sábado, 27 de febrero de 2016

El Líder y la rendición de cuentas (parte 1 de 3)

Siendo mayordomo del Señor, es previsible que debamos rendir cuentas. Como ya lo hemos visto en los capítulos seis y once, constantemente tenemos que presentarnos delante de él, y en algunas oportunidades recibir reproches muy amargos, así como en otras recompensas.
La Biblia, sin embargo, nos enseña que aún nos espera el día cuando todo el ministerio será expuesto delante del Señor. En Hebreos 13:17 dice: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” Dar cuentas significa que, aparte de presentarnos delante de Dios, tendremos que explicar el modo en que cuidamos del rebaño.
No nos agrada admitir que nuestro liderazgo esté tan expuesto como para que, no solamente Dios intervenga, sino que, como veremos a continuación, también los hombres lo observen; aunque él sea el único que juzgue. Esta reflexión surge de 1 Corintios 4:1–5, que trataremos de investigar:
1. Distintos ángulos de observación
A. “Téngannos los hombres por servidores de Cristo (v. 1):
La observación de la gente. La primera fuente de juicio son los demás. Cuando miran, ven hombres, pero cuando contemplan los movimientos, ven “servidores de Cristo”. Pablo se refería a los remeros en un barco romano que ocupaba la fila inferior, los esclavos. Sujetos a un régimen de labor muy riguroso, estos hombres no percibían recompensa, salvo el saber que la embarcación avanzaba.
Por otro lado, el servidor de Cristo es un “administrador de los misterios de Dios”, es decir, la persona que realmente maneja y distribuye las verdades. Parecería que la comparación de esclavo remero no coincidiría con la de administrador de Dios. Lo que ocurre es que la primera, muestra la sujeción al Señor; y la segunda, la relación con los demás. “Los misterios” son las cosas escondidas que Dios tiene para los que le aman (1 Corintios 2:9), y que los líderes reciben y comparten con el rebaño.
B. “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros” (v. 3):
La actitud de los hermanos. También los corintios habían querido tener una parte en el juicio a Pablo, y querían determinar el futuro de su trabajo. Aunque Pablo estaba sujeto a la iglesia de Antioquía, y también respetaba a las que fundaba y posteriormente visitaba, esa iglesia en particular, no estaba en condiciones de emitir ningún parecer respecto de él. El estado de caos en la administración espiritual y la jactancia por el pecado (5:2), les había privado de competencia para emitir opinión sobre su maestro. Antes de pensar en juzgar a Pablo tendrían que haber averiguado quién tomaría la primera piedra. Francamente, la osadía de los corintios era muy grande. Pero a Pablo no le preocupaba el “tribunal humano”, sino, como ya lo había explicado, el temor de estar delante del Señor (1:8; 3:13).
Los hermanos que no conocían su corazón, no podían evaluar sus móviles; ni se daban cuenta de la gravedad del pecado de calumnia en que incurrían. Estaban incapacitados para lo que tenían que hacer, que era copiar modelos (4:16; 11:1) y en cambio querían introducirse en los temas que no les correspondían.
C. “Ni aun yo me juzgo a mí mismo” (v. 3):

La reflexión de Pablo. No es que hubiera perdido el autorreproche, sino que no deseaba justificar sus actos. No dijo que no tuviera faltas, sino que no le correspondía hacer un veredicto sobre su ministerio. No se preocupaba por su evaluación; porque era un remero en el buque de Dios, y únicamente él podía darle o quitarle la recompensa. No quería que su ministerio estuviera influenciado por presiones, aunque fueran de él mismo. Pablo distinguía bien una fuente de observación de un tribunal. Nos hace bien estar bajo las fuentes de observación, nos incentiva en la dignidad de nuestra labor. Las advertencias, las correcciones y aun los exámenes que debemos rendir, nos estimulan para refinar y perfeccionar los métodos hacia al objetivo (2 Corintios 4:18).



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