viernes, 20 de diciembre de 2013

Se multiplican las tareas (parte 1 de 2)

Al cumplir con la voluntad de Dios en el ministerio, también observamos cómo crece el rebaño, y cómo con las dificultades que notamos en el capítulo anterior aumentan también las demandas; especialmente relacionadas con la atención de las nuevas esferas de labor que surgen. Entre éstas están la evangelización, los encuentros en las casas, el estado espiritual de los nuevos creyentes, la consejería, la obra social, y todo lo inherente a las necesidades juveniles.
La preparación de líderes para la atención del cúmulo de labores pone a prueba nuestras prioridades y si hemos crecido para enfrentar el desafío o estamos en la situación de antes. Uno de nuestros conflictos es conocer la capacidad de cada uno de nuestros allegados y los dones que hayan evidenciado, para que tomen más responsabilidad.
1. La mente abierta a la delegación
El caso de Moisés es útil para ilustrar lo que decimos. Leemos en Exodo 18:14–24 que Jetro su suegro le dijo: “¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde?… No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti, no podrás hacerlo tú solo … . Enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer. Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta, y de diez. Ellos juzgarán al pueblo todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño”.
Aunque Moisés tenía entre su pueblo todos los hombres que necesitaba, y se habían desarrollado para las distintas funciones del peregrinaje, no los usaba porque no tenía bien definido su propio rol. La guía del pueblo era de responsabilidad divina (Exodo 13:21; Deuteronomio 32:12) y era obligación de Moisés mantener una buena relación entre ellos y Dios (Exodo 3:18–22). Pero él creía que al multiplicarse los problemas también el debía sumar más horas a los trabajos; no cuidando las prioridades, en el principio de mantener el contacto con Dios. Jetro, le ayudó para observar cuál era su verdadera labor y cuáles las de otras personas de la congregación.
Le planteó, primeramente, tres razones por las cuales tenía que delegar:
Primero: que su salud se quebrantaría.
Segundo: que el pueblo esperaba demasiado tiempo para encontrar soluciones a sus problemas.
Tercero: que todo tendía a derrumbarse. (Exodo 18:3, 23).
Pero no le mostró solamente los defectos, sino también un sistema para poner prioridades a los temas y, por ende, a las funciones; lo que a su vez reclamaba la búsqueda de la persona ideal para cada ocupación. Además, le indicó cómo buscar esas personas:
Primero: Enséñales a ellos las ordenanzas y las leyes.
Segundo: Muéstrales el camino por donde deben mirar.
Tercero: Lo que han de hacer.
Pensando ordenadamente en el trabajo y su futuro, y teniendo en cuenta la calidad de la vida espiritual del pueblo, Jetro también le dio las pautas para elegir a los líderes:
Primero: “Escoge tú entre todo el pueblo”; es decir, su responsabilidad para elegir sin preferencias, observando el desarrollo habido en todos.
Segundo: “Varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad que aborrezcan la avaricia”, es decir, personas íntegramente sanas, sujetas al Señor y sin compromisos temporales, que tuvieran sensibilidad a la santidad de Dios.
Tercero: “Pónlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez”; es decir, varones que supieran el significado de trabajar bajo autoridad y que no tuvieran pretensiones o apetitos personales de ubicación. Que estuvieran sujetos a autoridad para que pudieran enseñar sujeción.
Moisés comprendió que el Señor estaba detrás de estas palabras (v. 23) sabía que venían de la persona que por cuarenta años le había ayudado a formar su carácter de pastor: “e hizo todo lo que dijo” (v. 24).
Hasta aquí, él mismo había demorado el avance de la justicia entre el pueblo, pero ahora todos habían ganado, y se habían formado las bases para practicar la delegación de autoridad. La congregación aprendía que nadie es imprescindible y todos necesarios. Pero para poder asumir esta nueva esfera de labor, Moisés tuvo que cambiar de mentalidad; primero, para escuchar los consejos, y estar dispuesto a abandonar lo que hacía; después para cumplir su verdadero rol y permitir que otros también lo hicieron. El administrador pierde habitualmente la visión que viene de Dios; porque esto de: “Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios” (v. 19) demanda tiempo a solas con él, que es imposible dedicar con el activismo de estar de la mañana a la noche resolviendo “cositas”. La prioridad para Moisés era “estar delante de Dios”, antes que delante del pueblo. La labor cansadora de los detalles consumió el tiempo que tenía que dedicar a Dios y todo se hubiera derrumbado.
Una vez que las labores se distribuyeron, podía tener hermosas conversaciones con los nuevos líderes, a quienes tanto bien hacían los contactos con el ungido del Señor.
Bien se ha dicho que es mejor preparar a diez para trabajar, que estar preparado para hacer el trabajo de diez.
2. Algunas nociones importantes sobre la delegación
Cuando un líder logra que las cosas que tiene entre manos se hagan por medio de otro, está llegando a la cúspide de su liderazgo. Descubrirá, entonces, que las mejores lecciones sobre delegación están en las mismas Escrituras. No todos los casos son iguales, ni las decisiones parten de circunstancias análogas; pero al estudiar algunas de ellas, podremos encontrar puntos básicos similares:
Moisés tuvo que delegar más de una vez
(Exodo 18:13–26; Números 27:18–23)
Josué delegó en Eleazar y otros
(Números 34:16; Josué 14:1)
Elías delegó en Eliseo
(2 Reyes 2:11–13)
Esdras delegó en doce sacerdotes
(Esdras 8:24–30)
Los apóstoles en los diáconos
(Hechos 6:1–6)
Pablo en los ancianos de las iglesias
(Hechos 14:23)
Pablo en Timoteo
(1 Timoteo 1:3; 6:13–14)
Pablo en Tito
(Tito 1:5)
Al estudiar estos casos diríamos que la delegación es una actividad espiritual realizada con cuidado, donde la autoridad de Dios es preeminente, y dónde no hay emergencia, ni cambio repentino en las prioridades del líder. Es válida la norma de 1 Timoteo 5:22: “No impongas con ligereza las manos a ninguno”.
Al estudiar estos casos también nos es más fácil descubrir un procedimiento para delegar:
Primero: La búsqueda y detección de “hombres fieles” (2 Timoteo 2:2). Un modo de agilizar el discernimiento en esta ocupación es ser humilde y reconocer que no todo lo que hacemos es nuestro; que otros nos han ayudado en nuestra formación, y que también es justo que hayamos ayudado a que otros se formen. Es utilizar la capacidad de obispo (griego epíscopos) cuando miramos y observamos a nuestro alrededor la presencia de “hombres fieles” (comp. Hechos 6:3).
Segundo: Una vez detectadas las personas con las cualidades bíblicas exigidas, les enseñamos a presidir, y les damos la oportunidad para que demuestran su fidelidad. Corregimos con ética cristiana (Romanos 12:10) los posibles errores y les mostramos el camino más adecuado para que puedan formar “hombres idóneos” (2 Timoteo 2:2) a quienes delegar posteriormente.

Tercero: Si nos hubiésemos equivocado en las personas elegidas, debemos explicarlo con claridad, y con toda la verdad, para proceder a la rectificación. Si por el contrario, como es de esperar, funcionan bien, tendremos que dedicar tiempo con ellos para ensanchar la visión de la misión de la iglesia.



jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Es una secta…? – La iglesia

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.
(1 Pedro 2:9–10)
A continuación se incluyen preguntas sobre la iglesia en sí para poder discernir si ésta va por el buen camino:
1. ¿Mantiene la congregación comunión con otras iglesias, o existe el sentir de que «somos los únicos con la verdad»? La secta cree ser única poseedora de la verdad, por lo tanto no se junta con otras iglesias. Durante un tiempo, Benjamín, un miembro de nuestra congregación, mantuvo un diálogo con dos compañeros de trabajo que eran miembros de una semisecta. Debatían cuál es la iglesia verdadera. Benjamín insistía en que Jesús es el camino, la verdad, y la vida (Juan 14:6), y que hay un sinnúmero de iglesias fieles a esta verdad central. En cambio, los amigos alegaban que sólo la iglesia de ellos predicaba la verdad, e invitaron a Benjamín a que asistiera a su grupo para observar. Benjamín, sin ningún problema respondió que sí, poniendo como única condición que después ellos asistieran a nuestra congregación. Sus dos amigos se miraron con temor en los ojos.
—No podemos —fue su respuesta—. Nuestra pastora no permite que asistamos a las reuniones de otros grupos.
¿Por qué no se les permitía a estos jóvenes gozar de la comunión de otras iglesias? Por algunas de las mismas razones que, a veces, iglesias evangélicas no desean que sus congregantes visiten otras iglesias: a) Para no perderlos; b) por la sospecha de que encontrarán «algo» de su agrado que nosotros no tenemos o no hacemos; c) para que no se contaminen.
Sin embargo, en el caso de las sectas, éstas temen perder control sobre las vidas de los feligreses si ellos observan la libertad en Cristo que gozan los verdaderos discípulos de Cristo.
Nunca olvidaré cómo gritó de alegría un joven, ex líder del grupo juvenil de una secta, cuando recibió al Salvador. Abrió la ventana y exclamó en voz alta: «¡Soy libre, soy libre, soy libre!»
Una de las grandes bendiciones que disfrutamos como cristianos es la unidad en Cristo y el poder declarar a un mundo perdido que «somos uno en Cristo» (Sal. 133; Gá. 3:28). No es buena señal cuando a los integrantes de un grupo se los priva de gozar de esta gran bendición.
2. ¿Se pide lealtad a Jesucristo, o al grupo y al líder? Un objetivo de la secta es que el individuo deje sus opiniones personales y en su lugar asuma las opiniones de los líderes. El razonamiento es que los líderes son más sabios que nosotros en temas espirituales y sus criterios están dados para nuestro bien. Durante el retiro al que asistieron Joel y Cristina con sus amigos, hubo oportunidad de dar testimonio. Puesto que esa iglesia enseña un sistema de obras humanas, no es de sorprenderse que la gente diera gloria a la iglesia, a su grupo de discipulado y al líder del grupo de discipulado, pero poca gloria a Dios. Para ellos es importante ser fiel a la congregación local y a los pastores.1 Sin embargo, cuando las exigencias están por encima de la Biblia y toman el lugar de Jesucristo, la resultante obediencia no es lealtad a Jesucristo sino un abuso por parte de los líderes. El fiel predicador de una iglesia verdadera enseña la Biblia y pide lealtad a Jesucristo (2Timoteo 4:1–4), y promueve el crecimiento en la vida de todos en la congregación (Efesios 4:11–16).
3. Para estar en plena comunión, ¿debe uno conformarse a una lista de reglamentos humanos? Toda iglesia verdadera cuenta con ciertas normas para ser miembro en plena comunión (por ejemplo, ser verdadero cristiano, bautizarse, haber asistido a una clase de membresía). Pero la secta (o el grupo que está convirtiéndose en secta) va más allá de los requisitos normales y establece cierto legalismo para mantenerse fiel a Dios.2 El legalismo apela al ego pero nunca desarrolla discernimiento. El legalismo quita la responsabilidad al individuo y la pone en manos de una persona o un grupo de personas que dirige la iglesia (y como ya mencionamos, pocas veces los líderes obedecen su propia lista de reglas —Gálatas 6:13). El legalismo condena a la persona a una vida de inmadurez espiritual (en el mejor de los casos) y cierra la puerta del cielo (en el peor de los casos). Es posible ser sincero, ser religioso, obedecer mandamientos, vivir una vida severa y, sin embargo, no entrar en el reino de Dios.
Francisco y Ana se convirtieron a Cristo en nuestra iglesia. Empezaron a crecer en la fe hasta que se les cruzó gente de una secta. A esto se sumó una riña con otro miembro de la congregación, y terminaron yéndose a dicha secta. Meses después cuando volvimos a verlos, notamos soberbia y celo por sus nuevas creencias, que entre otras doctrinas especifica que para ser aceptado por Dios uno debe ser vegetariano. Hay cierta «gloria» (gloria pasajera) en las obras de la carne (2 Corintios 3:7). Sin embargo, Cristo vino para redimirnos de «obras muertas» (Hebreos 9:14) y darnos una gloria permanente que es Cristo en el corazón, algo que nunca terminará (2 Corintios 3:17–18).
No pensemos que el legalismo es sólo un problema de nuestro tiempo. Los fariseos sufrían del mismo mal en el primer siglo de esta era. Usando el legalismo como trasfondo, Jesús dice: «Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 5:20). Es posible contrastar el legalismo (personificado por la vida de los fariseos) con la justicia que Cristo produce.
J U S T I C I A

Fariseos

Cristo

1. Externa

1. Interna

2. Apariencia

2. Del corazón

3. Fabricada

3. Genuina

4. De la carne

4. Del Espíritu

5. Impresionar al hombre u obtener el favor de Dios

5. Agradar a Dios y servir al hombre

6. Resultado: orgullo

6. Resultado: humildad


4. El grupo en cuestión, ¿enseña la gracia y la misericordia de Dios hacia los pecadores? Al llegar a un grupo con características sectarias, es común que el aspirante descubra no un Dios de gracia y misericordia sino un dios que demanda activismo para probar que somos siervos dignos. La persona no encuentra gracia sino obras externas sin una realidad interna. No halla luz y vida sino autoridad humana y una carga de culpa insoportable. En contraste, Jesús afirma: «…mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mateo 11:30). El apóstol Pablo, un sectario convertido al evangelio de la gracia, ofrece una apta descripción de los sectarios: «…tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (2Timoteo 3:5).
5. ¿Tiene prioridad la iglesia por sobre la familia? Abundan ejemplos de sectas que declaran que el miembro ya forma parte de otra familia (la congregación), y por lo tanto no es necesario obedecer ni honrar a su familia carnal. Tanta es la lealtad que exigen, que a veces los mismos familiares no saben dónde se halla la persona. Mientras escribía este libro, se hizo pública la triste noticia del suicidio masivo de treinta y nueve miembros de una secta en California. Entre la cantidad de historias escritas acerca del grupo, estaba la de una familia que durante dos años estuvo buscando a su hija. No habían recibido de ella ni siquiera una nota.
Nuestro propósito al escribir este libro es hablar sobre las marcas que revelan que un grupo está en terreno peligroso, al borde de convertirse en secta. A continuación relato algo que ocurrió en una semisecta cuyo fundador se ha divorciado dos veces debido a que sus «esposas no fueron útiles en el ministerio». Una joven pareja que sólo hacía un año que asistía a esta semisecta, siguiendo el consejo del líder, no invitó a sus padres inconversos a su boda a fin de no contaminar la ceremonia matrimonial. Por supuesto los padres quedaron decepcionados y ya no quieren saber nada del «cristianismo».
El proceso de privar a alguien de la compañía de amigos y familiares que no pertenecen al grupo, muchas veces está más implícito que explícito en las enseñanzas del grupo. Por ejemplo, es común escuchar «…no hables con tus padres sobre lo que pasa en el grupo porque no van a entender». Para la secta, cualquier persona que no adhiere al grupo es un inconverso, un pagano o un no-cristiano.
Por otra parte, la Biblia promueve la obediencia de los hijos a los padres (Colosenses 3:20; Efesios 6:1), indica la necesidad de honrarlos (Efesios 6:2), y de proveer para ellos cuando tengan edad avanzada (1 Timoteo 5:8, 16) aunque sean inconversos. Si hay distanciamiento entre los miembros de una familia, que sea por la cruz de Cristo e iniciado por quienes rechazan el verdadero evangelio (Mateo 10:34–38; Lucas 12:51–53).
6. ¿Se administra el dinero con honestidad e integridad? En un caso que los medios de comunicación hicieron famoso, los miembros de una secta fueron obligados a entregar todas sus pertenencias al cuidado del grupo y a permitir que los líderes administraran el dinero. En la secta típica existe una nube oscura y densa sobre el manejo del dinero.
Tiene que haber integridad en la administración del dinero en la iglesia y en grupos paraeclesiásticos. El pastor que hoy quiera mantener un testimonio transparente, debe mantenerse totalmente ajeno al manejo del dinero. Conviene que reciba un sostén fijo y ¡absolutamente nada más! La administración debe estar a cargo de otros cristianos santos y los libros de contabilidad deben permanecer abiertos a la inspección. En una secta esto sucede muy pocas veces.
7. ¿Requiere el grupo que un miembro esté «cubierto», «discipulado» o «pastoreado» a tal grado que deba rendir cuentas ante el pastor o el discipulador de todas sus acciones, incluyendo las que no están específicamente delineadas en la Biblia? Cada gran error comienza con una verdad. En nuestras iglesias existe falta de discipulado. Sin embargo, la secta o semisecta lleva esto al extremo de controlar y manipular la vida de los feligreses. Ha habido casos donde los grupos de discipulado forman una pirámide o cadena de mando que coloca al pastor principal en la cumbre. El modelo que los grupos imitan no es Jesucristo, a pesar de que afirmen que sí; el modelo es este pastor, ungido, apóstol o líder.
Conozco el caso de una mujer que recibió la profecía de que cierta joven debía casarse con cierto muchacho en la congregación. La chica, no queriendo desobedecer «la voz de Dios», trató de empezar a conocer al joven mencionado en la profecía. Para su horror, descubrió que asistía a los cultos por las lindas muchachas y no era un verdadero cristiano. Poco tiempo transcurrió hasta que él salió de la iglesia por cuenta propia. La joven me explicó que no había hecho nada pero no olvidó el incidente. Meses más tarde ocurrió de nuevo: hubo otra profecía de que ella debía casarse con otro muchacho, que esta vez por lo menos era creyente. La joven me confesó: —Es un buen chico, pero no era para mí, y yo estaba confundida.
Ella acudió al director de su grupo de discipulado pues debía rendirle cuentas de sus acciones y recibir aprobación para tomar decisiones. El líder del grupo le advirtió que era necesario obedecer la profecía. Ella objetó y apeló al pastor principal. Como resultado, la disciplinaron por «rebeldía». La tarea de la iglesia es hacer discípulos de Cristo enseñando principios bíblicos a fin de que los fieles aprendan tomar decisiones agradables a Dios. En el día del juicio el discipulador no estará presente para ayudar a la persona a rendir cuentas ante Dios.

Frustrada, la joven de esta historia dejó la iglesia y, gracias a Dios, encontró una buena congregación donde conoció a un excelente muchacho y se casó. La iglesia que ella abandonó no es propiamente una secta, pero abusar de los miembros bajo el rótulo de «discipulado» constituye una señal peligrosa.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Catábasis

Esta figura, que significa «bajada», es la opuesta a la anábasis y se usa para enfatizar humillación, degradación, pesar, etc. Ejemplos:
Is. 40:31. «pero los que esperan a Yahweh tendrán nuevo vigor,
levantarán el vuelo como las águilas;
correrán y no se cansarán;
caminarán y no se fatigarán».
La figura catábasis sirve aquí para indicar, literalmente, la disminución del peligro a medida que se acerca uno al propio país y al propio hogar; pero, espiritualmente, es la descripción del progresivo crecimiento en gracia: Al principio, el creyente vuela; conforme va aumentando su experiencia, corre; y al final de su carrera, anda. como Pablo que, al principio, decía «y pienso que en nada he sido inferior a los más eminentes apóstoles» (2 Co. 11:5; 12:11). Más tarde, escribe «A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos» (Ef. 3:8); mientras que, al final de su vida, se llama a sí mismo ¡el primero en la fila de los pecadores!. (1 Ti. 1:15).
Jer. 9:1. «Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llorase día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!» (v. arriba).
Lam. 4:1–2. «¡Cómo se ha ennegrecido el oro!
¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!
Las piedras del santuario están esparcidas por
las encrucijadas de todas las calles.
Los hijos de Sión, preciados y estimados más
que el oro puro,
¡Cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de
manos de alfarero!»
Ez. 22:18. «Hijo de hombre, la casa de Israel se me ha convertido en escorias; todos ellos son
bronce
y estaño
y hierro
y plomo en medio del horno; y en escorias de plata se convirtieron.»
Dan. 2. La figura catábasis es aquí notoria en los cuatro sucesivos imperios, mostrando un progresivo deterioro: oro, plata, bronce, hierro y barro. Este deterioro progresivo se muestra no sólo en la pérdida de valor, sino también de peso específico: El oro tiene un peso específico de 19.3; la plata, de 10.51; el bronce, de 8:5; el hierro, de 7:6; y el barro, de 1.9. ¡Bajando desde 19.3 hasta 1:9!
Am. 9:2–3. «Aunque traten de forzar la entrada del Seol, de allá los sacará mi mano;
y aunque suban hasta el cielo, de allá los haré descender.
Si se esconden en la cumbre del Carmel, allí los buscaré y los agarraré;
y aunque se escondan de delante de mí en lo profundo del mar, allí mandaré a la serpiente y los morderá.»
De esta manera tan expresiva se muestra la imposibilidad de escapar de los juicios de Dios.
Fil. 2:6–8. «el cual, siendo en forma de Dios,
1. No considerá el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
2. sino que se despojó a sí mismo,
3. tomando forma de siervo,
4. hecho semejante a los hombres;
5. y hallado en su porte exterior como hombre, se humilló a sí mismo
6. al hacerse obediente hasta la muerte,
7. y muerte de cruz».
Estos siete escalones de humillación del Salvador son seguidos, en los vv. 9–11, de otros siete escalones de exaltación.
En cuanto al vocablo giego harpagmós, que significa «algo a lo que uno se aferra con violencia, por miedo a perderlo». Tenemos aquí un marcado contraste entre el Primer Adán y el Postrero. El diablo prometió a nuestros primeros padres que «serían como Dios», y ellos quisieron aferrarse a ser iguales a Dios desobedeciendo a Dios. En cambio, el Postrer Adán, no sucumbió a la tentación, sino que se humilló a sí mismo, siendo Dios y, al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, fue exaltado a la suprema posición, pues Dios «le otorgó el nombre (lit. no: «un nombre») que está sobre todo nombre».
Probablemente, hay aquí también una referencia a Jn. 6:15. Nuestro Señor era perfectamente consciente de haber nacido «Rey» (Mt. 2:2). También Herodes y todo Jerusalén lo sabían. De ahí, la explicable alarma. Pero el Señor sabía también que el César tenía, por algún tiempo, autorización divina para gobernar sobre Israel, a causa de los pecados del pueblo y para que se cumpliesen sus misteriosos designios. Por consiguiente, no estaba dispuesto a servir los intereses políticos de aquellos que no querían creer en lo que él era, tanto en su naturaleza divina y Sus derechos como en su naturaleza humana y la sumisión de su voluntad al plan salvífico de Dios.

Nótese también el uso del verbo griego hegeísthai = considerar, ponerse a pensar. Adán y Eva, ante la tentación de la serpiente, llegaron a considerar que lo que el diablo les sugería era algo a lo que había que aferrarse. Eva, por lo menos, parece ser que llegó a esa conclusión. De Adán, en cambio, se nos dice expresamente que «no fue engañado» (1 Ti. 2:14), lo cual aumentó, al parecer, su culpabilidad. Pero ninguna «serpiente astuta» (v. 2 Co. 11:3) pudo engañar, ni por un momento (nótese, en Fil. 2:6, el aoristo hegésato) al «Postrer Adán», al «Señor de los cielos», y hacer que considerase el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, siendo así que era realmente Dios: el Hijo de Dios, tan verdaderamente como que era también el Hijo del Hombre. De ahí que podemos traducir el v. 6 de la manera siguiente: «Quien, estando en posesión (gr. hypárkhon) de la forma de Dios, nunca consideró que el ser igual a Dios fuese una usurpación.» Ser lo que uno es no es usurpación. El que ha nacido noble, principe o rey, es precisamente el que puede descender del pedestal sin perder la dignidad.


martes, 17 de diciembre de 2013

Las expectativas, las demandas exageradas y las diferencias

Las diferencias que existen entre los cónyuges, se ven más grandes y se tornan destructivas, cuando uno o ambos tienen exageradas demandas y exageradas expectativas.
Los humanos casi nunca estamos completamente satisfechos. Si usted ha dedicado algún tiempo a observar y escuchar las opiniones de la gente, habrá descubierto que hay gordos que quieren ser flacos, algunos flacos quieren ser gordos, y algunas personas que tienen pelo liso, lo quieren tener crespo o rizado. La insatisfacción nos motiva a demandar o a buscar algo más.
En toda área de la vida somos así. Generalmente queremos más de lo que tenemos. El caso del dinero tampoco es una excepción, pues generalmente mientras más tenemos, más gastamos y mientras más gastamos, más necesitamos, y mientras más creemos necesitar, más queremos.
Al consultar a uno de los millonarios de los Estados Unidos acerca de qué se necesita para estar satisfechos, dio una respuesta que confirma lo que intento comunicar. Él dijo que para estar satisfechos siempre se necesita un poco más de lo que actualmente tenemos. Los estadounidenses tienen un descriptivo dicho que dice: «los pastos de lejos se ven más verdes». Todos estamos de acuerdo que es real que lo que está a la distancia, lo que no está a nuestro alcance, generalmente parece mejor que lo que tenemos, por eso anhelamos tenerlo, aunque en la realidad no sea algo diferente de lo que ya tenemos, pero de lejos luce diferente.
Muchas veces tenemos algo bueno, pero buscamos aquello que tiene otro, porque a la distancia se ve mejor. Debo advertir que no estoy diciendo que no debemos tener grandes aspiraciones, sino que no es bueno vivir siempre insatisfechos.
… no es bueno vivir siempre insatisfechos.
Después de vivir en Ecuador nos trasladamos a vivir en California, y por supuesto, tuvimos que vender casi todas nuestras cosas. Entre las cosas que vendimos había un televisor de 27 pulgadas. Mientras vivíamos allá, muchos pensaban que era un televisor gigante, pero al dedicar el tiempo para poder recuperar nuestro televisor en Estados Unidos nos dimos cuenta de que era muy pequeño comparado con los de pantalla gigante que estaban a la venta y después de algunos meses todavía no lo comprábamos.
Si la verdad fuera conocida, nos daríamos cuenta que generalmente todos esperamos más de nuestros seres queridos, esperamos más de otras personas y rara vez estamos satisfechos de lo que estamos recibiendo en nuestras relaciones interpersonales. Los seres humanos queremos más, esperamos más. Queremos más cosas, esperamos más comprensión, queremos vivir más, generalmente esperamos más de lo que debemos.
He notado que nuestras relaciones interpersonales no están exentas de ser influenciadas por nuestras exageradas demandas. Nunca estamos completamente satisfechos, siempre queremos más y esta es precisamente una de las razones que nos lleva a demandar o a esperar más y sentirnos frustrados cuando no lo conseguimos. ¿Ha notado usted que mientras más esperamos de una persona en nuestras relaciones interpersonales, más grande se ven nuestras diferencias? Por ejemplo, si yo me encuentro en la necesidad de contratar una secretaria y espero que sea completamente bilingüe y descubro que ella tiene problemas con la gramática española, súbitamente una barrera mayor se presentó entre los dos. Por momentos me sentiré decepcionado de su trabajo porque yo esperaba más de lo que ella puede dar.
Todos seguramente hemos vivido aquellos momentos en que por tener exageradas expectativas y haber alcanzado bajos logros sufrimos gran decepción. Creo que todos sabemos que mientras más altas expectativas y mientras menos logros alcanzamos, mayor frustración vamos a experimentar. Permítanme ponerlo en una fórmula matemática que ilustra mejor lo que deseo comunicar:
Altas expectativas - Bajos logros = Mayor nivel de frustración.
Es decir, si yo espero 10 y logro 9, mi nivel de frustración es 1, pero si yo espero 9 y logro 3, mi nivel de frustración se ha elevado a 6. Lo mismo ocurre en las relaciones matrimoniales. A veces los niveles de expectativas son exageradamente altos y aunque nuestros logros están dentro del nivel de lo normal, todavía nos llenamos de frustración, la misma que muchas veces se manifiesta en reacciones inadecuadas que amenazan las buenas relaciones interpersonales.
Los patrones de conducta de un individuo, lo que piensa que es correcto o incorrecto, lo que esa persona cree que es bueno o malo, ha sido desarrollado desde la niñez. En algunos casos los padres tuvieron normas tan altas en sus exigencias a los hijos, que estos pensaban que nunca podían agradarles. Esos niños se acostumbraron a que sus padres siempre estaban insatisfechos porque ellos siempre querían algo más de lo que ellos podían ofrecer. (Collins, Gary, Christian Counseling: A Comprehensive Guide. [Consejería cristiana: Una guía exhaustiva], Word Books, Waco, TX, 1980, p. 119.)
Muchas veces eso es precisamente lo que nosotros los adultos hacemos. No sólo que esperamos demasiado de nuestros hijos, sino que también esperamos demasiado de nuestros cónyuges y debido a eso sufrimos frustraciones. Cuando actuamos de esta manera estamos teniendo exageradas expectativas y estamos demandando demasiado de nuestros seres queridos. La única solución que he encontrado para cambiar las normas irreales y las expectativas exageradas que nos fijamos, es una solución muy obvia. Debemos cambiar nuestras normas y expectativas.
Tienen exageradas expectativas las parejas que piensan que un buen matrimonio es aquel en que los cónyuges siempre están de acuerdo en todo. Quienes así piensan, vivirán desilusionados. De la misma manera es un error pensar que porque yo no logro lo que espero de mis relaciones interpersonales, los demás tienen la culpa. Lo que yo espero puede ser algo irreal y exagerado y al no conseguirlo puedo vivir en constante frustración y reaccionando con enojo o ira.
Algunos estudiosos han concluido que la ira y la agresión se levantan primariamente en respuesta a la frustración. La frustración es un obstáculo, puede ser un evento, una persona, o una barrera física que nos impide lograr las metas que nos hemos propuesto. Tal vez esa es la explicación a aquellos momentos de tanto enojo de algunos cónyuges al descubrir que su pareja está actuando de una forma diferente a lo que esperaba. De esa manera tenemos a alguien que ha deseado algo de su cónyuge y por no lograrlo manifiesta su frustración en actos de ira y enojo (Collins, Gary. Christian Counseling: A Comprehensive Guide, Word Books, Waco, TX, 1980, p. 104).
Una de las cosas que estimo que es absolutamente indispensable realizar, es una honesta y clara evaluación de las expectativas que tenemos y de las demandas que realizamos a nuestros cónyuges.
Hay algunas preguntas que pueden ayudarnos a establecer si nosotros somos unas de aquellas parejas que viven con exageradas demandas y expectativas y que por lo tanto estamos teniendo serios conflictos para aceptar lo diferente que es nuestro cónyuge. Por ejemplo: ¿Realmente soy justo con la otra persona? ¿Son mis demandas producto de que estoy pensando más en mí, en mis propias necesidades, sin tomar en cuenta la necesidad de mi cónyuge? ¿Estoy listo a hacer todo lo posible para ponerme de acuerdo con mi cónyuge, y buscar juntos lo que sea bueno para los dos y no solamente para uno de nosotros? ¿Hasta qué punto es mi egoísmo el que me mueve a tener grandes demandas en mi relación interpersonal? ¿Hasta qué punto mi exagerado deseo de estar cada vez más con mi cónyuge está siendo perjudicial para su desarrollo personal y como consecuencia estoy perjudicando su avance en la conquista de metas necesarias para el bienestar de la familia? ¿Realmente estoy demandando lo justo, o llegué al momento en que quiero más, porque ya no me satisface lo bueno que estoy recibiendo? ¿Son mis expectativas reales, justas, alcanzables y bíblicas?
¿Estoy listo a hacer todo lo posible para ponerme de acuerdo con mi cónyuge, y buscar juntos lo que sea bueno para los dos y no solamente para uno de nosotros?
Quisiera recordarle que demandar en exceso es como tener excesivas reglas. Pueden ser muy buenas, pero son tan numerosas que no podemos ni siquiera recordarlas todas para poder cumplirlas. Demandar en exceso es lo que hicieron los fariseos en el tiempo de Jesucristo. No todas sus demandas eran malas, y si las estudiamos detenidamente concluiremos que necesariamente no eran perjudiciales para la vida y la salud de los judíos. La mayoría de ellas eran buenas y saludables. Sin embargo, eran demandas excesivas y cuando estas demandas excesivas se realizan en el contexto de la religión, se transforman en legalismos destructivos y cuando ocurren en el contexto del hogar, éstas se convierten en excesos que coartan la necesaria libertad de cada individuo.
Si mientras lee lo que he escrito, usted encuentra que esa es su situación actual, le sugiero que tome todo el tiempo que sea necesario para conversar con su cónyuge sobre el tema. Debo advertirle que por lo general, es muy difícil llegar a un acuerdo si la pareja se encuentra en este estado. Se necesita de mucha madurez y comprensión mutua para poder hacerlo.
Tome todo el tiempo que sea necesario para conversar con su cónyuge sobre el tema.

Todo matrimonio se encontrará en algún momento en estas circunstancias y doy gracias a Dios que en nuestro matrimonio tenemos la libertad de conversar sobre el tema cada vez que es necesario. Para ustedes que honestamente piensan que tratar por sí solos el tema podría ser más perjudicial que saludable, creo que la mejor solución sería tener una plática con un consejero que les ayudará a poner sus respectivas demandas en el equilibrio adecuado.


lunes, 16 de diciembre de 2013

La rendición de cuentas (parte 4 de 4)

Doce maneras de rendir cuentas
Se dice que la gente presta más atención a lo que usted hace que a lo que usted dice. Una de las herramientas más poderosas a su disposición es su ejemplo. ¿Qué es lo que sus socios ven en su rendición de cuentas? ¿Cómo les rinde cuentas a ellos y a otros dadores importantes?
Para evaluar su propia rendición de cuentas, hágase las siguientes preguntas:
1. ¿Doy cuentas a una junta directiva bien informada e involucrada?
2. ¿Son claras, mensurables y alcanzables mis metas para la alianza?
3. ¿Tengo interés por los buenos resultados tanto como espero que lo tengan mis socios?
4. ¿Me gano la lealtad de mis socios dándoles la mía?
5. ¿Puedo ser contado entre los que cumplen sus promesas?
6. Cuando les pido a mis socios que padezcan alguna pérdida o que renuncien a un beneficio, ¿les soy de ejemplo?
7. ¿Informo a mis dadores con diligencia?
8. ¿Pueden los cristianos locales decir que no engañaré a los que donan ni les diré medias verdades?
9. ¿Puedo rendir cuentas de mi fideicomiso de fondos adecuadamente?
10. Cuando les pido a mis socios un informe financiero, ¿estoy dispuesto a mostrarles el mío?
11. ¿Soy compasivo con aquellos socios que se encuentran en dificultad?
12. ¿Les pido a mis socios que me hagan observaciones cuando ellos piensan que no estoy procediendo bien? Cuando lo hacen, ¿respondo positivamente?
Puede resultar difícil identificar los factores de confianza y establecer las normas de manera conjunta. Los socios, principalmente los interculturales, necesitan mucho tiempo de debates para desarrollar una rendición de cuentas apropiada. Atajos como el envío de encuestas o formularios de evaluación no hacen a la eficacia de la rendición de cuentas. Más bien, adopte un método relacional que pueda implicar más trabajo que el que usted esperaba, pero cuyos resultados habrán hecho valer el esfuerzo.
Lista de control para la rendición de cuentas
Ocho pasos para administrar la rendición de cuentas


Estado actual






No

Necesita
mejorar

Acción
(cuándo y con quién)

1. ¿Sabemos realmente lo que queremos decir con la rendición de cuentas?









2. ¿Estamos convencidos de que la rendición de cuentas opera en ambas direcciones?









3. ¿Entendemos lo que significa la rendición de cuentas para nuestros socios?









4. ¿Tenemos una declaración conjunta sobre el propósito de la rendición de cuentas?









5. ¿Hemos identificado los factores de confianza fundamentales para ambas partes?









6. ¿Tenemos normas claras para administrar la rendición de cuentas?









7. ¿Se revisan al menos anualmente los factores de confianza?









8. ¿Hay coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos?