martes, 11 de febrero de 2014

Una Teología Práctica del Matrimonio

Fundaciones
Un paseo a través de la sección del matrimonio y la familia de la librería cristiana local demuestra fácilmente que los cristianos modernos tienen un interés tremendo en el tema del matrimonio y la familia. Pero este negocio en auge matrimonial (libros, conferencias, seminarios, asesoramiento) es en realidad una señal de enfermedad y no de salud. En un sentido muy verdadero, nuestro interés es morboso, casi patológico. Parecemos un enfermo de cáncer terminal, investigando fervientemente los tratamientos alternativos, con la esperanza vana que algo se pueda hacer. Desesperados por la felicidad de nuestras relaciones, y descontentos con lo que nos ha dado Dios, les estamos implorando a los expertos que nos enseñen la salida.
Dios es el Señor. El es céntrico a la integridad de todo, incluso el matrimonio. Tiene la primicia sobre el cielo y la tierra, y todas sus criaturas tienen la responsabilidad moral de reconocer a esa primicia en todo lo que hacen, incluso en como se casan. El hombre y la mujer que juntos tienen esta orientación, en un lazo de alianza, disfrutan de un matrimonio cristiano. Si niegan o no le hacen caso a esta verdad, lo harán por su propio riesgo. El cristiano maduro entiende que la obligación de todas las criaturas es glorificarle a Dios en todo. Por lo tanto es evidente que tal varón cristiano maduro será también un marido de madurez. Igualmente, la mujer cristiana de madurez será una esposa madura. La madurez en el Señor es una condición previa a la madurez en el matrimonio.
Al estudiar el tema del matrimonio, debemos empezar con la enseñanza bíblica sobre la naturaleza y el carácter de Dios. Cuando lleguemos a entender que El es realmente el Señor, nos volveremos hacia El naturalmente para aprender como se aplica su ley benigna al cimiento y al propósito del matrimonio.
El Pacto
La naturaleza del Dios Trino se presenta en las Escrituras bajo figura de vínculo entre padre y hijo. Dios es el Padre, y Jesucristo su único Hijo. Antes de establecer la fundación de la tierra, el Padre ya había escogido una novia para su Hijo. Esa novia es la iglesia cristiana, los escogidos de Dios. “Y vino a mí uno de los siete ángeles… y habló conmigo, diciendo, ‘Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero.’ Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo de Dios” (Apo. 21:9–10).
Pablo nos enseñó que debemos conscientemente considerar nuestros matrimonios como representaciones menores del matrimonio central, el de Cristo con su iglesia. Esto es un gran misterio, dice él, pero cuando deja el hombre a su padre y a su madre, y se casa con su esposa, hace una declaración con respecto a Cristo y la iglesia. Dependiendo del matrimonio particular, esa declaración se hace mal o se hace bien, pero siempre se hace.
Por lo tanto comprendemos cómo la fundación del matrimonio tiene que ver con pacto. La relación de Dios con nosotros a través de Cristo es una de pacto – es el Nuevo Pacto – y nuestros matrimonios son una pintura de esa verdad. El cimiento de la vida santa matrimonial es la misma para toda la vida santa – en todo debemos buscar la gloria de Dios. Nuestro Dios Trino es un Dios que hace pacto y que guarda pacto, y El ha escogido al matrimonio como uno de los mejores medios por el cual los hombres caídos le puedan glorificar.
Al atacar la naturaleza del matrimonio como pacto, el error del feminismo ha sido muy eficaz. A través de toda la historia de la iglesia, las herejías destructoras se han usado por el Dios soberano para obligar a la iglesia a definir todo lo que no estaba claro. El hereje Marción fue él que provocó a la iglesia para que identificara el canon de la Escritura, el hereje Ario que obligó a la iglesia a que testificara claramente de la plena divinidad del Señor Jesús, y así sucesivamente. Hoy en día el feminismo está proveyendo ese mismo servicio a través de su reto al pacto del matrimonio.
Sin el desafío del error, podemos muy fácilmente dejarnos ir a la deriva, haciendo lo que nos parece “natural” o “tradicional.” Miles sin número hacen unas cuantas cosas porque “simplemente les parecen correctas.” Sin embargo, siempre y cuando que se desafíe esa costumbre, el tradicionalista se queda perplejo. “Bueno, realmente no estoy seguro porqué hago eso.” Considere, por ejemplo, nuestra costumbre de la mujer tomando el apellido de su marido. ¿Por qué lo hacemos? ¿ Por qué es que María Sánchez se vuelve en María Sánchez de López? ¿Lo requiere la Biblia? Algunos se quedarán sorprendidos, pero la Biblia sí enseña que Dios llama al marido y su esposa por el mismo nombre – el del marido. Esto respalda completamente tanto nuestra costumbre de tomar un nombre nuevo como la verdad del pacto que esa costumbre representa.
“Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a la semejanza de Dios lo hizo; varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados” (Gen. 5:1–2). En otras palabras, Dios creó a Adán y a su esposa varón y hembra; los bendijo y los llamó a ellos dos Adán. Desde el principio, ella era participante en el pacto con Dios en nombre de su marido. Dios no la llama Adán a ella sola; la llama Adán junto con él.
Adán se dio cuenta de su falta de una compañera idónea por primera vez después de ponerles nombres a los animales. “Y puso Adán nombres a toda bestia y ave de los cielos y a todo animal del campo: mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces, Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar” (Gén. 2:20–21). Cuando Adán les ponía nombres a los animales, no iba pegando etiquetas al azar. En el mundo antiguo, los nombres eran muy significativos, y representaban la naturaleza y el carácter de todo a lo que se le ponía nombre. Esta significación es muy evidente en las narraciones de Génesis en las cuales se le pone nombre a la esposa de Adán. En ponerle nombres a los animales, Adán no encontró ninguno que pudiera ser ayuda idónea para él.
Después de la creación de su esposa, Adán la recibe, y le pone nombre. “Dijo entonces Adán: ‘Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ésta será llamada Varona [Ishshah, no Eva], porque del Varón [Ish] fue tomada.’ Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Gen. 2:23–24).
Como enseña el versículo 24, Adán e Ishshah fueron una pareja paradigmática o de patrón. No fueron simplemente dos individuos cualquiera. Cuando el Señor Jesús nos enseñó sobre el tema del divorcio, apeló a la ordenanza matrimonial desde la creación que se encuentra en los primeros capítulos de Génesis. Nos enseña que Dios es él que une al hombre y la mujer en matrimonio, y lo que Dios ha unido, el hombre no tiene autoridad para separar. Hay tentación de razonar que en Génesis Dios unió solamente a Adán y Eva – dos individuos como individuos. Pero este razonamiento resiste a la enseñanza de Cristo, quien insistió que Adán y Eva fueron una pareja paradigmática. Cuando Dios los unió a ellos, estaba uniendo a cada hombre y mujer que jamás se han unido sexualmente en un vínculo de pacto.
Hay otros hechos que también son obvios en esta ordenanza matrimonial desde la creación. Porque Dios creó a Adán y Eva, la homosexualidad queda excluida. Porque Adán no encontraba ayuda idónea para él entre los animales, la bestialidad se excluye. Y porque Dios creó solamente una mujer para Adán, el patrón de la monogamia está fijado claramente y demostrado a nosotros. La poligamia que se encuentra entre los santos de Dios en el Antiguo Testamento no cambia nada de esto. La poligamia fue instituida por el hombre, y no por Dios. La primera mención de una unión poligamia fue la de Lamec (Gen. 4:19), y eso sin indicación ninguna de aprobación divina. Pero más importante, la poligamia no está de acuerdo con la ordenanza matrimonial desde la creación, o con la pintura dada en el Nuevo Testamento de Cristo y la iglesia.
Así que, este pasaje de Génesis nos enseña que recibiendo Adán a la mujer, y poniéndole nombre a ella, Dios estableció en el patrón para todos los matrimonios desde entonces adelante. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre…” Pues, en este momento Adán aún no le había dado a su esposa el nombre de Eva. Adán le dio a su esposa dos nombres individuales. El primero fue Ishshah, o Varona, porque del varón fue tomada. El segundo fue Chavvah – portadora de vida, o como se dice en español, Eva. “Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva [Chavvah], por cuanto ella era madre de todos los vivientes.” (Gen. 3:20).
En ambos pasajes donde se le da nombre a ella, se afirma claramente que sus dos nombres revelan verdad acerca de ella. El primero revela su dependencia del hombre – del varón fue tomada. El segundo revela la dependencia del hombre de ella – cada hombre desde entonces es su hijo. Siglos después, el apóstol Pablo nos enseña que hayamos de recordarnos continuamente de estas dos verdades en nuestros matrimonios. Cada esposa es un Ishshah, y cada esposa es una Chavvah. Cada una es Varona, y cada una es Eva.
“Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios” (1 Cor. 11:11–12). Fíjese de que la progresión de enseñanza de Pablo sigue el mismo patrón que se ve en Génesis. La mujer “procede del varón (Ishshah), así también el varón nace de la mujer (Chavvah): pero todo (Adán) procede de Dios”.
Dios fue el que llamó a nuestros primeros padres por el nombre colectivo de Adán. Pues, Adán también es un termino genérico por el hombre o la humanidad. Esto muestra claramente la costumbre bíblica de incluir a las mujeres bajo semejante descripción. Nuestro uso en español del genérico hombre y humanidad sigue este ejemplo bíblico exactamente. Lejos de ser insultante a las mujeres, como lo quieren mantener las feministas, refleja el patrón de razón bíblica. La reacción feminista y su rehuso del tomar un apellido nuevo (¡para quedarse con su apellido paterno!), no es simplemente una tontería. Es la rebeldía fundamental contra Dios. Así cuando la Srta. María Sánchez se convierte en la Sra. Diego López, eso no es simplemente “algo que se hace.” Es el sello y la seguridad del pacto matrimonial.
Con esta estructura para entender el pacto de matrimonio, podemos empezar a considerar los propósitos básicos del matrimonio. La Biblia expone tres razones terrenas y básicas para el matrimonio. Ellas son, cada una a su vez: la necesidad para compañerismo idóneo, la necesidad para descendencia santa, y la evitación de la inmoralidad sexual.
Compañerismo Idóneo y Provechoso
La Biblia nos enseña que Dios puso a Adán en el jardín y le encargó un trabajo para hacer. Pero el hombre fue incapaz de realizar ese trabajo solo. Adán necesitaba ayuda, y la mujer fue creada para suplir su necesidad.
Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. (Gen. 2:19–24)
Deberíamos ver que la conexión entre el trabajo de Adán de ponerle nombre a las bestias y la frase siguiente – “mas para Adán no se halló ayuda idónea para él.” La mentalidad moderna tiende a considerar del “ponerle nombre a las cosas” como una simple cuestión científica de pegar etiquetas. Pero aquí los nombres que Adán les pone a las bestias son apropiados a la naturaleza de cada uno. Como se mencionó más arriba, en el proceso de poner nombre, él se da cuenta de que no ha hallado ayuda idónea – ninguno entre los animales con una naturaleza comparable con la de él. No hubo ninguno que pudiera ser su ayudante.
En el versículo que viene inmediatamente antes de este pasaje, Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo. Durante todo el proceso de la creación, cada vez que terminaba Dios una obra, la declaraba buena. Por supuesto, tal declaración del Creador indica terminación. Pero la afirmación de el Señor que no era bueno que el hombre esté solo es una indicación clara que la creación del hombre estaba aún incompleta. “Y dijo Jehová Dios: ‘No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él’ ” (Gen. 2:18). Adán estaba incompleto porque no tenía compañera, una quien sería ayuda idónea para él.
El Nuevo Testamento aplica esta verdad en una manera interesante. “Y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (1 Cor. 11:9). Como consecuencia del orden de la creación, los hombres y las mujeres están orientados el uno al otro en distinción. Se necesitan uno al otro, pero se necesitan a su forma. El hombre necesita la ayuda; la mujer necesita ayudar. El matrimonio fue creado por Dios para proveer compañerismo en el trabajo del dominio de la tierra. El mandato cultural, el requisito a llenar y a sojuzgar la tierra, aún está vigente, y el marido no puede llevar a cabo su trabajo en aislamiento. El necesita una compañera idónea para él en el trabajo al cual Dios lo ha llamado. El está encargado con el trabajo y debe recibir ayuda de ella. Ella está encargada con el trabajo a través de servirle a él. El está orientado al trabajo, y ella está orientada a él.
Niños Santos
Una de las cosas que el hombre obviamente no puede hacer solo es reproducir, y éste es el segundo propósito del matrimonio. Con respecto a llenar la tierra, lo cual Dios ordenó, un hombre solo está completamente desamparado. Por lo tanto el profeta Malaquías nos dice que otro propósito declarado del matrimonio es la bendición de descendencia santa.
¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. (Mal. 2:15).
Dios nos dice claramente aquí que un propósito del matrimonio es la procreación. Además, si el matrimonio es piadoso, su descendencia también ha de ser santa. Dios declara que desea descendencia santa, y el profeta Malaquías dice, como medio para este fin, la importancia de tratar a las esposas con honor. Si un hombre trata a su esposa en forma traicionera, es obvio que tendrá un efecto negativo sobre los niños. No se dice que los niños santos le dan propósito a la paternidad, más bien que son un propósito del matrimonio.
Protección Sexual
Adán necesitaba una compañera idónea antes de la caída. También antes de la caída, era incapaz de multiplicar descendientes solo. Por lo tanto, los primeros dos propósitos del matrimonio que se mencionan más arriba no son relacionados con la presencia del pecado. Pero la tercera razón que los cristianos deben casarse sí está conectada con la presencia del pecado y la tentación. El apóstol Pablo lo declara de esta manera:
Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. (1 Cor. 7:2–3).
Vivimos en un mundo caído, y por consecuencia, los cristianos frecuentemente luchan contra las tentaciones del mal, deseo, fornicación, y adulterio. La Biblia no enseña que tales tentaciones siempre se van fácilmente a través de un proceso misterioso de “confiar en Dios.” En realidad, la lucha contra los pecados sexuales les parece a muchos, más como sudar balas que “asoltar y dejárselo a Dios.” La Biblia nos enseña que esta experiencia no nos debe sorprender. Pedro dice que debemos de abstenernos “de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Pablo usa semejantes imágenes violentas cuando dice que los cristianos deben de darle muerte a sus “miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, malicia, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5).
Ahora Dios ha provisto una ayuda muy práctica para los cristianos mientras luchan contra la tentación sexual; esa ayuda se llama actividad sexual. Para que la pareja tenga protección suficiente, las relaciones sexuales conyugales no deben ser infrecuentes. Es necesario que haya protección frecuente, particularmente para el marido. A la misma vez, el beneficio de las relaciones sexuales no se deben medir simplemente en términos de frecuencia o cantidad. Es necesario que haya protección cualitativa, particularmente para el beneficio de la esposa.

Si las parejas cristianas llegan a entender que el objetivo final de su matrimonio es glorificar a Dios, han tomado un primer paso importante. Luego, si ellas buscan a definir los objetivos secundarios de su unión como se definen en la Escritura, estarán capacitadas para inculcar la instrucción bíblica con respecto a la actitud que deben tener sobre el matrimonio, y para recibir instrucción general y particular en la Palabra de Dios con respecto a sus papeles y deberes en el hogar.



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