martes, 27 de noviembre de 2012

Perdón de los pecados - Hebreos 9:11-28

Después de la caída comienza a desplegarse el plan de redención de Dios cuando Él establece el pacto de Abraham (ver Génesis 12:1-3). Los descendientes de Abraham se multiplicarían y de su semilla vendría el Mesías que sería la bendición de todos los pueblos de la tierra (ver Mateo 1:1). Luego Dios hizo un pacto con Israel a través de Moisés (ver Éxodo 19:3). Les dio los Diez Mandamientos y estableció un sistema de sacrificios por el cual podía hacerse reparación por los pecados. Pero un santuario era solamente una copia (ver Hebreos 9:24), y la sangre de los toros y las cabras (ver verso 23) no podían limpiar espiritualmente al pecador.

El sistema sacrificial preparó la escena para la venida de Jesús, que era el sacrificio perfecto para la expiación de los pecados de las personas de todos los tiempos: "Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención" (Hebreos 9:12). "Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo" (Hebreos 9:24).

"¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas, para que sirváis al Dios vivo? Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna" (Hebreos 9:14-15).

El perdón de los pecados requería un sacrificio perfecto sin mancha ni arruga, para el cual no existía ningún animal que reuniera las condiciones, y tampoco ninguna persona era apta basada en su propia justicia, porque "si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6), Jesús fue el sacrificio perfecto por nuestros pecados: "al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él" (2 Corintios 5:21).

Cristo ha muerto "una vez y para siempre" por nuestros pecados (ver Hebreos 9:12, 26; también Romanos 6:10). Nuestros pecados pasados, presentes y futuros han sido perdonados. No habrá otro sacrificio por nuestros pecados, y no es necesario. Es lógica defectuosa pensar: "Sé que Cristo ha muerto por los pecados que ya he cometido, pero ¿qué pasará con los pecados que cometa en el futuro?". Cuando Cristo murió una vez por todos nuestros pecados ¿cuántos de sus pecados eran futuros? ¡Todos! Tampoco es correcto pensar que nuestros pecados son perdonados porque los confesamos. Nuestros pecados son perdonados porque Cristo murió por ellos. Confesamos nuestros pecados para poder caminar en la luz como Él es luz (ver 1 Juan 1:5-9) y para vivir en conformidad con Dios. Saber que nuestros pecados están perdonados no es una licencia para continuar pecando; más bien, es un medio de la gracia por medio del cual podemos acercarnos a Dios. Nuestro pecado ya no nos separa más de Dios: "Así que hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo (...) acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Hebreos 10:19, 22).

Pensamiento para el día: ¿Cómo afecta la vida de los cristianos saber la verdad de que han sido perdonados?


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