viernes, 20 de diciembre de 2013

Se multiplican las tareas (parte 1 de 2)

Al cumplir con la voluntad de Dios en el ministerio, también observamos cómo crece el rebaño, y cómo con las dificultades que notamos en el capítulo anterior aumentan también las demandas; especialmente relacionadas con la atención de las nuevas esferas de labor que surgen. Entre éstas están la evangelización, los encuentros en las casas, el estado espiritual de los nuevos creyentes, la consejería, la obra social, y todo lo inherente a las necesidades juveniles.
La preparación de líderes para la atención del cúmulo de labores pone a prueba nuestras prioridades y si hemos crecido para enfrentar el desafío o estamos en la situación de antes. Uno de nuestros conflictos es conocer la capacidad de cada uno de nuestros allegados y los dones que hayan evidenciado, para que tomen más responsabilidad.
1. La mente abierta a la delegación
El caso de Moisés es útil para ilustrar lo que decimos. Leemos en Exodo 18:14–24 que Jetro su suegro le dijo: “¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde?… No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti, no podrás hacerlo tú solo … . Enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer. Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta, y de diez. Ellos juzgarán al pueblo todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño”.
Aunque Moisés tenía entre su pueblo todos los hombres que necesitaba, y se habían desarrollado para las distintas funciones del peregrinaje, no los usaba porque no tenía bien definido su propio rol. La guía del pueblo era de responsabilidad divina (Exodo 13:21; Deuteronomio 32:12) y era obligación de Moisés mantener una buena relación entre ellos y Dios (Exodo 3:18–22). Pero él creía que al multiplicarse los problemas también el debía sumar más horas a los trabajos; no cuidando las prioridades, en el principio de mantener el contacto con Dios. Jetro, le ayudó para observar cuál era su verdadera labor y cuáles las de otras personas de la congregación.
Le planteó, primeramente, tres razones por las cuales tenía que delegar:
Primero: que su salud se quebrantaría.
Segundo: que el pueblo esperaba demasiado tiempo para encontrar soluciones a sus problemas.
Tercero: que todo tendía a derrumbarse. (Exodo 18:3, 23).
Pero no le mostró solamente los defectos, sino también un sistema para poner prioridades a los temas y, por ende, a las funciones; lo que a su vez reclamaba la búsqueda de la persona ideal para cada ocupación. Además, le indicó cómo buscar esas personas:
Primero: Enséñales a ellos las ordenanzas y las leyes.
Segundo: Muéstrales el camino por donde deben mirar.
Tercero: Lo que han de hacer.
Pensando ordenadamente en el trabajo y su futuro, y teniendo en cuenta la calidad de la vida espiritual del pueblo, Jetro también le dio las pautas para elegir a los líderes:
Primero: “Escoge tú entre todo el pueblo”; es decir, su responsabilidad para elegir sin preferencias, observando el desarrollo habido en todos.
Segundo: “Varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad que aborrezcan la avaricia”, es decir, personas íntegramente sanas, sujetas al Señor y sin compromisos temporales, que tuvieran sensibilidad a la santidad de Dios.
Tercero: “Pónlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez”; es decir, varones que supieran el significado de trabajar bajo autoridad y que no tuvieran pretensiones o apetitos personales de ubicación. Que estuvieran sujetos a autoridad para que pudieran enseñar sujeción.
Moisés comprendió que el Señor estaba detrás de estas palabras (v. 23) sabía que venían de la persona que por cuarenta años le había ayudado a formar su carácter de pastor: “e hizo todo lo que dijo” (v. 24).
Hasta aquí, él mismo había demorado el avance de la justicia entre el pueblo, pero ahora todos habían ganado, y se habían formado las bases para practicar la delegación de autoridad. La congregación aprendía que nadie es imprescindible y todos necesarios. Pero para poder asumir esta nueva esfera de labor, Moisés tuvo que cambiar de mentalidad; primero, para escuchar los consejos, y estar dispuesto a abandonar lo que hacía; después para cumplir su verdadero rol y permitir que otros también lo hicieron. El administrador pierde habitualmente la visión que viene de Dios; porque esto de: “Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios” (v. 19) demanda tiempo a solas con él, que es imposible dedicar con el activismo de estar de la mañana a la noche resolviendo “cositas”. La prioridad para Moisés era “estar delante de Dios”, antes que delante del pueblo. La labor cansadora de los detalles consumió el tiempo que tenía que dedicar a Dios y todo se hubiera derrumbado.
Una vez que las labores se distribuyeron, podía tener hermosas conversaciones con los nuevos líderes, a quienes tanto bien hacían los contactos con el ungido del Señor.
Bien se ha dicho que es mejor preparar a diez para trabajar, que estar preparado para hacer el trabajo de diez.
2. Algunas nociones importantes sobre la delegación
Cuando un líder logra que las cosas que tiene entre manos se hagan por medio de otro, está llegando a la cúspide de su liderazgo. Descubrirá, entonces, que las mejores lecciones sobre delegación están en las mismas Escrituras. No todos los casos son iguales, ni las decisiones parten de circunstancias análogas; pero al estudiar algunas de ellas, podremos encontrar puntos básicos similares:
Moisés tuvo que delegar más de una vez
(Exodo 18:13–26; Números 27:18–23)
Josué delegó en Eleazar y otros
(Números 34:16; Josué 14:1)
Elías delegó en Eliseo
(2 Reyes 2:11–13)
Esdras delegó en doce sacerdotes
(Esdras 8:24–30)
Los apóstoles en los diáconos
(Hechos 6:1–6)
Pablo en los ancianos de las iglesias
(Hechos 14:23)
Pablo en Timoteo
(1 Timoteo 1:3; 6:13–14)
Pablo en Tito
(Tito 1:5)
Al estudiar estos casos diríamos que la delegación es una actividad espiritual realizada con cuidado, donde la autoridad de Dios es preeminente, y dónde no hay emergencia, ni cambio repentino en las prioridades del líder. Es válida la norma de 1 Timoteo 5:22: “No impongas con ligereza las manos a ninguno”.
Al estudiar estos casos también nos es más fácil descubrir un procedimiento para delegar:
Primero: La búsqueda y detección de “hombres fieles” (2 Timoteo 2:2). Un modo de agilizar el discernimiento en esta ocupación es ser humilde y reconocer que no todo lo que hacemos es nuestro; que otros nos han ayudado en nuestra formación, y que también es justo que hayamos ayudado a que otros se formen. Es utilizar la capacidad de obispo (griego epíscopos) cuando miramos y observamos a nuestro alrededor la presencia de “hombres fieles” (comp. Hechos 6:3).
Segundo: Una vez detectadas las personas con las cualidades bíblicas exigidas, les enseñamos a presidir, y les damos la oportunidad para que demuestran su fidelidad. Corregimos con ética cristiana (Romanos 12:10) los posibles errores y les mostramos el camino más adecuado para que puedan formar “hombres idóneos” (2 Timoteo 2:2) a quienes delegar posteriormente.

Tercero: Si nos hubiésemos equivocado en las personas elegidas, debemos explicarlo con claridad, y con toda la verdad, para proceder a la rectificación. Si por el contrario, como es de esperar, funcionan bien, tendremos que dedicar tiempo con ellos para ensanchar la visión de la misión de la iglesia.



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