domingo, 7 de octubre de 2012

¿Qué significa llamar a Dios nuestro Padre?




Una de las declaraciones más conocidas de la fe cristiana es el Padre Nuestro, que comienza con las palabras "Padre nuestro que estás en el cielo". Esto forma parte del tesoro universal de la cristiandad. Cuando oigo a los cristianos orar individualmente en alguna reunión privada, prácticamente todos comienzan su oración dirigiéndose a Dios como Padre. Es algo común entre nosotros dirigirnos a Dios como nuestro Padre. Es tan central en nuestra experiencia cristiana que en el siglo XIX hubo quienes dijeron que la esencia de toda la religión cristiana puede reducirse a dos puntos: la hermandad universal del hombre y la paternidad universal de Dios. En ese contexto, me temo que hemos pasado por alto una de las enseñanzas más radicales de Jesús.

Hace pocos años, un erudito alemán estaba investigando la literatura del Nuevo Testamento y descubrió que en toda la historia del judaísmo no hay una sola mención de algún judío que se dirigiera a Dios directamente como Padre. Había formas apropiadas de nombrarlo que eran usadas por los judíos en el Antiguo Testamento, y los niños eran enseñados a dirigirse a Dios con frases adecuadas de respeto. Todos estos títulos eran memorizados, y el término Padre no estaba entre ellos.

El primer Rabí judío en llamar a Dios "Padre" directamente fue Jesús de Nazaret. Fue una ruptura radical con la tradición, y de hecho, en cada oración registrada que tenemos de los labios de Jesús, salvo una, Él llama a Dios "Padre". Fue por esa razón que muchos de los enemigos de Jesús intentaron destruirlo; Él pretendía tener esta relación íntima y personal con el Dios soberano del cielo y creador de todas las cosas, y se atrevía a hablar en esos términos tan íntimos con Dios. Lo que es aún más radical es que Jesús dice a sus discípulos: "Ora de la siguiente manera: Padre nuestro". Él nos ha dado el derecho y el privilegio de venir a la presencia de la majestad de Dios y dirigirnos a Él como Padre porque, en efecto, lo es. Él nos ha adoptado en su familia y nos ha hecho coherederos con su hijo unigénito (Romanos 8:17).


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