viernes, 22 de noviembre de 2013

El Líder y sus riesgos (parte 2 de 2)

4. El abandono de la administración espiritual
Estamos rodeados de un ambiente de superficialidad que con suma facilidad nos invade. Imperceptiblemente podemos ir cediendo lugares que corresponden al Señor, si permitimos que hábitos o pensamientos nos distancien de los objetivos trazados por Dios. La administración espiritual reclama una comunicación constante con el Dueño del rebaño.
Varias defecciones, todas unidas entre sí o cada una por separado, pueden integrar los estados espirituales en los cuales hemos abandonado el ministerio del Señor. Trataremos de estudiar algunos, presuponiendo que ni son los únicos ni van generalmente solos, sino que forman parte de un nuevo estilo de vida que se opone a la ley del Espíritu.
A. El abandono del primer amor:
Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). El trabajo, la paciencia, el sufrimiento, la severidad con los malos, la firmeza contra la hipocresía, etcétera habían caracterizado a los líderes de Efeso. Dios, que todo lo ve, sabía que no habían desmayado en poner las cosas en su lugar, pero también sabía que todo se había realizado a costa de la pérdida irreparable del primer amor (comp. Jeremías 2:2–5). Nada de malo había en lo realizado. Nadie hubiera podido detectar lo que estaba en juego, pero evidentemente estos pastores se amaban a sí mismos antes que a Dios. Querían demostrar la capacidad para poner orden, pero tenían desordenado el corazón.
Dios es amor (1 Juan 4:8, 16), de modo que abandonar el amor primero, es abandonar a Dios. Permanecer en el amor es estar en Dios; en esencia, en sus planes, en todo lo que quiere. El mismo escritor de Apocalipsis dice repetidamente que conocemos ese amor por la cruz del Calvario y la muerte de Cristo.
Dice 1 Juan 3:16 “En esto hemos conocido el amor, en que el puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.
¿Qué había sucedido con los líderes de Efeso? Tenían todo, pero por haber abandonado el amor al Señor, la relación con hermanos era fría. Los reglamentos se habían convertido en los líderes del rebaño, y el desconcierto era muy grande.
La solución demandada por Dios fue muy severa: “Recuerda, por tanto, de donde has caído, y arrepiéntete y haz las primeras obras”; es decir una rectificación total en el modo de pensar y de ser.
B. La soberbia del primer lugar:
Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe” (3 Juan 9). Con liviandad, Diótrefes había preparado un mal diagnóstico de los hermanos, y los disciplinaba a discreción. Como Juan, estos hermanos tenían hermosos momentos de comunión con Cristo; pero él para dominarlos, reglamentaba esa comunión y quería guiar al rebaño usando instrumentos del diablo: “parloteando con palabras malignas”. Diótrefes reprimía a la iglesia arrebatándole el señorío a Cristo, y doblegando a las ovejas con formas de vida ajenas al reino de Dios. Con ferocidad eliminaba todo aquello que pudiera dañar su investidura; aunque, juntamente con un rebaño asustado, hubieran huido el amor, la comunión y progreso. En su irritación, había disciplinado a Juan, el ungido del Señor, quizás pensando que su presencia devolvería a ese rebaño el amor que él quería para sí.
Nosotros también podemos incurrir en el mismo absurdo, si actuamos pensando en nuestra posición; aunque no podamos ver a Cristo en lo que hacemos, o invoquemos su nombre para conducirnos como lo hacemos.
En el ambiente de tirantez vuelven a sonar las palabras de Pedro: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro [nuestro] cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).
C. La complicación con cosas temporales:
Ninguno que milita se enreda con los negocios de la vida” (2 Timoteo 2:4). Problemas graves nacen de la pérdida o abandono de la verdadera misión.
Algunos aman más la comodidad que el ministerio como, Demas (2 Timoteo 4:10), y se van tras ese objetivo. Otros creen que el ministerio se puede atender “a ratos libres”, quizás como Arquipo (Colosenses 4:17), y lo ponen de lado. Otros creen que el ministerio es un modo para obtener una posición de prosperidad, e invocando que Dios es rico, se “marean” por el dinero. Otros creen que Dios no les ha llamado a dar “más tiempo al ministerio” y dan solamente los momentos de sueño (Efesios 5:14). ¡Cuántas maneras de pensar!
Lamentablemente, si nos enredamos, realmente perdimos el liderazgo. Las ovejas comprenden que ya no dependemos del Señor, sino de las circunstancias, y que nuestros enredos no nos permiten usar la percepción espiritual. Necesitamos volver a entronizar a Cristo, para desatar estas ligaduras y gozar de su libertad.
D. El abuso en las cosas sagradas:
No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová” (2 Crónicas 26:18). La historia del rey Uzías había sido muy satisfactoria, porque “persistió en buscar a Dios” (2 Crónicas 26:5). Pero un día, enorgullecido, se introdujo en terreno prohibido, queriendo dominar esferas que Dios tenía reservadas para sí; y fue destituido. Este mismo fue el primer error que cometió Saúl (1 Samuel 13:8–15), y Samuel tuvo que reprenderle severamente.
Estas cosas ocurren cuando en un proceso de autosuficiencia crece el amor propio y sucumbe la santidad.
Hechos similares suelen acompañar a veces a nuestro liderazgo, y entonces se detiene la transformación del Espíritu (2 Corintios 3:18) y se destruye la vida espiritual del rebaño. Andar en santidad es también ver a Dios en todos nuestros actos (Hechos 12:14); es ser guiados por el Espíritu (Romanos 8:4). Andar es mucho más que trabajar, es tener una vida dinámica sujeta a la dirección del Espíritu Santo. Si manipulamos las cosas sagradas, estamos siguiendo los dictados de la carne en total conflicto con Dios; cegado en cuanto al camino de santidad.
Una vez dañado el honor de la santidad, nos será más fácil ingresar en el lugar santo para malversar ofrendas destinadas a Dios o gastar dineros en gustos personales. Una vez que se veló en nosotros el rostro de Dios, la naturaleza carnal tendrá acceso a las determinaciones, y habremos comenzado a ser juguetes de nosotros mismos; sin advertir que él ha puesto ya su ojo de justicia sobre nuestro pecado (1 Pedro 3:12). Sin quererlo, pero sabiéndolo, a nosotros también nos puede suceder algo similar a lo de Uzías.
E. El descuido del sexo:
A las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5:2). A la irreprensibilidad de la cual Pablo le habló a Timoteo (1 Timoteo 3:2) le agregó otros adjetivos de pureza y santidad (1 Timoteo 5:22). Una de las asechanzas más eficaces que el diablo usó—y usa—contra los líderes es el sexo. Muchos hombres de Dios, que se alejan de las relaciones con su hogar y se aislan del conveniente consejo pastoral, han caído atados de pies y manos junto a una o varias mujeres que fingían admirarlo. A veces, como en el caso de Judá, la entrada de la codicia (Génesis 38:16–18) desplazó a las reglas del Espíritu. En otras ocasiones faltó la confesión del pensamiento torcido hacia lo impuro (Filipenses 4:8); y el líder siguió esa senda hasta la fatal caída, con un estrépito que prevalece por toda una generación. Bien se encarga el diablo de preparar tretas o trampas para ellos, porque sabe que el daño para el evangelio es enorme.
El antídoto bíblico es el eficaz: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). El término “puro” es hagnos en griego, y significa entre otras cosas: casto, puro, claro. Se usa en 2 Corintios 11:2 como el objetivo de Pablo para lo Corintios: “Os he desposado con un solo esposo, para presentarnos como una virgen pura a Cristo”, donde nuevamente la vida cristiana aparece como un casamiento en las condiciones bíblicas sin intromisión de amores foráneos.
El primer paso en la derrota está en dejar de mirar al Señor para mirarnos a nosotros mismos y lo que somos; y el segundo, en mirar a una mujer.
El envilecimiento que produce el ver a un modelo en las honduras del pecado es de tal magnitud, que el Espíritu no restablece más su credibilidad delante de ese rebaño. Sí le perdona el pecado, como también debemos hacerlo nosotros si se arrepiente y lo confiesa; pero una cosa es el perdón del pecado y otra la restitución del modelo. Dice la Escritura: “Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). De modo que la fornicación es única en el género de los pecados.
Otra advertencia de Dios es: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:17). “Destruir”, en este versículo, significa: descomponer, corromper, hacer de menor calidad, etcétera, y se utiliza para señalar la retribución para los que dañan las condiciones de la santidad. Es la situación que se plantea cuando un líder quiere “seguir al frente” sin confesar, sin reconocer y sin esperar el veredicto de Dios sobre lo sucedido; imitando sin quererlo a los mismos paganos (2 Pedro 2:12).
Pablo le recomendó a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). La pérdida para el rebaño era fatal si Timoteo no se cuidaba a sí mismo. Si él erraba al blanco y caía, habría enlodado el evangelio con sus propuestas, y desbandado al auditorio por falta de liderazgo y de doctrina. El, también, se hubiera sumado a los erráticos que Pablo le menciona en sus cartas, que tanto dolor le habían producido.
La advertencia para nosotros sigue en pie, es la misma, tiene el mismo origen, y está aplicada con el mismo poder. Dios nos vuelve a llamar a la santidad: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12).
ADVERTENCIA SOBRE LOS PELIGROS
DEL LIDERAZGO

1. Vigilar el primer amor es también una manera de saber qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas.
2. Cumplimos con nuestra responsabilidad cuando ocupamos nuestro lugar, y perdemos nuestro lugar cuando buscamos posición.
3. Para conocer el valor que damos al amor, debemos saber cuánto valen las cosas y viceversa.
4. Obrar en santidad es trabajar delante de Dios: si nuestras manos están limpias, nuestro corazón es puro.



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