martes, 25 de marzo de 2014

Misceláneas Tentaciones (parte 3 de 3)

La Pornografía
Uno de los problemas principales con la pornografía es el daño que esta ha causado mediante sus mentiras con respecto a la sexualidad. La mentira central en la pornografía es que dice que los hombres y las mujeres tienen cuerpos diferentes pero cerebros iguales. Dice que las mujeres son tan ávidas del sexo como los hombres, y lo consideran de la misma manera que ellos. Esto es la mentira central de la pornografía. En su libro, Los Cuatro Amores, C.S. Lewis dice que cuando un hombre esclavizado por la lascivia, dice que desea a una mujer, eso es realmente lo menos que desea. El no realmente desea una mujer, sino una cierta sensación sexual de la cual una mujer es el aparato necesario. Si lo que deseaba en realidad fuera una mujer, pues también desearía una casa con jardín, unas cortinas, tres niños, y el resto de su vida con esta misma mujer. El hombre dominado por la lujuria meramente desea una compañera sexual, dispuesta a fingir que no es mujer mentalmente y emocionalmente. Por ejemplo, una prostituta obviamente se comporta como hembra, pero tiene que repudiar su feminidad. Por la razón que sea, ella está dispuesta a fingir que no es mujer por dentro.
Si fuéramos a entrevistar a mil hombres promiscuos, encontraríamos que hay mil hombres con falta de dominio propio con respecto a la lujuria sexual. Sin embargo, si fuéramos a hacer lo mismo con mil mujeres promiscuas, no encontraríamos mil mujeres con el problema de la lujuria, sino con el problema de la falta de seguridad. Por lo general, ellas no buscan gran satisfacción sexual, sino seguridad emocional.
Cuando yo era niño, nuestra familia fue a visitar algunos amigos de mis padres. Mientras volvíamos a casa de noche, mi padre le dijo a mi madre que estos amigos suyos iban a tener problemas serios con la hija cuando ella se hiciera mayor, es decir problemas con los varones. Lo dijo porque tan pronto como se sentaba en su hogar, la jovencita se le echaba encima. Tristemente, esa profecía se cumplió. Si un varón extraño entra un hogar y la niña se le sienta en sus rodillas, algo anda mal. Esa niña tiene un gran hueco en su vida – tiene necesidad de atención masculina – lo cual su Padre no está satisfaciendo. Ella tiene sed de atenciones masculinas, y cuando llegue a la adolescencia, descubrirá de pronto que ahora tiene una mercancía con la cual puede negociar, y va a sentirse tentada a usarla. Esto es porque todavía tiene necesidad de seguridad, y también un vacío que aún se tiene que satisfacer con atenciones masculinas. Ahora, los varones de pronto le están prestando atenciones. Antes, como niña, ella era una pesadez, yendo detrás de los varones; ahora van ellos detrás de ella. Por supuesto, ellos vienen buscando una cosa, mientras ella busca otra. Consecuentemente, hacen un intercambio que no les hace feliz, ni al uno ni a la otra.
La Crítica
En conversaciones matrimoniales, tales palabras como “nunca” y “siempre” son palabras de ataque. Supongamos que la esposa le dice a su marido que ella se siente como si estuviera llevando el hogar sola, mientras él se queda sentado, leyendo el periódico. Si ella le empieza a gritar, pues van a tener una pelea. Pero si ella expresa sus preocupaciones sin usar palabras acusatorias tales como “siempre” y “nunca”, él estará mucho más dispuesto a responder de una manera piadosa. La Biblia nos exige que seamos prontos para oír, y tardos para hablar. En este caso, si el marido hace eso, ya está para resolver una situación potencialmente peligrosa.
La mayoría de nosotros necesitamos la práctica para ser prontos para oír. Supongamos que la esposa presenta su preocupación, y lo hace sin contiendas. Si el marido responde defendiéndose (teniendo razón o no, da lo mismo), entonces probablemente no se está poniendo pronto para oír. Pero si la escucha a ella, y luego dice algo como, “Déjame entenderte. Tú piensas que…” Resulta que después de eso, responda él como sea, ella por lo menos sabrá que él oyó y que la entendió. Esto es obedecer el mandamiento a ser rápido para oír.
Oír de esta manera trae dos beneficios. El primer beneficio es que ayuda a eliminar un problema posible. Es difícil pelear con alguien que nos está escuchando comprensivamente. Segundo, cuando esto se hace, es difícil que la otra persona caiga en alguna acusación de “nunca”, tal como “Tú nunca oyes lo que te tengo que decir.”
Los maridos y las esposas tienen problemas entendiéndose el uno al otro por la misma razón que tienen otras gentes – no se escuchan uno al otro. “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse;” (Stg. 1:19) La Biblia nos exige a considerar muy importante la escucha. Un modo eficaz para disciplinarse al respeto, es repetir lo que se ha dicho por la otra persona. Esto asegura a la otra persona que en verdad estuviéramos escuchando. Esto es importante especialmente para los hombres, porque generalmente son peores en comunicarse con sus esposas de lo que se debe. Las mujeres se interesan mucho más en comunicarse con sus maridos, y son normalmente superiores en ello que los hombres, aunque ellas también tienen sus problemas. Los hombres, por más diestros que sean en la análisis, a menudo no entienden lo que dice la mujer. Tal vez ellos tendrán que repetir dos o tres veces, lo que ha dicho ella, antes de que pueda decir, “Sí, correcto”.
Cuando uno ofrece una crítica, es difícil ser pronto para oír, y tardo para hablar. A menudo el que critica desea una respuesta inmediata, pero por lo general, no es prudente ofrecérsela, porque la respuesta tendrá tendencia a ser defensiva y no objetiva. Supongamos que la esposa tiene una preocupación básica sobre la disciplina de los niños. (“Me siento como si los estoy criando yo sola.”) Ella se lo expresa a su marido, y entonces él se lo repite a ella. Así pues, o él es culpable, o es inocente. Si es culpable, pues puede ser que el Señor le hable a su conciencia inmediatamente – él debe reconocer el problema inmediatamente. Pero si es inocente, no debe defender su inocencia en tal momento. En su lugar, debe ser tardo a responder y tardo a defenderse.
Pero si el marido tiene una defensa razonable, lo último que debe hacer es presentársela en este momento. Debe mostrar que él entiende lo que son las preocupaciones de ella, repetir cada una, y luego decir que quiere discutir el asunto más tarde. Requerirá más tiempo para pensarlo y orar sobre ello. Luego, si concluye que su esposa está equivocada, ha de hacerlo cuidadosamente y con oración, tomando el debido tiempo. Si es obvio que ella tiene razón, eso se debe reconocer inmediatamente. De cualquier modo se evita la disputa.
El objetivo no es ganar la discusión, sino sostener la relación. Cuando el marido gana 15 a 3 en disputas entre marido y esposa, los dos pierden. Pero si esas disputas se evitan, hay buena probabilidad que los dos llegarán a darse cuenta de la legitimidad de las dos perspectivas, tanto masculinas como femeninas, y de que el equilibrio se halla en el medio.
Los recién casados se imaginan a menudo que ser cercanos e íntimos supone compartir todo lo que por casualidad les entra a la mente, incluso sus tentaciones. Nada resultará en dar vueltas como esto de compartir las tentaciones. Si uno de ellos se siente tentado a pecar, y lo confiesa al otro, pues eso le presenta tentación a éste. Estar tentado no es pecado. No es necesario disculparse de cualquier pensamiento que por casualidad se le ocurre a uno. Si los matrimonios comienzan la rutina de confesar las tentaciones, comenzarán tremenda caza.
De otro lado, se podría compartir una tentación, con tal que la otra persona no la está causando actualmente. Supongamos que cada vez que el marido tira sus calcetines en medio de la sala, la esposa está tentada a enojarse. Si él lo acaba de hacer, y su esposa ve ello, ese no es el momento para decir nada. Sin embargo, hay otra línea de acción que la esposa puede tomar. Poco tiempo después, ella podría decir, “Mi amor, ¿te puedo hablar sobre algo que es una tentación para mí?” Y entonces él le da permiso, lo cual quiere decir que le ha pedido su opinión. Ella entonces le dice, “Esto no es una tentación en este momento, pero sí que me preocupa”. No hay mejor manera de convertir la tentación al pecado, como compartir tentación en el momento de la tentación.
Los Celos
Los maridos cristianos han de imitar el amor del Señor para Su pueblo en la manera que tratan a sus esposas. Por supuesto, hemos de hacerlo en todos los aspectos. Pero el camino de esta imitación no será siempre previsible. De vez en cuando nos va a dirigir en caminos que no habíamos supuesto.
“Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.” (Ex. 34:14). El Señor que servimos se llama Celoso; y no sólo exige que Su pueblo se abstenga del adulterio espiritual, sino que también se abstengan de los flirteos y coqueteos “inocentes”. El no tiene tolerancia hacia la infidelidad de cualquier forma. El es celoso.
El apóstol Pablo usa el ejemplo de celos en el contexto del matrimonio como imagen de la iglesia. “Pues que os celo con celo de Dios; porque os he desposado con un solo marido, para presentaros como una virgen pura a Cristo.” (2 Cor. 11:2) La figura es noble; no evoca imágenes de un apóstol envidioso, tratando irracionalmente y a hurtadillas de “controlar” o “manipular” a los corintios.
Muy fácilmente nos podemos probar para ver si entendemos el valor positivo de los celos. Supongamos que un hombre joven estuvo prometido a una señorita, y luego descubrió que ella no era virgen. Esto era importante para él; así que, después de mucha oración, rompió el compromiso. Si tomamos la actitud: “¡Que idiota!” o “¡A que él mismo no es ningún virgen!” o algo comparable, tenemos un problema serio. Hemos caído en la trampa de creer que, mientras la virginidad es buena, eso no quiere decir necesariamente que no ser virgen es malo.
Por supuesto, el joven no está obligado a romper el compromiso. Pero si lo hace, y luego empezamos a culparlo a él, meramente demostramos que no entendemos la razón por la cual la Biblia califica a José como hombre justo (Mat. 1:19).
Es cierto que la virtud de los celos se puede desvirtuar como cualquier otra cosa. El amor puede dejar de ser amor a través de la indulgencia. El mando puede dejar de ser mando a través de la tiranía. El trabajo puede dejar de ser trabajo a través del bullicio. Este es un mundo caído, y todo en ello se puede corromper, incluso la necesidad piadosa del celo.
Así pues, ¿cómo es que los celos se desvían a extremos? Volveremos a nuestro ejemplo del joven de antes. Supongamos que él decidió que sí querría casarse con la señorita, y se casaron. Supongamos además que la historia sexual anterior de ésta no le molestó a él durante el noviazgo, pero al poco después de que se casaron, él se puso muy obsesionado por el tema de la previa fornicación de su mujer. Quiere saber nombres, quiere saber detalles, quiere saber de sus actitudes para con él, y así. La acosa a ella continuamente por detalles, y como dijo Churchill en su caracterización del fanático, no puede cambiar la mente, y no quiere cambiar el tema.
La tentación podría ser dejarlo por perdido. Esto no es a causa de que nuestro mundo sostiene una gran opinión del perdón, sino una opinión evidentemente floja del pecado. Tenemos que entender que el problema de aquel marido no es que toma muy en serio el pecado previo de su mujer. Eso, en sí mismo, es bueno. Su problema es que se toma a sí mismo demasiado seriamente. El pecado sucedió en el pasado, antes de que él llegó a ser su marido, y el único que puede tratar del pasado es nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Los maridos no son capaces de proteger a sus esposas contra el pasado. Sólo Dios puede perdonar el pecado.
Lo irónico es esto: al tratar de protegerla contra el pasado (lo que él no puede hacer), la está dejando sin protección en el presente. Los celos piadosos de un marido buscan proteger a la mujer ahora. Pero la única protección que tal esposa necesita en este momento es una contra el marido irracional. Por lo tanto, los celos retroactivos son malos, no porque se trata de los celos, sino porque un hombre finito está buscando arreglar lo que no tiene capacidad de arreglar. A causa de ello, la pobre mujer se queda en una situación de profunda inseguridad. Por contraste, los celos piadosos dan seguridad. Son constructivos, porque defienden y la protegen a ella que tiene necesidad de la misma protección.
Los celos bíblicos nos ayudan a entender el valor de la sumisión. La Biblia enseña que la esposa debe sujetarse a su propio marido. No enseña que una mujer debe sujetarse a los hombres en general. Es cierto que cuando las esposas son sumisas a sus propios maridos, ello será evidente en la cultura por lo general, tanto en la sociedad como en la iglesia. Pero una de las cosas más evidente en la enseñanza de la Biblia es que la sumisión a un solo hombre excluye la sumisión a otros hombres. Cristo nos enseño que nadie puede servir a dos amos; la misma verdad se aplica a las mujeres. La sumisión a cierto hombre significa libertad de la sumisión a innumerables otros hombres.
Así pues, cuando un hombre está celoso de su esposa en una manera bíblica, la está protegiendo de la sumisión a otros hombres. Cuando una hija tiene a un padre que está celoso de su pureza, él estará velando por el bienestar de su hija. Y cuando tal padre da su hija en matrimonio a un hombre digno de tomarla como esposa, el nuevo marido le promete a ese padre que va a ser igualmente celoso. Así que, cuando una mujer piadosa se somete a su marido, está liberada a través de la protección de un varón piadoso.

El hecho de que esta verdad enfurezca a las feministas no nos debe molestar en absoluto. Las mujeres inevitablemente tienen necesidad de tal protección; la única diferencia entre las feministas y los cristianos es que los cristianos ponen la obligación de la protección sobre los padres y los maridos, mientras las feministas ponen la obligación de la protección sobre varios organismos del gobierno federal, los cuales son dominados por varones. La lección ha de ser muy clara. Los hombres cristianos están llamados a cultivar la virtud bíblica de los celos.


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