martes, 5 de noviembre de 2013

Humanos y pecadores inevitablemente

Mientras no reconozcamos con seriedad que somos humanos y que lo que nos incita al pecado es nuestra naturaleza pecaminosa, seguiremos teniendo exageradas expectativas y nunca podremos tener una relación conyugal exitosa.
Es necesario reconocer que aunque existen muchas diferencias, algunas amenazantes y otras hermosas, existe una similitud fundamental y es que ambos somos humanos y tenemos una naturaleza pecaminosa.

No se olvide que ambos son humanos, por lo tanto, están sujetos a fallas a pesar de las buenas intenciones que tengan. Es humano fallar y como humanos tenemos limitaciones que nos impiden lograr todas las cosas que nosotros quisiéramos. Somos humanos con emociones frágiles. Somos cambiantes aunque no queramos, porque nuestras emociones también son cambiantes aunque no queramos.

Los seres humanos no morimos iguales que cuando nacemos, al contrario, vamos cambiando con el paso del tiempo. Somos variables en nuestras determinaciones y por lo tanto, es de humanos sabios reconocer sus limitaciones.

No se olvide también que ambos son pecadores, que ambos comparten una naturaleza pecaminosa que les incita a buscar la gratificación de la carne, y aunque por momentos, ésta desea cosas perfectamente adecuadas, hay momentos en que también se rebela. El problema que tenemos es que esta constante compañera cuyo nombre es naturaleza y cuyo apellido es pecaminosa, generalmente desea las cosas que son permitidas por Dios, pero las quiere obtener fuera del tiempo y los límites que Dios ha estipulado.

Permítame compartir algunos ejemplos. Es perfectamente normal desear las relaciones sexuales. Es anormal no desearlas. Dios nos permite disfrutarlas y seremos beneficiados por ello; pero para que sea beneficioso y signifique una realización para los cónyuges, deben realizarse en el tiempo adecuado, y dentro de los límites que Dios ha establecido. No antes del matrimonio y no fuera del matrimonio.

Sin embargo, luchamos con esa tendencia a hacer las cosas a nuestra manera. Esa misma naturaleza que nos lleva a romper los límites, o a irnos a los extremos, también luchará para que en nuestra relación matrimonial adoptemos posiciones extremas e irreconciliables. Esta naturaleza pecaminosa nos incitará a que nos aprovechemos de las libertades para tener actitudes que no edifican sino que al contrario, destruyen lo hermoso de la relación matrimonial.

Recuerden que aun con todos los esfuerzos que hagamos por vivir con nuestras diferencias, tenemos una naturaleza pecaminosa que lucha dentro de nosotros para que hagamos precisamente aquello que no queremos, inclinación pecaminosa que nos motivará a que hagamos aquello que desagrada a quien creó el matrimonio. Pablo dice: «Porque lo que hago no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago… Y yo sé que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero, eso hago… ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»


Es necesario que como pareja recuerden esto, porque a pesar de la buena determinación que tomen tendrán una constante batalla. Recuerden que no será efectivo tomar una sola vez la determinación de aprender a vivir con nuestras diferencias y luego olvidarnos porque ésta es una decisión que debe aplicarse cada día, momento a momento y sobre todo en los momentos de mayor dificultad.


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