martes, 18 de febrero de 2014

Deberes de los Maridos y las Esposas

Los Privilegios del Deber Matrimonial
Pensando sobre el matrimonio, muchas veces creemos que las acciones espontáneas son genuinas, mientras otras que se hacen por sentido de obligación son sofocadas, artificiales, e inventadas. Razonamos de esta manera especialmente si estamos considerando cuestiones “del corazón.” Cumplir nuestras responsabilidades por el sentido de obligación se considera restrictivo al amor verdadero.
Pero la Biblia define el amor como el guardar de todo corazón los mandamientos de Dios. Sin duda alguna, la demostración más alta del amor fue la muerte de Cristo por su pueblo, y esa acción de amor no se caracterizaba por el romanticismo o emocionalismo. Fue una amarga congoja para Cristo que tomase la copa de la ira de Dios, pero esa congoja no disminuye nada de su amor para nosotros; más bien, lo aumenta.
Cuando cumplimos nuestras obligaciones con gusto, nos ayuda a disciplinar las emociones. Llegando a esos deberes reconociendo que Dios los ha formado para nosotros, y nos ha asignado a todas las responsabilidades matrimoniales en sabiduría, podemos alegrarnos de su bondad. Esto no resulta en la negación de la espontaneidad, más bien es la disciplina de ella.
Los Deberes Bíblicos del Marido
Tanto en el hebreo del Antiguo Testamento como en el griego del Nuevo Testamento, la palabra para marido es normalmente nada más que la palabra para “varón,” y el contexto demuestra que es un marido de que se trata. Sin embargo, otra palabra relativamente común en el hebreo para marido es baal, la cual significa “amo,” o “señor.” Y en el griego, encontramos por lo menos dos ejemplos de esta clase de lenguaje: kurios, que significa “señor,” y hupandros, que significa “varón encima.” La palabra inglesa para marido es una maravillosa, la cual abarca a todas estas descripciones bíblicas del hombre casado. Hay la connotación del señorío, pero de un señorío que supone gran cuidado, labor, sacrificio, y ternura.
El marido siempre debe recordarse de que como marido, él es una pintura viva del Señor Jesús. Ese recuerdo es su primer deber en el matrimonio. Como marido, el hombre está comunicando constantemente la naturaleza de la relación entre el Señor y su pueblo, y por eso debe de comunicarse veridicamente. La manera en que el hombre trata a su esposa determinará si está hablando la verdad con respecto a Cristo o no. Pero él no tiene la opción de quedarse silencioso; está comunicándose todo el tiempo. Eso es debido a que el Señor es un marido, y por lo tanto todos los maridos son una representación de Él.
Puesto que su relación habla de Cristo y la iglesia todo el tiempo, el marido tiene que aprender a imitar a Cristo en su carácter también. Esto señala a la segunda obligación del varón. La Biblia dice claramente que el Señor es marido de su pueblo: “Porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre” (Isa. 54:5; vean también Jer. 31:32; Apo. 21:2; Ef. 5:23). Así como el marido trata de imitar al Señor en sus obligaciones, debe ser un labrador para su esposa. Esto quiere decir que debe sustentarla y cuidarla de la misma manera que cuida a su propio cuerpo (Ef. 5:29). La palabra “sustentar” es ektrepho, la cual significa “alimentar, criar a madurez.” La palabra “cuidar” es thalpo, y significa “calentar, abrigar con amor cariñoso.” El marido que no demuestra un cuidado particular y tierno a su esposa, y luego espera que ella sea fructífera y bella, no es labrador verdadero; él es un idiota – la palabra griega para eso es probablemente cabezón. El hombre debe amar a su esposa en una manera sacrificada (Ef. 5:25), y a menos que cultive su jardín con un cuidado extraordinario, no debe esperar nada más que mala hierba.
Esto nos conduce a la tercera obligación, la cual es el tener celos. Puede ser que esto sacude a nuestra sensibilidad moderna; a menudo consideramos al celos como un problema personal, y no una virtud para alentar y cultivar. Esta opinión, o reacción, es simplemente más evidencia de cuan lejos hemos caído de las convicciones bíblicas sobre el matrimonio. El marido debe ser celoso, y debe ser protector. Pablo usa esta imagen del marido bueno para exhortarles a los cristianos corintios a ser fieles. “Porque que os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo marido, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Cor. 11:2). Siguiendo al Señor, los varones cristianos deben recordarse que el nombre de Dios es Celoso: “…Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es” (Exo. 34:14). Es cierto que el hecho de tener celos puede ser malo y destructivo cuando su motivo es la amargura, el resentimiento, o la malicia. Pero lo mismo se puede decir de muchas otras actitudes; si se mezclan con el pecado, ¡se vuelven pecaminosas! La actitud de tener celos no tiene que ser mezclado con el pecado. Y en numerosas circunstancias, es un pecado no ser celoso.
Pero también hay deberes muy terrenales en la vida de un marido piadoso. Por ejemplo, el marido debe proveer a su esposa del alimento necesario. Esto se ve en la ley dada a Israel antigua, cuando no se le permitía al varón defraudar a su primera esposa de sus derechos matrimoniales a causa de su poligamia. “Si tomare para él otra mujer, no disminuirá su alimento, ni su vestido, ni el deber conyugal. Y si ninguna de estas tres cosas hiciere, ella saldrá de gracia, sin dinero.” (Ex. 21:10–11) Aquí entendemos que una de las obligaciones del marido es ésta de asegurar que su esposa tiene el dinero necesario para los comestibles. En otras palabras, el hombre no se puede librar de sus deberes matrimoniales básicos, simplemente tomando otra mujer. Se entiende que la provisión del alimento es una de estas obligaciones. El Nuevo Testamento enseña que el hombre que no cuida a los de su familia es peor que un incrédulo (1 Tim. 5:8). Por lo tanto, ¿qué debemos pensar de él que no cuida ni de los de su propia casa, descuidando a su esposa? Así descuidando de la esposa de esta manera es equivalente a la apostasía – es negar a Cristo, quien sustenta a su desposada. De la misma manera, la Biblia exige que el marido le provea a su esposa el vestido que necesita (Ex. 21:10).
El marido también tiene que cumplir con las necesidades sexuales de su esposa (1 Cor. 7:3–4; Ex. 21:10). En cuanto a esto, su cuerpo le pertenece a ella, y el lenguaje bíblico es muy fuerte. Dice Pablo que en esta cosa, la esposa tiene autoridad sobre su marido. “El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer.” (1 Cor. 7:3–4)
De esta manera y un solo ejemplo de esto, el marido no debe negarle a su esposa oportunidad de tener hijos. “Entonces Judá dijo a Onán: ‘Llégate a la mujer de tu hermano, y despósate con ella, y levanta descendencia a tu hermano.’ Y sabiendo Onán que la descendencia no había de ser suya, sucedía que cuando se llegaba a la mujer de su hermano, vertía en tierra, por no dar descendencia a su hermano.” (Gén. 38:8–9). Luego, el Señor le quitó la vida a Onán, no por causa de alguna relación sexual, más bien por causa del engaño que realizaba. Debemos recordarnos de que las relaciones sexuales no se trata en la Biblia como recreación deportiva. No es simplemente recreación; tiene que ver con crear de nuevo. La obligación de proveer oportunidad a la mujer de tener hijos quizás parece extraña a la mentalidad moderna. Pero eso simplemente demuestra lo poco que los maridos modernos sustentan y cuidan a sus esposas.
La Biblia habla claramente sobre otra obligación de los maridos. El tiene que estar satisfecho con su esposa (Prov. 5:15–23; Mat. 5:28). Se le prohibe que codicie a la mujer de otro. “No codiciarás la mujer de tu prójimo.” (Éx. 20:17). Y no solamente se le prohibe desear la esposa de otro hombre, sino se le ordena en forma positiva que esté satisfecho con la mujer que tiene.
Bebe el agua de tu misma cisterna, y los raudales de tu propio pozo. ¿Se derramarán tus fuentes por las calles, y tus corrientes de aguas por las plazas? Sean para ti solo, y no para los extraños contigo. Sea bendito tu manantial; y alégrate con la mujer de tu juventud. Como cierva amada y graciosa gacela, sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. (Prov. 5:15–19)
Especificamente, al hombre se le ordena que esté satisfecho con las caricias de su esposa, recreándose en su amor. Comparar a su mujer con otras, sea en silencio o en voz alta, sea con palabras o con acciones, siempre es destructivo. Y entre más que se hacen las comparaciones, lo menos contento se puede estar. Así, el marido tiene que contentarse con ella en cada área; por lo tanto, todas las comparaciones se tienen que evitar, sea con respecto a la belleza, cocción, inteligencia, interés sexual imaginado – lo que sea. Para los hombres es particularmente importante que estén satisfechos en cuanto a las relaciones sexuales. Esto se hace más fácil si el marido está realizando lo que debe en sus otras áreas de responsabilidad.
Otra obligación del marido tiene que ver con la responsabilidad continua de examinar y aprobar los compromisos que hace su esposa.
Todo voto, o todo juramento obligándose a afligir el alma, su marido lo confirmará, o su marido lo anulará. Pero si su marido callare a ello de día en día, entonces confirmó todos sus votos, y todas las obligaciones que están sobre ella: los confirmó, por cuanto calló a ello el día que lo oyó. Mas si los anulare después de haberlas oído, entonces él llevará el pecado de ella. (Núm. 30:13–15)
Debemos reconocer que cuando el marido no dice nada, ya ha aprobado y dirigido por negligencia. Sea que hable o que esté callado, el marido no puede dejar de ser cabeza del hogar. Hágalo bien o hágalo mal, no puede evitar la responsabilidad que Dios le ha dado.
Los Deberes Bíblicos de las Esposas
En cualquier discusión de los deberes de la esposa, se debe entender el contexto de esas obligaciones. La sección anterior no nos dirigió solamente a “la parte del marido” con esta sección dándonos “la parte de la esposa.” Más bien las responsabilidades de la esposa notadas más adelante se pueden añadir a la lista de responsabilidades del marido. No solo tiene él la responsabilidad delante Dios de realizar su trabajo, sino también delante Dios tiene que asegurar que ella realice el suyo. Y sin embargo, eso no se hace por mangonearla; se hace sustentándola y cuidándola.
Primero, como se dijo antes, la esposa debe respetar a su marido (Ef. 5:22, 33). El deber fundamental del marido es amar a su esposa. Por contraste, el deber fundamental de la esposa es respetar a su marido. El hombre y la mujer están orientados uno al otro tan distintos que sus obligaciones fundamentales el uno al otro también son diferentes. En esta situación el respeto que la mujer debe a su marido supone tanto el honor como la obediencia. Y por supuesto las esposas han de amar a sus maridos porque la Biblia exige que todos los creyentes amen a sus prójimos como a sí mismos. Pero cuando la Biblia viene a tratar las obligaciones de mujer casada en particular, se fija en el respeto, no el amor.
También bajo la providencia de Dios, la esposa debe engendrar hijos. “Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciera en fe, amor y santificación, con modestia.” (1 Tim. 2:15). Además, ella debe criar esos niños y cuidarlos con gran ternura. “Antes fuimos blandos entre vosotros, como la que cría, que regala a sus hijos.” (1 Tes. 2:7). Esto no se da simplemente como ejemplo; se da como mandamiento positivo: “Que enseñen a las mujeres jóvenes a ser prudentes, a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos” (Tito 2:4).
La esposa no debe quejarse de su fertilidad. La labor de tener y criar hijos es frecuentemente trabajo durísimo. ¿Cómo no? Sin embargo, es obra de Dios (Gén. 3:16), y es la obligación de la esposa someterse a la voluntad de Dios y engendrar hijos para su marido alegremente.
Además, tampoco debe ella jactarse de su fertilidad. Toda jactancia debe ser en el Señor. A veces, de reacción a la mentalidad “contra-niños” del mundo moderno, algunas mujeres cristianas han engendrado hijos casi como acto de desafío u obstinación. Pero no debemos ser reaccionarios contra el mundo; más bien debemos todos vivir delante de Dios. La respuesta bíblica a la fertilidad es la de alegría.
La Biblia también les da a las esposas el deber de ser trabajadora en casa. Pablo le instruye a Tito que “las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa [o como dice la versión antigua: que tengan cuidado de la casa], buenas, sujetas a sus maridos; para que la palabra de Dios no sea blasfemada” (Tito 2:3–5). Se instruye a las mujeres jóvenes a que sean amas de casa, trabajando en ocupaciones domésticas. No solamente deben estar en casa, más bien deben ser productivas en casa. La diligencia en el hogar significa trabajo duro: limpiando, cocinando, criando niños, etc. Así es posible desobedecer a Dios por negligencia de lavar los trastes.
Por supuesto esto es trabajo duro, especialmente cuando los niños están chiquitos. Muchas esposas, cuando pasan por esta experiencia, consideran el estado de cansancio como si fuera algún síntoma de algo malo. Más bien, es síntoma de haber hecho muchas cosas bien.
Si la mujer es competente, y lo debería ser, a su debido tiempo su diligencia la llevará fuera de la casa (Prov. 31:10–31). La Biblia no enseña que el lugar de la mujer es en el hogar; la Biblia exige que el hogar sea su prioridad, pero ella no está limitada solamente a la casa.
Otro deber consiguiente exige que la esposa mantenga el hogar bien surtida de comestibles y ropa. “Es como nave de mercader; trae su pan de lejos. …No tiene temor de la nieve por su familia, porque toda su familia está vestida de ropas dobles.” (Prov. 31:14, 21). Si su marido trabaja fuerte para proveerla con el dinero para estas necesidades (como se le obliga hacer), entonces ella debe ser administradora responsable de lo que él da. Ella no debe ser frívola. Las compras se deben entender, no como entretenimiento y lujo, sino más bien como trabajo. Como administradora interesada en el trabajo, ella debe ser diligente.
También, la esposa debe satisfacer las necesidades sexuales de su marido (1 Cor. 7:2–5). Esto quiere decir más que ser “complaciente” cuando “él lo desea”; ha de ser una amante sensible e interesada.
Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes: bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor. Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; porque estoy enferma de amor. Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace. Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, por los corzos y por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera. (Cánt. 2:3–7)
Dios ha ordenado la relación sexual en el matrimonio como protección contra la inmoralidad. Es cosa importante que las esposas en particular se acuerden de este propósito. Las mujeres tienden a sentirse insultadas por las tentaciones de sus maridos, y una esposa rencillosa y ofendida no ofrece protección ninguna.
La esposa debe esforzarse a evitar las quejas, rencillas y contiendas. Se nos dice que son “gotera continua las contiendas de la mujer” (Prov. 19:13). Salomón también nos recuerda que “gotera continua en tiempo de lluvia y la mujer rencillosa, son semejantes: pretender contenerla, es como refrenar el viento, o sujetar el aceite en la mano derecha” (Prov. 27:15–16). Dios les ha dado a las mujeres grandes habilidades de lengua, y deben usar esa habilidad para ayudar a sus maridos. La mujer prudente sabe el poder de sus palabras, y por eso las somete a la Palabra de Dios. “Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua.” (Prov. 31:26). La mujer necia se cree que su casa necesita un ambiente ruidoso, y derriba todo con su lengua.
La Biblia también nos enseña que la esposa debe ser discipulada de su marido. “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación:” (1 Cor. 14:34–35). El marido debe instruir y enseñar a su esposa, y ella no debe menospreciar su obligación en esto, buscando otro sitio para esa instrucción. No hay ninguna inconsistencia entre la sumisión y la inteligencia. Con respecto a esto es bueno que las esposas se recuerden de Abigail, una mujer bella, sumisa, y también inteligente (1 Sam. 25:3, 41).
La esposa cristiana debe ser trabajadora de obras de caridad y misericordia. Sobre esto la Biblia habla muy claramente. Cuando Pablo está considerando la clase de viuda que puede ser mantenida por la iglesia cristiana, establece un criterio alto.
Sea puesta en la lista sólo la viuda, no menor de sesenta años, que haya sido esposa de un solo marido, que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra (1 Tim. 5:9–10).
También tenemos el ejemplo de la productividad de la mujer piadosa de los Proverbios. “Alarga su mano al pobre, y extiende sus manos al menesteroso.” (Prov. 31:20).

La mujer que comprende todos estos deberes, y que trabaja fielmente en ellos, es verdaderamente una mujer de inestimable valor. Su marido ha recibido una gran bendición, como bien lo sabe. Así también los niños, y todos los que vienen a tener contacto con esa casa. “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas.” (Prov. 31:10).

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