martes, 11 de marzo de 2014

Misceláneas Tentaciones (parte 1 de 3)

El Síndrome del Tipo Simpático
María cree que el hombre con quien se casó es un tipo muy simpático, así que ella no sabe exactamente por qué se siente tan frustrada con él. Cada vez que se enfada con él, se siente culpable – no por causa del enojo, sino porque ello no tiene ningún motivo aparente. Ella se siente profundamente descontenta, y sin embargo le parece que nadie le podrá explicar por qué se siente tan frustrada. ¿Cómo podrían otros entenderlo, cuando ella no lo entiende? ¿Por qué será que se siente tan enfadada con un tipo tan simpático?
En el mundo cristiano de hoy en día, incontables matrimonios realmente no han sido consumados espiritualmente. Se ha hecho el pacto matrimonial, y se ha realizado consumación física, pero el matrimonio aún no está bien. No está bien porque ningún matrimonio se puede consumar espiritualmente si el marido se comporta como un eunuco espiritual. Tal eunuco es uno que está impotente de su masculinidad – algo que se distingue de ser varón, lo cual es algo simplemente biológico.
Cuando el marido tiene este problema, el resultado para la esposa es una tentación a la frustración profundamente arraigada y rencorosa. Cuando ella cede a esa tentación, los síntomas de la frustración se pueden manifestar de varias maneras, pequeñas y grandes. Algunas de las manifestaciones más grandes pueden incluir la glotonería y la borrachera.
Lo irónico es que tales eunucos espirituales casi siempre son tipos simpáticos. Y como los síntomas de este abandonamiento espiritual aparecen evidentemente en la esposa, el mundo observante normalmente se pregunta “¿Qué le ha pasado a ella?” Por consiguiente, ella se siente aún más frustrada y resentida. Hay más que suficiente ejemplos de este modelo para darle un nombre – el Síndrome del Tipo Simpático.
Ahora pues, por supuesto es importante definir esto. No todos los maridos con esposas agitadas son “tipos simpáticos.” La Biblia aconseja a los hombres que no sean ásperos con sus esposas (Col. 3:19). Pero este Síndrome del Tipo Severo no es difícil de identificar; cuando una mujer tiene un hombre que la trata como a una zapatilla, no hay misterio de por qué ella está infeliz. Este capítulo se trata de aquellas situaciones en que la mujer se siente completamente frustrada en el matrimonio con un hombre simpático – y por consiguiente está confundida.
Innumerables hombres cristianos simpáticos tienen esposas en esta condición de frustración continua. Y entre más frustrada que se sienta la esposa, más simpático trata de ser el marido. Desafortunadamente, esta “simpatía” no es la bondad bíblica. No es el amor de que se habla más arriba; es abdicación, o ser un “pelele”. De vez en cuando, la situación se vuelve demasiado molesta aún para él, y se pone furioso a causa de la frustración de ella. Pero él sabe que eso está mal, y por consiguiente se disculpa, y regresa a su costumbre de consentir los caprichos de su esposa, en vez de amarla mediante la jefatura.
Como enseña Pedro, las mujeres deben entender que están dirigidas por un señor. “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotros habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.” (1 Pedro 3:6). Lamentablemente, muchas mujeres son dirigidas (si a esto se le puede llamar dirección) por hombres que lucen como nada más que “disculpas” caminantes, hablantes, vivientes y respirantes. ¿A cuántas mujeres cristianas hoy en día se les puede considerar como hijas de Abraham? ¿Cuántas de ellas se pudieran imaginar diciendo a sus maridos señor sin reírse? ¿El? Pero un marido es uno que cultiva el respeto con autoridad.
Pues, huelga decir que esa autoridad se debe ejercer por el hombre, con la disposición semejante a Cristo para servir. No debe ejercer su autoridad en una manera egoísta. Pero la tiene que ejercer; él es marido. Es una tragedia que en nuestra cultura, la palabra marido no se entiende más que un varón enlazado legalmente (por unos pocos años) a una hembra particular. Pero la palabra trata de mucho más. Ser marido es administración cuidadosa de recursos – es mayordomía. Y cuando un varón se responsabiliza de casar con una mujer, debe entender que no lo puede hacer a menos que se comporte con autoridad.
El debe actuar como uno que tiene todo derecho a estar donde está. El es señor del jardín, y ha sido ordenado por Dios a atenderse a que ese jardín dé mucho fruto. Eso no se puede realizar por “haraganear” en el jardín, siendo simpático. El jardín se tiene que administrar, y gobernar, y mantener, y cultivar. Para muchos de los maridos, esto es un concepto extraño; ellos seguramente pasan todo su tiempo en el jardín, disfrutando de cualquier fruto que por casualidad crece allí, pero siempre tienen el aspecto furtivo de uno que es culpable de haberle entrado ilegalmente.
Para tener un jardín lleno de maleza, no se necesita cultivo. Y para tener una esposa llena de frustración, tampoco hay necesidad de hacer nada. Lo único que un hombre tiene que hacer es dejarla sola. Y los tipos simpáticos son expertos en dejar sus esposas solas.
El hombre severo entra al jardín para pisotear todo. Tiene una presencia destructora. Trágicamente, hay hombres que corresponden a esta descripción. Pero en la iglesia cristiana de hoy, muchos más tienen el problema contrario. Estos no hacen nada directamente destructivo, pero haraganean mirando mientras crece la maleza. Están inseguros de su derecho de estar allí, y al empezar a arrancar esa maleza significará que han asumido alguna responsabilidad de la condición del jardín – ¡ay! mejor no hacer eso. Tal abdicación es abdicación de mayordomía; es abdicación de cultivo. Y la esposa se siente frustrada porque tiene un marido en nombre, pero es eunuco espiritual.
Algunos hombres objetarán diciendo que sus esposas exigen que las dejen en paz, y por eso simplemente buscan respetar el deseo de sus esposas. A esto se le puede dar dos contestaciones. Primera, sea o no que la esposa exige que la deje en paz, eso no cambia el mandato de Cristo que exige que a ella no se le deje sola. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” (Ef. 5:25). La cabeza del hombre es Cristo. Y Cristo ha mandado a los maridos que lo imiten a El – y esto exige un amor que no se marcha, y que no haraganea. Segunda, las esposas se tienen que dirigir con una mano firme. A menudo ellas ponen a prueba a sus maridos en alguna cosa, y son profundamente desilusionadas (y frustradas) si él se rinde. Es crítico que el marido le de a su esposa lo que la Biblia dice que ella necesita, y no lo que ella dice que necesita.
Así pues el marido piadoso es un señor piadoso. La mujer que entiende esta verdad bíblica y dice marido a cierto hombre, también le está diciendo señor. Lo trágico es que la abdicación total de parte de los hombres modernos ha hecho la idea del señorío en el hogar una cosa tan ridícula. El hombre no puede progresar solamente con buenas intenciones. No puede progresar simplemente con una conducta simpática. No puede progresar con una disposición afable. No puede progresar con la buena reputación que tiene en la iglesia o en el vecindario de ser un buen tipo. En un mundo de eunucos espirituales, es bueno hallar a un hombre que es más que simplemente macho.
Así pues, esta es la naturaleza del problema: muchos varones cristianos son tipos simpáticos, pero no proveen la fuerza de jefatura que Dios exige y que sus esposas necesitan. “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón; y el varón es la cabeza de la mujer; y Dios la cabeza de Cristo.” (1 Cor. 11:3).
Pero la diagnosis del problema no es lo mismo que resolverlo. Muchos maridos pueden entender fácilmente que abdican el liderazgo y la mayordomía en una manera que no deben, pero no saben precisamente lo que hacer. La primera cosa que hacer es confesar el problema general a Dios como pecado. Dios ha establecido la clase de gobierno en la familia, y nosotros no tenemos la autoridad para cambiar o modificar lo que El ha hecho. No importa si el cambio se hizo deliberadamente por rebelión, o si se hizo sencillamente por debilidad. Se tiene que confesar si no está conforme con el patrón que Dios ha establecido.
La segunda cosa es identificar áreas específicas de abdicación. Cuando se identifiquen, también se lo tiene que confesar como pecado. Algunos ejemplos específicos se dan más abajo, pero son sólo ejemplos. De ningún modo se debe considerar esta lista como completa:
· Cuando la esposa pide consejos: Hay muchas ocasiones cuando la esposa se siente en apuros con respecto a alguna dificultad, y viene a su marido y le dice, “¿Qué debo hacer?” El marido que abdica su responsabilidad le dirá, que a él no le importa y que ella debe hacer lo que quiera. Pero cuando una esposa pide consejos de su marido, siempre debe recibir los consejos. Cuando ella viene a su marido y le pide una decisión, él siempre debe tomar una decisión.
Cuando una mujer viene a mi esposa a pedir consejos, una de las cosas que ella le pregunta generalmente es, si su marido sabe y ha aprobado de que ella esté buscando este consejo. Y cuando están hablando sobre lo que les preocupe a las mujeres, a menudo mi esposa les pregunta lo que dice su marido sobre ello. Regularmente ha oído tales cosas como, “El me dijo que la decisión era mía.” Y esta clase de abdicación no está limitada a cosas triviales – ha incluido cuestiones de importancia vital, como el uso del control de la natalidad.
· Yo lo intenté una vez: Los maridos que están dispuestos a abdicar se defenderían de la manera siguiente: “Una vez mi esposa hizo esto. Me vino para que yo tomara una decisión, y yo tomé la decisión. Pero luego, ella la resistió. Yo concluía que ella realmente no quería mi decisión, así pues dejé el asunto como estaba.” Esto es un error fácil de cometer, pero un error no obstante. En esta situación la esposa no necesita que él simplemente tome una decisión; necesita que él tome una decisión firme.
A menudo las esposas quieren que sus maridos tomen jefatura en el hogar. Así pues, les piden una decisión, y el marido toma una decisión. Pero luego, la esposa se pone a pensar si esa decisión era una a la cual su marido se ha comprometido realmente, o si es una que él tomó solamente para callarla a ella. Así pues, ella resiste la decisión. A veces, no es porque rechaza su jefatura, sino porque ella quiere asegurarse de que él está ejerciendo una jefatura verdadera. Si entonces él se derrumba, ella entiende que él realmente no tomó ninguna decisión.
· Te lo dije: Supongamos que se tiene que tomar una decisión, y el marido y su esposa difieren en opiniones. Después de discutirlo, el marido abdica, y ellos hacen lo que la esposa quería hacer. Supongamos además que de consecuencia todo les sale mal. La abdicación del marido se puede ver en su reacción al desastre. Si dice (o piensa), “Mira lo que ha pasado por hacerlo ‘de tu manera,’ ” entonces demuestra que él ha abdicado su jefatura.
Ahora bien, un marido piadoso podrá decidir, después de tomar en cuenta las preocupaciones de su esposa, a hacer todo “de la manera de ella.” Pero en un hogar piadoso, tan pronto como él hace esto, se vuelve la decisión de él. El se responsabiliza completamente de ella. Una vez que se toma la decisión, esa decisión es suya. Si su esposa trata de echarse la culpa de como resultaron las cosas, él debe impedirla – “No, mi amor. Esto lo hice yo.” Puede que era la idea de ella en la discusión, pero en el hogar bíblico, la idea de hacerlo fue la de él.
· Haciendo su propia cosa: Algunos maridos dispuestos a abdicar pensarán que son decisivos porque hacen sus decisiones y acciones sin consultar con sus esposas en absoluto. “¿Que compraste qué?” Tal cosa está demasiado lejos de la jefatura bíblica; si piensa que hace bien con alguna cosa, el marido piadoso no huye de discutirlo con su esposa antes de hacerla. Cuando el marido actúa sin consultar con su esposa, es comúnmente porque reconoce que ella tiene derecho de veto en el hogar. Y puesto que esta cosa en particular es algo que él realmente quiere hacer, la hace sin dejarle saber a ella antes. Eso no es jefatura; eso es abdicación egoísta.
¿Cómo puede un hombre escaparse de este modelo? Ya hemos demostrado la importancia de confesar el problema como pecado. Mientras el problema se atribuye a nada más que diferencias de personalidad, o excusado como diferentes orígenes culturales entre marido y esposa, el problema permanecerá. Pero un hombre que no ha sido el jefe de su hogar tiene que confesar su abdicación como pecado – tiene que tratarlo igual que trataría el robo o el adulterio. Es desobediencia.
Al confesar todo pecado reconocido que esté relacionado con el problema, el próximo paso es analizar y orar concerniente al problema. El marido responsable debe preparar una lista con dos categorías.
La primera categoría debe enlistar todas las áreas en la casa en que suceden cosas contrarias a los deseos expresados del marido. Por ejemplo, supongamos que él ha dicho en varias ocasiones, que cree que los niños no deben mirar la televisión. Ellos miran la televisión de todos modos, así pues él debe incluir eso en la lista. Si él expresa que su esposa no debe pedir tanto consejo a su padre, pero ella se empeña en eso, entonces se debe incluir en la lista. Así, él incluye aquellas áreas en que sus decisiones no se respetan.
La segunda categoría debe ser una lista de todas aquellas áreas en que las acciones en la casa suceden por causa de la ausencia de jefatura de parte de él. Supongamos que la esposa establece las normas de la disciplina para los niños, pero sin querer – ella le ha pedido a él repetidas veces por su consejo, y él solamente le ha dicho, “No sé. Me parece que tu lo estás haciendo bien.” Supongamos que ella le ha pedido tiempo en la Palabra juntos, pero él nunca parece tener tiempo para ello. También debe incluir eso en la lista.
Mientras organiza esta lista, él debe ponerse concienzudo. La primera categoría contendrá aquellas áreas de la vida familiar en que su jefatura no se respeta. La segunda categoría incluirá todas aquellas áreas en que su jefatura nunca se ejerció. Mientras piensa sobre su lista, debe recordar de nuevo su necesidad de perdón. Debe darle gracias a Dios por Su gracia a los pecadores, y fiarse del hecho de que Dios nos ha concedido la justicia perfecta de Su Hijo.
Es importante no permitir que su lista se convierta en una lista de quejas contra su esposa. El motivo no es salir del pecado de la abdicación, para entrar luego en el pecado de la amargura y el resentimiento. El marido es el culpable que abdicó su jefatura, y ahora simplemente está identificando aquellas áreas específicas que se tienen que corregir.
Al terminar la lista, él debe orar por ella varios días. Durante este tiempo, quizás se hallará añadiendo o quitando cosas. Así, tomando el tiempo para hacer esto, evitará una confrontación irreflexiva o poco atinada con su esposa. Cuando tenga confianza de que la lista describe el problema precisamente, él debe sentarse con su esposa y hablar con ella. Probablemente tendrá que reservar unas cuantas horas para poder discutir a fondo el problema con ella. Si tienen hijos mayores (adolescentes), quizá será necesario sentarse con ellos en una manera semejante.
El debe decirle a su esposa que ha confesado su pecado de abdicación a Dios, y que quiere pedirle perdón a ella también. No debe atacarla o culparla. La conducta debería ser una de humildad. El ha sido injusto con ella, y ahora tiene que hacer enmienda. Si ella también ha pecado en el asunto (como es probable), él todavía no es capaz de servir como el que corrige (Gál. 6:1).
Deberían examinar la lista juntos. La parte más importante es la categoría en que las decisiones o los deseos expresados no se respetaron, y el marido no hizo nada para corregirlo. El debe pedirle a ella perdón y su ayuda mientras trata de corregir el pecado. Al terminar, deberían orar juntos.
Al hacer esto, es muy probable que tanto el marido como la esposa se sentirán mucho mejor. Pero el problema no se ha solucionado todavía. Dentro de una semana, el marido debe escoger de la lista, una de las áreas de menos importancia en que han tenido problemas. Luego, debe tomar una decisión sobre aquello. Si la costumbre antigua de no hacerle caso se empieza a manifestar, él debe tomarle aparte a su esposa y reconvenirle de que no quiere volver a caer en su costumbre anterior de abdicación. Ocurra lo que ocurra, no debe cambiar su decisión. Si su esposa se enfada, él no debe echarse atrás. Si ella explica que ésta situación es diferente porque… él no debe de cambiar su decisión. Esto es crucial.
Por supuesto, él debe prepararse suficientemente en reflexión y oración ante esta decisión para asegurar que su decisión no sea necia o egoísta. Pero aún si su decisión no fue la mejor posible, la cuestión en sí no es su capacidad para hacer la decisión perfecta, sino su derecho y responsabilidad para tomarla. El asunto de que se trata es la recuperación de jefatura piadosa en el hogar.
La razón por la cual él debe comenzar con una cuestión de relativamente poco importancia es sencilla. Si uno fuera a empezar el ejercicio de pesas, no empezaría con todos los pesos del gimnasio sobre la barra. Si uno fuera a empezar a correr, no lo haría corriendo veinticinco kilómetros. Tales cosas aseguran el fracaso, y uno se desanima de hacer intentos futuros. Lo mismo vale con esto. El marido sencillamente está quitándose una mala costumbre. Esto será difícil sin todas las complicaciones adicionales que resultan por una decisión mayor. Por lo tanto, él debe comenzar con la cuestión de cual restaurante visitarán esa tarde, y no con la de vender la casa y mudarse al Yukon.
Y cuando ha tomado una decisión con éxito, tiene que tomar otra. Está aprendiendo a ejercer jefatura, y pronto descubrirá que es como aprender a caminar – se hace poco a poco.


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