domingo, 28 de diciembre de 2014

La matanza de los inocentes

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:
Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron».
(Mateo 2:16–18)
LA REACCIÓN DE HERODES
Belén está a unos ocho kilómetros de Jerusalén en dirección al sur, en el camino de Hebrón, que sigue por Beerseba hacia Egipto. Como punto de partida para la huida a Egipto, era idóneo.
Era un pueblo bien conocido por Herodes, porque en sus proximidades él había hecho construir uno de sus palacios, el llamado Herodium. Situado en lo alto de una colina cónica de difícil acceso, desde fuera parecía más una fortaleza que un palacio. Lo había construido para que también sirviera como mausoleo. Allí está en el día de hoy, todo un monumento a la manía persecutoria que Herodes sufría. Desde sus baluartes se vislumbra claramente el pueblo de Belén.
Herodes siempre estaba dispuesto a cometer cualquier atrocidad con tal de mantenerse en el trono. Hasta tal punto habían llegado sus excesos que las autoridades imperiales, que no tenían fama precisamente de benignidad, le habían llamado la atención en más de una ocasión.
Si así era Herodes en condiciones normales -suspicaz e implacable- más aún lo era cuando sus intrigas eran frustradas. Él había contado con el retorno de los Magos a fin de poder eliminar al príncipe rival por medio de su información. De haber ocurrido así, habría sido un pequeño detalle olvidado por la historia. Pero Herodes fue «burlado» por los Magos. No volvieron a Jerusalén. Él que quería utilizar el engaño como medio para destruir al Mesías, descubre que él mismo es víctima del engaño. Ahora pues deja de lado toda sutileza. Se entrega a la furia. Si no ha tenido éxito con la intriga, probará la violencia.
De todo esto es capaz la persona «religiosa» que profesa creer en Dios y actuar en su nombre, pero ni le conoce ni se somete a su voluntad. Herodes se había convertido al judaísmo, probablemente más por motivos políticos que por convicciones firmes. Era superescrupuloso en cuanto a las formas externas. Por ejemplo, hacía gran alarde de nunca comer cerdo, lo cual hizo que el Emperador dijese en una ocasión: ¡Mejor ser el cerdo de Herodes que el hijo de Herodes! (En su paranoia Herodes había hecho asesinar a dos de sus hijos). Por haber construido el magnífico Templo en el lugar de la pobre reconstrucción de Zorobabel, era tenido por ser un hombre de gran piedad, y por la misma razón había logrado poner en su bolsillo a los líderes de los judíos. A fin de cuentas había devuelto a Jerusalén la gloria que no había visto desde tiempos de Salomón.
En una palabra, Herodes había aprendido a utilizar la religión para sus fines políticos. Era un gran manipulador de la piedad. Públicamente participaba en la esperanza mesiánica de los judíos, y manifestaba deseos de adorar al Cristo. Pero no vaciló ni por un momento en su intención de destruir al Hijo de Dios.
No seamos ingenuos. La profesión de piedad no vale nada si no va acompañada por una conversión interior. Por sus frutos los conoceremos. Lo que importa no es sólo lo que decimos con nuestros labios, sino lo que somos de verdad. Muchos en un momento tienen una gran apariencia de piedad, luego demuestran ser capaces de destruir la obra de Dios con tal de mantener sus propios intereses creados.
LA MATANZA DE LOS NIÑOS
Muchos niños han sufrido una muerte violenta por causa de la barbarie humana. Aun en nuestro siglo, son innumerables los que han perecido en guerras y genocidios. Pero pocas veces la crueldad humana ha llegado al extremo de practicar un infanticidio colectivo y sistemático.
De hecho el único caso que me viene a la mente, aparte de los inocentes de Belén, son los niños hebreos matados por el Faraón de Egipto en tiempos de Moisés. (Ya hemos indicado que es bien probable que este caso también estaba en la mente de Mateo).
El texto del Evangelio calla el horror de aquel acontecimiento. Sólo podemos imaginar la desesperación y dolor de aquellas familias cuando de repente, sin previo aviso, las tropas herodianas irrumpieron en el pueblo de Belén y en todas las aldeas de alrededor. Mataron brutalmente, sin explicaciones. Y sin explicaciones se marcharon.
Mateo corre un velo de discreto silencio sobre la angustia de los padres de aquellos niños. Nosotros haremos lo mismo.
No muy lejos de Belén está la aldea de Ein Karem, hoy en día casi un barrio de las afueras de Jerusalén. Aquí, según la tradición, residían Elisabet y Zacarías, los padres de Juan el Bautista. Y aquí la tradición también señala una gruta a la cual huyó Elisabet con su hijo a fin de salvarle de los soldados de Herodes. Es una tradición que, a estas alturas, ni se puede probar ni refutar, pero encaja bien con los acontecimientos.
Otras muchas madres, sin embargo, no eran tan afortunadas como Elisabet y María. Mateo describe el horror de su sufrimiento, no mediante una descripción directa de él, sino por medio de una cita de Jeremías:
«Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18; Jeremías 31:15)
LA CITA DE JEREMÍAS
Volvamos quinientos años hacia atrás. Por segunda vez Jerusalén ha sido conquistada por los babilonios, y en contraste con la primera ocasión, ahora los vencedores no muestran ninguna piedad. Son pocos los habitantes que se escapan de la espada de Nabucodonosor. Los supervivientes son llevados a Ramá, un pueblo a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén.
Allí son divididos en dos grupos. A un lado están los jóvenes y los adultos fuertes y sanos; ellos serán llevados a Babilonia como esclavos. Al otro lado están los viejos, lisiados, enfermos, débiles y heridos, como también los niños, todos aquellos que serían un estorbo en la larga marcha a Babilonia. Y allí, ante la mirada horrorizada del grupo de los fuertes, los débiles son matados a sangre fría. Los jóvenes ven morir a sus padres; los hermanos a sus parientes incapacitados; y sobre todo los padres a sus hijos pequeños.
Posiblemente fue uno de aquellos padres que escribió, tiempo después, en el cautiverio de Babilonia, las terribles palabras del Salmo 137:
«Hija de Babilonia la desolada, Bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños Contra la peña» (Salmo 137:8–9).
El profeta Jeremías fue testigo de esta tragedia (ver Jeremías 40:1). Tragedia por otra parte innecesaria. Habría sido evitada si el pueblo de Israel hubiese vuelto a la obediencia de Dios. Jeremías mismo había avisado al pueblo, y profetizado la caída de Jerusalén. Había sufrido la cárcel y la amenaza de muerte por parte de sus compatriotas por su fidelidad al Señor.
El pueblo de Ramá está en territorio de Benjamín, y Raquel era la madre de Benjamín. Un poco más al norte empiezan los territorios de Efraín y Manasés, los dos hijos de José, cuya madre también era Raquel. Jeremías, por lo tanto, imagina a Raquel que, desde la tumba, contempla la muerte de sus hijos y llora desconsolada.
Ella, que tanto había deseado tener hijos, que en su desespero había clamado a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero (Génesis 30:1), ve como primero los del norte son matados o llevados al cautiverio por Asiria, y luego los del sur por Babilonia. Tanto los descendientes de José como los de Benjamín, le son quitados.
Ahora, en tiempos de Herodes, en escala más pequeña la historia se repite. O como dice Mateo, se cumple. Ahora la referencia es apropiada, no tanto porque se trata de los descendientes de Raquel (los niños de Belén serían más bien de la tribu de Judá) como porque Raquel está enterrada en las afueras de Belén:
«Murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén» (Génesis 35:19; cp. Génesis 48:7).
Desde su tumba, esta madre de la nación nuevamente contempla una matanza de sus hijos.
Sin embargo, no todo es tragedia y oscuridad. Los primeros lectores de Mateo conocían bien el contexto de la cita de Jeremías, tan entrañable en su historia nacional. Ellos sabían que procede de un capítulo que, si bien parte del dolor y del sufrimiento, sin embargo contiene un gran mensaje de consuelo y esperanza.
Al principio del capítulo Jeremías había hecho referencia a la matanza de los niños de Egipto. Luego, sigue recordando a sus lectores que «el pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo» (Jeremías 31:2). Así también, en medio del sufrimiento babilónico, las palabras de Dios son de esperanza:
«Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongaré mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel… Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor… Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo y… esperanza hay también para tu porvenir» (Jeremías 31:3–4, 13, 16–17).
Mateo espera que no nos olvidemos de este contexto de esperanza. La historia se va repitiendo: Egipto, Ramá, Belén. Pero en cada caso, después de la noche viene el día, después de la angustia, la esperanza.
Es así porque el mismo Dios que castiga la maldad de su pueblo, lo ama y desea mostrarle su misericordia. Dios habla de los hijos del norte, matados y presos por Asiria, como si fuera una pérdida personal suya:
«¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que habló él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia» (Jeremías 31:20).
Si conoces bien la Biblia, sabrás que este capítulo de Jeremías es uno de los textos más importantes de todo el Antiguo Testamento por ser descripción del nuevo pacto que Dios promete hacer con su pueblo, y que iba a cumplirse en la venida de Jesucristo:
«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:31–34).
Los propósitos de Dios para su pueblo son de bien y de restauración. La profecía que habla de lloro y desolación, contiene gloriosas promesas de gozo y consuelo. La tragedia no es más que la oscuridad antes del alba, el preludio al derramamiento de las bendiciones de Dios.
La matanza de Egipto dio lugar a la redención de Israel en el Éxodo. La matanza de Ramá fue el triste prólogo al glorioso capítulo de la purificación de un remanente fiel en el exilio y del despertar de la esperanza mesiánica. Así también la historia se cumple en Belén no sólo porque se repite la matanza de los niños, sino también porque detrás de la matanza hay esperanza. La tragedia de Belén conduce al ministerio del Mesías; al Calvario, a la tumba vacía, a Pentecostés, al cumplimiento perfecto de Jeremías 31.
LUZ EN LAS TINIEBLAS
Si Mateo no nos abruma con detalles morbosos sobre la matanza de los niños de Belén, es porque para él el verdadero significado de aquel evento atroz no se encuentra en sus circunstancias inmediatas sino en el cumplimiento de la historia. Como lo había hecho en Egipto y en Ramá, de entre los niños de Belén Dios también salvó a un pequeño remanente.
Un remanente de uno (o quizás algunos pocos más). Pero la esperanza no decrece porque el número sea tan pequeño. Al contrario, este Niño que es salvado de la matanza, traerá la esperanza más gloriosa de todas al pueblo que Dios se ha reservado para sí.
Los niños de Belén murieron en el lugar de Jesús. Así comenzó la vida del Mesías. Pero su vida acabará cuando Él mismo la pone en lugar de todos los hijos de Dios:
«El Hijo del Hombre vino para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
La única esperanza final para los niños asesinados, el único consuelo posible para aquellos padres desconsolados, reside en el Niño que fue salvado de la matanza.
Pongámonos en el lugar de una de las madres de Belén. Hace un año te nació un hijo precioso, tu primogénito. Desde entonces él se ha convertido en la gran ilusión de tu vida. Cada día le llevas contigo cuando vas al pozo a buscar agua, y fue allí, hace unos meses, que conociste a María de Nazaret. Ya sabías de los extraños acontecimientos que habían rodeado el nacimiento de su hijo: el testimonio de los pastores de su visión de los ángeles, y últimamente la visita de unos extranjeros astrólogos. Si bien el hijo de María parecía un niño normal, sabías que Dios había intervenido para anunciar que era especial. Abrigabas la esperanza de que él y tu hijo jugarían juntos cuando llegasen a ser más mayores.
Pero ahora tu mundo se ha derrumbado, todas tus ilusiones y alegrías deshechas en mil pedazos. Los soldados de Herodes han matado a tu hijo. María, José y Jesús consigieron escapar, pero tu hijo ha muerto. Y ahora te debates entre dos reacciones. Por un lado el resentimiento. ¿Por qué no murió Jesús? A fin de cuentas fue a Él que buscaban. ¿Por qué tuvo que morir tu hijo por causa de Él? Ahora, sabes muy bien que no es justo culpar al niño. Herodes y sus soldados tienen la culpa. Pero hay en ti un sentimiento irreprimible de protesta, de amargura. Por otro lado sabes que se ha salvado el niño que puede muy bien llegar a ser la esperanza de Israel. Cuando Él sea grande, ¿entonces qué será de Herodes y sus soldados? Quizás tu hijo no ha muerto en vano. En medio de tu angustia surge un pequeño consuelo.
Van pasando los largos años. Tu herida se cicatriza pero no se olvida. Ahora tienes otros hijos. El mayor de ellos pronto cumplirá los treinta. Ahora es cuando empiezan a llegar noticias extrañas acerca de un carpintero de Nazaret. Después de su huida habías perdido las pistas de José y María, aunque algunos decían que se había establecido en el norte, en Galilea. El carpintero tiene el mismo nombre y la misma edad que el hijo de José y María. ¿Será el mismo? Dicen de él que realiza milagros y señales poderosas, tal y como nunca llegaron a hacerlas los profetas de antaño. Dicen que en Galilea es tenido por el Mesías. Hay una gran expectación, especialmente entre las clases humildes.
Luego la tragedia otra vez. Otro Herodes, no el Grande sino Antipas, y el procurador romano han sucumbido ante las presiones de los sacerdotes y le han hecho crucificar. Han acabado con la esperanza de Israel.
Pero unos días después, de nuevo llegan las sorpresas. Noticias tan extrañas que no sabes si creerlas o responder con escepticismo. Ahora dicen que Jesús ha resucitado. Sus seguidores parecen asidos de una valentía inaudita, porque contra la orden expresa de las autoridades, van predicando por todas partes que el reino de Dios verdaderamente ha llegado con Jesús, y que Él es el Mesías, ascendido a la diestra del Padre. Su testimonio es tan convincente que miles de judíos se han bautizado en el nombre de Jesús en Jerusalén esta misma semana. ¿Será o no será?.…
¿Dónde está el consuelo divino para las madres -y los padres- de Belén? Según nuestro criterio, a veces Dios actúa lentamente. Sus respuestas a nuestras tribulaciones no siempre llegan al día siguiente. Pueden pasar muchos años antes de que sus propósitos empiecen a esclarecerse. Pero propósitos hay, sin duda alguna.
Consuelo hay también. Si somos fieles a las intenciones de Mateo en la redacción de su Evangelio, tendríamos que leer las palabras desgarradoras de 2:18 a la luz de la esperanza y consuelo de 4:16. Es así porque la estructura de estos capítulos nos lleva a la conclusión de que la última parte del capítulo 4 es la «respuesta» a la última parte del capítulo 2.
Este no es el lugar de poder profundizar en estas cuestiones estructurales, pero, brevemente, Mateo introduce a Jesucristo en el escenario de la historia de dos maneras: primero en su nacimiento (capítulos 1 y 2); segundo en el comienzo de su ministerio público (capítulos 3 y 4). Las dos partes constituyen un solo prólogo a las enseñanzas y hechos de la vida de Jesús. La primera nos trasmite la lamentable visión de Raquel «que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron». La segunda anticipa la solución de Dios a tales aflicciones:
«El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció» (4:16).
Al leer estas palabras, es posible que tú también estés pasando por momentos de aflicción y de perplejidad por no entender los propósitos de Dios ni ver en ninguna parte su consolación. Sin embargo, Dios puede traernos consuelo hoy. Él conoce nuestras tribulaciones. Quizás desde hace treinta años, como las madres de Belén, has sufrido sin poder ver ni un rayo de esperanza, ni un mínimo de propósito o explicación. Quizás hoy sea el día que Dios te traiga consuelo y comprensión, que Él quiera que sobre ti una luz resplandezca para iluminar tu pasado.
Esta luz, ahora como entonces, es la esperanza de vida eterna en Cristo Jesús.
Los hechos son los hechos. Lo pasado, pasado está, sin posibilidad de ser erradicado ni negado. La vida tiene sus sufrimientos, desilusiones, penas, incluso tragedias, fruto de las terribles dimensiones que alcanza nuestro pecado humano. Pero en medio de la oscuridad más negra, ante la tiranía más injusta, Dios nos señala a aquel Salvador que murió en una Cruz, Él mismo víctima de la tiranía, en medio de la oscuridad, a fin de que por su muerte se nos abriera la puerta de la vida eterna.

Nosotros también podemos pertenecer al remanente. De en medio de los escombros de la tragedia humana, puede brotar en nosotros una fe que nos marque como ciudadanos del pueblo de Dios, salvos por su misericordia. Dios no nos promete que, aun como pueblo salvado, no tengamos que conocer momentos de grandes tinieblas y aflicción. El camino a nuestra Tierra Prometida está sembrado de pruebas. Pero tarde o temprano nos trae su consuelo.


jueves, 25 de diciembre de 2014

Emanuel, Dios con nosotros

El significado de la Navidad puede ser resumido en una sola palabra: «Emanuel». Mateo mismo nos la ha traducido: «Dios con nosotros». El Dios que siempre ha existido, que es la mayor realidad de la vida, origen de las demás realidades, Creador del universo, y sin el cual nuestra vida carece de significado, dirección y propósito, irrumpe en nuestra historia de una manera nueva y asombrosa.

En la Navidad recordamos cómo unos Magos dieron regalos a Jesús. Pero el gran regalo de la Navidad lo constituye Jesús mismo. El es el «don inefable» que Dios nos ha enviado (2 Corintios 9:15). Y a través de Cristo, Dios también nos colma con otros muchos regalos: la dádiva de la vida eterna (Romanos 6:23), el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38), la gracia de la salvación (Efesios 2:8). Celebrar la Navidad y no aceptar estos regalos de parte de Dios es absolutamente incomprensible.

¿Has recibido tú el gran regalo de Dios, el Señor Jesucristo? ¿Le has reconocido como tu Señor y Salvador? ¿Has encontrado en Él a Aquel que vino a este mundo para rescatarte de la miseria de una vida sin sentido, dirección, ni felicidad y constituirte heredero de la vida eterna? A los que le reciben, a los que creen en Él como a quien realmente es -Dios, Rey y Salvador- les da potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). ¿Tú has creído en Él?

O para volver a la experiencia de Pedro, ¿alguna vez has subido al monte y has visto a Jesús transfigurado? No estoy hablando de arrebatamientos místicos, sino de la iluminación de la mente, la comprensión asegurada de que Jesús verdaderamente es el Hijo de Dios, la confirmación de parte de Dios, en la intimidad del alma, de quién es el Niño que nació en Belén.

Cada año nuestros vecinos celebran la Navidad. Si les preguntamos ¿qué significa la Navidad? muchos sabrán darnos una respuesta correcta: es el cumpleaños de Jesús, el Hijo de Dios. Pero no es más que una respuesta teórica aprendida de memoria. Para poder contestar con convicción y coherencia, debemos haber subido al monte con Cristo. No es cuestión de repetir una frase ortodoxa, sino de haber vivido con nuestra vida, haber visto con nuestros ojos, escuchado con nuestros oídos, comprendido con nuestro entendimiento, aceptado con nuestra fe, que el Niño de Belén es Dios nuestro. Dios contigo. Dios conmigo. Dios con nosotros.


El Señor nos trata a todos de maneras distintas, pero en la experiencia de todo aquel que cree en Jesucristo viene de alguna forma esta revelación de parte de Dios. No es carne ni sangre quien pueda revelarnos estas cosas. Nosotros también necesitamos «ver» a Jesús transfigurado. A la gran mayoría, dudo que Dios nos vaya a enviar un ángel o transportarnos al cielo. Más bien será una revelación en la intimidad del corazón, un encuentro con el Señor Jesucristo en las páginas de las Escrituras y en la comunión del Espíritu. Pero tarde o temprano llega el momento en el que por fe tenemos que responder: Sí, ahora lo veo; la historia ya no es la misma para mí; no es un sinfín de acontecimientos caóticos sin hilo ni propósito; la historia ya tiene su clave, su momento de explicación, porque creo que en medio de la historia irrumpió Dios y se hizo hombre. «A Dios nadie le ha visto jamás, pero el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). La verdadera felicidad para nosotros en la Navidad estriba en el conocimiento de Dios a través de Jesucristo.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Jesús, el Salvador

«Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21)
«Y José le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25)
Para los judíos el nombramiento de un niño era un asunto de gran importancia. Hoy en día los padres nombramos a nuestros hijos por distintos motivos; porque su nacimiento cayó en el día de algún santo; porque queremos honrar a algún familiar dando su nombre a nuestro hijo; porque cierto nombre está de moda; o contrariamente, porque no queremos seguir ninguna moda sino ser originales. Pero raras veces nos preocupamos por el significado del nombre.
Los judíos concedían cierta importancia a cuestiones de tradición familiar y a veces nombraban a sus hijos por ciertos antepasados o parientes. (Esto se ve, por ejemplo, en la reacción de la multitud ante el nombramiento de Juan el Bautista. Lucas 1:60–61) Pero para ellos la consideración principal era el significado del nombre. Procuraban encontrar un nombre que expresara sus esperanzas en cuanto a la personalidad o los logros del niño, o que reflejara alguna circunstancia de su nacimiento.
Había sido así desde los albores de la historia. El primer hombre fue llamado Adán, porque fue formado de la tierra (Adama). La primera persona nombrada por Adán fue llamada «Viviente» (Eva), por cuanto «ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20). Cuando ella dio a luz a su primer hijo, exclamó con sorpresa ¡He adquirido varón! por lo cual el hijo fue llamado «El Adquirido» (Caín) (Génesis 4:1). Después del asesinato de Abel, cuando Dios concedió a Adán y Eva otro hijo en sustitución suya, le pusieron por nombre «El Sustituto» (Set) (Génesis 4:25). Y así podríamos seguir a lo largo de la historia bíblica: las personas son nombradas porque el significado del nombre les corresponde.
Si, pues, el ángel dice a José que debe llamar al hijo de María «Jesús», no es porque hubiera otro Jesús en la familia, ni porque el nombre sonara bonito, sino porque el significado del nombre le corresponde. Al narrarlo, Mateo nos invita a reflexionar sobre las implicaciones de este nombre para la persona y obra del niño que acaba de nacer.
JESÚS Y JOSUÉ
Nuestro Nuevo Testamento fue redactado en griego. El ángel, sin embargo, se habrá dirigido a José en arameo, una derivación del hebreo. «Jesús» es la versión griega del hebreo «Josué». El nombre que el ángel habrá pronunciado era el mismo que el del gran héroe del Antiguo Testamento.
Es importante recordar esto. Si no, perderemos de vista una asociación de ideas que habrá sido inmediata y evidente para José. El hijo que él debe adoptar será un nuevo Josué para su pueblo.
¿Por qué es apropiado que el Niño sea llamado «Josué»? ¿Qué representaba Josué para la historia de Israel?
Antes que nada, Josué fue aquel que hizo que Israel entrase en la Tierra Prometida. Si el hijo de José y María recibe el mismo nombre, es porque Él ha nacido como caudillo de un pueblo, como Aquel que dirige la conquista del mundo nuevo y hace que su pueblo entre en el reino eterno de Dios. Jesús es quien redime a su pueblo para permitir su salida de la esclavitud de Egipto. Jesús es quien conduce a su pueblo por el desierto de la vida, dándoles el socorro que necesitan en las diversas pruebas del camino, hasta que llegan al Jordán de la muerte. Jesús es entonces quien les asiste en el paso del río y les hace entrar en su patria verdadera, en la tierra que Dios les ha preparado.
El privilegio de haber encabezado a Israel en el paso del Jordán tendría que haber pertenecido a Moisés. Fue él quien había sido el líder del pueblo durante aquellos largos años de peregrinaje. Por esto, Moisés también es prototipo del Señor Jesucristo, tal y como nos lo indican Mateo (en los capítulos 2 a 4, como veremos más adelante) y el autor de la Epístola a los Hebreos (2:10; 3:1–16). Sin embargo, no convenía que el Niño se llamara Moisés, porque Moisés fue descalificado del liderazgo debido a su desobediencia. Si se llamó «Jesús» es porque Él es nuestro Josué: Él no nos conduce por el desierto para luego dejarnos abandonados en las orillas del Jordán. Él verdaderamente nos introduce a la «Tierra Prometida».
SALVADOR
Además el mismo nombre de Josué tiene un significado: «El Señor es salvación».
Aun en el caso del Josué del Antiguo Testamento, el significado del nombre era sumamente apropiado. Nos recuerda en seguida la presencia del Señor detrás de la acción salvadora de Josué:
«No temas, ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9).
Pero es en el caso de Jesucristo que este nombre encuentra su pleno cumplimiento. No es sólo que Dios «ayudara» a Jesús, sino que en Jesús Dios mismo tomaba forma humana a fin de efectuar nuestra salvación. En Jesucristo tenemos un caso único de la presencia salvadora de Dios con los hombres.
«Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo» (2 Corintios 5:19).
«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
Esta relación única entre Jesús y el Padre, esta presencia única de Dios con los hombres, queda reflejada en el otro nombre dado por el ángel: Emanuel, Dios con nosotros.
Con el nombre «Jesús», sin embargo, se nos enseña que la razón por la que Dios está «con nosotros» no es para juzgarnos, ni condenarnos, sino para salvarnos:
«No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Juan 3:17).
SALVADOR DE PECADORES
«Jesús» nos habla de la presencia de Dios. Asimismo habla de la salvación. Y el ángel añade otro detalle más: es del pecado que Dios nos salvará en Jesucristo. El niño no nacerá como líder político; su salvación no será en primer lugar de orden social, sino moral. No viene para salvar a los judíos de la esclavitud romana, ni a los cristianos de la persecución, de la tribulación o del dolor, viene para salvar a su pueblo de sus propios pecados.
Esta finalidad de la misión del niño en seguida nos despierta ciertas preguntas:-
1.-¿Por qué nos salva precisamente de los pecados?
¿Acaso es esto lo que más necesitamos? Si tuvieras que definir cuál es la mayor necesidad del ser humano ¿qué dirías? Desde luego muchos actúan (aunque quizás no lo dirían) como si su mayor necesidad fuese el dinero. Otros como si todo se les solucionara con tal de tener un empleo seguro. Para otros, lo más importante de la vida es tener buena salud. Para otros es tener buenos amigos. La gran preocupación de muchos es la muerte. La de otros es la justicia social.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos declara que todas estas cosas tan importantes -la inseguridad económica o laboral, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la misma muerte- no son nuestro mayor problema. Más bien son sus consecuencias.
El gran problema del ser humano es su pecado, y todas las demás dificultades de la vida derivan de él. Por lo tanto, lo que debería preocuparnos y angustiarnos más que nada es el hecho de ser pecadores.
El peor de todos los males que pueden alcanzarnos no está fuera de nosotros, sino dentro. No es algo que otros puedan hacernos, sino algo que nosotros nos hacemos a nosotros mismos. Peor aún, no es algo por lo cual otros sean responsables, sino algo por lo que yo soy responsable y culpable.
Los demás problemas pueden ser solucionados por Dios con relativa facilidad. Él es poderoso para suplir todas nuestras necesidades materiales, para sanar todas nuestras enfermedades, para darnos vida eterna. En el día final Él lo hará para los que creen en Él. Pero la solución al pecado no es cuestión del poder divino. Es algo por lo cual nosotros mismos somos responsables. Su arreglo, pues, no es tan fácil. Requiere el nacimiento, no de un héroe político, de un rey justo, sino de un Salvador que muera en el lugar de su pueblo a fin de llevar sobre sí su culpa.
2.-¿Qué quiere decir «ser salvo» del pecado?
Pero nos estamos adelantando. Debemos volver atrás a fin de examinar más detenidamente las implicaciones de la «salvación de los pecados». Con esta frase el ángel quiere indicarnos al menos dos necesidades nuestras, suplidas por Jesucristo:
a.- La necesidad del perdón. Si has ofendido a alguien, sabes que tu relación con él sólo puede ser restaurada si le pides perdón y él te lo concede. Asimismo nuestros pecados, que son una ofensa contra Dios, necesitan del perdón divino si vamos a disfrutar de una relación adecuada con Él. Y, efectivamente, en Jesucristo nosotros tenemos el perdón de nuestros pecados:
«Y a vosotros, estando muertos en pecados, (Dios) os dio vida juntamente con Cristo, perdonándoos todos los pecados» (Col. 2:13).
b.- La necesidad de una capacitación moral. Sin embargo, el perdón solo no nos basta. El pecado está tan arraigado en nosotros que, nada más recibir el perdón de Dios, volvemos a cometer el mismo pecado otra vez. Somos débiles. Caemos tan fácilmente. La tentación nos vence. Por mucho que Dios nos perdone, no habremos sido verdaderamente «salvos» del pecado mientras seguimos sucumbiendo ante la tentación y practicando el pecado. Necesitamos dentro de nosotros un nuevo corazón que ame y obedezca la voz de Dios, un nuevo poder que venza la tentación y viva conforme a la justicia de Dios. Esta transformación moral interior es lo que los profetas decían que caracterizaría la época mesiánica. Por ejemplo, éstas son las palabras del Señor a través de Ezequiel:
«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; … os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:25–27).
Sin esta transformación interior, toda esperanza de «salvación de los pecados» es utópica. Si Dios no nos cambia por dentro, nunca seremos capaces de vivir vidas limpias, honradas y hermosas. ¿No sabes que es así? ¿No hay en ti el anhelo de una vida mejor, de la que te sabes incapaz? Efectivamente, la salvación no sólo consiste en perdón sino también en transformación. Y es precisamente en Jesucristo que esta transformación es posible.
El apóstol Pablo era un hombre que durante muchos años había luchado por ser bueno, según su propio esfuerzo. Finalmente tuvo que darse por vencido, y encontró la salvación en Jesucristo. Entonces descubrió que tenía el perdón divino y que Dios le veía como justo en Jesucristo. Pero además descubrió en su vida un nuevo poder, el del Espíritu Santo, que le capacitaba para amar y guardar la ley de Dios y para ser cada vez más parecido a Jesucristo. Así lo describe:
«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.… Dios envió a su Hijo… para condenar al pecado en su carne (al morir en la cruz) para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:2–4).
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
3.-¿Cómo, pues, nos salva Jesús?
Hemos visto que tanto el perdón de nuestros pecados como nuestra transformación moral son partes intrínsecas de nuestra salvación, y que ambos son obra de Jesucristo. Pero ¿cómo realiza Jesús esta obra en nosotros? ¿Cómo nos salva?
Vayamos otra vez por partes. Consideremos, en primer lugar, cómo nos «salva» en el sentido de conseguir para nosotros el perdón de nuestros pecados.
a.- La justificación en Cristo. Muchas personas tienen un concepto muy superficial de lo que implica el perdón de pecados. Si Dios es un Dios de amordicen- entonces Él nos perdonará sin más. No comprenden que esta clase de perdón sencillamente no encaja dentro de lo que sabemos acerca del carácter de Dios ni de nuestro propio significado humano. Por un lado, si Dios perdonara «porque sí» -o como piensan algunos, «porque es su oficio perdonar»-su perdón haría violencia a nuestra personalidad humana. En otras palabras, si Dios hiciera caso omiso de nuestros pecados, nuestros actos dejarían de ser responsables y significativos, y nosotros mismos dejaríamos de tener entidad de seres humanos. En tal caso, Dios nos trataría como a animales, sin capacidad moral, y sin tener que dar cuentas por nuestros actos. Pero Dios no está dispuesto a negar nuestra humanidad. Nos trata como humanos, con conocimientos del bien y del mal, como seres responsables que debemos cosecharlas consecuencias de nuestros actos, por cuanto son actos responsables. Si va a haber perdón, no nos será impuesto por Dios, sino será la consecuencia de otro acto responsable de nuestra parte: el de reconocer ante Dios nuestro pecado y culpabilidad, repudiar nuestra rebelión, pedir su misericordia y creer en el Evangelio. El arrepentimiento y la fe son prerrequisitos para el perdón (Hechos 2:38; 3:19).
Por otro lado, si Dios perdonara arbitrariamente, El haría violencia a su propio carácter. Dios no sólo es nuestro Padre amante y Creador generoso. También es nuestro Juez justo, Aquel que sostiene la justicia y controla los resortes morales del universo. El perdón «sin más» sería la negación de una serie de leyes morales que Dios mismo ha decretado, leyes tan firmes y necesarias en la esfera espiritual como lo son las leyes de la naturaleza en la esfera física. Si Dios variara esas leyes morales, si sistemáticamente Él neutralizara las consecuencias de nuestros actos, el mundo iría abocado hacia un caos moral. Hay una recompensa que Dios ha determinado para nuestros actos. No pecamos impunemente. Tarde o temprano nuestros pecados nos alcanzarán. Es ley de vida. Dios lo ha establecido.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).
Si, pues, va a haber perdón para nuestros pecados, las exigencias de la justicia divina deben ser satisfechas. No nos puede perdonar a espaldas de su propia justicia. Al declarar justo y perdonado al pecador, debe a la vez respetar su propio carácter justo y santo (Romanos 3:26) Todo esto puede parecernos innecesariamente complicado. Pero es la misma esencia del Evangelio cristiano. Si Dios pudiera perdonarnos solamente en virtud de su propia compasión, entonces no habría necesidad de que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera en la Cruz. Si Jesucristo sufre la espantosa muerte de crucifixión es porque su muerte es imprescindible a fin de establecer la base sobre la cual Dios puede perdonarnos sin hacer violencia a su propia justicia ni a nuestra integridad humana. Sin la cruz no puede haber perdón. Es por su muerte que Jesús salva a su pueblo de sus pecados, ganando en ella el perdón de Dios.
¿Y cómo es esto?
Jesús muere en la cruz como nuestro sustituto. Yo he pecado y merezco morir. Estoy bajo el veredicto del Juez, culpable, reo de muerte. No puedo aducir ningún factor atenuante de suficiente peso como para poder justificar la conmutación de la sentencia. No puedo hacer nada por salvarme a mí mismo. Pero Jesús nace a fin de cargar sobre sí mi culpa y morir en mi lugar.
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
De la misma manera que en el Antiguo Testamento el pecador debía sacrificar un animal para expiar sus pecados ante Dios, así Jesucristo aparece en el escenario de la historia como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Muriendo en nuestro lugar, Él es «la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 2:2). Por su muerte las exigencias de la justicia están satisfechas. Dios puede perdonar sin lesionar la justicia. Es la muerte sacrificial de Jesús la que proporciona salvación de la culpa del pecado a todos los que creen en Él.
b.- La santificación en Cristo. Así pues, el creyente es perdonado ante Dios en virtud de la muerte de Jesucristo. Pero ya hemos dicho que el perdón no es la totalidad de la salvación. Si Dios se limitara a perdonarnos, seguiríamos siendo vencidos por el pecado. Además de ser salvos de la culpa del pecado, necesitamos que Cristo nos salve del dominio del pecado. Y efectivamente, es así. Pablo puede escribir a los Romanos:
«El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).
¿Cómo es que la gracia de Cristo nos salva del dominio del pecado? Por medio del Espíritu Santo, que nos es dado como fuerza motriz de una nueva vida.
Jesucristo murió. Pero también resucitó. El creyente participa en su muerte, por cuanto por ella es justificado de sus pecados. Y el creyente participa también en su resurrección, por cuanto la resurrección de Cristo es las primicias de una nueva vida que se hace extensiva a todos los que creen en Él. Es en el contexto de describir la nueva vida de resurrección disfrutada por el creyente, que Pablo afirma que el pecado no se enseñoreará de nosotros (ver Romanos 6:4–14). El Espíritu Santo es el Espíritu de Santidad. Su presencia santifica al creyente, su poder le capacita para una nueva vida recta y justa. Cristo nos salva de la culpa del pecado por su muerte expiatoria, y nos salva del dominio del pecado por el don de una nueva vida abundante, vivida en el poder de su propio Espíritu. Esta, en resumidas cuentas, es la salvación que Él brinda a su pueblo.
Lo que acabo de afirmar nos conduce a una última pregunta:-
4.- ¿A quién salva?
Según el ángel, Jesús no ha venido a salvar a todos, lo quieran o no, sino «a su pueblo». Sin duda alguna los judíos inicialmente entenderían esta frase como una referencia a Israel. ¿No era Israel el «pueblo escogido», el «pueblo de Dios» y, por tanto, el «pueblo del Mesías»? Pero más adelante Jesucristo tendrá que explicar que no es así de sencillo. Muchos que se creen pueblo de Dios serán excluidos del reino de los cielos, mientras otros, que no son físicamente hijos de Abraham, serán incluidos (ver p.ej. Mateo 8:11–12). Es así porque aquéllos, a pesar de su linaje físico, no creen en Jesús, mientras éstos, a pesar de ser gentiles, sí creen. La fe es el factor determinante (Mateo 8:10).
Una de las enseñanzas más revolucionarias de Jesús, recogida luego por los apóstoles, es que Abraham es el padre de todos los que creen, sean judíos o gentiles, mientras los que no creen no son verdaderos hijos de Abraham, por mucho que se jacten de su linaje israelita (ver Romanos 4:16; Mateo 3:9; Juan 8:39–44).
El «pueblo» de Jesús, por lo tanto, no puede ser identificado con ninguna raza o linaje, si bien es cierto que Él vino primeramente a los judíos. Se compone más bien de todos aquellos que, creyendo en Él, reciben potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12).
Más sencillamente, su pueblo son todos aquellos que reconocen en Él al Mesías prometido, a Aquel que puede salvarles de sus pecados, y acuden a Él para salvación, reconociéndole como Rey y Señor de sus vidas.
O como Él mismo diría: su «rebaño» se compone de todas las ovejas que el Padre le da, ovejas que demuestran ser suyas por reconocer su voz y seguirle a Él (Juan 10:14, 16, 27–29). Es a éstas que Él ha venido a salvar. Es por ellas que, como Buen Pastor, Él pone su vida (Juan 10:11).
La Salvación ni es universal ni automática. Es para los que forman parte del pueblo de Cristo, que se someten a su autoridad regia y creen sólo en Él para salvación.
EN CONCLUSIÓN
Todo esto está implícito en las palabras del ángel. Por todo esto José debe llamar «Jesús» al niño.
-Él es el Salvador que viene en nombre de Dios.
-Es en el terreno moral («de los pecados») que Él ha venido a realizar su obra de salvación.
-Y son aquellos que le reconocen como Rey y se incorporan en su pueblo, los que son los beneficiarios de su salvación. «Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
No hay otro nombre que mejor le siente a partir de la Encarnación. Hasta aquel momento, en la eternidad, Él era el Hijo, el Verbo, la Luz. Si ahora ha tomado forma humana y habita entre nosotros, es con el fin expreso de ser «Jesús», el Salvador. La salvación es la razón de ser de su nacimiento.
La salvación, por lo tanto, es la razón de ser de la Navidad. En vano celebramos las fiestas navideñas si a la vez descuidamos la salvación de Cristo. Sería un inmenso contrasentido. La única manera válida de «celebrar la Navidad» es por reconocer:
-que soy pecador y mi mayor necesidad es la de ser salvo de mis pecados.
-que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (ver 1 Timoteo 1:15).

-que Él es mi Rey y Mesías, y gozosamente me someto a su autoridad formando parte de su pueblo por la fe en Él.

martes, 23 de diciembre de 2014

La obediencia de José

Nada más «levantarse» del sueño, José se pone a realizar con toda prontitud lo que el ángel le ha mandado.

«Recibe» a su mujer. Es decir, adelanta la fecha de la boda. La busca y la lleva a su casa, sin esperar el cumplimiento del año de los desposorios. A fin de proteger a María del chismorreo del pueblo y de asegurar que el Niño nazca en el seno de una familia ya constituida, él hace lo necesario para que el matrimonio quede legalmente ratificado ya. No debemos perder de vista lo que antes veíamos: que al recibir a María en su casa, José permite que las malas lenguas vengan dirigidas hacia él. Estaba dispuesto a pagar el precio.

Recibe y cuida a María. Pero sin consumar el matrimonio hasta después del nacimiento de Jesús. Mateo no nos dice por qué fuera así. Sin embargo, podemos suponer que no sólo era por respeto a la naturaleza sagrada de aquel que María llevaba en el vientre, sino también para descartar toda clase de duda de que el engendramiento de Jesús fuera obra del Espíritu Santo. Nuestro texto es bien explícito. José no tuvo ninguna parte posible en la concepción de Jesús.

El sentido natural y sencillo de la frase («no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito») es que después del nacimiento y los ritos obligatorios de la purificación, José y María tuvieron relaciones matrimoniales normales.

Hay varios factores que nos llevarían a esta conclusión, además del lenguaje de estos versículos:

1.- Las costumbres hebreas. En aquella sociedad el sexo en el matrimonio era considerado no sólo bueno sino necesario. Había recibido la bendición divina (Génesis 1:28; 9:1). Y era esperado como normal (Proverbios 5:18; Salmo 127:3). El celibato sólo iba a ser admitido como válido en la tradición judeo-cristiana a partir de Cristo y los apóstoles, y ellos sostenían la costumbre hebrea de sólo abstenerse de relaciones sexuales dentro del matrimonio en momentos excepcionales, por razones específicas y durante un período corto (1 Corintios 7:5, 9). La abstinencia durante el embarazo de María correspondería a esto, pero no una virginidad perpetua, que los judíos tendrían por aberrante.

2.- Los «hermanos» de Jesús. Con frecuencia los evangelios hablan de los «hermanos» de Jesús. (Para mayor detalles, ver el comentario de Hendriksen, p. 144). Es bien cierto que esta palabra solía emplearse en el primer siglo con un uso más amplio que en la actualidad, y podía abarcar a otros parientes. Pero su sentido natural sigue siendo «hermano». Sólo si uno supone de antemano que Jesús no tuvo hermanos carnales, entonces se tendría que pensar que se trata de primos. Pero por lo demás es de suponer que los «hermanos» de Jesús son hijos de José y María.

Todo el peso de la evidencia, por lo tanto, señala hacia una vida matrimonial normal después del nacimiento de Jesús y la procreación de otros hijos. En realidad la doctrina católica de la virginidad perpetua de María procede, no de evidencias bíblicas, sino de prejuicios paganos de siglos posteriores. Presupone que el celibato y la virginidad son más «santos» que el matrimonio, y que hay algo intrínsecamente inmundo en el acto sexual, aun dentro del matrimonio. Ambas son ideas desconocidas por la Biblia.

Sin embargo, volvamos a cuestiones menos polémicas. El último detalle de la obediencia de José, recogido en nuestro texto, es su nombramiento del Niño. No sólo recibe a María por mujer, también recibe al hijo de María por hijo propio. Con el nombramiento José asume públicamente su papel paterno.


El significado del nombre que le concede, Jesús, siguiendo siempre las instrucciones del ángel, será el tema de nuestro próximo capítulo.


lunes, 22 de diciembre de 2014

La visita del Ángel

José ha tomado su decisión. Sin embargo, antes de que él pueda ponerla en práctica, algo ocurre que le hace cambiar de idea.

Tiene que haber sido algo muy importante. Debemos recordar que José ha sido ofendido en su honor por la mujer que amaba. También debemos recordar que, ante los ojos del pueblo, si él recibe a María en su casa, sería tanto como confesar la paternidad del niño y aceptar la vergüenza social del embarazo. Alguien que se siente profundamente dolido y traicionado, abrumado por la confusión emocional y sentimental, difícilmente va a asumir el peso moral y social de la situación de la cual él mismo es víctima, a no ser que algo intervenga para aclararle la confusión, sanarle la herida, y restaurlarle la confianza en la persona amada. Además, en el caso de José, algo importante habrá ocurrido para inducirle a dar al hijo de María el nombre de Jesús.

Mateo nos dice que lo que ocurrió fue un sueño, y la aparición del ángel del Señor en el sueño. Tiene que haber sido un sueño muy poderoso y real. Su impacto es tal que, inmediatamente, José se levanta y obedece las instrucciones del ángel, sin ni un momento de vacilación ni de duda.

Como hemos visto, esta es la primera de tres veces en las que el ángel aparece a José en la narración de Mateo. Curiosamente en el Evangelio de Lucas el ángel también aparece tres veces: a Zacarías, a María y a los pastores. En la narración de Mateo el ángel siempre aparece por la noche en sueños. En cambio, en Lucas aparece en el curso normal de la vida diaria: a Zacarías mientras realiza sus funciones sacerdotales en el Templo; a María en su casa; a los pastores cuando velan las ovejas. Pero el impacto en José no es menor que en los otros tres.

El ángel empieza su mensaje saludando a José con las palabras «Hijo de David». En seguida recordamos la tesis principal de la genealogía de la primera parte del capítulo: que Jesús es el heredero legítimo del trono de David, y el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas prometidas a Israel desde tiempos de Abraham. Con este título el ángel ya anticipa el carácter mesiánico de su anuncio.

Luego procede a explicarle los hechos ocurridos, y su origen divino. Sus palabras coinciden plenamente con lo que José seguramente ya ha escuchado de labios de María: «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es». María no le había sido infiel.

Con estas palabras, lo que hasta ahora le parecía a José la mayor desgracia de su vida, se va conviertiendo en el mayor privilegio imaginable. Dios mismo ha visitado el hogar que él está en vías de formar, y lo ha hecho de una manera única en la historia. Como María, él ha sido elegido para cuidar del Hijo de Dios en su infancia indefensa.

El ángel no sólo da explicaciones. También da instrucciones:
No temas recibir a María tu mujer» Con esta frase, «no temas», tan típica del anuncio angelical (Lucas 1:13, 30; 2:10), el mensajero divino demuestra su conocimiento del corazón de José. Si José «temía» recibir a María, o bien era por las repercusiones sociales, o bien por desconfiar en María misma. Pero el solo hecho de temer indica que la inclinación de su propio corazón habría sido de seguir adelante con el matrimonio. El ama a María. Ahora, con las dudas aclaradas, el deber de José también se hace claro. María es su mujer. Necesita el abrigo de su marido y un hogar en el cual poder refugiarse de las críticas del pueblo. José debe asumir su responsabilidad conyugal, solidarizarse con María en su dificultad, y recibirla en su casa.

Y llamarás su nombre Jesús» (v. 21). Era función del padre nombrar a su hijo. El verdadero Padre de este niño ya ha determinado cuál ha de ser su nombre. Pero ahora el ángel dice a José que él ha de asumir la paternidad legal del niño ante la sociedad. No le corresponde a él elegir el nombre. Sí le corresponde declarar ante las autoridades del pueblo cuál será su nombre y así tomar sobre sí, delante de todos, la responsabilidad de cuidar y formar a este niño como si fuera hijo suyo.


domingo, 21 de diciembre de 2014

La reacción de José

Ahora pongámonos en el lugar de José. ¿Qué dirías -o más bien, qué creerías- si tu novia te dice que está embarazada? Sabes que no has tenido relaciones con ella. Supondrías lo peor, ¿verdad? Y si luego ella te dijera: Pero mira, ha sido un milagro; me vino un ángel para decirme que iba a ocurrir; el hijo que espero es obra del Espíritu Santo… ¿qué dirías? ¿Aceptarías que precisamente a tu novia le ha tocado vivir una intervención divina única en la historia? No. Si eres como yo, tu reacción sería de escepticismo. O bien creerías que, además de inmoral, esta chica que tenías por pura y fiel es embustera. O bien dudarías de su sanidad mental.
Pero aquí se manifiesta la bondad de José. Seguramente él pasó horas, quizás días o semanas, de gran angustia. Estaba convencido de que María le había sido infiel. Por lo tanto, no estaba dispuesto a proseguir con el matrimonio ni recibirla en su casa. Por otra parte, no hacer nada sería muy comprometedor para él. ¿Qué pensaría el pueblo de él cuando el embarazo llegara a ser evidente?

Por otra parte, él amaba a María. Desde hacía tiempo la había tenido por su prometida y esposa. Conocía sobradamente la buena reputación de virtuosa y amables que ella tenía en todo el pueblo. Le costaba muchísimo asimilar la noticia de su infidelidad. No casarse con ella traía abajo todas sus esperanzas e ilusiones.

El era justo. Es decir, él amaba la ley de Dios, la verdad y la rectitud. Muchos que van por la vida haciendo alarde de su propia veracidad y honradez -«yo siempre con la verdad por delante»- no habrían vacilado en denunciar a María «en honor a la verdad». Pero «ser justo», en el sentido bíblico de la frase, no sólo es cuestión de la verdad; también lo es del amor, la misericordia, la bondad, la lealtad.

Le quedan a José dos opciones. Por un lado él podía iniciar un proceso jurídico contra María y denunciarla ante los ancianos y testigos. Es probable que ella no sufriera la pena capital porque, con el paso de los siglos, los judíos habían introducido muchas excepciones y modificaciones a la ley del Antiguo Testamento. Pero estaría expuesta a una humillación que la dejaría marcada para siempre.

Por otro lado podía darle carta de divorcio (ver Deuterononio 24:1–2) y despedirla definitivamente. Así no justificaría tan fácilmente su propia reputación, pero al menos le ahorraría a María la vergüenza de un escándalo público.

José opta por este segundo camino. No por cobardía sino por generosidad. No por descuidar la verdad y la justicia, sino por entender que ellas deben ir acompañadas de la misericordia. Así pues, «no quería infamar a María sino quiso dejarla secretamente».


sábado, 20 de diciembre de 2014

El embarazo de María

Para entender la situación planteada en 1:18–25, es necesario comprender las costumbres matrimoniales de los judíos de aquella época. Por supuesto, era una época en la que el matrimonio era decidido y organizado por los padres. (Así ha sido en la mayoría de épocas y culturas humanas. Nuestra situación, en la que el mismo joven elige a su novia y luego entre los dos deciden los detalles de su matrimonio y nuevo hogar, es una excepción en la historia. ¡Mayormente se ha considerado que éstas son cuestiones demasiado serias como para poder dejarlas al azar de pasiones juveniles y criterios de personas inmaduras!)

Los padres, pues, primero establecían un compromiso verbal con sus «consuegros». Esto podía ocurrir cuando los «novios» aún eran niños. Naturalmente pesarían mucho en esta decisión consideraciones de afinidad socio-cultural, intereses económicos, la amistad y los recursos materiales de la futura pareja, como también consideraciones espirituales y psicológicas. Una familia creyente buscaría casar a sus hijos con otra familia creyente, y estudiaría el carácter, la estabilidad emocional, la honradez y demás virtudes (y defectos) de la otra familia. Como he dicho, era un asunto serio y lo de menos era una afinidad erótica entre los jóvenes. Esto llegaría después de casados.

Lo más probable es que allá en Nazaret, hacía años, las familias de José y María habían llegado a este tipo de compromiso. Durante esta primera fase de la relación cualquiera de las dos partes contrayentes podían dar marcha atrás sin grandes consecuencias sociales.

Luego llegaba el día de los «desposorios». Aquel día el compromiso se hacía legal. A partir de aquel momento el contrato entre los novios era firme, ratificado ante los ancianos del pueblo y en presencia de testigos. Era un compromiso tan solemne y vinculante que los novios eran ya considerados «marido y mujer» y sólo podían separarse mediante un divorcio legal. Sin embargo, aún no había llegado el momento de la boda. Después de ratificar el compromiso los novios volvían cada cual a casa de sus padres y allí vivían durante un año más. Durante aquel año no había ningún tipo de contacto físico entre ellos.

La relación sexual quedaba para después de la boda, al final de aquel año. La boda misma era una celebración espléndida, un banquete que frecuentemente duraba siete días. Sólo después iba la novia a casa del novio y empezaba la convivencia.

El año de desposorios existía precisamente para asegurar que la novia no estuviera previamente embarazada. Si durante aquel período el embarazo era detectado el castigo de la ley era muy claro:
«Si hubiera una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella; entonces los sacaréis a ambos a la puerta de la ciudad, y los apedrearéis, y morirán» (Deuteronomio 22:23–24).
Y es precisamente durante aquel año de desposorios, cuando José y María se han comprometido legalmente como marido y mujer (ver v. 19, «su marido»; y v. 20, «tu mujer») pero aún no han celebrado la boda ni han empezado a convivir juntos, que José descubre que María está encinta. Dice el texto (v. 18) que estaban desposados, pero aún no se habían juntado, cuando se halló que María había concebido del Espíritu Santo.

Ponte un momento en el lugar de María. Sabes que no has sido infiel a José, que aún eres virgen, que tu embarazo no es el resultado de ninguna relación matrimonial con José ni mucho menos con otro hombre, sino, conforme a las palabras del ángel Gabriel (ver Lucas 1:26–33) es consecuencia de una intervención divina única en la historia, la operación vivificante del Espíritu Santo.


Ahora tienes que explicarlo a José. ¿Te imaginas con qué temor y temblor? Precisamente porque es un hecho único en la historia sabes que ningun hombre, ni siquiera alguien tan generoso y comprensivo como José, te lo va a creer. ¿Te imaginas cuál habrá sido la angustia de María al ver que José efectivamente no creía su historia?


viernes, 19 de diciembre de 2014

Navidad

¿Recuerdas, cuando eras niño, la inmensa alegría de la Navidad? La noche antes de recibir tus regalos no podías ni siquiera dormir de pura emoción. Pero ha pasado el tiempo, te vas haciendo mayor y algo de la ilusión de aquellos años se te ha desvanecido. La inocencia que tenías en la infancia se te ha teñido de escepticismo. La vida se te ha vuelto más seria, más preocupante. Cada Navidad que pasa te recuerda que la vida es corta. ¡Una Navidad más es una Navidad menos! Las fiestas aun te proporcionan cierta satisfacción, porque al menos son un alivio de la rutina diaria del trabajo. Pero justamente con la paga extraordinaria llegan los gastos extraordinarios. Si acaso, la ilusión que buscas ahora no es para ti sino para tus hijos, tus nietos o tus sobrinos.

Sin embargo, no hay razón por la que no podamos disfrutar más y más de la Navidad con cada año que pasa. A fin de cuentas cuando Jesús nació en Belén hace dos mil años nadie tuvo mayor alegría por su nacimiento que los dos ancianos, Simeón y Ana.

¿Qué es la Navidad? Es la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, el recuerdo del hecho más trascendente de toda la historia: Dios se hizo hombre a fin de traer salvación a una humanidad perdida. El secreto de disfrutar la Navidad, este año más que nunca, y con alegría creciente hasta la vejez y la muerte, está en conocer auténticamente la salvación que Jesús vino a traernos.

Muchos celebran la Navidad sin pensar siquiera en Él. Su nacimiento no es más que un pretexto para la diversión. Lo pasan bien mientras dura la fiesta; después sólo les queda nuevamente la insatisfacción y el vacío.


Cuando nuestra celebración social corresponde a una realidad espiritual, cuando la razón por la que Jesús ha nacido se ha cumplido en nosotros, cuando el Niño que nació en Belén es nuestro verdadero Salvador personal, entonces la felicidad de la Navidad no mengua con el transcurso de los años, sino que va en aumento. Cada año que pasa no representa el acercamiento del fin, sino el cumplimiento pleno de la salvación, que es la esencia misma de la Navidad.


martes, 16 de diciembre de 2014

Eufemismo

Del griego euphemízein = usar palabras de buen augurio, esta figura consiste en el empleo de palabras o expresiones agradables, en lugar de otras desagradables, duras o mal sonantes. Aunque parezca extraño, la Biblia nunca usa eufemismos para hablar de las funciones naturales u ordinarias de la vida; sin embargo, hay en las Escrituras bellos eufemismos para expresar sentimientos tiernos y delicados. Tanto es así que una de las mayores pruebas de la inspiración divina de la Biblia es este marcado contraste entre el hebreo y otros idiomas a este respecto. Otros idiomas abundan en vocablos y expresiones indecentes, mientras que «las palabras de Yahweh son palabras puras». En cuanto a las «partes vergonzosas», como el Espíritu Santo las llama, no hay ningún vocablo en hebreo para expresar las de la mujer; para las del hombre, se usa un eufemismo. Por otro lado, mientras los hombres inventan eufemismos para cubrir pecados, la Biblia nunca dora el pecado con bellos nombres, sino que lo describe plenamente en toda su miseria y abominación, con lo que el lector no se llama a engaño por causa de adornos indebidos. Lo mismo digamos de la muerte, que para los mundanos es «lo irremediable», mientras que, para el creyente, es «dormición».
Gn. 15:15. «Y tú vendrás a tus padres»; en lugar de decirle: «morirás».
Gn. 42:38. «… haréis descender mis canas con dolor al Seol»; esto es, me mataréis.
Jue. 3:24. «… Sin duda él cubre sus pies»; es decir, está haciendo sus necesidades. V. también 1 S. 24:3.
Rut. 3:9. «… extiende el borde de tu capa sobre tu sierva»; es decir, recíbeme en matrimonio.
2 S. 18:32. «El rey dijo entonces al etíope: ¿El joven Absalón está bien? Y el etíope respondió: Como aquel joven sean los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se levanten contra ti para mal.» Con este bello eufemismo, el etíope le recordó a David la traición de Absalón, dando a entender claramente que el joven había muerto. 2 R. 22:20. «Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres (es decir, morirás), y serás llevado a tu sepulcro en paz.»
Neh. 4:23 (HB, 17). La última cláusula de este v. es sumamente difícil, debido a la tremenda concisión (y oscuridad) del hebreo. La lectura más probable es: «… cada uno tenía su recipiente de agua». A la vista del contexto anterior, entra dentro de lo probable que el agua fuese para lavarse, pero es también probable que se trate aquí de un eufemismo para designar un recipiente con el que poder hacer «aguas» menores, sin tener que abandonar el puesto de guardia.
Job 10:21, 22. Aquí tenemos dos bellas perífrasis, que son también eufemismos: «Antes que me vaya para no volver (e. d., antes que me muera) a la región de las tinieblas y de sombra de muerte. Tierra de oscuridad, lóbrega, etc.» (es decir, el sepulcro). Lo mismo, en 16:22.
Job 18:13. «… Y a sus miembros devorará el primogénito de la muerte»; es decir, la peste, que era tenida por la más cruel de las enfermedades. En el v. siguiente, la muerte es llamada «el rey de los espantos».
Sal. 94:17. «Si no me ayudara Yahweh, pronto moraría mi alma en el silencio»; es decir, yacería sepultado.
Is. 38:10. «… A la mitad de mis días iré a las puertas del Seol»; es decir, moriré. Este v. arroja luz sobre Mt. 16:18, donde ocurre una expresión similar: «las puertas del Hades»: La muerte no prevalecerá contra el cumplimiento de los designios de Dios.
Ec. 3:21. V. en erótesis y en el Apéndice E.
Ec. 12:1–7. En esta porción tenemos una serie de perífrasis y eufemismos. Uno de ellos es digno de especial estudio. En el v. 5, hallamos la frase: «el deseo se perderá». Aquí parece haber una doble metonimia, por lo que podría haber sido clasificado en la metalepsis, pero es el eufemismo lo más notable. El vocablo para «deseo» significa propiamente «alcaparra», la cual se pone aquí en lugar del condimento que se hacía con ella; y del condimento, se pasa al apetito o deseo creado por el condimento. Pero a este condimento se le atribuían poderes excitantes del instinto sexual, con lo que el texto sagrado nos ofrece un eufemismo bello y elegante.
Mt. 8:11. «Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» Éste es un bello eufemismo, con el que se evita ofender (en esta sazón del ministerio de Cristo) a los judíos, quienes se sentían celosos de los beneficios extendidos a los gentiles.
Mt. 11:9; Lc. 7:35. «… Pero la sabiduría queda justificada (esto es, acreditada) por sus hijos». Es un eufemismo por el cual el Señor condena veladamente a los que no le recibieron. La verdadera sabiduría se muestra en someterse al Hijo de Dios (comp. con Sal. 2:10); en especial, atendiendo a su condición de Mesías prometido; los realmente «sabios» se sometieron a él, mientras que los que le rechazaron son así reprendidos.
Jn. 2:25. «… pues él sabía lo que había en el hombre». Ésta es una solemne condenación del corazón humano, perverso y engañoso por naturaleza (v. Jer. 17:9).
Jn. 11:11. «… Nuestro amigo Lázaro se ha quedado dormido (es decir, ha muerto); mas voy a despertarle» (esto es, a resucitarle).
Hch. 2:39. «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos»; es decir, para los gentiles. Pedro no quiso entonces ofender a los judíos innecesariamente.

Hay muchos otros eufemismos que no requieren explicación, pues todo buen estudioso de la Biblia los advertirá fácilmente.



domingo, 16 de noviembre de 2014

La Singularidad de la Iglesia

La iglesia es única en los propósitos de Dios. Mientras que Dios se ha relacionado con otros grupos, Su actividad con la iglesia permanece distinta. “Edificaré mi iglesia”, dijo el Señor, y esa es Su obra especial en la actualidad. Esas palabras de Cristo indican distinciones específicas tocante a la iglesia: (a) sería una obra posterior a Su vida terrenal; (b) no sería lo mismo que el reino tocante al cual El también enseñó; (c) tenía que ser algo diferente de la teocracia de Israel. Examinaremos ahora estas y otras distinciones.
I. La Relacion de la Iglesia con el Reino
Existe mucha confusión debido a no haberse cuidadosamente definido, distinguido, y comparado la iglesia y el reino. El haberse basado en La ciudad de Dios de Agustín, al igualar a la iglesia con el reino, resultó en la autoridad absoluta de la iglesia en la tierra. El posmilenialismo edifica el reino terrenal sobre el crecimiento y el éxito de la iglesia. El concepto erróneo de la teonomía ve la misión de la iglesia como el establecer la ley de Dios del Antiguo Testamento en los reinos del mundo hoy en día. La teología reformada, menos frontal que la teonomía, edifica en el concepto del señorío de Cristo sobre todas las estructuras del mundo, y ve a la iglesia como el agente principal en llevar esto a cabo. ¿Qué relación hay entre la iglesia y el reino?
A. El significado del reino
El diccionario define “reino” como una comunidad política organizada. Por lo tanto, incluye gobernante(s), gobernados, y ámbito. Para definir un reino particular uno tiene que hacer varias preguntas: ¿Quién es el gobernante? ¿Quiénes son los gobernados? ¿Cuándo y dónde está el reino? Los varios reinos de la Escritura pueden y necesitan ser distinguidos haciendo semejantes preguntas.
B. Los varios conceptos del reino
1. El reino universal. Las Escrituras revelan a Dios como el Gobernante de todo el mundo (1 Crónicas 29:11; Salmo 145:13). Como tal, El tiene jurisdicción sobre las naciones del mundo, designando los gobernantes de Su elección y juzgando el mundo (Salmo 96:13; Daniel 2:37). En el pensamiento judío este concepto del reino comenzó con Adán, fue desfigurado cuando entró el pecado, no obstante, continuó hasta Abraham, que llamó a las personas al reino de nuevo con éxito parcial solamente (la rebelión de Sodoma y Gomorra). Sin embargo, cuando Israel aceptó la ley mosaica, este reino se restableció, aunque la rebelión brotó casi inmediatamente (con el becerro de oro) y repetidamente a través de la historia de Israel. Sólo el remanente piadoso revivió el reino. Unicamente el Mesías traería la realización completa de este reino.
La teología cristiana reconoce este concepto de un reino universal (aunque usualmente incluyendo a los ángeles, lo cual no hacía el judaísmo). Dios es el Gobernante de las naciones (Apocalipsis 15:3), y finalmente ellas darán cuenta a El cuando El las juzgue (Salmo 110:6).
En resumen, en el reino universal Dios es el Gobernante; El gobierna sobre todo; y lo hace en todo el tiempo y en la eternidad.
2. El reino davídico/mesiánico. Tanto el judaísmo como la teología cristiana premilenial le dan un lugar prominente a este concepto del reino. Es davídico porque las promesas concernientes al reino se hicieron en el gran pacto con David (2 Samuel 7:12–16). Es mesiánico puesto que el Mesías será el Gobernante. Se realizará en el segundo advenimiento de Cristo, cuando El establezca Su reino y cumpla aquellas promesas hechas a David. (Para discusión adicional, véase la parte que trata de la escatología.)
En resumen, en el reino mesiánico davídico Cristo será el Gobernante; El reinará sobre la tierra y sus habitantes durante los mil años siguientes a Su segunda venida.
3. La palabra misterios en cuanto al reino. En Mateo 13 Cristo reveló misterios concernientes al concepto del reino (v. 11). En cuanto a la palabra “misterios”, esto significa que El les dijo a Sus discípulos algunas cosas acerca del reino que previamente no se conocían. Entonces, esta idea del reino comenzó cuando el Señor estaba enseñando, y terminará en Su segundo advenimiento (vv. 39–40). En otras palabras, es el concepto de reino utilizado para abarcar el período entre los dos advenimientos de Cristo. El Gobernante es Dios. Los gobernados son las personas en la tierra que se han relacionado de manera positiva, neutral, o negativa con la “cristiandad” (incluyen creyentes verdaderos, personas profesantes, rechazadores, y aun oponentes). El tiempo es el período entre Sus venidas.
4. El reino espiritual. Espiritual puede que no sea la mejor clasificación (la tomo de James Buswell, Systematic Theology [Grand Rapids: Zondervan, n.d.], 2:346), pero nada parece mejor para caracterizar este aspecto del reino. Se refiere al reino dentro del cual todos los creyentes han sido colocados (Colosenses 1:13), y se entra en el mismo por el nuevo nacimiento. El Gobernante es Cristo; en este concepto del reino El reina sobre creyentes solamente; y la relación existe ahora.
C. La relación de la iglesia con estos reinos
1. Con el reino universal. En el sentido de que la iglesia está en el mundo, es parte del reino universal de Dios. El la diseñó, la trajo a la existencia, y reina sobre ella, como sobre todos los aspectos de Su universo.
2. Con el reino davídico/mesiánico. La iglesia no es parte de este reino en ninguna manera. Cuando se establezca este reino, la iglesia ya habrá sido resucitada y reinará con Cristo en el reino milenial.
3. Con los “misterios” del reino. Puesto que la iglesia es parte de la cristiandad, ella es parte de este concepto del reino.
4. Con el reino espiritual. La iglesia verdadera, el cuerpo de Cristo, es equivalente a este concepto del reino.
Si uno tratara de hacer un resumen de la relación de la iglesia con el reino, tendría que decir que está relacionada con el mismo, pero que no es equivalente a ciertos conceptos del reino; no está relacionada con algunos conceptos; y es equivalente a otro. El concepto del reino se tiene que definir antes que uno pueda determinar la relación de la iglesia con el mismo.
II. La Relacion de la Iglesia con Israel
La iglesia es distinta de Israel y no comenzó hasta el día de Pentecostés, y, por lo tanto, no existió durante el período del Antiguo Testamento.
La distinción entre Israel y la iglesia se verifica por varios hechos. (1) En el Nuevo Testamento se contrastan el Israel natural y los gentiles después que la iglesia fue claramente establecida (Hechos 3:12; 4:8, 10; 5:21, 31, 35; 21:19). (2) El Israel natural y la iglesia se distinguen claramente, lo que demuestra que la iglesia no es Israel (1 Corintios 10:32). La distinción que hace el apóstol no tuviera sentido si Israel fuese igual que la iglesia. (3) Gálatas 6:16 no aporta ninguna prueba clara de que la iglesia se iguale a Israel. Solamente si el kai es explicativo la frase igualaría a Israel con la nueva creación de Dios, la iglesia. Pero el kai puede que sea enfático, y se refiera especialmente a una parte importante (los creyentes judíos) en la bendición a la iglesia entera (como el kai en Marcos 16:7 y Hechos 1:14). O puede que simplemente conecte a los judíos cristianos con la nueva creación. El contenido del libro de Gálatas es contrario al uso explicativo (el único que identificaría a la iglesia con Israel). Puesto que Pablo había atacado severamente a los legalistas judíos, era de esperarse que destacara como objetos de una bendición especial a los judíos que hubieran dejado el legalismo y genuinamente seguido a Cristo.
III. La Relacion de la Iglesia con Esta Edad
La iglesia no existía en los tiempos del Antiguo Testamento sino que fue constituida el día de Pentecostés. Es peculiar a este período presente de tiempo. Cuatro puntos de evidencia respaldan esta conclusión.
(1) Nuestro Señor dijo: “[Yo] edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). El no dijo que agregaría a algo ya existente, sino que iba a hacer algo que todavía no había comenzado.
(2) La iglesia no podía tener ninguna Cabeza en función hasta después de la resurrección de Cristo; por lo tanto, no podía existir hasta algún tiempo después que El hubiera resucitado de los muertos (Efesios 1:20).
(3) La iglesia no podía haber sido una entidad operativa con el uso de dones espirituales hasta después de la ascensión de Cristo (Efesios 4:7–12).
(4) El carácter de misterio del cuerpo único era desconocido en los tiempos del Antiguo Testamento (Efesios 3:5–6; Colosenses 1:26). En el griego clásico musterion significa algo escondido o secreto. Designaba a los ritos sagrados de las religiones misteriosas griegas, secretos que solamente compartían los iniciados. En los Manuscritos del Mar Muerto las palabras pertinentes indicaban no tanto algo desconocido sino sabiduría que estaba muy por encima del entendimiento finito. En el Antiguo Testamento la palabra equivalente ocurre sólo en Daniel 2:18–19, 27–30, 47; 4:9. De modo que, el concepto de misterio es el de un secreto que solamente comparten los iniciados. También incluye dos ideas: (a) un tiempo cuando no se conocía el secreto, seguido por un tiempo cuando llegó a conocerse; y (b) sabiduría más profunda o más alta que se le revela a los iniciados.
¿Cuál es el contenido del misterio en estos pasajes? Es que los gentiles serían coherederos, miembros juntamente del cuerpo, copartícipes de la promesa en Cristo por el Evangelio. En el Antiguo Testamento se reveló que los gentiles tendrían parte en el plan redentor de Dios (Génesis. 12:3; Isaías 42:6–7), así que esa verdad no es misterio. Pero de que existiría un cuerpo unido en el cual compartirían judíos y gentiles, no se reveló en el Antiguo Testamento. Un examen, mediante una concordancia, del uso de la palabra “cuerpo”, rápida y conclusivamente revelará que la idea del cuerpo de Cristo, o de cualquier cuerpo en el cual se colocara a los redimidos, no se encuentra en ninguna parte del Antiguo Testamento. La primera vez que Pablo empleó la palabra “cuerpo” refiriéndose al cuerpo de Cristo fue en su extensa discusión de ese concepto en 1 Corintios 12:12–25. La próxima vez fue en Romanos 12:5, y todos los otros usos se hallan en Efesios y Colosenses. En Efesios 2:15 un sinónimo para ese cuerpo único (v. 16) es “hombre nuevo”. Claramente, este misterio era desconocido en el Antiguo Testamento, y porque el cuerpo es el hombre nuevo no es una continuación o un rehacimiento de Israel.
Aunque hay una continuidad entre los redimidos de todas las edades (simplemente porque ellos son redimidos y su destino común es el cielo), hay también una descontinuación, porque los redimidos de hoy son colocados en el cuerpo de Cristo y no en alguna especie de Israel. Similarmente, los redimidos antes del día de Abraham (como Enoc y Noé) no pertenecían a Israel, pero aún pertenecían a la familia de Dios. Así que, hay redimidos anteriores a Israel (santos preabrahámicos) y santos posteriores a Israel (cristianos en el cuerpo de Cristo).
Pero ¿no significa el “como” en 3:5 que este misterio de un cuerpo era sólo comparativamente desconocido en el Antiguo Testamento? Observe que no existe tal idea de “menos conocido/mejor conocido” en el pasaje paralelo de Colosenses 1:26, donde el contraste claramente es desconocido/conocido. Para armonizar estos dos pasajes, el “como” en Efesios 3:5 no puede ser comparativo. Por supuesto, os puede tener otros significados. Puede introducir una cláusula que aporta información adicional (como se ve claramente en Hechos 2:15 —los discípulos no estaban simplemente menos borrachos de lo que pensaba la gente). O, precedida de un negativo, la palabra puede significar “pero” (como en 1 Corintios 7:31). En otras palabras, el nuevo cuerpo era desconocido en otras edades, pero ahora es revelado. Y ya que la iglesia es el cuerpo de Cristo, y puesto que el cuerpo no era revelado y operativo hasta la era del Nuevo Testamento, la iglesia es peculiar de esta edad.
IV. La Relacion de la Iglesia con Jesucristo
Durante Su ministerio terrenal, nuestro Señor anunció que El haría algo nuevo al edificar Su iglesia (Mateo 16:18). “Edificaré” está claramente en el tiempo futuro, lo que indica que esto era algo que Jesucristo todavía no había hecho hasta ese tiempo. En realidad, la iglesia no comenzó como una realidad funcionante hasta que vino el Espíritu en el día de Pentecostés. ¿Cuál, entonces, era la relación del Señor con la iglesia durante Su vida terrenal, ya que todavía no era operativa?
En una palabra, El fue el Fundador. Es Su iglesia (v. 18). El es el fundamento (1 Corintios 3:11). (1) Como el Fundador, El escogió los discípulos que también ocuparían un lugar en la fundación del edificio (Efesios 2:20). (2) Como Fundador, El instruyó a los discípulos acerca de áreas que llegarían a ser efectivas cuando la iglesia comenzara a funcionar. La mayor parte de esa enseñanza se encuentra en el discurso del aposento alto (Juan 13–17). Algunas de las enseñanzas de Cristo se relacionaban con la ley mosaica, bajo la cual El vivió; otras, al futuro reino milenial; y aun otras, a la iglesia futura. El discurso del aposento alto es como las semillas de aquello que después se encuentra en las epístolas del Nuevo Testamento. Algunas de las cosas nuevas que El reveló incluyen un nuevo mandamiento (13:34), una nueva esperanza en el rapto de la iglesia (14:1–3), una nueva relación (vosotros en mí y yo en vosotros, v. 17), y una nueva base para la oración (16:24).
(3) El Fundador también llegó a ser la Piedra Angular por Su muerte y resurrección (Hechos 4:11; Efesios 2:20). El compró a la iglesia con Su propia sangre (Hechos 20:28). Su resurrección y ascensión lo hizo a El la Cabeza sobre la iglesia (Efesios 1:20–23), en tal capacidad El, entre otras cosas, le da dones a los miembros de Su cuerpo (4:8).
(4) Como Fundador, El también fue quien mandó el Espíritu Santo, el cual activó a la iglesia para que fuera una entidad funcionante (Hechos 2:33).
¿Cuál es la Roca sobre cual la iglesia es edificada? (Mateo 16:18). Algunos entienden que se refiere a Pedro. Si es así, Cristo estaba haciendo un juego de palabras con petros (Pedro) y petra (piedra). La primera palabra es masculina y significa piedra, mientras que la segunda es femenina y significa masa rocosa. Debido a estas diferencias en palabras y géneros, parece improbable que la referencia sea a Pedro. A veces uno sospecha que algunos temen que semejante interpretación le preste apoyo a la alegación de la Iglesia Católica Romana de que Pedro es la roca sobre cual la iglesia es edificada (como indica la inscripción latina en la base de la cúpula de la iglesia de San Pedro en Roma, ya que en latín no se diferencian las distintas palabras y géneros). Sin embargo, los apóstoles sí constituyen el fundamento de la iglesia (Efesios 2:20), aunque Pedro, tan prominente como era, por cierto no tenía ninguna primacía papal (Hechos 2:14; 10:34; Gálatas 2:11).
Otros entienden que Cristo es la Piedra a la cual este pasaje se refiere. El lo es en otros pasajes de las Escrituras (1 Corintios 3:11; 1 Pedro 2:5–9). Sin embargo, esto parece crear una separación entre las dos piedras, contraria a la íntima conexión que se halla en el texto mismo. Una modificación de este punto de vista ve que la piedra es la confesión que Pedro hizo de Cristo (Mateo 16:16).
Posiblemente la verdad combina elementos de ambas ideas; es decir, la roca es Pedro al usar la llaves del reino (v. 19; Isaías 22:22) en proclamar la verdad acerca de Cristo a judíos y gentiles.
De modo que Cristo es el Fundador de Su iglesia porque El escogió el fundamento apostólico, dio enseñanza básica tocante a las relaciones en la iglesia, dio Su vida para llegar a ser la Piedra Angular, y entonces mandó el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para activar a la iglesia.
V. La Relacion de la Iglesia con el
Espiritu Santo
El Pentecostés marca el comienzo de la iglesia como cuerpo funcionante, por el derramamiento del Espíritu en ese día. Antes de Su ascensión, el Señor prometió que los discípulos pronto serían bautizados con el Espíritu Santo (Hechos 1:5). Aunque la palabra bautismo no aparece en el relato de Pentecostés en el capítulo 2, está bastante claro en 11:15–16 que el bautismo ocurrió por primera vez ese día. Puesto que, según Pablo (1 Corintios 12:13), el bautismo del Espíritu coloca a las personas en el cuerpo de Cristo, y ya que el cuerpo de Cristo es la iglesia (Efesios 1:22–23), la iglesia, el cuerpo, comenzó cuando aquellos primeros individuos fueron bautizados en Pentecostés.
Varias otras cosas ocurrieron el día de Pentecostés. Los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo (Hechos 2:4). Tres mil fueron bautizados con agua (v. 41). La iglesia visible comenzó ese día (vv. 42–47).

Además de bautizar en el cuerpo a aquellos que creen, el Espíritu también habita en los cristianos individuales (1 Corintios 6:19), en iglesias locales (3:16), y en el cuerpo de Cristo (Efesios 2:22). El Espíritu fortalece, guía, consuela, y da dones a la iglesia (Hechos 1:8; 9:31; 1 Corintios 12:3). En un sentido muy real, el Espíritu es la vida energizante y el poder de la iglesia.