martes, 22 de marzo de 2016

El Líder y la rendición de cuentas (parte 2 de 3)

2. Confirmación del veredicto
Las obligaciones que Pablo había cumplido en Corinto, así como las actitudes asumidas contra la división, y contra la posición de la sabiduría griega, habían fomentado entre algunos hermanos un ambiente para crear un tribunal de juicio.
Pablo estaba convencido de que su conciencia estaba limpia y de que esos hermanos desubicados debian suspender esa actitud. Los corintios solamente veían el momento que pasaban, pero no tenían noción sobre el futuro. Tampoco comprendían lo que Dios estaba haciendo en el cambio de las ovejas hacia una vida espiritual.
Frecuentemente, también los actos de muchos líderes pasan por la incomprensión circunstancial de hermanos que se resienten cuando notan que están afectados sus intereses, y copian a los corintios, sin ver ni comprender el futuro.
A. “Hasta que venga el Señor” (v. 5):
El momento. Esta frase abre nuevamente el tema de la aplicación práctica de la venida del Señor. Por siglos los teólogos han pasado horas y horas escribiendo cronologías y buscando alternativas a sus opiniones divergentes, sin lograr resultado absoluto.
La Biblia, en cambio, aborda el asunto con fuerte interés práctico. En el caso que nos ocupa, tenemos un vehemente llamado a detener esos juzgamientos, a ver las cosas de otra manera. Porque a pesar de que Pablo y Apolos tenían diferencia en las opiniones (v. 6) tenían una misma meta y mostraban ser ejemplo. El Señor que, es el Juez, aún no había venido; por consiguiente, no había llegado el tiempo del juicio.
Así también con nosotros: si cometiéramos el error de juzgar, subordinaríamos la dignidad del evangelio al arrebatarle los derechos al Señor.
Algunas veces los mismos líderes hemos caído en la trampa de juzgar a nuestros colegas delante de las ovejas por causas que nos parecen equivocadas; sin advertir el daño para el rebaño y la deshonra para el Señor. Esta es la más alta expresión de la murmuración, por la cual Dios condenó a María la hermana de Aarón con lepra (Números 14:1–3).
Pablo, que conocía bien su ministerio y el riesgo que corrían aquellos hermanos, se afanó por sofocar lo que estaba seguro de que Dios no aceptaría; es decir, compartir el trono de su justicia con los hombres (comp. Romanos 14:3–4).
B. “el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas” (v. 5):
El alcance. Cuando venga el Señor corregirá aun el modo de juzgar, porque inagurará la era de la verdad. Desaparecerán, entonces, las sospechas y los juicios prematuros con las limitaciones de todo tipo que tenemos ahora.
“Hasta que venga el Señor”, significa detenernos en nuestros dictámenes apresurados, para depositar todo en el trono de quien es el titular de esa magistratura. Aclarar lo oculto de las tinieblas, es sacar a la luz lo que ahora no se ve. Muchos secretos escondidos durante la vida, sean buenos o malos, sean asuntos privados o conocidos, que han estado en la incertidumbre estarán a plena luz. Ya lo dice el texto: “No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).
Hoy él sabe todo, cuando venga nosotros también lo sabremos. Un día Acán, en riguroso secreto, fue el líder de un saqueo de cosas reservadas para Dios (Josué 7). Nadie lo sabía, nadie lo había visto y todo parecía haber acontecido en el más riguroso secreto. Pero Dios lo vio y lo denunció, y Acán fue posteriormente ajusticiado en público.
Como en aquel día lejano, ahora también podemos realizar cosas en oculto que nosotros reservamos por temor a perder nuestro lugar; sin reparar que un día la perdida será aun más catastrófica. Al pensar que Dios sacará a la luz una vida entera con todo lo que tiene de escondido, nos turba y nos hace temblar.
Parte de la reacción surge porque “ignoramos” que ya ahora Dios sabe todas las cosas. Leemos en 1 Samuel 16:7: “Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.
Eliab no tenía el corazón recto delante de Dios, y nadie lo sabía, ni aun Samuel; pero al oírlo hablar más adelante acerca de su hermano y acumular acusaciones falsas y denigrantes, soltando la lengua desmedidamente, nos damos cuenta lo que Dios había determinado (1 Samuel 18:28–30) (comp. 2 Crónicas 6:30).
¿Qué dice el Salmo 44? “Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios, o alzado nuestras manos a dios ajeno, ¿no demandaría Dios esto? Porque él conoce los secretos del corazón” (20–21). Dios es omnisciente, todo lo sabe, todo lo escudriña, todo lo analiza de acuerdo a su estimación infalible nacida de su conocimiento perfecto (comp. Apocalipsis 2:2, 9, 19, 23; 3:1, 2, 15). Por otro lado, habrá llegado también el momento de la claridad para las cosas bien hechas, algunas de las cuales habían pasado inadvertidas por nosotros. Será un comienzo fresco, cambiador del modo de comprender aun lo que nosotros no entendíamos, ni podíamos explicar. Pablo estaba seguro de que había actitudes, así como labores que había hecho con autenticidad, que los corintios no sabían, algunas de las cuales quizás ni sabía él mismo, pero que Dios sacaría a la luz.
Así como leemos que Jesús vio todo en el caso de la mujer que daba las dos blancas, también nos dice el texto que está viendo a los que dan de comer o beber a otros; a los que reciben en sus casas y dan abrigo y medicina en casos de necesidad. Dios mira a los que visitan las cárceles, identificándose con sus hijos perseguidos, y en su momento aparecerá la recompensa.
C. “manifestará las intenciones de los corazones” (v. 5):
El método. La palabra “intenciones” significa: resoluciones o determinaciones del corazón. Las hay por parte de Dios: “A éste, entregado por determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios …” (Hechos 2:23) y también de los hombres: “Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí …” (Hechos 27:12).
Manifestar las intenciones, es entonces, poner en claro las razones por las que ciertas resoluciones se tomaron y sus resultados. Pablo les dijo a los líderes de Efeso que no había rehusado darles a conocer todos los propósitos (las resoluciones) de Dios (Hechos 20:27) para el funcionamiento de la iglesia. Es el mismo Señor quien hará visible lo que nadie jamás pudo, ni puede ver, que es el interior de nuestro ser. Descubrirá por qué hicimos esto o aquello y, en ese análisis, sabremos qué hicimos y las resoluciones para hacer lo que no pudimos. Leemos en Job: “Sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos” (34:21).
“Manifestar” (griego phaneroo) es poner en forma visible una dimensión a los actos o trabajos que han permanecido en oculto; es dar a conocer lo que no se vio a la vista humana. En 1 Timoteo 3:16 dice que “Dios fue manisfestado en carne”; y Juan insiste en más de una oportunidad que Cristo era la manifestación visible de la vida eterna (1 Juan 3:8).
En el caso de nuestras obras, también están las dos dimensiones: la que se ve y la que no se ve. El Señor pondrá más luz sobre la primera, y sacará a luz la segunda. Así lo explica en 1 Corintios 3:13: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará”.
Todos sabemos que Dios ha colocado el fundamento, que es Cristo, y nos ha dado el privilegio de edificar sobre él. Esto nos obliga a trabajar con materiales que estén de acuerdo con la calidad de ese basamento. Los materiales son los ingredientes de nuestra conducta: En este caso nos referimos a los líderes aunque el texto habla de “cada uno”. El resultado de nuestros esfuerzos puede estar entre los materiales útiles o de los materiales inútiles. La misma frase “si alguno” o “cada uno”, como por ejemplo: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa” (v. 14), nos ayuda para pensar en “algún líder”, o: “Si cada uno de los líderes” edifica, tenga cuidado como lo hace, porque la inspección es minuciosa para cada cosa que hayamos hecho. Un verdadero “día” para todas las acciones y pensamientos guardados. El fuego son los mismos ojos de Cristo (Apocalipsis 1:14), mirando y quemando mucho de lo falso y fingido que nos había caracterizado, y produciendo un incendio de grandes proporciones. Por muchos años trabajamos con un estilo devida, que terminará de modo tan desesperante. ¡Qué terrible será percibir que mucho de lo que hacíamos para “honrar al Señor”, no era tal, sino al contrario, servía para su afrenta! ¡Señor, quién estas líneas escribe está conmovido por su propia rendición de cuentas! ¡Señor, como a mí, ayuda también a quién las lee!
Tenemos también la convicción de que Dios ve el “oro, la plata, y las piedras preciosas”, que pasan por el fuego y reciben un fuerte impacto de purificación, para luego recibir la recompensa.
La escena de solemnidad que representa todo este espectáculo, se incrementa por la aparición de la fidelidad de Dios: “él [la persona sometida a prueba] mismo será salvo, aunque así como por fuego” (v. 15), lo cual es la evidencia de “estar en Cristo”.
D. “cada uno recibirá su alabanza de Dios” (v. 5):
El resultado. Dios, que juzgará “los secretos de los hombres” (Romanos 2:16) y demostrará que es el único que “escudriña la mente y el corazón”, dará también la aprobación justa. Tener la alabanza de Dios significa recibir la aprobación que corresponde al veredicto del tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10).
Cuando el Señor Jesús estaba en el mundo y habló del tema de las recompensas, abarcó dos esferas de la vida cristiana. La primera en relación con el servicio en general; es decir, los creyentes que han trabajado con fidelidad a él y sufrieron por su causa. Así en Mateo 5:11–12 leemos: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”. Otra mención, que no tiene directa relación con el cielo pero que es muy importante es: “El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mateo 10:41–42). La tercera referencia está en Lucas 6:35: “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande …” Casi al final de su ministerio, el Señor dijo: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o adre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá en veces más, y heredará la vida eterna”. (Mateo 9:28–29).
La segunda relación con la recompensa está directamente ligada con la mayordomía de los líderes. Veamos: e1 mayordomo fiel y prudente (Lucas 12:41–47) (Mateo 24:45–51); las diez minas (Lucas 19:11–26); los obreros de la viña (Mateo 20:1–16); los talentos (Mateo 25:14–30). Estas son parábolas que muestran las recompensas a personas asignadas a tareas específicas, y en todas está presente la venida del Señor.
Cada una tiene su característica, pero el Juez manejará las cosas con la sabiduría de la verdad. En todas están los que han cumplido y los que han fallado; pero las que más nos cautivan quizás sean las que contienen una bienaventuranza particular: “Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así” (Mateo 24:46); o: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entren el gozo de tu señor” (Mateo 25:21). Estos son los que han hecho “tesoros en los cielos” (Mateo 6:19–21), que serán reconocidos en el gran día de Cristo. (comp. Marcos 10:21).
Cuando nos referimos a la recompensa, “recibirá la alabanza de Dios”, significa que él tiene reservada una aprobación que nadie conoce, para entregar a quienes han trabajado conforme a su corazón, aunque no de acuerdo a los hombres. En 1 Pedro 1:7 leemos: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”. Este versículo, ubicado detrás de otros que hablan de la “herencia incorruptible”, de alguna manera vinculan esa porción de la eternidad con la alabanza o aprobación que estamos estudiando.

La herencia juega un papel importante en las relaciones entre Israel y Jehová, normalmente relacionada con una posesión (Números 27:7) terrenal, que en Jeremías 2:7 es heredad de Dios. Pero la idea dominante en la Biblia es que se trata del disfrute legítimo de algo que no es el resultado de nuestros méritos. La herencia es una posesión de privilegio, y describe la bendición conferida al hijo de Dios (Efesios 1:14). Pablo le dijo a los líderes de Efeso que tenían “herencia entre los santificados” (Hechos 20:32), que es en verdad “incorruptible, incontaminada e inmarcesible reservada en los cielos” (1 Pedro 1:4). ¡Gracias a Dios!


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