viernes, 27 de diciembre de 2013

Se multiplican las tareas (parte 2 de 2)

3. La formación de nuevos líderes
Delegar significa poner la carga sobre otro. En Hechos 6:3 leemos: “… a quienes encarguemos este trabajo”; en 2 Corintios 5:19: “… nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (ver también 1 Tesalonisences 2:12; 1 Timoteo 1:18; Timoteo 2:2).
Poner la carga sobre otro es morir a esa carga; es dejar en otras manos lo que antes manejábamos nosotros. Esa muerte nuestra es difícil de afrontar. Nos parece fácil decidir si conservamos el liderazgo sobre ese tema y al fin de cuentas los nuevos líderes siguen nuestros lineamientos; pero es mucho más difícil si encargar es poner la carga sobre otro para que la lleve según lo sienta en el Señor. La decisión se hace tanto más difícil cuanto más observamos lo siguiente:
Primero: Generalmente ningún líder asume su función pensando en delegar, sino en trabajar con lo que tiene hasta el fin. Solamente leyendo la Escritura como lo hemos hecho aquí aprendemos el estilo de Dios.
Segundo: Una de las razones por las cuales el líder no delega es porque se siente artífice de algún proyecto, y cree que nadie lo puede continuar como él. Posiblemente así pensó Moisés cuando él solo atendía a dos millones de personas.
Tercero: Otro problema es que a nosotros los mayores nos cuesta tener confianza en los jóvenes; sin pensar qué edad teníamos nosotros cuando asumimos tal o cual responsabilidad. El temor a “perder el control” es tan grande, que algunos somos capaces de perder los objetivos para conservar los detalles.
Cuarto: El valor que asignamos a “sentirnos al frente” es una recompensa muy elevada para abandonarla. El saber que otro hermano sea consultado o tenga la decisión sobre temas que antes manejábamos, a nosotros nos hace mucho mal.
Lo grave de estos cuatro puntos es que cuando pensamos así estamos corriendo el riesgo de salirnos de debajo del señorío de Cristo para ponernos debajo del nuestro. Y entonces sí que estamos frente a un drama: tenerlo todo, plan, estructura, hermanos, etcétera, pero el Señor ausente. Algo parecido a la iglesia de Efeso en Apocalipsis 2:1–7.
LA DELEGACION COMO PARTE DEL MINISTERIO

1. Delegamos cuando ponemos una carga sobre otros hombres y morimos frente a esa responsabilidad.
2. Delegamos en el momento que comenzamos a preparar a otros líderes.
3. Delegamos cuando estamos dispuestos a aceptar otra metodología.
4. Delegamos cuando el rebaño reconoce que otro líder está haciendo parte de nuestra labor.


4. Los problemas en la delegación
Por lo que hemos estudiado hasta aquí, descubrimos que la vida del rebaño es esencial para la formación de todos; incluyendo el desarrollo de los dones que deben caracterizar a un líder. Cuando el rebaño de por sí provee instrucción mutua de todo tipo, tanto formal como informal, y ayuda para integrar al nuevo líder, sabe resolver sus carencias y problemas más íntimos.
Teniendo en cuenta este antecedente, comprendemos mejor por qué Pablo buscó a su primer colaborador entre las iglesias que él mismo había plantado en la Galacia (Hechos 16:1). Fue una norma que guió sus pasos desde el primer momento, para evitar que “solitarios”, sin compromiso y sin vínculos profundos con las iglesias locales, pudieran enseñar temas de sujeción y comunión que ellos mismos no habían practicado.
Si tomaramos como modelo el modo en que Pablo preparó a Timoteo teniendo como base su arraigo a sus iglesias locales, podríamos detectar las siguientes:
1. Observación: Cuando llegó a Listra e Iconio, ya sabía que la misión a la cual había sido llamado era extensa en tiempo y territorio, y que, luego de la experiencia con Juan Marcos, necesitaba un ministro con buena base eclesial. Vio a Timoteo, y supo de su buena formación en las Escrituras (2 Timoteo 1:5), y aun cuando le faltaba la imagen de padre que él mismo tendría que suplir (1 Corintios 4:17), lo vio responsable en sus labores y formador de la comunión que las iglesias veían con gran beneplácito (Hechos 16:2).
2. Capacitación: Timoteo era un joven dócil y gustoso de aprender. Vio a Pablo como un padre que le podía instruir y ampliar la visión para la extensión del evangelio. “Pablo quiso que fuera con él” y Timoteo se sometió a un liderazgo de avanzada. Lo circuncidó, para enseñarle a tener flexibilidad con las personas con que debía relacionarse (Hechos 16:3). Quizás Pablo mismo le explicó que anteriormente se había opuesto a la circunsición de Tito, porque los que la procuraban pensaban que formaba parte de la salvación (Gálatas 2:3). Timoteo comenzó su capacitación asimilando estas dos lecciones: sujeción y flexibilidad.
3. Entrenamiento: Se acostumbró a ver iglesias que crecían y a ver las prioridades: a) “confirmadas en la fe” (vida exterior), y b) “aumentaban en número cada día” (crecimiento exterior). Pablo le ayudaba a ver la conveniencia de la unidad en la diversidad, tal como se había conversado y concordado en Jerusalén (Hechos 16:4), y que así como él estaba sujeto a Pablo, ambos lo debían estar al Espíritu Santo (Hechos 16:6–7).
La visita a Europa fue una especie de prueba de fuego para él, así como ir a Panfilia había sido para Juan Marcos (Hechos 13:13). Pablo comenzó por formar un equipo de por lo menos cuatro personas (Pablo, Silas, Lucas y Timoteo) con quienes Timoteo tenía que aprender a trabajar, obedecer y seguir planes que no había diseñado.
Navegaron a Filipos, y dieron vueltas algunos días hasta reunirse con unas mujeres. En ese encuentro se convirtió Lidia, y Timoteo aprendió a llevar almas al Señor en otra cultura y con otro idioma. Luego se encontró con la oposición y el encarcelamiento de los líderes Pablo y Silas. Se quedó con Lucas, posiblemente apaciguando el susto de los hermanos en casa de Lidia (v. 15).
Aunque joven, ya sabía: a) trabajar junto a otros líderes, b) tener paciencia hasta ver la voluntad del Señor, c) como se conducía un alma a Cristo, d) qué hacer frente a la oposición y encarcelamiento de una parte del equipo.
4. Experimentación: Timoteo entró luego en otra etapa de su ministerio. Tuvo que dejar a Pablo, unirse a Silas y quedarse un tiempo en Macedonia (Hechos 17:14), para reencontrarse luego con él en Atenas (dato no registrado en Hechos) (1 Tesalonicenses 3:1). Salir luego solo nuevamente para Macedonia (Tesalónica) en una misión muy delicada. Nada menos que confirmar, exhortar y tranquilizar a la iglesia en tribulación (1 Tesalonicenses 3:1–8).
En el ínterin, Silas estuvo en otra misión, y ambos se unieron para encontrar en Corinto a Pablo (Hechos 18:5), que estaba “entregado por entero a la predicación de la palabra”. No conocemos exactamente cuáles fueron los pasos que siguieron de aquí en adelante; pero Timoteo podría haber acompañado a Pablo hasta Efeso y desde allí realizar dos misiones en Corinto (1 Corintios 4:17 y 16; 10–11), de las que podríamos extraer las siguientes lecciones:
a) “hijo amado y fiel en el Señor”—la calidad del líder formado.
b) “el cual les recordará mi proceder en Cristo”—la sujeción al líder anciano.
c) “de la manera en que enseño en todas partes”—el patrón de conducta conocida.
d) “él hace la obra del Señor, así como yo”—la identificación en el ministerio.
5. Liderazgo: Desde la primera encarcelación de Pablo hasta el fin de sus días, fue la última etapa en el ministerio de Timoteo. Estuvo en la cárcel de Roma, juntamente con Lucas y otros valiosos líderes (Colosences 4:7–14). Aprendió de ellos y compartió con ellos. Timoteo había comprendido el valor de trabajar en equipo, y estaba preparado para iniciar otro trabajo en Macedonia (Filipos) (Filipenses 2:19–24).
Pablo, por otra parte, se sentía abrumado por las noticias del Asia Menor, y la infiltración pagana que sufrían algunas iglesias, especialmente Efeso y Colosas. Así que, luego de unos dos años en Roma y ya en libertad, navegó con Timoteo a Efeso, y allí lo dejó (1 Timoteo 1:3).
A esta iglesia, quizás la más importante, Pablo había dedicado unos veintisiete meses de trabajo, enseñanza y preparación de líderes. Desde la cárcel les había enviado una carta señalando la lucha del cristiano contra los poderes satánicos (Efesios 6:12), y ahora que los veía avalanzarse sobre los santos. Les dejaba a Timoteo con la misión más delicada en la historia de su “hijo” (1 Timoteo 1:18) a quien había preparado bien durante más de veinte años.
Pablo le delegó autoridad para disponer o mandar (1:3–4); para enseñar la relación con las autoridades, la sujeción masculina y femenina al Señor, el reconocimiento de líderes, la conducta en la iglesia, y las operaciones de los espíritus engañadores (6:4); para exhortar a los ancianos, las jóvenes y las viudas (5:1–16), etcétera.
Le confió una labor árdua y muy engorrosa, y le advirtió que debía cuidar de sí mismo, y ser ejemplo en todo, huyendo de las tentaciones y siguiendo la justicia (6:11). Le ordenó que peleara la buena batalla, que guardara el mandamiento y que evitara conversaciones profanas y sin sentido.
Timoteo enfrentó situaciones muy difíciles, que parecerían haberlo desanimado un poco; pero Pablo que lo apoyaba desde su cárcel de muerte le envió una segunda carta en la que lo exhortó y sostuvo, recordándole que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7); y lo instó a que siguiera cuidando el buen depósito que había en él, para que pudiera practicar con felicidad el ministerio que había recibido.
FORMACION DE NUEVOS LIDERES

1. Buscar y preparar a hombres fieles e idóneos para enseñar a otros.
2. Tomar en cuenta el modo en que se conducen en fe y carácter.
3. Encargarles labores cada vez más delicadas y observar sus éxitos para corregir sus errores.
4. Entregarles misiones importantes al conocer bien su manera de ser y la forma de encarar los problemas y las soluciones; no antes.




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