jueves, 21 de noviembre de 2013

Lavado de cerebro

En forma breve y apoyándome en los expertos sobre el tema, quiero presentar los pasos que se han usado para lavar el cerebro tanto a prisioneros de guerra como también a miembros de una secta. No importa que sean grupos militares o religiosos, los principios son similares. Sin embargo, lo expresaremos en términos netamente religiosos.
En el mundo de las sectas, quienes se valen de estas técnicas no necesariamente están conscientes de ello. Los líderes pretenden saber mejor que nadie (a veces mejor que Dios y la Biblia) lo que la gente necesita. Pero el objetivo es claro: obtener para bien propio, el control de los feligreses y convencerlos de que es obra del Espíritu Santo.
El lavado de cerebro tiene cuatro fases básicas.
1. Para un exitoso lavado de cerebro es importante comenzar con información con la cual los oyentes estén de acuerdo. En los comienzos de una secta el líder predica mensajes que a primera vista parecieran gozar de apoyo bíblico. Es lo que hizo el copastor en el ejemplo del capítulo anterior. Había comenzado ganándose la simpatía de los congregantes y enseñando mensajes bibliocéntricos (echando así la base de lo que vendría después). Fui a escuchar a un famoso predicador que encabeza un movimiento considerado por muchos como secta. A pesar de que el pasaje bíblico en que basaba su sermón no enseña lo que él afirmaba que enseña, igual conquistó los corazones de la mayoría de los asistentes. El hombre usaba la Biblia pero no enseñaba la Biblia.
El mensaje basado en la Biblia otorga credibilidad al predicador y la gente comienza a confiar en él. Esta confianza es la clave porque una vez establecida, el oyente es susceptible a sugerencias humanas. La conclusión lógica de los crédulos de esta primera fase del lavado del cerebro, es que el líder es digno de confianza porque parece hablar la verdad.
2. Una vez que la confianza ha sido establecida, el siguiente paso es lo que algunos estudiosos llaman la etapa de la «sugerencia». Abusando de la confianza, se introduce una nueva enseñanza —no antibíblica sino extrabíblica, algo «profundo» que no se encuentra en la Palabra de Dios. Bien puede ser algo que Dios (supuestamente) ha revelado al líder en forma personal. ¿Quién no desea ser partícipe de algo que nadie más sepa?
Casandra creció con mi esposa. Provenía de una excelente familia cristiana. Durante los años universitarios a su hermano le diagnosticaron cáncer y en poco tiempo falleció. A partir de entonces Casandra comenzó una búsqueda espiritual y terminó en un grupo extraño que no era una secta propiamente dicha. El pastor principal era, en todo el sentido de la palabra, un caudillo. Era idóneo para predicar brillantes mensajes sobre la Biblia. De esta manera se ganó la confianza de miles de personas. Al poco tiempo el pastor comenzó a predicar cosas que no provenían de la Biblia, e incluía sus propias revelaciones y opiniones políticas. Deseosos de oír una nueva palabra de parte de Dios, la congregación seguía creciendo.
La conclusión deseada en esta fase del lavado de cerebro es, «bueno, él (o ella) no es antibíblico y es un hombre (o mujer) de Dios». A esta altura algunos de los creyentes maduros abandonan la iglesia, y el líder explica que no son espirituales y que Dios está purificando su grey.
3. Los sectarios siembran dudas sobre lo que uno ha creído y ha retenido como verdad. Llega el momento en que los feligreses hacen lo que el líder ordena. El grupo está bajo su control. El pastor ha tomado posesión de su congregación, y su palabra se considera ex cátedra, autoritaria y prácticamente infalible. Volviendo al pastor de Casandra, poco tiempo transcurrió hasta que comenzó a revelar su verdadero carácter. Mientras vivía en opulencia, regañaba a la congregación cuando no entraba suficiente dinero. Se divorció y se casó de nuevo. Ya años más tarde sigue con sus fieles (lo tratan como si fuera un dios) a pesar de que mientras predica fuma puros y emplea palabras groseras. Tristemente la congregación se «traga» todo. La iglesia se ha convertido en una secta. La amiga de mi esposa sigue leal al grupo y no está dispuesta ni siquiera a hablar del tema.
Durante esta fase otros dejan la iglesia y son catalogados como «traidores». La conclusión de quienes han quedado es que el líder es el ungido de Dios y no hay que tocarlo.
4. La última fase es asegurarse de que nadie más se vaya del grupo. La secta mantiene a sus miembros con todo tipo de presiones psicológicas: amenazas del infierno, expulsión del reino, imposición de manos, interrogatorios y cuestionamientos que hagan pensar y sentir al interlocutor que está disgregado, perdido y sin opción, y que la única alternativa es aceptar la oferta propuesta por el grupo. Los mantiene tan ocupados que no tienen tiempo para otras actividades o amistades fuera del grupo. Este aislamiento ha sido un arma potente y eficaz en las manos de los lavadores de cerebro. La demanda de tiempo, dinero y sacrificio son vistos como maneras de probar la entrega total a la causa. Mientras los miembros de una congregación evangélica pueden volver a casa, orar y decidir si participar o no en cierta actividad, los sectarios no gozan del mismo libre albedrío. Benjamín Zablocki, un sociólogo de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey en EE.UU. explica que los miembros llegan a ser adictos de la secta a la cual pertenecen.

Una vez que el lavado de cerebro se completa los líderes se dedican a llenar la mente de los interlocutores con nuevos conceptos, utilizando una estrategia de seguimiento de tal manera que en poco tiempo convierten a todos no solamente en discípulos sino también en propagadores de la secta.


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