miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Toma de Decisiones

Hay decisiones que no son fáciles de tomar. No le fue fácil a Abraham dejar su tierra y su parentela para ir por la fe a lo desconocido. No le fue fácil a Rebeca decidir su ida con Eliezer, siervo de Abraham, para casarse con Isaac en tierra extraña (Génesis 24:58). No le fue fácil a Ana entregar a Samuel como lo había prometido (1 Samuel 1:28). No le fue fácil a Eliseo dejar sus bueyes y a su familia para seguir a Elías (1 Reyes 19:21), ni tampoco a Juan y a Jacobo “dejar la barca y a su padre” para seguir al Señor Jesús (Mateo 4:22). En cada caso ha habido un ejercicio interior mucho más allá de lo que nosotros mismos imaginamos o deducimos del texto de la Escritura.
A. La incidencia de la voluntad
Todos tenemos la capacidad de elegir nuestro modo de actuar. En esta elección pueden intervenir tanto las emociones como la verdad, y hasta las conveniencias. Las evaluaciones, es decir, lo que uno cree sobre una situación, influyen en forma decisiva en lo que vamos a hacer, y son ellas las que también limitan nuestra libertad.
La Biblia nos enseña que el “discernimiento entre el bien y el mal” nace del ejercicio de los sentidos, luego que por medio del alimento sólido hemos alcanzado la madurez (Hebreos 5:14). La intención de tomar un camino u otro se puede deteriorar si nos detenemos en contensiones “sobre opiniones” (Romanos 14:1) que no salen de la superficie y levantan un muro sobre las determinaciones de fondo.
Como líderes necesitamos conocer bien la verdad de todo lo que está en juego antes de aventurar una decisión. El apresuramiento puede causar tanto daño como una dilación, si para decir o no sobre un tema no tenemos todos los elementos de juicio. Cuando Apolos no “tuvo voluntad de ir a Corinto” (1 Corintios 12:16) aunque Pablo le rogó ansiosamente que lo hiciera, fue porque la experiencia desagradable que lo había impulsado a salir todavía continuaba en vigencia. Lamentablemente, algunas decisiones están tan influenciadas por las emociones, que nuestros pensamientos nos pueden conducir a falsas impresiones y a realizar resoluciones “en caliente” que posteriormente nos cuestan revertir. Los corintios habían hecho una promesa de ayuda para los pobres, que posteriormente sentían pesada poder cumplir. Pablo, que dedicó bastante espacio al tema, les dijo: “Llevad también a cabo el hacerlo, para que como estuvásteis prontos a querer, así también lo estéis en cumplir conforme a lo que tengáis” (2 Corintios 8:11).
B. La búsqueda del consejo
Es una sabia inclinación del líder buscarse una persona dónde encontrar consejo para sus decisiones. El cambio de ideas con una persona de experiencia favorece la sanidad del carácter y el desarrollo de una personalidad con creciente visión en el servicio de Dios. La elección de esta persona es muy delicada al pensar que sus criterios pueden repercutir o no favorablemente en el desarrollo del rebaño.
En principio, tendría que reunir algunas cualidades sobresalientes:
Primero: Ser temeroso de Dios. Es decir una persona sujeta a El, y constante adorador en reverencia y contemplación. Alguien como Nehemías: “Pero los primeros gobernadores … abrumaron al pueblo … pero yo no hice así, a causa del temor de Dios” (5:15) o como David: “El temor de Jehová os enseñaré (Salmo 34:11). El temor del Señor es un antídoto a la profanación (Jeremías 32:40) y una fuente de la vida (Proverbios 14:27). Ser temeroso de Dios es pensar en la honra de su nombre y lo mejor para que los demás lo conozcan.
Segundo: Alguien que conocemos bien. Una persona que por su trayectoria ha logrado demostrarnos que posee más experiencia que nosotros y está en condiciones de proveernos orientación (Exodo 18:19).
Tercero: Una persona a quien se le puede referir cualquier situación, por su carácter afable y mesurado; sabiendo que ningún problema le producirá alteraciones que nos desubicarán también a nosotros.
Cuarto: Alguien que sabe conservar confidencias. Aun el consejero más avezado perderá su reputación si lo que oyó en privado sale de alguna manera a la luz (comp. Proverbios 25:19).
Pero no basta que tengamos un consejero ideal, nosotros mismos debemos ser maduros, objetivos y equilibrados en los comentarios que hacemos, para que no se desvíen nuestros temas. Así, es conveniente que antes de ir en búsqueda del consejo, nosotros mismos nos aferremos a las promesas de Dios que podamos compartir con él, y juntos esperar en El.
C. El manejo de las presiones
Son sustancialmente las ideas o actitudes, tanto de personas como de circunstancias, que influyen sobre un líder para que modifique su trayectoria o sus planes. Nuestra vida está llena de tensiones, algunas saludables y otras perniciosas. En este momento nos referimos a las segundas, porque ponen obstáculo sistemático que amenaza constantemente con provocar una crisis.
Hay pujas que simplemente se mantienen porque afectan intereses creados. Nos acordamos de los fariseos tratando de obstaculizar el ministerio del Señor Jesús porque no coincidía con ellos (Juan 19:7); como conminaron a Pedro y a Juan “para que no hablen desde ese momento en adelante a hombre alguno …” (Hechos 4:17) en el nombre del Señor Jesús.
Pero la coacción podría ser también desde adentro relacionada con la ambición de alguna oveja y aun de nuestra misma lucha por retener cierto crédito enfrente de los demás. Hay tensiones pasajeras que se solucionan simplemente con dar tiempo, en cambio hay otras que no, que necesitan solución para evitar que desemboquen en una crisis.
La forma más visible de esa crisis es la frustración por incapacidad de llegar a un objetivo. Tanto la vida secular como la Biblia nos han enseñado que puede existir una persona frustrada o un plan frustrado. Para el primero diremos que miles de israelitas salieron de Egipto con la seguridad de entrar en la tierra de promisión, pero nunca llegaron porque murieron en el desierto; el plan inicial se frustró y miles cayeron en el desierto. Demas, que salió con Pablo y realizó hermosas experiencias, lo abandonó porque en su interior cambió de objetivo, se frustró la persona.
No debemos esperar hasta estos extremos, porque debemos decidir lo mejor antes que otros lo hagan por nosotros; aun sabiendo que el costo es doloroso. Tampoco los costos son iguales, porque no es lo mismo modificar o cancelar una salida de paseo, que decidir o no la compra de una propiedad; ni vender un automóvil, que aceptar una proposición de casamiento. Pero es allí donde están los recursos de la oración, dependencia del Espíritu (Juan 16:13) y el consejo que mencionamos más arriba. Cada decisión reclama su evaluación.
D. El enfrentamiento con la realidad
Tarde o temprano tendremos que enfrentar la realidad. El mismo Señor Jesús dijo: “la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Juan 17:1). La decisión que tomemos podrá ser grande o pequeña en nuestros ojos, o grande o pequeña en verdad, pero la decisión será impostergable.
Nuestra decisión debe ser constructiva, aunque quizás no a corto plazo, pero viendo los beneficios positivos que aparecerán después. Por ejemplo cuando Pablo predicó en Corinto: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo …” (1 Corintios 2:2), no quiso entrar en temas que pudieran ofender o equiparar la cruz de Cristo con otra cosa. Fue una decisión a largo plazo. Más tarde, en 2 Corintios 2:1 leemos: “Esto, pues, determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza”. Esta determinación era más a corto plazo, pero con efectos duraderos (comp. Tito 3:12).
Dañará nuestro desarrollo y el del rebaño, si una decisión impostergable sufre tardanzas por presiones, simplemente porque los afectados ofrecen resistencia. Si las causas invocadas son de fondo, necesariamente, ellos, en primer lugar, y todos los involucrados deberemos buscar soluciones alternativas que permitan seguir con los planes. Cuando en Corinto se demoró el envío de la ofrenda, Pablo y Timoteo decidieron que Tito les visitara. Cuando conversaron el tema con él, luego de cierta reflexión, leemos: “Pero gracias a Dios que puso en el corazón de Tito la misma solicitud por vosotros. Pues, a la verdad recibió la exhortación; pero estando también muy solícito, por su propia voluntad partió para ir a vosotros” (2 Corintios 8:16–17). ¿Qué hubiese sucedido si Tito no hubiese tenido la disposición de ir? Debería haber ayudado a solucionar el problema aportando ideas precisas.

Si alguna decisión que hemos tomado fue equivocada, y la experiencia así lo demuestra, debemos reconocerlo y pedir perdón según corresponda, para luego revocar la medida en forma parcial o total según el caso. De lo contrario, al daño acarreado por la resolución, se sumará la pérdida de autoridad, porque no fuimos capaces de aceptar nuestras faltas.


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