunto de verdad que Dios nos ha dado (1 Pedro 3:15). La apologética es más amplia y abarca también el aspecto filosófico de esta defensa.
La defensa de su fe ha sido siempre uno de los deberes del cristiano (Tito 1:9; 2:1; 1 Timoteo 4:13–16; 2 Juan 9). La tarea del defensor del cristianismo es una guerra en la cual él siempre puede salir victorioso, porque está luchando al lado de Dios mismo en contra de los enemigos de él. Nunca debe temer al opositor, cuyas palabras son “como las capas de piel de oso usadas por los granaderos para hacerse aparecer feroces”. La palabra “evidencia” viene del latín, y significa “lo que hace ver algo con claridad”. El valor preeminente de las evidencias cristianas está en que benefician a los creyentes mismos, fortaleciéndoles en su fe, demostrándoles que su posición es inconquistable, y que los ataques de ateos, agnósticos, infieles, unitarios, materialistas, racionalistas y modernistas de toda clase, durante las edades, no han resultado sino en victorias para Cristo y derrota para sus opositores.
El hombre, hecho a la imagen de Dios (Génesis 1:27, 28), tiene en su alma una sed de conocer a su Creador. Esta sed no puede ser saciada por la filosofía, ni por la ciencia, ni por toda la sabiduría de este mundo. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21). Veremos en los capítulos que siguen cómo el Creador se dio a conocer a sus criaturas primero en la revelación de su Santa Palabra, y luego, en su revelación perfecta y suprema, en el Dios-Hombre, nuestro Señor Jesucristo (Juan 1:18; 7:45–46; 20:31).
En todo nuestro estudio de las evidencias cristianas debemos acordarnos de que los argumentos que usaremos deben basarse en los hechos. Es posible valernos de las hipótesis y derivar de ellas nuestras conclusiones, pero toda nuestra creencia, en resumidas cuentas, está basada en los hechos. Recordemos, pues, que hay cuatro hechos que no se pueden contradecir, a saber:
(a) La naturaleza física que nos rodea. Por mucho que el ateo quisiera negar la existencia del Creador, no puede negar el hecho de que existe el universo. Queda, pues, bajo su responsabilidad demostrar su afirmación de que esta creación llegó a existir sin un Hacedor.
(b) La revelación de Dios que tenemos en la Biblia. El modernista dice que manos humanas la compilaron, y que su autoridad es igual a la de cualquier otro libro. A él le cabe la responsabilidad de probar su afirmación, y para ello tiene que explicar cómo unos cuarenta escritores viviendo en varios países distintos y abarcando un período de alrededor de 1.600 años pudieron producir 66 libros grandes y pequeños que reclaman ser escrituras del mismo Dios, que nunca se contradicen, y que se ajustan en un solo libro sagrado de tal modo que no se puede sacar uno sin dejar incompleto el libro entero (véase la prueba de eso en el capítulo 13).
(c) La experiencia religiosa. Es otro hecho del que siempre debemos acordarnos. Por mucho que se burle de ella el escéptico, no puede cambiar el hecho de que un hombre borracho y perdido puede verse cambiado en un santo de Dios. ¿A qué se debe ese cambio? Que nos explique el racionalista cómo los ladrones son convertidos en hombres honrados, los mentirosos en hombres de verdad, y leones en corderos, en el sentido figurado de la palabra. Puede ser que ellos no puedan argüir con sus opositores, pero cada uno de ellos puede testificar: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).
(d) La historia cristiana. He aquí otro hecho del que siempre debemos valernos en la lucha en contra de las fuerzas del error. La cristiandad ha existido ya por casi dos mil años. Tuvo su principio de una manera sumamente humilde. No se valió de fuerza militar para propagarse, como hicieron Mahoma y sus seguidores con la religión mahometana; sin embargo, la fe de Jesucristo se ha diseminado en todas partes del mundo y tiene el mismo poder el día de hoy como en los días de Cristo y sus apóstoles.
Meditando en estos cuatro hechos patentes que no se pueden ocultar, el hombre sincero tiene que confesar que la única causa adecuada para explicarlos satisfactoriamente es una PERSONA. Ha de haber existido un Creador que hizo el universo, que se reveló a sus criaturas en la Biblia, que fue encarnado en su Hijo Jesucristo, y que viene por su Espíritu a morar en los pecadores convertidos, haciéndoles a ellos a su vez manifiestamente una epístola de Cristo, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2 Corintios 3:1–3).
Los apóstoles salieron por el mundo del paganismo con el mensaje del evangelio, revestidos con el poder del Espíritu Santo, y prontos para ganar a toda la humanidad para Cristo. Su actitud puede ejemplificarse en las palabras de Pablo: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?… Contra los que me acusan, esta es mi defensa” (1 Corintios 9:1, 3). Para los que se oponían a su mensaje, bastaba decirles que él había visto a Cristo en la gloria; y luego todos creerían lo que les predicaba.
Sin duda, no sólo Pablo, sino todos los discípulos primitivos creían que los gloriosos hechos de que ellos eran testigos serían aceptados por los que les oían; pero no resultó así. Cristo había amonestado a sus discípulos que: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:20); y Pablo mismo, después de haber encontrado la oposición de corazones endurecidos en muchas ciudades, escribió de Efeso: “Se me ha abierto puerta grande y eficaz y muchos son los adversarios” (1 Corintios 16:9).
Vemos pues, que aun en el principio de la dispensación de la gracia hubo una lucha, las fuerzas de las tinieblas resistiendo y guerreando contra la luz del evangelio. Los soldados de Cristo en aquel entonces y durante todos los siglos siguientes han tenido que presentar sus evidencias, sus pruebas, y las clarificaciones de su mensaje para refutar a los enemigos de afuera y a los herejes de adentro de la iglesia.
El primer enemigo que resistió el evangelio fue el judaísmo, aquel sistema de Ley que había sido dado por Dios mismo en la infancia de la raza humana, no para ser un orden permanente, sino para demostrar la santidad de Dios y de su Ley, la imposibilidad de que el hombre por sus propios esfuerzos la cumpliese, y su necesidad de un Salvador. “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24).
Estúdiese con esmero toda la epístola a los Gálatas, y después lo que Pablo escribió en Romanos, para ver cómo el apóstol presentaba las evidencias del evangelio, y nótese especialmente el pasaje ya citado en Gálatas 3 para ver su respuesta a los que querían imponer la Ley de Moisés sobre los conversos cristianos.
El primer Concilio de la Iglesia, convocado en Jerusalén en el año 50 D.C., se ocupó de este mismo problema, y de los maestros falsos que estaban trayendo el judaísmo dentro de la iglesia (Hechos 15). Pablo se les oponía en todo lugar, pero ellos eran tan astutos y atrevidos que en una ocasión Pedro mismo fue engañado por un corto tiempo. Nótese el espíritu manso con que él recibió la reprensión pública de Pablo, y cómo después manifestó su aprecio por él (Gálatas 2:11–21; 2 Pedro 3:15, 16).
Cuando los cristianos fueron esparcidos por todas partes del mundo entonces conocido, tuvieron que defender su fe en contra de los ataques de otro enemigo, a saber, el paganismo. Un buen ejemplo de esta defensa se halla en el discurso de Pablo a los filósofos de Atenas, el centro mismo de la religión y la cultura griegas. Los romanos gobernaban el mundo de aquel entonces por la fuerza de sus ejércitos; pero el idioma y la cultura de los griegos (cuyo imperio había antecedido al de Roma) permanecían todavía. Tanto los romanos como los griegos eran paganos, rindiendo culto a los ídolos.
Puesto en pie sobre el cerro de Marte, donde los filósofos solían congregarse, Pablo les felicitó por su instinto religioso, y por el hecho de que estaban buscando a Dios, hasta llegar a edificar un altar AL DIOS NO CONOCIDO. Este altar le dio el punto de contacto con ellos, para predicarles las buenas nuevas de Cristo.
En todos sus discursos a los judíos les traía sus pruebas del Antiguo Testamento. Los paganos empero no sabían nada de las Escrituras, en consecuencia Pablo tuvo que probarles la existencia del Dios verdadero apelando a los hombres creados por él, y a sus propios instintos y conciencia (Hechos 17).
Con el paso de los siglos, muchos enemigos y sistemas falsos se levantaron fuera y dentro de la iglesia de Cristo. En otros capítulos vamos a notar algunos de los sistemas que tenemos que afrontar en estos postreros días. En la Historia de la Iglesia Cristiana se encuentran los pormenores de la lucha en contra de los opositores Lucio (165 D.C.), Celso (178 D.C.), Porfirio (233 D.C.), y Hieróclito (300 D.C.). Los padres apostólicos que les contestaron por escrituras en defensa del cristianismo fueron Agustín, Cirilo, Tertuliano, Justino Mártir, Eusebio, Teófilo, Clemente, Hipólito, Orígenes y otros. Tenían que combatir no sólo los ataques de afuera, sino las herejías sutiles de maestros falsos de la iglesia. Los cristianos de hoy tienen que hacer lo mismo.

Podemos notar aquí unos hechos acerca de la “presunción a favor de toda institución actual” y la “carga de comprobación”. No es preciso defender una institución actual hasta que se traiga algún argumento en contra de ella; y el que trae la acusación es el que debe probarla; éste es uno de los principios fundamentales de la ley. Aplicando esta ley a la institución cristiana, podemos aclarar nuestros pensamientos con el resumen que hace el doctor F. W. Ferrar: “(1) Había una presunción fuerte en contra del evangelio cuando por primera vez fue anunciado. Un campesino judío reclamó ser el Mesías prometido, en quien todas las naciones del mundo iban a ser bendecidas. Nadie podía culparse por no creerlo, hasta que él lo probara. La carga de comprobación quedaba con Jesús, y él la aceptó (Juan 15:24, compare con Hechos 19:36). (2) El caso en el tiempo actual es completamente opuesto. La cristiandad existe, y cualquiera que niegue su origen divino debe traer razones convincentes por asignarle un origen humano. La carga de comprobación queda al lado del que rechaza el evangelio. Si no fue establecido milagrosamente, como reclama haberlo sido, entonces se hace necesario un milagro mayor, es decir, que fuera instituido por agencias e ingenio humano, a pesar de toda resistencia. (3) Cuando nuestros misioneros llevan el evangelio a los paganos, es evidente que los cristianos mismos tienen que asumir la responsabilidad de comprobación. Los paganos no preguntan cuáles son las acusaciones en contra del cristianismo, sino que demandan razones suficientes para hacerles abandonar la religión de sus antepasados y abrazar la religión nueva.”


jueves, 18 de mayo de 2017

Abandonado por Dios - parte 4

El desánimo
1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?
4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí;
De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios,
Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
6 Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.
7 Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;
Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.
8 Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.
9 Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?
¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?
10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me
afrentan, Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?
11 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turba dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 42
1 Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa;
Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo.
2 Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza,
¿Por qué me has desechado?
¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?
3 Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán;
Me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas.
4 Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo;
Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío.
5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.
Salmo 43
La sed, la verdadera sed, es algo terrible. Si no se alivia, en última instancia resulta literalmente fatal.
La sed de Dios a menudo se considera una especie de virtud evangélica, una marca de la verdadera espiritualidad. Pero a veces olvidamos que la clase de sed de Dios de la que habla la Biblia es a la vez una experiencia terrible. Significa que sentimos un hambre de su presencia, una ausencia de su gracia y poder. La sed espiritual no es agradable, sino dolorosa; puede producir en nuestras vidas no tanto melodía como melancolía.
No existe más elocuente descripción de tal melancolía espiritual que la de los Salmos 42 y 43.
Estos dos salmos van juntos. En algunos manuscritos de la Biblia hebrea vienen realmente como un solo salmo. Aun en su traducción al español se nota claramente un mismo tema a lo largo de ambos salmos. Es más: comparten el mismo coro, que de manera muy viva refleja su ambiente:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (Sal. 42:5, 11; 43:5).
La repetición de estas palabras no nos deja ninguna duda respecto al tema de los dos salmos. El que los escribe está desanimado. Lo está pasando mal. Se encuentra como sin vida, y desesperadamente necesitado de agua de los manantiales del Dios vivo (v. 2); se siente lejos, y Dios parece distante tanto en cuanto al espacio como en cuanto al tiempo. El salmista no sabe ni dónde ni cuándo estará de nuevo en la presencia de Dios. Está desesperadamente sediento.
El salmista se siente como un ciervo visiblemente sediento, que vaga desorientado buscando alivio. No lo encuentra en los sitios donde normalmente hay agua para beber; esos sitios se han secado. Se le van las fuerzas; brama, cada vez más agotado. En este momento su único interés en la vida consiste en saciar su terrible sed.
Pronto la debilidad se adueñará del ciervo, y vendrá la muerte como un alivio misericordioso. Pero por ahora aún le queda tan sólo la energía suficiente como para seguir buscando; nada más importa, sólo el agua. Es una lucha sólo seguir adelante con la esperanza de encontrar agua. Inevitablemente, el ciervo lo mira todo desde esa perspectiva.
Y es que existe, según nos dice este poeta hebreo, un paralelismo espiritual: una profunda sensación de la ausencia y la distancia de Dios, que agota toda nuestra energía y hace que cada día requiera un esfuerzo sobrehumano sólo para llegar al final del día. Cuando nos levantamos por la mañana, nos sentimos cansados aún, sin energía, decaídos, pesimistas; vemos y hacemos todo a través de una nube; vivimos nuestra vida con las persianas bajadas. Todo está impregnado de oscuridad. Estamos abatidos.
Esto es lo que los de antaño llamaban melancolía. Se trata de una palabra que viene del griego y que significa, literalmente, “bilis negra” (que los primeros médicos griegos creían ser la causa de la melancolía). Los Salmos 42 y 43 describen a un creyente que la ha gustado.
Como consecuencia de ello, ha escrito lo que los epígrafes (de algunos de los salmos) llaman un masquil. Este término viene de un verbo que significa “instruir, hacer sabio, poseer alguna habilidad”. Quizá la idea aquí sea que su experiencia le ha dado sabiduría y ciertas habilidades espirituales que quiere compartir con otros.
A veces vamos al médico para lo que llamamos “un chequeo completo”. Lo que queremos decir con eso es que se nos hace una revisión muy detallada; se nos practican una serie de pruebas para analizar nuestra salud física.
Pues, en un sentido, los salmos nos proveen de “un chequeo espiritual completo”. De hecho el gran reformador Juan Calvino llamaba los salmos “Una anatomía de todas las partes del alma”. Bien expresado. Al menos es una buena descripción de lo que encontramos en los Salmos 42 y 43. El salmista nos habla como médico espiritual. Hace un diagnóstico; y también explora los remedios que nos ayudarán.
NUESTRO ESTADO ESPIRITUAL
¿Qué hace el médico para hacer su diagnóstico? Pues él, o ella, hace preguntas. ¿Por qué hace eso? Porque ayudará a confirmar los síntomas que tienes, eliminar varias posibles causas, y llegar a un diagnóstico preciso.
Lo mismo se puede decir de los médicos espirituales. Los sanadores del alma experimentados no dan consejos sin primero explorar el problema. Y eso es así tanto si nos estamos tratando a nosotros mismos como si estamos aconsejando a otros. Debemos preguntar, escuchar, analizar, y sólo entonces recetar el tratamiento.
Ése es un principio que nos resulta difícil de aprender. Pero quizá al salmista no le resultara más fácil que a nosotros; eso puede explicar por qué recurrió a escribir. Le costó esfuerzo analizar su condición; casi estaba demasiado cansado para intentarlo. Pero, de alguna manera, el hecho de escribirlo le ayudó. Puede ser que eso sea algo que merezca la pena recordar.
Este salmista es alguien que se habla a sí mismo. Vuelve una y otra vez a la misma pregunta: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” (42:5, 11; 43:5). ¿Por qué dice “alma mía”?
Para responder a esa pregunta necesitamos saber algo sobre la manera como la Biblia ve la existencia humana. Como personas somos unidades completas. Pero en nuestras relaciones somos multidimensionales. Vivimos en un mundo físico, y nosotros mismos somos seres físicos: tenemos cuerpos. Hasta puede ser que sea aún más correcto desde el punto de vista del Antiguo Testamento decir que somos corporales.
Sin embargo, también vivimos en relación con Dios. Hay un aspecto de nuestra existencia que no es ni corporal ni material. No somos meramente máquinas biológicas; somos personas vivas, creadas para tener relaciones personales los unos con los otros y con el Dios que nos creó a su imagen.
En la Biblia, se refiere a este aspecto de nuestra existencia de varias maneras diferentes: a veces con el término “espíritu”, y otras veces con el término “alma”. Los dos términos a menudo son más o menos sinónimos. María dijo que su “alma” engrandecía al Señor, y que su “espíritu” se regocijaba en Dios su Salvador; allí “alma” y “espíritu” se complementan el uno al otro, y son casi intercambiables. Pero otras veces los dos términos apuntan a dos aspectos diferentes de nuestra vida personal. “Espíritu” significa poder y energía (la palabra hebrea para “espíritu”, ruaj, significa “viento en movimiento”). “Alma”, por otra parte, expresa la idea del hombre en su debilidad y necesidad. La palabra hebrea nefes a veces parece referirse a la garganta, por medio de la cual el hombre hace esfuerzos para respirar, para sustentar su vida. Cuando se refiere a la persona en su totalidad, se refiere al hombre como frágil, dependiente, fácilmente quebrado y roto, sujeto a humores cambiantes en su experiencia de un mundo caído. Como lo expresa Hans Walter Wolff, el alma “es el fuero mismo de la vida necesitada, sediento de deseo”.4
Normalmente, “espíritu” y “alma” son relativamente indistinguibles. Pero a veces alguien cuyo espíritu está en comunión con el Espíritu de Dios puede experimentar lo que Charles Lamb describió como “las paperas y el sarampión del alma”. Todo en la vida puede parecer raro, aun cuando la vida esté centrada en Dios. Somos como un barco, bien anclado, pero golpeado por la tormenta, sacudido primerohacia un lado y luego hacia el otro, aquí y allá. El hecho mismo de que estamos anclados a Dios, y no vamos a la deriva, ¡significa que los golpes que recibimos son tanto más insistentes y dolorosos!
Por desgracia, los cristianos no siempre entienden. A veces ocurre que creyentes bienintencionados suponen que si alguien está melancólico o bajo en espíritu, la solución es muy sencilla y muy evidente. Recetan medicina fácil para una enfermedad del alma que es difícil de curar, fórmulas sencillas que dan por supuesto que valdrán para toda clase de necesidad.
No obstante, es posible para un creyente estar buscando caminar con Dios, vivir en fidelidad a Él, y aun así sentir que Dios está muy lejos, y estar decaído en su espíritu.
Los Salmos 42 y 43 son una buena ilustración de ello. Su autor es un hombre de una profundidad espiritual poco común. Tiene sed de Dios (v. 2); llora cuando se desprecia a Dios (v. 3); derrama su alma en oración (v. 4); Dios es su Roca (v. 9). Y no hay en este salmo ni una palabra de confesión de pecado o de fracaso. Su problema inmediato no es su pecado.
De hecho, este creyente tiene un deseo en lo más profundo de su ser de conocer la presencia de Dios y su voluntad. No, el problema no es su pecado. De lo que se trata más bien es de qué hacer, como creyente fiel, con su desánimo. El problema no es simplemente algo “espiritual”. Es mucho más complejo que eso. Tiene que ver con el alma. Algo la ha afectado. Está en malas condiciones.
¿Por qué es tan importante reconocer esta distinción? Lo es porque, si no, los creyentes sensibles acabarán condenándose a sí mismos y experimentando un profundo sentimiento de culpa por una situación en la que tal reacción no es apropiada.
Debemos aprender esto de la manera como el salmista se dirige a su propia alma. Nuestro Señor Jesucristo utilizó un lenguaje parecido en los Evangelios. Escúchale: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré?” (Jn. 12:27); Jesús “comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte…” (Mr. 14:33, 34).
¿Ves lo que estoy diciendo? Cuando compartimos la experiencia del salmista, hay varias tentaciones que se nos presentan. Una de ellas, como ya hemos visto, es confundir el desánimo con la culpa. Pues aquí tenemos otra: pensar que somos los únicos que están experimentando lo que estamos experimentando, y que Cristo no comprende. Pero el caso es que Él ha estado donde nosotros estamos: ¡ha ido más lejos aún! Él sabe; comprende; siente; le importa.
SÍNTOMAS
El alma del salmista ha estado decaída. Ya no está disfrutando de las bendiciones espirituales de las que antes disfrutaba. Hubo un tiempo cuando, por lo visto, su alma llegó a estar llena de alegría, regocijándose en el Señor y deleitándose en su salvación (cf. Sal. 35:9). Había gustado un poco de la experiencia de gozo que tuvo María por el hecho de que Dios humilla a los soberbios y exalta a los humildes, vacía a los ricos y llena a los pobres (Lc. 1:52, 53).
Ahora, sin embargo, a partir de esas bendiciones espirituales, David se siente como dislocado. Su alma está turbada, inquieta: le falta paz y aplomo. No puede relajarse. Se ha vuelto irritable y preocupado. Su experiencia le ha estirado demasiado, emocionalmente, y ahora no puede descansar.
Describe los síntomas de diferentes maneras: “Ando enlutado” (Sal. 42:9; 43:2). Su corazón está apesadumbrado de dolor: “como quien hiere mis huesos” (42:10). Su situación afecta a todo su ser.
Sin embargo, su pregunta: ¿Por qué? (“¿Por qué te abates, oh alma mía…?”) es más importante que su descripción de los síntomas. Sólo cuando haya descubierto los motivos de su desánimo podrá recetar un antídoto apropiado.
Y es precisamente aquí donde tantas veces fallamos nosotros. De hecho, ¡es nuestro mismo desánimo espiritual el que nos disuade de analizar sus causas! Nos rendimos ante el desánimo, en vez de rastrear los síntomas hasta llegar a la raíz. El desánimo no desaparece así de fácil por sí mismo. Hay que interrogarle una y otra vez. Debemos aprender a decirle: “¿Por qué estás ahí?” Sólo entonces descubriremos que existe un medicamento apropiado aun para nuestras almas.
Nos puede ayudar el estudiar por qué este salmista experimentó el desánimo. Él le sigue la pista hasta encontrar ciertas causas en particular. Existen razones concretas para su estado. El darse cuenta de eso es la mitad del remedio que necesita.
CAUSAS
La privación espiritual
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?… fui con la multitud (Sal. 42:2, 4).
Habían pasado semanas, quizá meses, desde que había adorado con el pueblo de Dios. Ahora sus circunstancias le habían imposibilitado unirse a las multitudes de adoradores en Jerusalén. Está exiliado en la tierra del Jordán, por los montes de Hermón, en la región de Mizar. Aquí no se oyen cánticos de alabanza, ni una congregación en la que se estudia y se habla de la revelación de Dios; no hay reuniones para la oración y la instrucción. ¿Es, pues, realmente de extrañar que su alma, estando tan desnutrida como lo está ahora, se sienta machacada y desconsolada?
A no pocos creyentes jóvenes, sentados alrededor de la lumbre, se les ha enseñado una lección ilustrada, por parte de algún creyente más maduro, al tomar éste un carbón encendido y retirarlo de en medio de las llamas, y apartarlo y observarlo hasta ver desvanecerse al final su calor. La lección sencilla, pero siempre importante, es que si los creyentes han de mantener su calor espiritual necesitan tener comunión.
¡Cuán importante es para nuestro bienestar la comunión de la Iglesia! A veces, es sólo al ser privados de tal comunión cuando nos damos cuenta de cuánto la necesitamos. Después de todo, el Señor nos ha hecho para la comunión. Él nos juntó para que necesitásemos del amor y de los dones los unos de los otros.
Que no te extrañe si el ser privado de la adoración de cada semana afecta a tu espíritu. El desarrollar una disciplina espiritual a nivel individual es bueno; pero no es ningún sustituto para la vida de la iglesia a la cual has sido llamado.
No seas tan orgulloso o tan autosuficiente como para pensar que tú no necesitas de manera regular la oportunidad de oír la exposición y la aplicación de las Escrituras, en el contexto de un grupo vibrante de creyentes que oran. Cualquiera que pertenezca a tal iglesia conoce la bendición de una vida con tiempos semanales de adoración, oración y enseñanza bíblica. No solamente somos educados así en la verdad cristiana, sino que nuestras almas se están nutriendo y fortaleciendo. Se enriquece todo nuestro ser.
Cuando estás decaído, cualquiera que sea el motivo –sea algo de poca importancia, o algo que verdaderamente hace tambalearse tu vida– cuesta más esfuerzo mantener las disciplinas regulares de la vida cristiana. Aun el ir a la iglesia es una enorme lucha… ¿y realmente merece la pena, cuando sabes que tienes que volver a casa después para hacerle frente a tu desánimo? ¿Te es demasiado doloroso oír que ésta es la única manera de sostenerte en tu nivel actual de desánimo, sin que te hundas aún más? Pero es que cuando desaparecen estas disciplinas básicas, todo está en peligro de derrumbarse: como este salmista descubrió.
Ambiente hostil
Me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?… mis enemigos me afrentan (42:3, 10).
Estaba en un ambiente lejano y extraño. Que era también un ambiente hostil se puede captar por las primeras palabras del salmo, si se pretende que nos imaginemos el ciervo siendo perseguido por cazadores. Se hace más explícito en lo que sigue.
Sus enemigos le afrentan y le oprimen: “¿Dónde está tu Dios ahora?”, dicen (42:3, 9, 10; 43:1, 2). Y ésta era su triste suerte “todo el día” (42:10 LBLA). Al menos, así era como le parecía a él.
Hemos visto antes el papel que representan en los salmos “los enemigos”. Se trata de una situación de conflicto. En los tiempos de desánimo estamos envueltos en un conflicto espiritual. Bajo esas circunstancias, “los enemigos”, tanto naturales como sobrenaturales, se burlarán de nosotros: “¿Dónde está tu Dios?” Y muchas veces tienen éxito, porque nos encontramos preguntando: “¿Dónde está Dios? ¿Es que no le importa?”
Hay tres principios que nos ayudarán cuando surja esta pregunta.
1. A menudo el mejor método de defensa es el ataque. Devuélvele la pregunta a la persona que la hace: “¿Y tú? ¿Dónde está tu dios?” Eso arroja otra luz diferente sobre la situación.
Ésta fue la estrategia que adoptó Elías en el monte Carmelo, en tiempos cuando el nombre del Señor estaba siendo despreciado. Elías desafió a los profetas de Baal: “¿Dónde está vuestro dios?”, y al hacerlo descubrió que las burlas fáciles de ellos no eran más que palabras huecas (1 R. 18:21).
2. Pregúntate: “Aun si no puedo percibir lo que Dios está haciendo en mi situación, y aun si no puedo comprender sus caminos; ¿qué sería de mí sin Él?” El hacerte esa pregunta es poner las cosas en su perspectiva correcta. Lleva a la siguiente conclusión: Puedo vivir para el Señor sin comprender del todo sus caminos; pero no puedo vivir sin Él. Ya que Él es Dios y yo soy su criatura finita, Él no tiene por qué darme explicaciones a mí; pero ha demostrado su fidelidad una y otra vez. Puedo confiar en Él.
3. Acuérdate de que esta misma pregunta se la echaron en cara a Cristo también, cuando le habían abandonado para morir en medio de la vergüenza y la soledad en la Cruz; dijeron: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere…” (Mt. 27:43).
La verdad era que Dios nunca estuvo obrando más poderosamente que en aquellos momentos; es más: Jesús sabía que su Padre nunca le amó y admiró más que cuando la oscuridad borró totalmente su comunión consciente con el Cielo, cuando moría en la Cruz: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida [por las ovejas]” (Jn. 10:17, 15).
El alma de Jesús estaba decaída; Jesús estaba angustiado; de Jesús se burlaron exactamente de la misma manera que el salmista había experimentado. Podía haberse puesto al lado del salmista, compartiendo con él el mismo himnario, y contigo también, mientras cantas este salmo. Él entiende, porque ha estado allí. Y tu ambiente no es totalmente hostil; ¡Cristo está contigo!
Un papel perdido
“Yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios” (42:4, énfasis añadido). David había sido un guía en el pueblo de Dios, y había ejercido un ministerio destacado. Peroahora estaba lejos de esa esfera de ministerio y liderazgo. No nos debe extrañar que estuviera desconsolado.
Pocos de nosotros nos damos cuenta hasta qué punto nuestro sentimiento de significación y valor está vinculado a nuestro servicio y liderazgo. A menudo aconsejamos a las personas que no lleguen a estar tan absortas en su servicio que pierdan de vista a Aquel a quien se supone que están sirviendo. Pero si nos damos en el servicio de Cristo, la cuestión de quiénes somos llega a estar tan estrechamente relacionada con lo que hacemos que las dos cosas son prácticamente indistinguibles. Después de todo, nuestro servicio es una expresión de nosotros mismos; es una inversión de nosotros mismos en otras personas, por amor a Cristo. Si perdemos eso, se pierde una parte de nosotros mismos. Y muchas veces el resultado de ello es el desánimo.
En este sentido, pienso a menudo en amigos que han dedicado sus vidas a servir a Cristo en países lejos de los suyos. Luego regresan a casa. Antes eran líderes; aquí casi son extranjeros. Allí enseñaban, predicaban, pastoreaban, y tomaban decisiones; aquí no tienen ningún papel claro. Encuentran algún pequeño rincón, aceptan cualquier trabajo, por muy modesto que sea, y tienen muchos menos recursos materiales que la mayoría de sus paisanos. Para ellos es muy fácil sentir que las etapas significativas de la vida ya están todas en el pasado.
El desempleo, de diferentes tipos, puede tener el mismo efecto: sea por haber perdido el trabajo, o tal vez por la jubilación. Dios nos creó de tal manera que nos sintiésemos realizados y encontrásemos satisfacción en nuestro trabajo, como Él mismo en el suyo (Gn. 2:1–3, 15). El ser privados de ese trabajo nuestro, pues, es como ser privados de una parte de nuestra dignidad misma. Se nos impide realizar uno de los aspectos de nuestra vocación: ser la imagen de Dios, y ser creativos y productivos como Él también lo fue.
Lo mismo se puede decir en el contexto de la familia: unamadre dedica su vida entera a servir a su familia por amor a Cristo; luego ellos se van de casa. Durante años, ella se ha sacrificado por ellos mientras muchos de sus contemporáneos han trabajado y han desarrollado sus carreras. Su marido probablemente lo ha hecho también. Y ella siente que ha llegado a no ser nadie.
Muchas veces, la nube más oscura de todas llega cuando una mujer que ha sido madre y esposa se queda viuda; ahora no hay nadie a quien servir; la lucha del salmista en los montes de Hermón se traslada sin más dificultad a la sala de estar y a la cocina: “¿Por que te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?… Yo [antes solía…].” Pero ya no.
Nota que las afirmaciones y las preguntas del salmista no son simples quejas; son más bien una reflexión necesaria sobre su estado, un identificar los síntomas para poder diagnosticar las causas. Una vez identificadas éstas, se los puede tratar.
Así que el salmista, poco a poco, llega a reconocer no sólo el hecho de que está desanimado, sino también los motivos de ese desánimo. Y el caso es que tiene buenas razones para sentirse desanimado; está experimentando el aislamiento, la oposición y la pérdida de posición. El negar que éstas son razones para estar desanimado sería muy poco sano, psicológica y emocionalmente.
A veces distinguimos entre lo que llamamos “la supresión” y “la represión”. Y es una distinción que nos puede ayudar. “Suprimir” significa reconocer cierta emoción –por ejemplo, el enojo– y dominarla; mientras que “reprimir” esa misma emoción significa negar que realmente exista, y reinterpretarla como otra cosa. Pero negar que estés desanimado, o que existan razones para que el cristiano esté desanimado, es espiritualmente desastroso.
De vez en cuando a lo largo de los siglos, ha habido cristianos que han enseñado, algunas veces con trágicas consecuencias, que una persona verdaderamente espiritualnunca se desanima. Según estos cristianos, el estar decaído es, por definición, ser todo lo contrario de espiritual. Y a no ser que estemos bien formados en las Escrituras, es muy fácil que nos dejemos sobrecoger, confundir y desanimar más aún por tal enseñanza.
Esta enseñanza ciertamente parece lógica: si el Evangelio nos salva, ¡pues, debe salvarnos también del desánimo! Además, parece algo maravillosamente espiritual. Después de todo, ¿acaso no somos “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37)?
No obstante, todo esto no es la lógica bíblica, ni tampoco es la verdadera espiritualidad. El caso es que el Evangelio nos salva de la muerte, no eliminando la muerte, sino ayudándonos a hacerle frente en el poder de la victoria de Cristo y así vencerla. Y así ocurre, también, con el pecado. Y asimismo con el desánimo. La fe en Cristo no quita todas las causas del desánimo; lo que hace, más bien, es capacitarnos para poder superarlas. Podemos experimentar el desánimo; ¡pero no nos vencerá!
Tampoco es aquélla la espiritualidad bíblica: cualquier supuesta “superespiritualidad” que o bien no tenga en cuenta la realidad de nuestra humanidad, o la niegue, es falsa. Vivimos en carne y sangre frágiles, y en un mundo caído que, según dice el apóstol Juan, “está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). Hay mucho para desanimar. El Señor Jesús también lo sintió. El ser libre de la posibilidad de desanimarse significaría ser más “espiritual” que Jesús mismo y, por tanto, no significaría ser verdaderamente espiritual en absoluto.
Los Salmos 42 y 43 nos enseñan la perspectiva bíblica sobre el desánimo: lo sentimos, lo reconocemos tal como es, y analizamos los motivos de su presencia.
En el caso del salmista, existían motivos muy reales y muy dolorosos de sus experiencias del desánimo. Él los identifica. ¡Pero luego receta el antídoto divino!
EL REMEDIO
El remedio bíblico se puede expresar de modo sencillo. Es cierto que existen motivos para estar desanimado; sin embargo, existen motivos mejores y aún más fuertes para estar animado.
Anteriormente, el salmista había cometido el error de permitir que su desánimo determinara su talante, mientras a todas las demás voces (¡en particular la de Dios y la del mismo salmista!) se las había obligado a escuchar. Pero ahora se le empieza a ocurrir que el desánimo no tiene ningún derecho a tener la última palabra. Ahora él mismo empieza a hablar.
Le habla a su propia alma desanimada. Le predica, llevándola así bajo la autoridad de la Palabra de Dios y bajo la voluntad de Dios para su vida. Además, le habla a Dios mismo acerca de sus necesidades. Hasta habla acerca del futuro, que, durante todo el tiempo que había predominado la voz del desánimo, se había perdido de vista en su mente.
Este remedio tiene tres partes. Lo descubrió el salmista probando y volviendo a probar. Al compartirlo con nosotros nos hace el favor de colocarnos en la posición más fuerte de saberlo de antemano, antes del gran ataque del desánimo en nuestras propias vidas.
Pensar
Vuelve a enfocar su manera de pensar. Su alma está desanimada y decaída. Al preguntar: “¿Por qué?” (42:5, 11; 43:5), no está sugiriendo que su desánimo no sea real, sino que no es, en última instancia, invencible para aquel cuya esperanza esté puesta en Dios: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle.”
En las Escrituras, la esperanza no es como pensar: “Ojalá…” Es más bien confianza basada en las promesas de Dios; es la certeza de que llegaremos a experimentar bendiciones que aún no experimentamos. Esa certeza está basada en el hecho de que Él es “Salvación mía y Dios mío”.
De hecho, mientras nuestro autor ha ido escribiendo su camino por su experiencia, aun cuando ha llegado a estar en su punto más melancólico, esta verdad ha sido, en todo momento, cierta en cuanto a él.
Ha conocido a Dios como “el Dios vivo” (42:2); desde las profundidades de su alma ha respondido a los ecos en la naturaleza de la majestad y el poder de Dios: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas” (42:7). La naturaleza entera manifiesta su gloria: las cascadas son suyas. Aun las “ondas” y las “olas” que “han pasado sobre mí” son suyas (42:7).
Dios tiene aún el control de aquellas providencias en las que se encuentra el salmista. Ha prometido hacer que todas las cosas ayuden a bien para los que le aman y que “conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). No hace falta desesperarse.
El salmista ha conocido al Señor como “Dios: Roca mía”, aun cuando estaba protestando: “¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué…?” (42:9). Y cuando se siente “desechado”, ¡es por “el Dios de mi fortaleza” (43:2)!
“Alma”, se dice a sí mismo, “¿es que te has olvidado de quién es tu Dios? ¡Es grande y glorioso: un Salvador, un Señor vivo, una Roca, una Fortaleza! ¿Por qué te abates? ¡Espera en Él!”
Orar
Vuelve a enfocar también sus oraciones. Una de las características más notables de estos salmos es el hecho de que el tono de ellos cambia con las palabras: “Envía tu luz y tu verdad” (Sal. 43:3). Antes de esto, el elemento de queja se entremezcla con un tremendo esfuerzo por conseguir ánimo (“¿Por qué te abates…?”). La atención del salmista se ha fijado principalmente en sí mismo y en sus propias necesidades. En un sentido, hasta su misma “autoexhortación” hasido introspectiva. Pero ahora, pide a Dios que arroje luz sobre su oscuridad, y que revele la verdad a su mente confusa.
Desde la creación misma, se ha transmitido luz al pueblo de Dios por medio de la palabra viva de Dios: “La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples”, dice otro de los salmos (Sal. 119:130).
¿Pero funciona esto? Una mente bien provista del conocimiento de las Escrituras hace mucho para guardar de excesivo desánimo; es como una farmacia bien surtida, en la que siempre hay remedios a mano. Pero esto requiere, además, el que nos aseguremos de que nuestras vidas estén expuestas a un ministerio bíblico constante, en el que la verdad y el poder de la Palabra de Dios estén rodeados de oración. Entonces, la exposición de la Palabra de Dios (Sal. 119:130) hará en nosotros su propia obra de animarnos.
Hoy en día difícilmente se podría recalcar demasiado este punto. Muchos reconocen que estos tiempos nuestros tienden a menospreciar el uso de la mente, y ponen el acento en los sentimientos. Tristemente, el análisis definitivo de un culto de adoración es, en muchas ocasiones, si tal culto nos hace sentirnos bien o no, y no si está centrado en el Señor o no. (¿Qué tal hubiera visto eso Isaías?) Pero el caso es que los cristianos desanimados necesitan mucho más que un estimulante emocional. Lo que necesitan es luz para disipar las tinieblas.
La exposición de las palabras de Dios normalmente requiere paciencia y disciplina. Pero como resultado de ella, somos edificados y más asegurados, quedando así menos propensos a desanimarnos tan fácilmente.
Está claro que éste era el caso del salmista. Aun en medio de su desánimo, es guardado de ser sobrecogido, y lo que le guarda es el conocimiento de Dios que ha recibido en el pasado a través de su Palabra. Aun cuando estaba en el punto más bajo, conocía a Dios como Salvador, Dios vivo, su Roca, y su Fortaleza. Y ahora le tenemos pidiendo en oración que la luz que irradia desde estas grandes verdades bíblicas acerca de Dios inunde su alma y disipe su desánimo. Para él, al igual que para los apóstoles, la oración y el ministerio de la Palabra van juntos (Hch. 6:4). El salmista está probando para sí mismo que ésta es la respuesta, a largo plazo, al desánimo que está experimentando.
Ver
Vuelve a enfocar su vista. Ha mirado hacia dentro de sí mismo; ha mirado a su alrededor; lentamente ha empezado a mirar hacia arriba y hacia fuera de sí mismo. Y ahora empieza a mirar hacia el futuro: “Entraré al altar… te alabaré” (43:4).
Cuando permitimos que sea el desánimo el que dicte la conversación, tendemos a mirar hacia dentro, hacia abajo y hacia atrás. En cambio, cuando la Palabra de Dios dicta la conversación, miramos hacia arriba, hacia fuera y –sí– hacia adelante.
El desánimo nos dice que no podemos atrevernos a pensar en el futuro, y así nos priva de aquella bendición que Dios ha prometido darnos en el futuro. En el mejor de los casos, el desánimo sólo nos permite vislumbrar el futuro a la luz pálida del presente. Pero la Palabra de Dios nos anima a mirar el presente a la luz brillante del futuro. Y es al hacer eso cuando vemos que los motivos de desánimo del presente no son dignos de ser comparados con los motivos de ánimo del futuro (Ro. 8:18), y que nuestra leve tribulación es la senda que lleva a la gloria (2 Co. 4:17).
“Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo” (43:4).
¿Dónde está ahora el desánimo?
Así que estos salmos terminan con el mismo estribillo. Las palabras son las mismas, pero el tono es totalmente distinto. La pregunta ya no es una expresión de la angustia delalma, sino más bien de su triunfo:
¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío (43:5).
Como el salmista, puede ser que nosotros también tengamos buenos motivos para sentirnos desanimados, y para tener sed de la presencia de Dios. Pero tenemos un motivo aun mejor para estar animados. Sabemos que Jesucristo ha venido para compartir el profundo desánimo de un mundo caído. Nos acordamos de su clamor desde la Cruz: “Tengo sed” (Jn. 19:28), al sentirse muy lejos de la presencia y la comunión de Dios.
Y es precisamente porque Él probó aquella desolación espiritual por lo que ya no es necesario que nosotros la probemos: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14).