martes, 15 de mayo de 2018

LOS ESCRITORES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Podemos ahora considerar los relatos de los muchos eventos que hemos puesto en lista como evidencias cristianas. Desde el tiempo de Moisés (1500 A.C.) ha existido un libro llamado la Biblia que profesa ser el único escrito por la inspiración directa del Espíritu Santo. Contiene sesenta y seis libros, de los cuales treinta y nueve se llaman el Antiguo Testamento (o pacto), y veintisiete más forman el Nuevo Testamento. Fue acabado a fines del primer siglo D. C. y por casi dos mil años ha sido aceptado como el Libro de Dios por todo el cristianismo.
Cuando hablamos de la pureza de algún libro, queremos decir que fue escrito por el autor cuyo nombre lleva, y que no es falso ni adulterado. La autenticidad del libro significa que su contenido es verídico. Algunos escritores usan la palabra autenticidad para cubrir ambas cosas. La palabra credibilidad quiere decir que los autores y testigos eran competentes y dignos de fe. Puesto que los enemigos de la Biblia niegan su autenticidad y su credibilidad, es bueno que nosotros tengamos, como obreros del Señor, unas pruebas claras para defender nuestra fe en su Libro.
Todos los escritores pueden clasificarse en cinco clases: (a) Hombres buenos, (b) hombres malos, (c) hombres engañados, (d) hombres bajo la influencia de Satanás, y (e) hombres bajo la influencia del Espíritu Santo de Dios.
¿Fueron acaso hombres buenos los que escribieron la Biblia? No; porque ella reclama venir de Dios, y los hombres buenos no podrían decir mentiras ni reclamar ser divino lo que ellos mismos escribieran.
¿La escribieron tal vez hombres malos? Eso también es imposible, porque todas sus verdades gloriosas están demasiado altas para ser concebidas por ellos. Además, la Biblia describe el triste fin de ellos y su eterno castigo. No es posible que hombres malos la escribieran.
¿Acaso fueron los escritores hombres engañados? Muchos de los modernistas de hoy dicen que sí. Enseñan que nunca existieron personas como Job, Abraham, David, etc., sino que tenemos en la Biblia una colección de mitos y cuentos judíos que fueron escritos por hombres humildes y sinceros que estaban engañados, suponiendo que las historias eran verídicas. Al preguntar a los modernistas si Jesús fue persona real o solamente un mito, dicen que sí, que fue real e histórico, que vivió en Palestina, y enseñaba acerca del Antiguo Testamento, pero que él también estaba engañado, participando de la superstición e ignorancia de su tiempo.
A los tales podemos decir que los hombres engañados no escriben la verdad. Por medio de las profecías ya cumplidas se puede probar que lo que está escrito en la Biblia es la pura verdad, y sus escritores no se contradicen. Son los modernistas los que están engañados, y ellos se contradicen todo el tiempo los unos a los otros.
¿Fue la Biblia escrita acaso por hombres bajo la influencia de Satanás? Ciertamente no, pues ella revela a Satanás como el adversario de la humanidad. Habla de su caída, su carácter, su historia y su destino en el lago de fuego. Le llama mentiroso, engañador, acusador, adversario, tentador, matador, destructor, serpiente, príncipe de tinieblas, ángel del abismo, león rugiente, etc. Nunca podría él inspirar a los hombres a escribir tales cosas acerca de sí mismo.
Nos queda entonces una sola clase de escritores, es decir, hombres inspirados por el Santo Espíritu de Dios. Esto es lo que la Biblia reclama y sabemos que es la verdad. Estúdiense 2 Samuel 23:1, 2; Lucas 24:44–48; 2 Timoteo 3:16, 17; 2 Pedro 1:20, 21; Apocalipsis 22:18, 19.
Si las profecías del Antiguo Testamento hubieran sido escritas por hombres que no conocían los eventos del tiempo de Cristo, ellas no habrían podido corresponder con tanta exactitud con dichos eventos. Si hubieran sido forjadas fraudulentamente por cristianos, no habrían sido preservadas ni aceptadas por los judíos. Vemos que ellas están preservadas y aceptadas como verídicas por los judíos, y que ellas corresponden exactamente con los eventos de la vida de Jesús; eso nos prueba que fueron escritas por la inspiración de Dios.
Todos concuerdan en creer que los libros del Antiguo Testamento fueron preservados por los judíos, un pueblo de grande inteligencia. Todos ellos sabían leer, y en todas las edades sus libros sagrados se vieron sometidos a la crítica más minuciosa, para evitar toda impostura y fraude. Los escribas que los copiaban (antes de la invención de la imprenta) lo hacían con sumo cuidado y esmero, y al encontrar un solo error, aquel manuscrito era quemado inmediatamente. De este modo, la pureza de los treinta y nueve libros fue preservada hasta donde era humanamente posible.
La prueba más convincente de que estos libros son divinamente inspirados es que relatan tantas derrotas, faltas, reincidencias, y pecados nacionales, que ningún judío habría fabricado tal historia de su propia voluntad. Por mera vergüenza, nunca nadie la habría registrado con tanta franqueza y honestidad. Aquí tenemos un testimonio claro de que fue Dios quien la inspiró.
Vaya usted a cualquiera de los grandes museos de antigüedades (como los de Londres y El Cairo) y lea lo que escribieron en ladrillos o pergaminos los reyes de Asiria, Egipto, Babilonia, etc. Ellos no relatan sus derrotas ni fracasos, solamente sus grandes victorias. Y si es una historia de lo que era en verdad simplemente una serie de derrotas, los historiadores la pintan color de rosa, magnificando las grandes hazañas de su rey y reduciendo al mínimo cada fracaso. ¡Cuán distinta es la historia de la nación judía que Dios mismo nos ha dado en el Antiguo Testamento!
El Antiguo Testamento en sus tres divisiones—la Ley, los Profetas y los Salmos— fue ratificado por nuestro Señor Jesucristo como genuino y divinamente inspirado; y este testimonio es suficiente para cada cristiano sincero (Lucas 24:27, 44; Juan 5:39; 10:35). Pero en estos días la crítica de los incrédulos se ha publicado con tanta fuerza que muchos de los estudiantes de nuestros colegios y universidades han sido enseñados que todo el Antiguo Testamento es nada más que una colección de leyendas, fábulas y cuentos erróneos sin nada de verdad histórica. Para los tales es bueno citar algunas de las pruebas que tenemos de las historias del Antiguo Testamento.
En este campo tenemos la voz de la arqueología como el testimonio preeminente. Los imperios de antaño florecieron y pasaron, quedando sus ciudades enterradas y otras levantándose sobre sus ruinas. En estos últimos días, sin embargo, tenemos una ciencia nueva que es muy exacta: la arqueología. El arqueólogo no trata de ideas ni teorías, sino que presenta sus pruebas irrefutables con los artefactos que excava. Dios sabe que en los “postreros días” se levantarían más acusaciones en contra de su Palabra, y dejó sepultadas todas las pruebas arqueológicas para ser excavadas exactamente cuando hubiera necesidad de ellas.
Todas las historias bíblicas que habían sido desechadas como falsas han sido confirmadas al pie de la letra por el testimonio de la arqueología. Uno de los científicos norteamericanos que trabajó por largos años en los campos de excavación en Egipto, Palestina, Mesopotamia, Asiria, etc., ha escrito en su vejez: “De los miles y millares de artefactos excavados que se relacionan directamente con la Biblia, no ha sido hallado jamás uno solo que niegue, contradiga, obscurezca, o deprima una palabra, frase, cláusula, o versículo del Antiguo Testamento, o del Nuevo. Al contrario, todos los artefactos sin falta verifican, confirman, iluminan e ilustran las historias en ellos contenidas” (Kinnaman).
En cuanto a la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, podemos notar que hay 263 citas del Antiguo Testamento en el Nuevo, y cerca de 350 alusiones. Todos los libros del Antiguo Testamento son citados en el Nuevo, con la excepción de los siete siguientes: Abdías, Nahum, Eclesiastés, El Cantar de los Cantares, Ester y Nehemías. Los sermones apostólicos relatados en los Hechos fueron edificados sobre el Antiguo Testamento.
En resumen, lo que podemos decir acerca de la pureza y autenticidad de los libros del Antiguo Testamento, es que fueron garantizados por los judíos del tiempo de Esdras, el cual formó el canon del Antiguo Testamento alrededor del año 500 A.C.; fueron acreditados por Jesucristo mismo; y han sido confirmados en todos sus detalles por los descubrimientos de la arqueología. Todo esto es evidencia exterior.
Hay también muchas evidencias interiores que podemos sacar, acerca del lenguaje de cada libro, su estilo literario, los puntos históricos mencionados, y otros datos que prueban que los libros fueron escritos en verdad por los autores y en las fechas asignadas. Podemos también probar por evidencias interiores que los escritores eran: (1) hábiles, (2) verídicos, y (3) dignos de confianza.
(1) La habilidad de ellos se manifiesta por (a) el sentido común, juicio sano, e inteligencia que demuestran. No escriben como entusiastas ni fanáticos; (b) el conocimiento y talentos que manifestan, es muy superior al que poseían sus contemporáneos; (c) el hecho de que los eventos relatados por ellos podían ser averiguados por los sentidos (1 Juan 1:1–3; Juan 20:30, 31).
(2) La veracidad de los escritores es probada por (a) la seriedad de que están saturados sus escritos; (b) la espiritualidad de sus enseñanzas; y (c) la ausencia de algún motivo fraudulento o engañoso.

(3) Son dignos de confianza porque su habilidad y veracidad ya han sido probadas. Eran capaces de escribir una narración verídica, lo querían hacer y lo hicieron. Porque eran competentes, podían hablar la verdad; y porque eran rectos, era su deber hacerlo.

jueves, 12 de abril de 2018

La Resurrección de Jesús

Vamos ahora a considerar el milagro de milagros, el punto central de toda la predicación de los apóstoles, y aquí podemos aventurar todos nuestros argumentos, diciendo con Pablo que “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). No sólo los amigos, sino también los enemigos de Jesús en todos los siglos, han reconocido que su resurrección de entre los muertos fue el hecho de mayor importancia en su historia; y por eso lo han atacado con furia indecible. El destrozar la fe en su resurrección es destruir la fe en todos sus milagros.
Primeramente, notemos lo que dice la Biblia acerca de la resurrección de cuerpos muertos:
(a) Era la esperanza de los santos en el Antiguo Testamento que después de la muerte sus cuerpos serían resucitados a una vida eterna con Dios. La expresión que “fue recogido a su pueblo” o “fue reunido con sus padres” usada tan a menudo para describir la muerte, incluye en sí la fe de una resurrección final que todos los justos estaban esperando en el lugar de los espíritus, llamado Seol en hebreo, y en griego Hades.
Abraham es el primero de quien se relata con claridad la fe de resurrección (Génesis 22:5; Hebreos 11:17–19), aunque esa fe está implícita en los nombres dados por Adán a su esposa y por Lamec a su hijo (Génesis 3:20; 5:29). Los santos del Antiguo Testamento no tenían la claridad que nosotros hemos tenido desde la resurrección de Cristo; y sin embargo, ellos guardaban una fe firme en otra vida después de la muerte (Hebreos 11:9; Génesis 49:18; Job 14:14; 19:23–27; Isaías 26:19; Daniel 12:2, 13; Isaías 13:14).
(b) Hubo unos pocos ejemplos de la resurrección de muertos a la vida terrenal, pero cada uno de ellos tuvo que morir otra vez (1 Reyes 17:17–24; 2 Reyes 4:18–37; 13:21; Mateo 9:25; Lucas 7:15; Juan 11:43, 44). Todos éstos acontecieron antes de la resurrección de Jesús, y habrá habido muchos más durante su ministerio terrenal (Mateo 11:5). Después de su ascensión ha habido también hasta el día de hoy ejemplos de resurrección de muertos (Hechos 9:41; 20:9–12; Hebreos 11:35).
Pasando ahora a la resurección de Jesús, podemos hacer cinco afirmaciones que describen la fe cristiana:
(1) Que él murió en verdad, y no fue víctima de síncope, de un trance, de engaño, ni de fraude.
(2) Que su cuerpo muerto fue sepultado en una tumba en la presencia de muchos testigos.
(3) Que al tercer día él se levantó, y la tumba quedó vacía.
(4) Que él apareció a lo menos once veces a los suyos, cinco veces el mismo día de su resurrección.
(5) Que después de cuarenta días él ascendió al cielo, a la vista de sus discípulos.
Hay siete puntos importantes que podemos mencionar como conclusiones inmediatas:
(1) La resurrección de Jesús se menciona más de cien veces en el Nuevo Testamento y fue la verdad central del testimonio de los apóstoles (Hechos 1:22; 2:24, 29–32; 3:15, 26; 4:10, 33; 5:31; 17:18; 23:6; Romanos 10:9; 1 Corintios 15:1–28; 2 Timoteo 2:8; Apocalipsis 1:18).
(2) El Cristo resucitado podía comer y beber, y tenía manos, pies, carne, huesos, y toda la apariencia de un hombre (Juan 20:16, 17, 20, 27; Lucas 24:15, 18, 39–43; Hechos 10:40, 41).
(3) Sin embargo, era tan diferente que no se reconocía muy pronto (Juan 20:14, 15; 21:4, 12; Lucas 24:16).
(4) Su cuerpo glorificado podía transportarse en un momento, según su voluntad, y pasar a través de paredes o puertas cerradas. No estaba sujeto a las limitaciones que tienen los cuerpos terrestres (Juan 20:19, 26; Lucas 24:31; Hechos 1:9).
(5) Nuestros cuerpos serán resucitados en la semejanza de su cuerpo glorificado (Filipenses 3:21; 1 Corintios 15:42–50; 2 Corintios 4:14; 1 Tesalonicenses 4:14).
(6) Por medio de su resurrección recibimos su vida eterna, y ésta incluye la curación de nuestras enfermedades (1 Pedro 1:3, 4; Juan 14:19; Romanos 8:11).
(7) Su resurrección es la gran prueba de su Deidad (Romanos 1:4; 4:25). Si él no hubiera resucitado, no habríamos sabido si su sacrificio fue aceptado o no, y así no habría existido prueba convincente de la expiación de nuestros pecados.
Ahora, en defensa de esta fe nuestra, vamos a presentar tres hechos básicos, que son: (a) El relato claro que hace el Nuevo Testamento de que Jesús fue levantado de entre los muertos. (b) La transformación moral de los discípulos que estaban lamentándose y llorando (Marcos 16:10). (c) Los hechos de la historia de la iglesia cristiana. Durante los siglos subsiguientes, millones han creído en la resurrección y han sido del mismo modo transformados (Romanos 10:9; 12:1, 2).
Aceptando estos tres hechos, que nadie puede negar, vamos a usar la hipótesis de que los escritores del Nuevo Testamento eran hombres competentes y dignos de crédito, y que su relato de la resurrección de Jesús es veraz. Para comprobarlo, tenemos que pasar a la evidencia acerca de los hechos sencillos: primero, que su cuerpo estaba muerto, y luego, que al tercer día estaba vivo. Acordémonos de que la primera clase de evidencia es la de testigos oculares, y la de segundo grado se puede obtener de los que la recibieron de los testigos oculares. Debemos aceptar el testimonio de escritos contemporáneos dignos de confianza, y notar también la fuerza cumulativa de evidencia.
Compárense las cuatro narraciones de los evangelios. El hecho de que Jesús murió fue aceptado por todos los historiadores de aquel entonces, entre los cuales podemos mencionar a Josefo el judío, y Tácito el pagano. José de Arimatea (tío de la madre de Jesús) y Nicodemo, ambos miembros del Sanedrín judío, prepararon el cuerpo para la sepultura, y eran testigos oculares de que se trataba de un cuerpo muerto. Uno de los soldados romanos (que tenían la responsabilidad de certificar que los criminales crucificados murieran efectivamente) para estar seguro, traspasó su costado con una lanza, y en el acto salió sangre y agua de la cavidad del corazón.
Otros hechos innegables son que una gran piedra fue colocada a la entrada de la cueva que sirvió de sepultura; que la piedra fue sellada por los romanos; que una guardia de soldados romanos fue puesta día y noche por los fariseos, con el consentimiento de Pilato; y que muy de mañana, el tercer día los guardas asustados corrieron a los sumos sacerdotes, diciendo que Jesús había salido de la tumba. Este sepulcro abierto y vacío es un testigo elocuente hasta el día de hoy.
Muy de mañana el primer día de la semana un grupo de mujeres llegó a la tumba con especias para embalsamar el cuerpo de su amado Salvador. Parece que María Magdalena corrió adelante y viendo la tumba abierta se fue a avisar a los apóstoles. Entre tanto, las demás mujeres llegaron, creyeron el mensaje de los ángeles y salieron. Pedro y Juan vinieron después, y salieron, dejando a María Magdalena llorando cerca de la tumba. Jesús apareció a ella entonces, después a las demás mujeres en su camino, en seguida a Pedro, a los dos en el camino a Emaús y a los diez apóstoles en el aposento alto en la noche. Estas fueron las cinco revelaciones del Señor Jesús en el mismo día de su resurrección.
Antes de considerar otras cinco apariciones más de las que se relatan como sucedidas durante los cuarenta días, será bueno enfatizar el testimonio de las envolturas del cuerpo de Jesús. Fue embalsamado apresuradamente por José y Nicodemo, antes de comenzar su sábado a las 6 p.m. el viernes, con cincuenta kilos de mirra y áloes. Medítese en el gran peso y abundancia de especias, todas envueltas por lienzos en todo el cuerpo, menos en la cabeza, la que estaba envuelta por separado en un sudario. Cuando Pedro y Juan vinieron a la tumba, vieron los lienzos tendidos (la palabra griega empleada significa enrollados) en el mismo lugar donde estaba el cuerpo, y el sudario de la cabeza en su lugar respectivo. Jesús había salido de la envoltura sin deshacerla, y allí quedaban en la cueva los lienzos con los cincuenta kilos de especias, sin el cuerpo adentro.
Después de ese glorioso día, Jesús apareció muchas veces a los suyos, cinco relatadas antes de su ascensión: a los once apóstoles después de una semana, a siete de ellos en el lago de Tiberias, a más de quinientos en un monte de Galilea, a Santiago solo, y a todos los discípulos al tiempo de su ascensión; y una aparición más, unos años después, que resultó en la conversión de Saulo el fariseo. Aquí tenemos muchas pruebas convincentes de la resurrección de Jesús que ningún hombre sincero puede negar (Hechos 1:1–3). La resurrección de Jesús es el evento más bien autenticado de la historia antigua.
Notemos ahora algunas de las teorías que los enemigos de Cristo han fabricado para negar la resurrección corporal:
(1) La teoría del fraude. Los jefes de los sacerdotes dieron mucho dinero a los soldados de la guardia para propagar la teoría de que sus discípulos habían hurtado al cuerpo de Jesús y proclamado que él había resucitado, sabiendo todo el tiempo que estaba muerto.
Todos concuerdan en el hecho de que los discípulos estaban completamente desesperados después de la muerte de Jesús, y no hacían nada sino llorar y lamentarse. Ni siquiera tenían la idea de que él se levantara de la tumba (con las posibles excepciones de María su madre y María de Betania). No eran, por consiguiente, capaces de ejecutar tal fraude, aun en el caso de haber sido hombres malvados que quisieran engañar a otros. ¿Es posible, acaso, que miles de personas sencillas, honradas y veraces fuesen engañadas de esta manera y dieran sus vidas en apoyo de un fraude semejante? ¡No! Lo que sucedió con ellos es que sus lamentos fueron cambiados en regocijo y su desesperación en una fe indómita porque le vieron vivo.
(2) La teoría del desmayo. Otros incrédulos dicen que Jesús no murió sino que se desmayó en la tumba, en una condición de síncope, hasta que fue revivificado por el olor de las especias y el aire libre en el interior del sepulcro. Hemos probado ya que Jesús murió en verdad, y los judíos dicen que en los ungüentos que usaban para embalsamar los cuerpos había veneno fuerte; por consiguente, de ello habría muerto Jesus muy pronto, aun cuando la lanza del soldado romano no le hubiese traspasado. Cuando él salió triunfante del sepulcro, no estaba débil ni desfalleciente, sino sano y fuerte, con su cuerpo glorificado, las heridas sanadas, y las cicatrices como señales de la absoluta identidad del cuerpo con el que fue colgado de la cruz.
(3) La teoría de la alucinación. Los que la sostienen, creen que Jesús murió y quedó muerto, pero que María Magdalena imaginó que había oído su voz, y así la fe de todos los cristianos se fundó sobre una ilusión. El carácter de los miles de hombres inteligentes y prácticos que fueron convencidos de que Jesús resucitó constituye una contestación y refutación de esa teoría.
(4) La teoría del espectro. Esta creencia falsa está en la raíz del Ruselismo, que enseña que en verdad Jesús murió, y que su cuerpo fue “disuelto en gases”, mientras que su espectro (y no otra cosa) fue lo que se apareció a los discípulos. Nótese que su cuerpo glorificado tenía carne y huesos, y que comía y bebía con sus discípulos (Lucas 24:30, 37–43; Hechos 10:41).
(5) La teoría del mito. Los que la apoyan creen que Jesús murió y quedó muerto, pero que se suscitaron mitos entre los que le amaban, cuentos de que había resucitado, en los cuales no hubo verdad alguna. Para contradecir esta falsedad, podemos demostrar que los discípulos no esperaban su resurrección, sino que estaban en suma tristeza y desesperación. Lo que les convenció y les quitó toda duda, fue la vista del mismo Jesús en su cuerpo glorificado (Juan 20:24–29; 2 Pedro 1:16).

¿Qué aconteció con el cuerpo de Jesús? Es claro que, ora fue retenido por los discípulos o fue entregado a los judíos, si es que se niega que se levantó vivo de entre los muertos. Si los discípulos lo retuvieron en secreto, al mismo tiempo que proclamaban que había resucitado, eran impostores; deducción que queda refutada por toda la historia. Si lo retuvieron los judíos, ¿por qué no lo exhibieron como evidencia en contra de la proclamación de los cristianos de que él había resucitado?