martes, 25 de febrero de 2014

El Amor Eficaz

El Amor Concede Belleza
Una suposición común en el mundo es que las mujeres tienen que “conservarse lindas” para guardar un hombre. En el mundo de atraer y ser atraída, se les enseña a las mujeres que se consideren a sí mismas principalmente responsable de su propia atracción, o belleza. Ese punto de vista se les inculca desde el principio. Antes, las muchachitas jugaban con muñecas bebé, viéndose en papel de la madre criante; ahora se pueden hallar jugando con muñequitas Barbie, viéndose a sí mismas en lugar de la muñeca. Y por supuesto, la muñeca es a la vez guapa y también curvosa. Las chicas vienen a sentirse presionadas, y así se queda la situación.
No queremos decir que es mal que las mujeres deseen ser atractivas o bellas. La perversión queda en la separación moderna de la belleza de la mujer, de la relación de su padre y su marido con ella. No hay nada malo en desear un jardín precioso; hay muchísima necedad en desear un jardín precioso que se atienda y se mantenga a sí mismo. La Biblia enseña que el marido cristiano es responsable de la belleza de su esposa. Antes de casarse la mujer, su padre es el responsable de su belleza. Cuando se casa la mujer, su marido asume esa responsabilidad. El ejemplo para el marido en ese amor es Jesucristo.
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Ef. 5:25–27)
Por lo tanto Dios exige que los maridos amen a sus esposas con efecto. Al amar a nuestras esposas, no hemos de imitar ese amor superficial y sentimental de aquél ídolo moderno, “jesús suavecito,” más bien debemos de imitar el amor eficaz del Señor Jesucristo quien vino a la tierra para redimir a su pueblo, salvándolo de sus pecados. En la gracia de Dios, Cristo hizo a su pueblo bello; no los halló bellos – “Porque Cristo, cuando aun éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom. 5:6–8). Cristo vino y sufrió para asegurar la salvación de su pueblo de sus pecados. No vino para tratar de salvarlos.
Así que cuando un hombre aloja a una mujer en su hogar, todos que los conocen han de suponer que ella florecerá y crecerá en belleza durante los años siguientes. Si su ceremonia de boda se refirió en lo más mínimo al quinto capítulo de Efesios, ¿no fue esto lo que él prometió hacer? Mientras el marido trata a su esposa en la manera bíblica, es de esperarse que ella crezca más y más bella; no porque el marido se lo ha merecido, más bien porque mediante la gracia de Dios, ha sido bienaventurado. La única causa de crecimiento alguno es Dios mismo (1 Cor. 3:6). Mas el Dios soberano utiliza los medios designados, y para el cultivo de la belleza en las esposas, es el amor atento y abnegado de parte de los maridos.
En este pasaje de Efesios, Pablo no exige que los maridos imiten al Señor en su mero sentimiento para con su iglesia; han de imitarlo en Sus obras respecto a ella. Y esas obras son eficaces: logran el propósito. En esta imitación, al marido se le exige primero, que “se entregue a sí mismo para ella.” Ha de imitar a Cristo que santifica y limpia la iglesia, así aplicando a su manera, el lavamiento del agua mediante la Palabra, con el fin de presentársela a sí mismo como una gloriosa y hermosa mujer. Ningún marido es suficiente para estas cosas, y sin embargo la gracia de Dios es fuerte y poderosa, y puede obrar en maridos pecadores, y puede transformar matrimonios pecaminosos. El necesario punto de partida es el reconocimiento del patrón de imitación requerido por Dios para el matrimonio. Es crucial que los maridos lleguen a entender que tienen que asumir la responsabilidad completa de la belleza de sus esposas.
La Realidad de la Belleza Física
Tocaremos la importancia de la belleza interior en la sección siguiente. Pero viviendo nosotros en una cultura que está obsesionada con la belleza exterior, los cristianos a veces han reaccionado y pensado que cualquier atención a la belleza física es “mundana”, y que los cristianos deben preocuparse solamente por las cualidades espirituales. También viviendo en una época del igualitarianismo difundido, otros cristianos se han objeccionado a ciertos ideales de la belleza femenina como “injusto.” Ambos enfoques pueden parecer muy espirituales y muy santos, pero en realidad, ninguno es el cristianismo espiritual en absoluto. De un lado, es el menosprecio gnóstico del mundo material; y del otro, es la rebeldía envidiosa contra los designios divinos.
Una consideración breve de muchos pasajes bíblicos demuestra que la belleza femenina es una realidad. Abraham, por ejemplo, tuvo una esposa muy guapa. “Y aconteció que cuando estaba para entrar en Egipto, dijo a Sarai su mujer: He aquí, ahora conozco que eres mujer de hermoso aspecto.” (Gén. 12:11). Y cuando llegaron a Egipto, la reacción de los egipcios demostró que Abraham no estaba imaginando algo no real. “Y aconteció que cuando entró Abram en Egipto, los egipcios vieron que la mujer era hermosa en gran manera.” (Génesis 12:14)
Isaac también se casó con una mujer bella: “Y la doncella era de aspecto muy hermoso, virgen…” (Gén. 24:16). Ella era en realidad tan bella, que Isaac repitió el mismo engaño que hizo Abraham con respecto a su relación como marido y mujer – por su seguridad (Gén. 26:7).
En cuanto a este tema general, los patriarcas sabían lo que hacían: Jacob también amó a una mujer hermosa. Fue engañado a casarse con Lea, pero su primera preferencia fue Raquel. “Y los ojos de Lea eran delicados, pero Raquel era de lindo semblante y de hermoso parecer.” (Gén. 29:17). Esta historia bíblica de la belleza fenomenal de las esposas de Abraham, Isaac, y Jacob será de importancia más adelante cuando lleguemos a la enseñanza de Pedro sobre el tema de la belleza, y las santas mujeres del “otro tiempo.” La belleza que provino de un espíritu afable y apacible no se puede considerar como el equivalente bíblico de tener una “personalidad simpática.” Mas bien se relacionaba con una belleza exterior – una que cautivaba a sus maridos, y a veces, tropezaba a otros.
Dios también se refiere a la belleza femenina de algunas de las cautivas de Israel. Habla de tal manera: “…y vieres entre los cautivos alguna mujer hermosa, y la codiciares, y la tomares para ti por mujer…” (Deut. 21:11).
El historial de la Escritura también nos da un relato de una emparejada tremendamente mala la cual se mencionó antes. Nabal era un bruto que tenía una esposa sinceramente muy buena para él. Abigail era bella e inteligente a la vez. “Y aquel varón se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail. Era aquella mujer de buen entendimiento y de hermosa apariencia, pero el hombre era duro y de malas obras;” (1 Sam. 25:3).
David cayó en adulterio y el encubrimiento de homicidio porque Betsabé era hermosa. “Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa.” (2 Sam. 11:2).
También hay otros ejemplos bíblicos iguales. La hermana de Absalón, Tamar, era hermosa (2 Sam. 14:27). La Escritura está de acuerdo con el gran rey de Persia: la reina Vasti era una mujer hermosa (Ester 1:11). La mujer que la sustituyó, Hadasa o Ester, también era hermosa y de buen parecer (Ester 2:7). Las hijas de Job no solamente eran hermosas, eran más hermosas que todas las mujeres en toda la tierra (Job 42:15). La novia del Cantar de Salomón también es “hermosa… como Tirsa; de desear, como Jerusalén; imponente como ejércitos en orden” (Cant. 6:4). Dios compara a la infiel nación de Israel con una mujer muy hermosa que se deja seducir y apartar por su misma hermosura (Eze. 16).
Quizás todo esto parezca como extendernos sobre lo obvio – “todo el mundo sabe que hay mujeres bonitas” – pero es algo importante para los maridos entender. Cuando los maridos emprenden la responsabilidad asignada de amar a sus esposas de tal manera que ellas crecerán en belleza, tienen que entender que los resultados serán visibles. Esto no quiere decir que, con el marido correcto, todas las mujeres podrán ser igualmente hermosas. Algunas mujeres tienen la ventaja de una mayor hermosura natural, y otras han tenido padres excepcionales – hombres que trataron bien a sus hijas. Pero sí quiere decir, que el hombre que se casa bíblicamente debe esperar que su esposa sea visiblemente más bella en su décimo aniversario – y si ella no lo es, se sabe que él es el responsable. Y como el responsable, tiene que saber de donde comienza la hermosura verdadera.
Hermosura Verdadera
Jesús comparó a los Fariseos a sepulcros bonitos por fuera, que por dentro estaban llenados de corrupción. “¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.” (Mat. 23:27). Desde el principio hasta el fin, la Biblia nos enseña que el varón mira al exterior, mientras Dios mira al corazón. Pero la Escritura no presenta el corazón como lo único digno de la consideración, sino más bien es el punto de comienzo. La verdadera belleza femenina no empieza y termina con el corazón; más bien, comienza con el corazón y termina con un verdadero atavío exterior.
Pues, aunque no debemos aceptar al concepto pagano que solamente lo “espiritual” tiene valor, también debemos guardarnos de la contraria trampa pagana. Esto es la idea que solo lo material y lo exterior tiene valor alguno, y que la belleza espiritual e interior no tiene importancia. A veces, se cree que la mujer nada más tiene que usar la crema hidratante indicada, el maquillaje propio, que vestirse bien, que mantenerse apuesta, y así entonces será hermosa. La Biblia enseña que eso no es necesariamente cierto – una mujer hermosa que no tenga discreción presenta la misma clase de incongruencia que un camello con barra de labios (Prov. 11:22). La Biblia también les prohibe completamente a las mujeres cristianas tomar ese enfoque externo a la belleza.
Por ejemplo, Pablo enseña que las mujeres cristianas “se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos” (1 Tim. 2:9). Lo importante es notar que él no está prohibiendo el atavío; más bien está exigiendo que las mujeres se atavíen de cierta manera. Está prohibiendo cierta clase de pompa ostentosa. En el siglo primero, las mujeres trenzaban su cabello con alhajas, o lo rociaban con polvo de oro. Esta clase de ostentación le repugnaba a Pablo; es hoy día una cosa repugnante, y le fue igualmente repugnante al profeta Isaías. Aparentemente él veía a las hijas de Sión, sin vergüenza, paseando coqueteando. “Asimismo dice Jehová: ‘Por cuanto las hijas de Sión se ensoberbecen, y andan con cuello erguido y los ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies” (Isa. 3:16). Porque eran orgullosas y altaneras en su belleza exterior, el Señor juró que les quitaba el cabello (v. 17), su dignidad (v. 17), su gala (v. 18), los adornos de los pies (v. 18), las rendecillas y las lunetas (v. 18), los pendientes, los brazaletes, y los collares (v. 19), las cofias (v. 20), los atavíos de las piernas y las cintas (v. 20), los frascos de perfume y los amuletos (v. 20), los anillos (v. 21), los adornos de la nariz (v. 21), los vestidos elegantes (v. 22), los mantos y las capas (v. 22), las bolsas (v. 22), los espejos (v. 23), las telas finas (v. 23), las gasas y los tocados (v. 23).
En otras palabras, cuando las mujeres son bellas e impías, su belleza es una provocación al Señor. “Y en lugar de los perfumes aromáticos vendrá hediondez; y cuerda en lugar de cinturón, y cabeza rapada en lugar de la compostura del cabello; y en lugar de ropa de gala ceñimiento de cilicio, y quemadura en vez de hermosura.” (Isa. 3:24). Dios no puede ser burlado; Él odia la hermosura cuando es fea interiormente. Además, causará que lo exterior corresponda con la contaminación interior.
A la inversa, cuando una mujer es bella en su espíritu, su belleza no se puede contener. Hasta encanta a su marido – aún aquellos que no tienen temor de Dios.
Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. (1 Ped. 3:1–6)
Ahora pues, este mansedumbre interior es algo que Pedro le exhorta a las esposas. Pero teniendo en cuenta toda la enseñanza de la Escritura, entendimos que la mujer se fija en esto bajo la vigilancia amorosa de su marido. Mientras él la ama, ella da fruto. Mientras ella da fruto, él se deleita. En ese deleite él la ama más, y ella da más fruto. La esposa debe cooperar completamente, recibiendo ese amor, pero él tiene la responsabilidad de dárselo.
La Cortesía
El marido bíblico ha de intentar cultivar la hermosura de su esposa en todas las cosas, sean cosas grandes o pequeñas. Una área que les parece insignificante a los hombres modernos es la costumbre de la cortesía con respecto a las mujeres. En el libro de Romanos, el apóstol Pablo instruye a todos los cristianos sobre la obligación que tenemos de ser cortés los unos a los otros. “El amor sea sin fingimiento; aborreciendo lo malo, llegandoos á lo bueno; Amandoos los unos á los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra los unos a los otros…” (Rom. 12:9–10 versión antigua).
Pedro también exige que los maridos se comporten con consideración atenta y cortés para con sus esposas. “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.” (1 Ped. 3:7).
Pero los maridos modernos han caído en la trampa de igualar y de reducir. Este reduccionismo se demuestra en la tendencia igualitaria en cuanto a los modales o cortesía. Creen que todo el mundo tiene que ser igual, y todo tiene que ser idéntico. No creemos que es necesario someternos (con señal manifiesta) en ninguna manera a nadie. Por lo tanto, hay mucha gente hoy en día que jamás le han demostrado acción de honor y deferencia a nadie. En tal ambiente cultural, no parece asombroso que muchos maridos nunca han honrado a sus esposas.
Si se le pregunta a un hombre cristiano, diría que sí honra y respeta a su esposa en su corazón. Pero la Biblia no nos exige simplemente a honrar y respetar a otros en nuestros corazones. Nos exige a honrarlos y respetarlos. Claramente el corazón es donde todo debe comenzar, pero si no se demuestra en comportamiento exterior, no es el honor y respeto bíblico. El honor bíblico se debe demostrar en manifestaciones verbales y visibles que vienen del corazón, pues no se mantienen encerrados en el corazón.
Puesto que somos criaturas, y Dios nos ha dividido en diversas naciones y culturas, las señales de respeto y honor que demostramos variarán de cultura a cultura. Evidentemente, no hay problema bíblico ninguno con estas diferencias culturales. Pero no se prescinde tan fácilmente del requisito a honrar. Por ejemplo, los militares británico saludan de otra forma que los militares estadounidenses. La Biblia no nos dice qué tipo de saludo debemos usar, pero sí exige tal cosa como el saludo. La Escritura nos exige a demostrar la deferencia y el respeto. No hay tal cosa como honor o respeto invisible.
Todos somos pecadores y naturalmente bajo la ira de Dios. Pero si Dios nos ha cambiado, esa nueva creación se va a manifestar visiblemente al mundo, así como el hombre viejo se manifestó visiblemente. El marido no puede decir, “A pesar de mi comportamiento, aún honro a mi esposa, aunque nunca lo demuestro.” Los maridos tienen que honrar a sus esposas.
Esta demostración dentro del matrimonio es una actitud que deberíamos observar también en la iglesia:
Y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. (1 Cor. 12:23–25)
La Biblia exige que los fuertes honren y respeten a los débiles. En el mundo, los fuertes abusan de los débiles; pero en la iglesia, los fuertes han de respetar a los débiles. Esto no cambia nada de la línea básica de la autoridad que ha creado Dios. Cabezas de familia deben ser respetados por sus esposas, y es una obligación bíblica que las esposas sean sumisas a sus maridos. La Escritura no está invirtiendo el significado de la fuerza y la debilidad. Pero lo extraordinario del cristianismo es que el honor y el respeto se exigen en ambas direcciones. Es natural que el débil le rinda honor al fuerte. Pero que el fuerte le rinda honor al débil requiere la gracia de Dios.
A través de los años, nuestra cultura ha iniciado unos modos tradicionales de demostrar esta clase de honor. Muchas de estas expresiones de honor se han destruido casi completamente durante los últimos decenios. Demostraciones culturales del honor y el respeto se han desaparecido en gran medida en el mundo contemporáneo. Con respecto al matrimonio, recuperarlas es una responsabilidad bíblica de los maridos cristianos. Esa recuperación quizá sea torpe y dificil, pero será mejor recuperarlas que inventar alguna señal de honor y respeto de la nada. Y aunque han recibido una paliza, todavía hay algunas cosas profundamente establecidas en nuestra cultura, las cuales se pueden recuperar con éxito. Los maridos cristianos tienen que comenzar la recuperación de las costumbres corteces en su relación con sus esposas.
Aquí tocamos el tema de la etiqueta o del amor en las nádires, el amor en las pequeñeces. Los minimalistas dirán, “No importa si el marido le abre la puerta del coche a su esposa.” Por supuesto, en el esquema cósmico, Dios no le ordena a los maridos a que les abran las puertas a sus esposas. Pero, sí les ordena que honren a sus esposas. ¿Y cómo obedecerá el marido a esa orden, mostrándole a su esposa y al mundo que la honra y la respeta, si no en lo que dice y lo que hace?, puesto que la biblia no le dice algún modelo cultural de comportamiento específico.
Esto quiere decir que los hombres deben honrar a sus esposas en maneras palpables. “¡Cómo! ¿Que tengo que caminar al otro lado del coche para abrir las puertas?” Sí, y esto constituye solamente una parte. El tiene que honrarla delante de los niños, e insistir que ellos lo imiten en ese honor. En sus palabras y sus hechos, él debe cubrirla de alabanzas y honrarla en público continuamente (Prov. 31:28).
Esta revolución de modales no comienza exigiendo que los otros que nos deben respeto a nosotros empiecen a mostrarlo. Comenzará cuando nosotros empecemos a mostrar respeto y honor cuando sea necesario. Si se cultiva esta clase de honor, los resultados son hermosos. Forman parte de la cultivación de la belleza y hermosura de su esposa, por cual el marido es responsable. Mucho se ha perdido; nos va a dificultar el volver a las normas de cultura sin sentir alguna incomodidad. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el corazón de la cortesía verdadera es la manera que tratamos a otros. Y el mejor lugar para comenzar a recuperar semejante benevolencia constante, es la manera en que el marido trata a su esposa.
El Amor Romántico
En su libro, La Alegoría del Amor, C.S. Lewis hizo comentarios sobre la tradición del amor romántico en la cultura occidental. Dijo:
Si al principio esta cosa nos escapa, será porque estamos tan acostumbrados a la tradición erótica de Europa moderna que equivocamos el amor por algo natural y universal, y por lo tanto no preguntamos de su origen.… Nos parece …natural que el amor (bajo ciertas condiciones) sea considerado una pasión noble y ennoblecido: sólo es cuando nos imaginamos tratando de explicarle este concepto a Aristóteles, Virgilio, San Pablo, o el escritor de Beowulf, que nos damos cuenta de cuán lejos es de lo natural.
La sección anterior trató de la importancia del amor cortés en el matrimonio cristiano. Se hizo en primer lugar porque la Biblia lo enseña (y que es importante), pero también se hizo como preparación para el campo minado sobre cual caminaremos ahora. Esto es, la enseñanza bíblica sobre el amor romántico.
El amor romántico, así como se sobreentiende comúnmente, es un ídolo moderno de la mente, de las emociones, y del corazón. Porque muchos de los maridos y de las esposas sirven a este ídolo, no se sorprende que les causa gran descontento a los matrimonios, expectativas imposibles, disputas, peleas, y por supuesto, divorcios. La idolatría sucede cuando miramos a la cosa creada con la esperanza de que sea y haga lo que solamente el Dios viviente puede ser y hacer. Esta idolatría en particular es la de confundir la reacción emocional y biológica muy normal (mas transitoria) con el amor duradero y obediente que nos da Cristo.
La cortesía, el honor y el amor visible naturalmente se les exige a los maridos en la Escritura. También se les exige tener ardor y ternura para con sus esposas. Pero aún diciendo esto, nuestro error moderno del amor se pone a manifiesto, porque la reacción muy común a esta manera de expresarse sería, ¿Se exigen? ¿El ardor y la ternura se exigen? ¿Pero no deben ser estas cosas espontáneas y naturales? La respuesta es que no.
Cuando los maridos obedecen a Dios en la manera en que tratan a sus esposas, sus hogares son agradables, y sus esposas se mantienen cuidadas. Pero esta práctica constante del amor sacrificado en el hogar, no es igual al calor inicial que llamamos “enamorarse.” Es una cosa completamente distinta.
Se nos dice, y no solamente por unos pocos, que los cristianos tienen que mantener las “chispas románticas” en sus matrimonios. Si quiere decir que los cristianos deben tener matrimonios buenos, el punto está bien, y no debemos sutilizar sobre palabras. Pero a menudo quiere decir que los cristianos deben esperar y exigir que el mismo nivel e intensidad de emoción romántica inicial se mantenga durante todo el matrimonio, y que si no es así, algo está muy mal.
La debilidad de este concepto se demuestra por dos problemas básicos. El primero es la imposibilidad de mantener la intensidad emocional de “la primera vez” durante el curso de una relación. La relación debe madurarse. Esta madurez significa el crecimiento y mejoramiento, no el murmullo constante del arrebato inicial.
El segundo problema referente es que no considera los diferentes papeles en la naturaleza de la relación que Dios ha incorporado en sus hijos e hijas. La Biblia enseña que los hombres y las mujeres están orientados el uno al otro en forma distinta. “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón. Porque tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.” (1 Cor. 11:8–9). Las preposiciones en estos versículos tienen importancia. La mujer fue creada por causa del varón. El varón no fue creado por causa de la mujer. Pues, Pablo nos habla aquí de la manera en que Dios nos hizo. Sus instrucciones también sobre los deberes de hombres y mujeres están basadas en lo que somos como hombres y mujeres, y en cómo estamos orientados. La orientación fundamental del hombre obediente es su vocación bajo de Dios. En circunstancias normales, no puede realizar su llamamiento solo – necesita ayuda. La orientación fundamental de la mujer obediente es dar esa ayuda. O en otras palabras, la orientación del hombre es hacer su tarea con la ayuda de ella, mientras la orientación de ella es ayudarlo a realizar esta tarea. El está orientado a la tarea, y ella está orientada a él.
Ahora pues, ¿qué tiene que ver todo esto con lo romántico? Cuando un hombre al principio emprende a cortejar una mujer, parece que está orientado de la misma manera que lo está ella. Sin embargo, cortejar y casarse son simplemente su tarea inicial, pero ella supone que su comportamiento refleje una orientación permanente y compartida. Y poco después de casarse, ella se encuentra preguntándose que le ha pasado a él y a toda esa atención romántica que le prestaba. Pero él, habiendo terminado su “tarea” de conseguir una esposa, ahora la está descuidando neciamente, y se ha envuelto en otras tareas.
Ella está descontenta porque se cree que su orientación debe gobernar la relación. El está inconsciente del descontento de ella, porque se cree que la orientación de él debe gobernar la relación. Los dos están equivocados. Ella quiere que él tome mucho más tiempo dedicado directamente a ella. El quiere tomar demasiado tiempo en su trabajo. Ella tiene la suposición tradicional (y empalagosa) que el hombre y la mujer fueron creados por Dios para tener orientación igual el uno al otro – aquél de estar perdidos en mirándose el uno al otro hasta el fundido de la película. Por otro lado, él quiere tomar mucho menos tiempo amándola de lo que requiere la Biblia.
En épocas pasadas, las expectativas masculinas de la relación matrimonial eran las normativas. En estos días, la expectativa femenina es la normativa. Esto no quiere decir que las mujeres reciben lo que esperan, sino simplemente que las expectativas femeninas determinan lo que nuestra cultura en general llama “un matrimonio bueno.” Pero ambas son falsas. Como cristianos, debemos conformarnos al patrón y las normas bíblicas. No nos debe sorprender que la Biblia prohibe tanto la tiranía de las expectativas masculinas, como la usurpación de las expectativas femeninas – y coloca cada conjunto de expectativas en su propio lugar.
Por supuesto, esta verdad no se debe usar por ningún marido cristiano como excusa para descuidar a su esposa y familia. La orientación de ella respecto a él es algo creado por Dios, y es lo que la hace tan capaz de ayudarlo en la tarea que Dios le ha llamado a realizar. Si él la descuida, se está realmente destruyendo a sí mismo. El que ama a su esposa, se ama a sí mismo (Ef. 5:28). Pero es de igual importancia que el hombre no descuide su vocación – lo que Dios le ha llamado a realizar.
Así que el marido y su esposa no han de estar hombro a hombro, marchándose a trabajar en la tarea juntos. Ni tampoco han de estar ellos dos en la casa todo el tiempo, eternamente cara a cara y perpetuamente “enamorados.” Más bien, con el hombre y la mujer igualmente comprendiendo sus respectivos papeles, él mira hacia el futuro y su vocación bajo de Dios, y ella, a su lado, mira hacia él.

Los hombres han de amar a sus esposas como Cristo amó a Su esposa – sacrificándose. Han de hacerlo reconociendo que el amor comprendido bíblicamente, no se refiere al sentimiento ni a la emoción; más bien el amor es una serie de acciones que transforman a ambos. El amor bíblico es eficaz. Los maridos han de amar a sus esposas, reconociendo que les afectará en la esfera del espíritu. Mientras la esposa cultiva un espíritu afable y apacible, se vuelve más bella. El la trata en la manera de Cristo en todo, tanto lo grande como lo pequeño. Ella crece en belleza, y esa belleza es atractiva a su marido. Pero este amor no es igual al enamoramiento que sentían cuando por primera vez se conocieron – no lo puede ser. Es algo mucho más maduro. Por lo tanto, no se debe confundir con el amor romántico; es algo mucho mejor.



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