viernes, 22 de noviembre de 2013

El Líder y sus riesgos (parte 2 de 2)

4. El abandono de la administración espiritual
Estamos rodeados de un ambiente de superficialidad que con suma facilidad nos invade. Imperceptiblemente podemos ir cediendo lugares que corresponden al Señor, si permitimos que hábitos o pensamientos nos distancien de los objetivos trazados por Dios. La administración espiritual reclama una comunicación constante con el Dueño del rebaño.
Varias defecciones, todas unidas entre sí o cada una por separado, pueden integrar los estados espirituales en los cuales hemos abandonado el ministerio del Señor. Trataremos de estudiar algunos, presuponiendo que ni son los únicos ni van generalmente solos, sino que forman parte de un nuevo estilo de vida que se opone a la ley del Espíritu.
A. El abandono del primer amor:
Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). El trabajo, la paciencia, el sufrimiento, la severidad con los malos, la firmeza contra la hipocresía, etcétera habían caracterizado a los líderes de Efeso. Dios, que todo lo ve, sabía que no habían desmayado en poner las cosas en su lugar, pero también sabía que todo se había realizado a costa de la pérdida irreparable del primer amor (comp. Jeremías 2:2–5). Nada de malo había en lo realizado. Nadie hubiera podido detectar lo que estaba en juego, pero evidentemente estos pastores se amaban a sí mismos antes que a Dios. Querían demostrar la capacidad para poner orden, pero tenían desordenado el corazón.
Dios es amor (1 Juan 4:8, 16), de modo que abandonar el amor primero, es abandonar a Dios. Permanecer en el amor es estar en Dios; en esencia, en sus planes, en todo lo que quiere. El mismo escritor de Apocalipsis dice repetidamente que conocemos ese amor por la cruz del Calvario y la muerte de Cristo.
Dice 1 Juan 3:16 “En esto hemos conocido el amor, en que el puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.
¿Qué había sucedido con los líderes de Efeso? Tenían todo, pero por haber abandonado el amor al Señor, la relación con hermanos era fría. Los reglamentos se habían convertido en los líderes del rebaño, y el desconcierto era muy grande.
La solución demandada por Dios fue muy severa: “Recuerda, por tanto, de donde has caído, y arrepiéntete y haz las primeras obras”; es decir una rectificación total en el modo de pensar y de ser.
B. La soberbia del primer lugar:
Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe” (3 Juan 9). Con liviandad, Diótrefes había preparado un mal diagnóstico de los hermanos, y los disciplinaba a discreción. Como Juan, estos hermanos tenían hermosos momentos de comunión con Cristo; pero él para dominarlos, reglamentaba esa comunión y quería guiar al rebaño usando instrumentos del diablo: “parloteando con palabras malignas”. Diótrefes reprimía a la iglesia arrebatándole el señorío a Cristo, y doblegando a las ovejas con formas de vida ajenas al reino de Dios. Con ferocidad eliminaba todo aquello que pudiera dañar su investidura; aunque, juntamente con un rebaño asustado, hubieran huido el amor, la comunión y progreso. En su irritación, había disciplinado a Juan, el ungido del Señor, quizás pensando que su presencia devolvería a ese rebaño el amor que él quería para sí.
Nosotros también podemos incurrir en el mismo absurdo, si actuamos pensando en nuestra posición; aunque no podamos ver a Cristo en lo que hacemos, o invoquemos su nombre para conducirnos como lo hacemos.
En el ambiente de tirantez vuelven a sonar las palabras de Pedro: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro [nuestro] cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).
C. La complicación con cosas temporales:
Ninguno que milita se enreda con los negocios de la vida” (2 Timoteo 2:4). Problemas graves nacen de la pérdida o abandono de la verdadera misión.
Algunos aman más la comodidad que el ministerio como, Demas (2 Timoteo 4:10), y se van tras ese objetivo. Otros creen que el ministerio se puede atender “a ratos libres”, quizás como Arquipo (Colosenses 4:17), y lo ponen de lado. Otros creen que el ministerio es un modo para obtener una posición de prosperidad, e invocando que Dios es rico, se “marean” por el dinero. Otros creen que Dios no les ha llamado a dar “más tiempo al ministerio” y dan solamente los momentos de sueño (Efesios 5:14). ¡Cuántas maneras de pensar!
Lamentablemente, si nos enredamos, realmente perdimos el liderazgo. Las ovejas comprenden que ya no dependemos del Señor, sino de las circunstancias, y que nuestros enredos no nos permiten usar la percepción espiritual. Necesitamos volver a entronizar a Cristo, para desatar estas ligaduras y gozar de su libertad.
D. El abuso en las cosas sagradas:
No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová” (2 Crónicas 26:18). La historia del rey Uzías había sido muy satisfactoria, porque “persistió en buscar a Dios” (2 Crónicas 26:5). Pero un día, enorgullecido, se introdujo en terreno prohibido, queriendo dominar esferas que Dios tenía reservadas para sí; y fue destituido. Este mismo fue el primer error que cometió Saúl (1 Samuel 13:8–15), y Samuel tuvo que reprenderle severamente.
Estas cosas ocurren cuando en un proceso de autosuficiencia crece el amor propio y sucumbe la santidad.
Hechos similares suelen acompañar a veces a nuestro liderazgo, y entonces se detiene la transformación del Espíritu (2 Corintios 3:18) y se destruye la vida espiritual del rebaño. Andar en santidad es también ver a Dios en todos nuestros actos (Hechos 12:14); es ser guiados por el Espíritu (Romanos 8:4). Andar es mucho más que trabajar, es tener una vida dinámica sujeta a la dirección del Espíritu Santo. Si manipulamos las cosas sagradas, estamos siguiendo los dictados de la carne en total conflicto con Dios; cegado en cuanto al camino de santidad.
Una vez dañado el honor de la santidad, nos será más fácil ingresar en el lugar santo para malversar ofrendas destinadas a Dios o gastar dineros en gustos personales. Una vez que se veló en nosotros el rostro de Dios, la naturaleza carnal tendrá acceso a las determinaciones, y habremos comenzado a ser juguetes de nosotros mismos; sin advertir que él ha puesto ya su ojo de justicia sobre nuestro pecado (1 Pedro 3:12). Sin quererlo, pero sabiéndolo, a nosotros también nos puede suceder algo similar a lo de Uzías.
E. El descuido del sexo:
A las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5:2). A la irreprensibilidad de la cual Pablo le habló a Timoteo (1 Timoteo 3:2) le agregó otros adjetivos de pureza y santidad (1 Timoteo 5:22). Una de las asechanzas más eficaces que el diablo usó—y usa—contra los líderes es el sexo. Muchos hombres de Dios, que se alejan de las relaciones con su hogar y se aislan del conveniente consejo pastoral, han caído atados de pies y manos junto a una o varias mujeres que fingían admirarlo. A veces, como en el caso de Judá, la entrada de la codicia (Génesis 38:16–18) desplazó a las reglas del Espíritu. En otras ocasiones faltó la confesión del pensamiento torcido hacia lo impuro (Filipenses 4:8); y el líder siguió esa senda hasta la fatal caída, con un estrépito que prevalece por toda una generación. Bien se encarga el diablo de preparar tretas o trampas para ellos, porque sabe que el daño para el evangelio es enorme.
El antídoto bíblico es el eficaz: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). El término “puro” es hagnos en griego, y significa entre otras cosas: casto, puro, claro. Se usa en 2 Corintios 11:2 como el objetivo de Pablo para lo Corintios: “Os he desposado con un solo esposo, para presentarnos como una virgen pura a Cristo”, donde nuevamente la vida cristiana aparece como un casamiento en las condiciones bíblicas sin intromisión de amores foráneos.
El primer paso en la derrota está en dejar de mirar al Señor para mirarnos a nosotros mismos y lo que somos; y el segundo, en mirar a una mujer.
El envilecimiento que produce el ver a un modelo en las honduras del pecado es de tal magnitud, que el Espíritu no restablece más su credibilidad delante de ese rebaño. Sí le perdona el pecado, como también debemos hacerlo nosotros si se arrepiente y lo confiesa; pero una cosa es el perdón del pecado y otra la restitución del modelo. Dice la Escritura: “Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). De modo que la fornicación es única en el género de los pecados.
Otra advertencia de Dios es: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:17). “Destruir”, en este versículo, significa: descomponer, corromper, hacer de menor calidad, etcétera, y se utiliza para señalar la retribución para los que dañan las condiciones de la santidad. Es la situación que se plantea cuando un líder quiere “seguir al frente” sin confesar, sin reconocer y sin esperar el veredicto de Dios sobre lo sucedido; imitando sin quererlo a los mismos paganos (2 Pedro 2:12).
Pablo le recomendó a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). La pérdida para el rebaño era fatal si Timoteo no se cuidaba a sí mismo. Si él erraba al blanco y caía, habría enlodado el evangelio con sus propuestas, y desbandado al auditorio por falta de liderazgo y de doctrina. El, también, se hubiera sumado a los erráticos que Pablo le menciona en sus cartas, que tanto dolor le habían producido.
La advertencia para nosotros sigue en pie, es la misma, tiene el mismo origen, y está aplicada con el mismo poder. Dios nos vuelve a llamar a la santidad: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12).
ADVERTENCIA SOBRE LOS PELIGROS
DEL LIDERAZGO

1. Vigilar el primer amor es también una manera de saber qué lugar ocupa Dios en nuestras vidas.
2. Cumplimos con nuestra responsabilidad cuando ocupamos nuestro lugar, y perdemos nuestro lugar cuando buscamos posición.
3. Para conocer el valor que damos al amor, debemos saber cuánto valen las cosas y viceversa.
4. Obrar en santidad es trabajar delante de Dios: si nuestras manos están limpias, nuestro corazón es puro.



jueves, 21 de noviembre de 2013

Lavado de cerebro

En forma breve y apoyándome en los expertos sobre el tema, quiero presentar los pasos que se han usado para lavar el cerebro tanto a prisioneros de guerra como también a miembros de una secta. No importa que sean grupos militares o religiosos, los principios son similares. Sin embargo, lo expresaremos en términos netamente religiosos.
En el mundo de las sectas, quienes se valen de estas técnicas no necesariamente están conscientes de ello. Los líderes pretenden saber mejor que nadie (a veces mejor que Dios y la Biblia) lo que la gente necesita. Pero el objetivo es claro: obtener para bien propio, el control de los feligreses y convencerlos de que es obra del Espíritu Santo.
El lavado de cerebro tiene cuatro fases básicas.
1. Para un exitoso lavado de cerebro es importante comenzar con información con la cual los oyentes estén de acuerdo. En los comienzos de una secta el líder predica mensajes que a primera vista parecieran gozar de apoyo bíblico. Es lo que hizo el copastor en el ejemplo del capítulo anterior. Había comenzado ganándose la simpatía de los congregantes y enseñando mensajes bibliocéntricos (echando así la base de lo que vendría después). Fui a escuchar a un famoso predicador que encabeza un movimiento considerado por muchos como secta. A pesar de que el pasaje bíblico en que basaba su sermón no enseña lo que él afirmaba que enseña, igual conquistó los corazones de la mayoría de los asistentes. El hombre usaba la Biblia pero no enseñaba la Biblia.
El mensaje basado en la Biblia otorga credibilidad al predicador y la gente comienza a confiar en él. Esta confianza es la clave porque una vez establecida, el oyente es susceptible a sugerencias humanas. La conclusión lógica de los crédulos de esta primera fase del lavado del cerebro, es que el líder es digno de confianza porque parece hablar la verdad.
2. Una vez que la confianza ha sido establecida, el siguiente paso es lo que algunos estudiosos llaman la etapa de la «sugerencia». Abusando de la confianza, se introduce una nueva enseñanza —no antibíblica sino extrabíblica, algo «profundo» que no se encuentra en la Palabra de Dios. Bien puede ser algo que Dios (supuestamente) ha revelado al líder en forma personal. ¿Quién no desea ser partícipe de algo que nadie más sepa?
Casandra creció con mi esposa. Provenía de una excelente familia cristiana. Durante los años universitarios a su hermano le diagnosticaron cáncer y en poco tiempo falleció. A partir de entonces Casandra comenzó una búsqueda espiritual y terminó en un grupo extraño que no era una secta propiamente dicha. El pastor principal era, en todo el sentido de la palabra, un caudillo. Era idóneo para predicar brillantes mensajes sobre la Biblia. De esta manera se ganó la confianza de miles de personas. Al poco tiempo el pastor comenzó a predicar cosas que no provenían de la Biblia, e incluía sus propias revelaciones y opiniones políticas. Deseosos de oír una nueva palabra de parte de Dios, la congregación seguía creciendo.
La conclusión deseada en esta fase del lavado de cerebro es, «bueno, él (o ella) no es antibíblico y es un hombre (o mujer) de Dios». A esta altura algunos de los creyentes maduros abandonan la iglesia, y el líder explica que no son espirituales y que Dios está purificando su grey.
3. Los sectarios siembran dudas sobre lo que uno ha creído y ha retenido como verdad. Llega el momento en que los feligreses hacen lo que el líder ordena. El grupo está bajo su control. El pastor ha tomado posesión de su congregación, y su palabra se considera ex cátedra, autoritaria y prácticamente infalible. Volviendo al pastor de Casandra, poco tiempo transcurrió hasta que comenzó a revelar su verdadero carácter. Mientras vivía en opulencia, regañaba a la congregación cuando no entraba suficiente dinero. Se divorció y se casó de nuevo. Ya años más tarde sigue con sus fieles (lo tratan como si fuera un dios) a pesar de que mientras predica fuma puros y emplea palabras groseras. Tristemente la congregación se «traga» todo. La iglesia se ha convertido en una secta. La amiga de mi esposa sigue leal al grupo y no está dispuesta ni siquiera a hablar del tema.
Durante esta fase otros dejan la iglesia y son catalogados como «traidores». La conclusión de quienes han quedado es que el líder es el ungido de Dios y no hay que tocarlo.
4. La última fase es asegurarse de que nadie más se vaya del grupo. La secta mantiene a sus miembros con todo tipo de presiones psicológicas: amenazas del infierno, expulsión del reino, imposición de manos, interrogatorios y cuestionamientos que hagan pensar y sentir al interlocutor que está disgregado, perdido y sin opción, y que la única alternativa es aceptar la oferta propuesta por el grupo. Los mantiene tan ocupados que no tienen tiempo para otras actividades o amistades fuera del grupo. Este aislamiento ha sido un arma potente y eficaz en las manos de los lavadores de cerebro. La demanda de tiempo, dinero y sacrificio son vistos como maneras de probar la entrega total a la causa. Mientras los miembros de una congregación evangélica pueden volver a casa, orar y decidir si participar o no en cierta actividad, los sectarios no gozan del mismo libre albedrío. Benjamín Zablocki, un sociólogo de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey en EE.UU. explica que los miembros llegan a ser adictos de la secta a la cual pertenecen.

Una vez que el lavado de cerebro se completa los líderes se dedican a llenar la mente de los interlocutores con nuevos conceptos, utilizando una estrategia de seguimiento de tal manera que en poco tiempo convierten a todos no solamente en discípulos sino también en propagadores de la secta.


martes, 19 de noviembre de 2013

Sorprendentes elecciones de seres humanos inteligentes

Un matrimonio va camino a la destrucción cuando los cónyuges prefieren solamente la satisfacción de sus metas personales, en vez de buscar con determinación cumplir las metas matrimoniales. Eso no sólo es ser poco inteligente, sino que también es vivir destructivamente.
Mientras más vivo y más estudio acerca de los problemas humanos, más me sorprenden las elecciones que algunos realizan. Son realmente sorprendentes las opciones que la gente prefiere. Nunca dejo de asombrarme de las erróneas determinaciones que toman algunas personas, sobre todo en aquellos momentos cruciales en que están tratando de decidir el futuro de su matrimonio. Son sorprendentes los caminos que la gente usa para intentar salir de sus conflictos.
Analicemos algunas de las decisiones que algunos cónyuges toman cuando se dan cuenta de que tienen una forma tan diferente de ver la vida que no encuentran armonía en su relación matrimonial.
Juntos, pero a mi manera:
La determinación de la tiranía y la pasividad
a. La tiranía
Es la determinación para satisfacer sus propias necesidades y desconsiderar las necesidades de su cónyuge.
Cuando las diferencias han llegado a un punto crítico en que están produciendo agravio, algunos deciden como lo haría un tirano. Determinan que las cosas en ese hogar se deben hacer como él o ella quiere, cuando quiere, y como quiere. Cuando un matrimonio vive en esta situación, el otro cónyuge lo máximo que logra es lanzar sus opiniones al aire, pero casi siempre producen, en quien ha decidido actuar como un tirano, una reacción de enojo. Cuando esta es la situación conyugal, nada bueno está ocurriendo.
Los hombres que tratan a sus hijos mayores como a niños y a sus esposas como a hijas, o hasta peor cuando las tratan como a sirvientas, están destruyendo paulatinamente su familia. Estas personas actúan como un dictador que cansado de que otros opinen de forma diferente y que otros puedan controlar parte o todo lo que él controla, decide someter a la fuerza a todos los que piensan diferente a él, y permite que sólo se le acerquen todos aquellos que le apoyan en su proceder.
Los dictadores son aquellos que no soportan las diferencias y que después de tratar de cambiar a todos los que le rodean para que lleguen a pensar como él, y al darse cuenta de que es imposible, deciden iniciar su tiranía.
Lamentablemente esa es la situación que viven muchos hogares. Esto generalmente ocurre cuando uno de los cónyuges se siente amenazado por las diferencias y debido a que nota que es imposible cambiar a la otra persona, decide actuar como un tirano.
Hombres y mujeres pueden decidir esto y los que así deciden, no sólo vivirán personalmente frustrados, sino que traerán frustración a todos los que le rodean creando en ese hogar un ambiente de constante discordia. Lamentablemente muchas de estas personas no son capaces de darse cuenta de lo que están haciendo, ni admiten que su comportamiento produce angustias a pesar de que los demás intentan comunicárselo.
Debido a este rechazo a ver su realidad o a esta inhabilidad de percibir o de comprender el dolor que experimentan los demás, a veces estas personas sufren menos que aquellos a quienes están causando graves heridas con su comportamiento, pero son grandes agentes de opresión y angustia en su familia. En estas circunstancias es indispensable la ayuda del consejero que podrá ayudarle a darse cuenta de lo destructivo que es su comportamiento y de las consecuencias que tanto él como los que le rodean pueden sufrir. Referente a esto Martín Lutero dijo una gran verdad. Dijo que la necedad, o que ser terco, es una enfermedad que no afecta tanto al que la tiene como a los que lo rodean.
b. La pasividad
Es la determinación a no involucrarse. Este es el mal necesario de los mediocres. Aunque es lamentable también es real que algunos eligen una actitud de absoluta pasividad. Muchas personas determinan ser pasivos porque se sienten impotentes y prefieren permanecer con una actitud de aceptación de la situación que viven, a pesar del futuro desagradable que les espera. Ellos son los que pierden toda esperanza de encontrar solución y deciden aceptar lo que venga. Algunas personas que han decidido actuar como pasivos, lo hacen porque creen que perderán mucho más al enfrentar el problema que seguir huyendo de él.
Es triste hablar de aquellos que por voluntad propia han decidido ser pasivos, pero es mucho más dolorosa la situación de quienes son sometidos y obligados a tomar una actitud de pasividad por los cónyuges tiranos que están gobernando la relación.
En mi concepto, están equivocados todos aquellos que eligen seguir viviendo de la misma manera. Los tiranos y los pasivos, cada vez que enfrentan un problema, producto de que alguien tiene una forma diferente de ver la vida, se enojan, discuten, vuelven a conversar, vuelven a herirse, vuelven a reconciliarse y así siguen hasta la próxima instancia.
Los tiranos son aquellos que han decidido vivir como ellos creen que es mejor, le duela a quien le duela, y le guste a quien le guste. La única razón por la que mantienen un cónyuge a su lado, es porque éste ha sido sometido, ha decidido ser pasivo o simplemente acepta la dolorosa situación que vive y ha determinado vivir como un robot al lado de alguien que ha elegido ser un dictador en vez de vivir como un cónyuge amoroso.
La decisión de hacer las cosas a su manera sin tomar en cuenta los deseos y anhelos de sus protegidos, aunque sea una persona muy responsable que está supliendo con diligencia las necesidades económicas, es la elección típica de un tirano o de alguien que cree que es el único maduro, responsable de todos los inmaduros que han sido puestos bajo su cuidado. En realidad ellos no quieren tanto un hogar, sino que más bien prefieren actuar en el hogar como si fueran profesores de su jardín de infantes llamado familia.
Me he dado cuenta de que la decisión que han tomado algunas mujeres de permanecer bajo el dominio de un cónyuge que presenta características de un tirano, en algunos casos ha sido producto de la inmadurez, la inseguridad, la impotencia o la absoluta dependencia económica, física y emocional en que se encuentra el cónyuge sometido. La determinación a vivir en estas condiciones nunca traerá buenos resultados. Lamentablemente existe una gran posibilidad de que tarde o temprano terminen divorciándose, si es que el cónyuge sometido, en algún momento despierta a la realidad y hace esfuerzos por romper las cadenas de esclavitud y excesiva dependencia que le han anulado.
Vivir en estas condiciones nunca traerá buenos resultados.
A quienes así viven les puedo asegurar una vida de constantes amarguras, conflictos interpersonales y discusiones, si es que todavía su cónyuge tiene algo de dignidad y valentía para de vez en cuando enfrentarlo.
Al que decide vivir como un tirano también puedo asegurarle una vida de amarguras, aunque algunas veces para quien se ha acostumbrado a vivir de esa manera, ese estilo de vida puede parecerle normal.

Sin embargo, para el cónyuge que se encuentra esclavizado, coartado de sus libertades, quien no tiene voz que pueda ser escuchada, opinión que pueda ser declarada, ni metas, ni anhelos que quieran ser considerados, lo único que puedo garantizarle es algo que no puede ser llamado vida sino una constante amargura. La persona que vive en estas circunstancias vivirá como si estuviera muriendo lentamente, como si se desangrara poco a poco. En esas circunstancias la vida está llena de tristezas y la persona oprimida derrama constantes lágrimas a escondidas para evitar mostrar su dolor, mantiene con su pareja conversaciones en monosílabos para evitar la cercanía y se toma ciertas libertades a hurtadillas, pero vive una vida de doble personalidad. Callada, ocupada, seria e introvertida cuando está presente su cónyuge y conversadora, más alegre y extrovertida cuando está con otras personas en ausencia de su cónyuge.



lunes, 18 de noviembre de 2013

Conducirse mediante principios bíblicos

¿Deberían los cristianos compartir sus recursos en la comunidad global de Cristo? ¡Absolutamente! La Biblia es muy clara en cuanto a cómo deben cuidarse unos a otros los cristianos. El apóstol Pablo animó a los gálatas a hacer el bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe (6:10). Esto no era meramente un grato sentir. Pablo tardó casi diez años en organizar aquella gran colecta de fondos de las ciudades grecorromanas que evangelizó, para que ésta fuera enviada a Jerusalén. El hecho revela muchos principios importantes a tener en cuenta en el intercambio de recursos dentro del cuerpo de Cristo (Hch 21:17–19; 24:17; 2Co 8–9).

El apóstol Juan escribió: «Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad.» (1Jn 3:17–18). Si una persona es capaz de ayudar y es consciente de la seria necesidad humana—particularmente dentro de la comunidad cristiana—pero se niega a actuar de manera alguna, sencillamente el amor de Dios no puede estar en ella. ¿Suena duro? Si estos pasajes no nos son suficientes para guiarnos, podemos encontrar muchos más en las Sagradas Escrituras.

Los cuadros que se muestran a continuación señalan veinte principios que pueden ayudarnos a pensar bíblicamente en el dar y el recibir dinero. Están organizados en dos listas: Diez leyes sobre el recibir y Diez leyes sobre el dar. Hay que admitir que estas listas distan de ser exhaustivas. Para un estudio exhaustivo recomendamos el libro Neither Poverty Nor Riches: A Biblical Theology of Material Possessions, de Craig L. Blomberg.

En estas listas notará una tensión entre la generosidad y la responsabilidad, entre lo que deberíamos hacer por los demás y lo que los demás deberían hacer por sí mismos. Esto se encuentra resumido en Gálatas 6. Por un lado, a los creyentes se los exhorta a ayudarse unos a otros a llevar sus cargas (v. 2). Por el otro, se dice que cada uno cargue con su propia responsabilidad (v. 5). No crea que esto es una contradicción. Más bien, esto crea intencionalmente una tensión entre el hacer por los demás y el hacer de los demás por sí mismos. Aquellos que comparten recursos en la obra del evangelio deben aprender a andar entre la necesidad de cuidar de los demás y la importancia de que los demás cuiden de sí mismos.
Diez leyes sobre el recibir
Principio general

Textos clave

1. Es mejor confiar en Dios que en el dinero.

Sal 34:9–10; 107:9; 111:5; 127:2; Mt 6:24; Heb 13:5

2. Es más bienaventurado dar que recibir.

Hch 20:34–35

3. Los cristianos tienen que trabajar para proveer para sí mismos y para sus familias, y para tener algo que compartir.

Ef 4:28;
1Ts 4:11–12;
1Ti 5:8

4. Los cristianos deben administrar sus recursos como mayordomos de lo que le pertenece a Dios.

Sal 24:1–2; Mt 25:14–30;
Lc 12:48; 14:28–30; 16:10–12; Hch 17:24–28;
Ro 14:12; 1Co 4:2;
2Co 5:9–10; 1P 4.10

5. Los obreros cristianos tienen derecho al sostén económico.

1Co 9:3–14;
1Ti 5:18

6. Los obreros cristianos deberían estar agradecidos por el sostén financiero pero no depender del mismo.

Hch 18:3; 20:33–35;
1Co 9:15–18; 2Co 11:7–10; 1Ts 2:7–9; 2Ts 3:6–9

7. Es importante no sólo mantener la integridad financiera ante Dios sino también que los demás perciban esto de nosotros.

Dt 25:13–15;
2Co 8:16–24

8. Los cristianos pueden estar contentos y agradecidos por la provisión de Dios.

Fil 4:10–19

9. Algunos cristianos pueden tener menos que otros, pero esto no les da derecho a ser ociosos y a depender únicamente de la «asistencia social» de los demás.

1Ts 5:14;
2Ts 3:6–15;
Tit 3:14

10. El obtener dinero por motivos indebidos puede conducir a todo tipo de problemas.

1Ti 6:9–10

Diez leyes sobre el dar
Principio general

Textos clave

1. El Señor honra al generoso y lo aparta de lo mísero.

Dt 15:10–11; Pr 19:17; 22:9; Is 58:7, 10–11

2. Los cristianos deberían cuidarse de dar con intenciones confusas.

Lc 14:12–14

3. Los cristianos deberían dar según lo que tienen, no según lo que no tienen.

2Co 8:12

4. El resto que algunos creyentes tienen debería usarse para compensar la escasez de otros.

2Co 8:13–15

5. Aquel que siembra generosamente también cosechará generosamente.

2Co 9:6–11

6. Los creyentes tienen que hacer el bien a todas las personas, especialmente a los creyentes.

Gá 6:10

7. Los cristianos tienen que tener la actitud de humildad abnegada y de amor hacia los demás que caracterizó a Jesús.

Fil 2:1–5

8. El dar inadecuadamente puede excusar a los demás de asumir sus responsabilidades.

1Ti 5:4, 8, 11–13, 16

9. Los cristianos deberían cuidarse de los favoritismos cuando dan.

Stg 2:1–10

10. El amor exige que un cristiano nunca niegue algo a un hermano necesitado cuando está en su poder ayudarle.

1Jn 3:16–20


Como puede observar, el dar y recibir dinero en el ministerio está lleno de peligros. Si ignora la tensión que existe entre la generosidad y la responsabilidad, surgirán problemas. Si permite que el control del Espíritu Santo sea reemplazado por el orgullo, el egoísmo, la ambición y la avaricia, habrá aún más problemas. La Escritura nos sugiere que si erramos, erremos del lado de la generosidad. Que se diga que somos demasiado afectuosos, no controladores; demasiado generosos, no tacaños; demasiado sacrificados, no interesados. Que las personas que nos rodean digan: «Miren cómo se aman unos a otros».