miércoles, 2 de noviembre de 2016

El Líder y sus dificultades

   Muchas son las dificultades que a diario tenemos que enfrentar. Algunas nacen del avance que vamos experimentando, otras de los ataques del enemigo al rebaño o a nosotros mismos, y otras de nuestros errores. Precisamente, a estas últimas debemos prestarles una atención especial porque pueden ser las primeras que el enemigo utilice para deteriorar todo el ministerio.
1. Sobrecarga
   La demanda del servicio, más el entusiasmo al ver que las cosas se mueven, son factores adversos para que dispongamos de tiempo. Con frecuencia solemos atascarnos con trabajos que se acumulan más y más, y a ninguno queremos decir que no. El resultado es cansancio y a menudo irritabilidad. Las cosas comienzan a no moverse bien, y el hogar nota la ausencia del padre.

Pero la situación se realimenta, porque en muchos casos nosotros mismos comenzamos a sentirnos imprescindibles. Por una parte, no hemos preparado discípulos o continuadores; y por otra, hay quienes entre el rebaño se esfuerzan en hacernos creer que somos “indispensables” (comp. Job 32:21–22). Nuestro deber es reaccionar y desbaratar esa actividad, pero si nos lo llegamos a creer, a las cargas existentes se suman las relacionadas con el hecho de que el siervo de Dios se transformó en siervo de los hombres.

Por haber tratado de mantener la supremacía, nos hemos convertido en esclavos de algunas ovejas, parcializando nuestra labor. La sobrecarga no es buena de por sí, y menor aun en estas condiciones.

En otras circunstancias ocurre que, como notamos que Dios está bendiciendo, nos sentimos indispensables y nos transformamos en el centro del círculo. Bien sabemos la tentación que le sobrevino a Elías, cuando por unas tres veces repitió: “Yo solo he quedado” (1 Reyes 18:22; 19:10–14). Fue su modo de autocompadecerse, porque en su desaliento le pareció que experimentaba la “ausencia de Dios”; pero cada vez que lo dijo se encontró con El, incluso para anunciarle quién sería su reemplazo (1 Reyes 19:16).

En nuestro caso, por una parte hemos de tener el aplauso de algunas ovejas y por otra, dedicarnos a delegar trabajo.
2. Desánimo
   Varios factores suelen componer este modo de pensar. Nos desalentamos porque la rutina unida a la pérdida de los objetivos abate a todo el rebaño y las ovejas comienzan a dispersarse. Aumenta el desapego y las críticas, y el enemigo comienza a intensificar sus ataques.

Como esta situación es grave, dedicaremos espacio a buscar caminos hacia la solución:
A. Sujetar todos los pensamientos al Señor:
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7).

El hombre del mundo suele emplear mecanismos rápidos para aliviarse; si se halla en mala situación económica, suele pedir prestado o hipotecar su casa; si se siente desanimado fuma abundantemente; si está triste, frecuenta el cine; si no duerme o siente tristeza, recurre al médico o psiquiatra, etcétera. Cree tener la solución a sus males y disponer de esa solución; pero no es así. Se hunde más y más. El método de poner todo a disposición del Señor es el bíblicamente válido: “Mejor es el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32). Una parte importante de nuestros desequilibrios se producen por el conflicto interior generado al querer hacer frente a las dificultades, y saber que no podemos. Se engendran, entonces, formas de defensa, para prevenir el reconocimiento real de lo que sucede. Se produce la “imagen de papel” que presenta afuera un ser fuerte, aconsejador infalible, que triunfa siempre y que tiene las soluciones que cualquiera de las ovejas necesita. Para adentro, en cambio, está el ser desgastado, impotente que ensaya caminos sin respuesta a sus muchas frustraciones.

El primer paso es admitir la dificultad y comenzar a controlar los pensamientos y los sentimientos, alabando a Dios porque aun ese medio es el sistema que proveyó para que le reconozcamos como Señor: “Has aumentado, oh Dios mío, tus maravillas; y tus pensamientos para con nosotros, no es posible contarlos ante ti. Si yo anunciare y hablare de ellos, no pueden ser enumerados (Salmo 40:5).
B. Observar cómo han hecho otros en condiciones semejantes:
   David oraba: “Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados” (Salmo 25:17–18). Posiblemente, para llegar a esta conclusión sea necesaria la ayuda de un consejero espiritual; es decir un pastor que nos muestre nuestros errores y nos ayude a ser sinceros con nosotros mismos y con Dios.

Es probable que lo que nos ocurra sea producto de decisiones mal tomadas, o de falta de conciencia de la importancia de las distintas esferas de la vida, incluida la espiritual—Biblia, oración, comunión con los hermanos, etcétera. Todo esto crea ansiedades internas que necesitamos compartir con otro siervo del Señor que no solamente nos escuche, sino que tenga las pautas del camino hacia la solución. Salomón creía que en el consejo había seguridad (Proverbios 11:14) y también victoria (Proverbios 24:6).
C. Aprender a entender lo que nos pasa:
   En 1 Corintios 5:7 leemos: “Limpiáos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sóis”. El desaliento por el fracaso no tratado a tiempo acumula tristezas con odio y enojos reprimidos que enferman hasta la depresión. Al bajarse el ánimo, todo aparece en una dimensión exagerada; e incluso, alguna causa a la que atribuímos importancia aparece muy sobrevalorizada. No es una, sino todas juntas las que conducen a la pérdida de la percepción. El conflicto es aun mayor si aspiramos a vivir impertérritos delante de los demás, una especie de “estatua de marfil” que mantiene su brillo de día y al sol, y también de noche y con nubes.

Volviendo al texto de 1 Corintios que citamos, es necesario que reconozcamos que tenemos “vieja levadura”, quizás haciendo una lista de las iras y decepciones reprimidas para dejarlas con el Señor, orando sobre ellas todas las veces que sea necesario. Para ser sensatos, tendremos que preguntarnos cuándo comenzamos a sentirnos así, y cuál fue nuestra decepción principal etcétera. Al tomar conciencia de dónde estamos, pasamos a decirle a Dios que nos perdone por temas específicos descubiertos. Solamente Dios, por medio de la sangre de Cristo, puede borrar estos pecados y sus efectos. Es en esta actitud que podemos hablarle de “dedicarnos nuevamente” a él y sentir que vuelve a aceptar nuestro servicio. Dice Romanos 6:19: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia”.
D. Reequipamiento para seguir:
   Leemos en el Salmo 50:23: “El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios”. La parte del texto que hemos puesto en cursiva, señala las dos caras de la moneda. Primero, “al que ordenare su camino”, que es nuestra responsabilidad, que es nuestro compromiso, lo que nosotros tenemos que hacer; Dios, en segundo lugar, mostrará su salvación.

A la sanidad de las heridas seguirá el enriquecimiento de la vida espiritual, por las experiencias frescas que a cada paso se van sucediendo, gustosos alimentos de su mano grande y generosa. Las mismas verdades conocidas y enseñadas aparecerán como nuevas, con algo indescriptible de sustancia celestial. Las Escrituras forman la “nueva masa” de la que leímos en 1 Corintios 5:7, que es como si hubiéramos suscrito de nuevo el pacto con el Señor, y brotara de nuestro interior una canción nueva (Salmo 33:3) agradable a sus oídos.
3. Sufrimiento
   En la Biblia encontramos con frecuencia que las labores del liderazgo han producido intensos dolores, producto de la oposición, de los errores o de un prueba divina. El mismo hecho de que Dios nos haya separado para el liderazgo nos aisla, y muchas veces vivimos un ambiente de soledad (Jeremías 37:14–21).

En el Salmo 119:67 leemos: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra”. El dolor al cual se refiere David era un correctivo de Dios. Fue una necesidad para que reaccionara a sus privilegios, y como bien lo dijo después: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (v. 71).

El dolor es disuasivo, es para convencernos de que estamos errados acerca de la voluntad de Dios. Pero también permisivo, porque Dios accede a que nos sobrevengan, porque estamos haciendo cosas sin su consentimiento y nos va mal. Dios tolera ciertas cosas para que las abandonemos.

Un líder como Abraham fue intensamente probado cuando Dios le pidió la ofrenda de su hijo Isaac. Lo hizo, en parte, para que Abraham supiera hasta dónde era capaze obedecer; y en parte para que verificara el alcance del pacto, cuando le dijo: “mi pacto entre mí y ti” (Génesis 17:2).

El dolor destruye la autosuficiencia falsa y ensancha la verdadera. El testimonio se vuelve más creativo después de pasar por el fuego y de verificar el cumplimiento de las promesas de Dios.

Pablo creía que sus sufrimientos eran el modo para comprender mejor el sentido de identificación con Cristo (Filipenses 3:8–13); para prepararlo mejor para un ministerio más arriesgado (Filipenses 4:12). Es decir, que al descubrir el objetivo del dolor; cambiamos nuestra actitud y comenzamos a aprender las lecciones tal como Dios las imparte.

Descubrimos que el sufrimiento, sea físico o ministerial, es para profundizar la comunión. En los momentos difíciles, cuando nadie puede llegar a nuestro problema, Dios está presente. “La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto. Mis ojos están siempre hacia Jehová, porque él sacará mis pies de la red. Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas” (Salmo 25:14–16).

Estos textos demuestran que la fuerza de la oración radicaba en el modo en que David veía a Dios. Sus dolores espirituales fueron los vehículos que lo acercaron más y más a él en confianza y seguridad. Muchos líderes pasan por momentos extraños de sufrimiento, y necesitan que el Señor les oiga pronto y les responda (Salmo 102).

No porque sientan que está lejos de ellos, sino porque la situación les apremia, y solamente él tiene la solución.


Noé recibió una promesa que también podemos hacer nuestra: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche” (Génesis 8:22). Dios asienta sus promesas sobre sus pactos para darnos confianza en nuestra inseguridad.
4. Pérdida de objetivos
Las consideraciones que formulamos más arriba, añadidas a las innumerables estrategias que el diablo pone delante, podrían deteriorar nuestro rumbo y hacernos perder el objetivo; que es una de las situaciones más graves en las que nos podríamos encontrar.

Es similar a encontrarnos en medio del mar remando con un solo remo, que además no está ubicado convenientemente. El botecito se mueve, pero está siempre en el mismo lugar. “Hay que hacer algo”, puede ser un lema que agrande nuestro bote que se puede convertir en un buque, pero es lo mismo.

El problema radica en la pérdida del rumbo y no en el aumento de los trabajos. Cuando ocurre así, no tenemos que mejorar planes, sino rectificar los errores o estar dispuestos o perderlo todo.

Una de las maneras más rápidas para que nos apartemos de los propósitos es transformar la actividad en activismo. En este “hacer por hacer” algunas ovejas, muy preocupadas por lo que sucede, comenzarán a reclamar el retorno a las prioridades, y querrán volver a la dependencia de Dios; otras se sumirán en la indiferencia y otras se esforzaran para colaborar con “el botecito” sin temas y sin rumbo.

Recapacitar y analizar con cuidado lo que sucede nos exigirá tomar un tiempo de quietud para repasar algunos temas principales, como por ejemplo:
A. La importancia de la misión.
   Esto significa responder a la pregunta: ¿Qué estoy haciendo? Al pensar la respuesta, saltará una frase como esta: “Ahora no lo sé, pero al comienzo me propuse hacer la obra del Señor”. Si para nosotros la obra del Señor, era lo mismo que para Esdras “la obra de la casa de Dios” (6:22), entonces tenemos gráficamente ilustrada la pérdida; y lo doloroso es que hemos involucrado a Dios en el fracaso, porque todos saben que el líder es el siervo suyo.
Esdras relató que, debido a la oposición de afuera y a la frialdad de adentro, el enemigo consiguió que se detuviera “la obra de la casa de Dios en Jerusalén” (4:24). Pero dos profetas que hablaron de lo que sucedía estimularon para reiniciar las labores (5:1–2).
Un activista en “la obra” bien puede creer que está en lo mismo que al principio, pero no es así. Ahora el Señor no está en la labor, y “la construcción” está detenida. Hageo les dijo a aquellos hombres que había razones por las que la actividad se había detenido, y les hizo meditar en su proceder (Hageo 1:5, 7; 2:15). En el fondo, habían cambiado la visión y Dios “detuvo sobre ellos la lluvia” (Hageo 1:10). Trabajar y trabajar sin lluvia del cielo es hacerlo en vano, y es mejor parar totalmente antes de seguir creando frustración. El peligro del profesionalismo con su activismo desbordante, está siempre al asecho del líder. Es el “hacer y hacer” que nos aleja de las personas y nos coloca como centro de “lo mucho que tengo que hacer”, donde las prioridades están trastocadas.
B. El recuerdo de la visión.
   Ya nos hemos referido a la visión que como líderes debemos tener. No se trata de la experiencia que especialmente tenían los profetas del Antiguo Testamento, sino de ese llamado especial de Dios para ejecutar algo específico en su obra.
Uno de los mecanismos usados por Hageo, en el ejemplo que dimos más arriba, fue buscar, entre los presentes, ancianos que recordaran la gloria del primer templo, para que relataran cómo era el plan inicial. Así leemos: “¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la véis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos”? (Hageo 2:3) (comp. Esdras 3:12).
El templo edificado por Salomón era un monumento a la esplendidez y magnificencia que muchos desconocían. Aquellos líderes necesitaron volver a tener una nueva visión de los proyectos y esfuerzos del pasado, para conocer el propósito de Dios y volver a tomar el entusiasmo para seguir.
Posiblemente ahora tengamos que pensar en lo mismo. Volver a estudiar el andar en los pasos de dignidad (Efesios 4:1) y confesar todas las cosas que han dañado la santidad (1 Pedro 1:15–16). Volver a recordar el fervor de los primeros pasos, para analizar como fueron iniciados. Volver a repasar las experiencias, para localizar la superficialidad que se puso como velo delante para cegar el futuro.
C. Una mirada a lo hecho hasta aquí.
   Los análisis objetivos siempre son beneficiosos. Un ejemplo podría constituirlo la actitud de Samuel luego de su victoria sobre los filisteos, esos enemigos centenarios del pueblo de Dios, que habían hostigado a muchos líderes y ganado diversas batallas. Un día Samuel, teniendo que enfrentarlos, sacrificó al Señor y clamó de todo corazón, y Dios lo oyó. Como resultado el enemigo invencible fue derrotado, y Samuel levantó un monumento en el lugar con la inscripción: “Eben-ezer” diciendo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová” (1 Samuel 7:9–14). Además, los filisteos no entraron más al territorio de Israel mientras vivió Samuel, y les fueron restituidas al pueblo de Dios todas las ciudades y hubo paz. Lo interesante está en que “todos los años [Samuel] iba y daba a vuelta a Betel, a Gilgal y a Mizpa” (v. 16), que, aparte de juzgar a la nación, servía para recordar las victorias grandes del Señor.
Volver a glorificar su nombre por lo que hizo es reabastecer nuestra alma para continuar en el futuro, es volver a recordar los propósitos suyos en el llamamiento al liderazgo y refrescar los triunfos sobre el enemigo, que gana si nos hace marchar de espaldas a Dios.



1 comentario:

Alvaro Silva dijo...

Interesante , muy cierto. Me identifico con algunos de los párrafos, pues recientemente fui presa de momentos de desaliento, pero sólo el poder de Dios y su Espíritu, que mora en mi pudo volverme a la acción.

Gracias por éste artículo y seguimos Creciendo.
Dios Le Bendiga Pastor.