lunes, 6 de enero de 2014

El desarrollo del potencial (parte 3 de 4)

Realzar la autosuficiencia
La autosuficiencia comienza con el reconocimiento de la plena suficiencia de Cristo. Solamente Dios es independiente. El resto debemos ser «Dios-dependientes». Ser autosuficiente no quiere decir ser independiente de Cristo o del resto de su cuerpo.
Según esta concepción, «auto» no es egoísmo. Más bien, habla de una responsabilidad personal. La «suficiencia» no es independencia sino tener lo suficiente para cubrir las necesidades propias sobre la base de las propias capacidades. Una organización autosuficiente (o independiente) crece y se desarrolla sobre la base de sus propias capacidades y necesidades.
De modo que la confianza en uno mismo no puede confundirse con la independencia. Más bien, es la condición necesaria para que haya comunión y colaboración con la comunidad cristiana global. Cada ministerio depende de una amplia gama de recursos, ya sea a nivel local, nacional o internacional. La ubicación precisa de esos recursos no importa tanto como el modo en que estos afectan la identidad de un ministerio y su fidelidad a Dios.
La autodeterminación es la capacidad de un ministerio de tomar sus propias decisiones y trazar su propio recorrido. Cuando la ayuda es impuesta, se viola la autodeterminación. Esto es verdad ya sea que la ayuda venga por coerción o por inexperiencia. Un ministerio puede sentirse obligado a aceptar ayuda cuando siente que el rechazo pondría en peligro la relación. Esto ocurre fundamentalmente cuando el socio financiador suministra gran parte del ingreso total del ministerio. En tal relación, el socio financiador tiene el poder de veto implícito.3
No debería confundirse el veto implícito con la rendición de cuentas. Es razonable esperar que quien provee los recursos financieros tenga algo de influencia sobre cómo se usarán esos fondos. El apóstol Pablo pretendía que los fondos recibidos de Macedonia fueran usados para el propósito por el cual eran enviados (2Co 8:16–24).
Las tenues diferencias entre ofrecer ayuda e insistir en dar ayuda son difíciles de identificar. Pero sólo al identificar correctamente esas diferencias sutiles se salvaguarda la autodeterminación y se refuerza la interdependencia.
La interdependencia es la capacidad de relacionarse exitosamente con la comunidad cristiana y de colaborar con otros miembros del cuerpo de Cristo.
Todo ministerio, sea eclesiástico o paraeclesiástico, es parte de una comunidad más amplia de cristianos. La comunión y la cooperación con los cristianos locales crean redes de interdependencia y, así, de rendición de cuentas. Cuando un ministerio es financiado principalmente desde el exterior, su lealtad puede trasladarse a esa fuente. Bajo esas condiciones, el ministerio puede volverse aislado e inmune a las correcciones de los cristianos locales, lo cual no es correcto.
La independencia financiera mide la proporcionalidad del financiamiento interno respecto del externo. Como regla general, un ministerio debería tener más ingresos desde fuentes de su propia región que de fuentes externas. Lo importante en la independencia no es la cantidad de dinero que se suministra a un ministerio sino la proporción de su ingreso. Cuando la mayor parte del sostén proviene de la propia región, estamos ante un caso de interdependencia saludable.
Sin embargo, se pueden perder muchas oportunidades sin esa considerable asistencia exterior. Los emprendimientos ministeriales y las grandes iniciativas pueden exceder rápidamente la regla. Las empresas misioneras transculturales casi siempre dependen fuertemente del financiamiento exterior. ¿Cómo podemos asegurar que un ministerio progresará hacia la independencia allí en donde el financiamiento exterior representa la mayoría del ingreso total?
Como regla general, puede ser de ayuda visualizar el financiamiento externo como una progresión de mayor a menor en función del crecimiento del financiamiento interno. El diagrama que se muestra a continuación ilustra esta progresión.



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