miércoles, 18 de diciembre de 2013

Catábasis

Esta figura, que significa «bajada», es la opuesta a la anábasis y se usa para enfatizar humillación, degradación, pesar, etc. Ejemplos:
Is. 40:31. «pero los que esperan a Yahweh tendrán nuevo vigor,
levantarán el vuelo como las águilas;
correrán y no se cansarán;
caminarán y no se fatigarán».
La figura catábasis sirve aquí para indicar, literalmente, la disminución del peligro a medida que se acerca uno al propio país y al propio hogar; pero, espiritualmente, es la descripción del progresivo crecimiento en gracia: Al principio, el creyente vuela; conforme va aumentando su experiencia, corre; y al final de su carrera, anda. como Pablo que, al principio, decía «y pienso que en nada he sido inferior a los más eminentes apóstoles» (2 Co. 11:5; 12:11). Más tarde, escribe «A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos» (Ef. 3:8); mientras que, al final de su vida, se llama a sí mismo ¡el primero en la fila de los pecadores!. (1 Ti. 1:15).
Jer. 9:1. «Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llorase día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!» (v. arriba).
Lam. 4:1–2. «¡Cómo se ha ennegrecido el oro!
¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!
Las piedras del santuario están esparcidas por
las encrucijadas de todas las calles.
Los hijos de Sión, preciados y estimados más
que el oro puro,
¡Cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de
manos de alfarero!»
Ez. 22:18. «Hijo de hombre, la casa de Israel se me ha convertido en escorias; todos ellos son
bronce
y estaño
y hierro
y plomo en medio del horno; y en escorias de plata se convirtieron.»
Dan. 2. La figura catábasis es aquí notoria en los cuatro sucesivos imperios, mostrando un progresivo deterioro: oro, plata, bronce, hierro y barro. Este deterioro progresivo se muestra no sólo en la pérdida de valor, sino también de peso específico: El oro tiene un peso específico de 19.3; la plata, de 10.51; el bronce, de 8:5; el hierro, de 7:6; y el barro, de 1.9. ¡Bajando desde 19.3 hasta 1:9!
Am. 9:2–3. «Aunque traten de forzar la entrada del Seol, de allá los sacará mi mano;
y aunque suban hasta el cielo, de allá los haré descender.
Si se esconden en la cumbre del Carmel, allí los buscaré y los agarraré;
y aunque se escondan de delante de mí en lo profundo del mar, allí mandaré a la serpiente y los morderá.»
De esta manera tan expresiva se muestra la imposibilidad de escapar de los juicios de Dios.
Fil. 2:6–8. «el cual, siendo en forma de Dios,
1. No considerá el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
2. sino que se despojó a sí mismo,
3. tomando forma de siervo,
4. hecho semejante a los hombres;
5. y hallado en su porte exterior como hombre, se humilló a sí mismo
6. al hacerse obediente hasta la muerte,
7. y muerte de cruz».
Estos siete escalones de humillación del Salvador son seguidos, en los vv. 9–11, de otros siete escalones de exaltación.
En cuanto al vocablo giego harpagmós, que significa «algo a lo que uno se aferra con violencia, por miedo a perderlo». Tenemos aquí un marcado contraste entre el Primer Adán y el Postrero. El diablo prometió a nuestros primeros padres que «serían como Dios», y ellos quisieron aferrarse a ser iguales a Dios desobedeciendo a Dios. En cambio, el Postrer Adán, no sucumbió a la tentación, sino que se humilló a sí mismo, siendo Dios y, al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, fue exaltado a la suprema posición, pues Dios «le otorgó el nombre (lit. no: «un nombre») que está sobre todo nombre».
Probablemente, hay aquí también una referencia a Jn. 6:15. Nuestro Señor era perfectamente consciente de haber nacido «Rey» (Mt. 2:2). También Herodes y todo Jerusalén lo sabían. De ahí, la explicable alarma. Pero el Señor sabía también que el César tenía, por algún tiempo, autorización divina para gobernar sobre Israel, a causa de los pecados del pueblo y para que se cumpliesen sus misteriosos designios. Por consiguiente, no estaba dispuesto a servir los intereses políticos de aquellos que no querían creer en lo que él era, tanto en su naturaleza divina y Sus derechos como en su naturaleza humana y la sumisión de su voluntad al plan salvífico de Dios.

Nótese también el uso del verbo griego hegeísthai = considerar, ponerse a pensar. Adán y Eva, ante la tentación de la serpiente, llegaron a considerar que lo que el diablo les sugería era algo a lo que había que aferrarse. Eva, por lo menos, parece ser que llegó a esa conclusión. De Adán, en cambio, se nos dice expresamente que «no fue engañado» (1 Ti. 2:14), lo cual aumentó, al parecer, su culpabilidad. Pero ninguna «serpiente astuta» (v. 2 Co. 11:3) pudo engañar, ni por un momento (nótese, en Fil. 2:6, el aoristo hegésato) al «Postrer Adán», al «Señor de los cielos», y hacer que considerase el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, siendo así que era realmente Dios: el Hijo de Dios, tan verdaderamente como que era también el Hijo del Hombre. De ahí que podemos traducir el v. 6 de la manera siguiente: «Quien, estando en posesión (gr. hypárkhon) de la forma de Dios, nunca consideró que el ser igual a Dios fuese una usurpación.» Ser lo que uno es no es usurpación. El que ha nacido noble, principe o rey, es precisamente el que puede descender del pedestal sin perder la dignidad.


No hay comentarios: