lunes, 10 de marzo de 2014

Principios básicos para hacer negocios (parte 1 de 6)

1. Refleje a Cristo en su práctica comercial
Déjeme advertirle de frente, que si se decide a adoptar este principio en sus negocios le costará dinero. Vivimos en una sociedad que prospera gracias al engaño y a los contratos fraudulentos. Cualquiera que desee operar de la manera que complazca a Cristo se enfrentará a muchas situaciones que le causáran sufrimiento.

Tome por ejemplo la práctica de la honestidad total. Proverbios 3:32 dice: «Porque Jehová abomina al perverso; mas su comunión íntima es con los justos». Más adelante señala: «Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios» (Proverbios 4:24). Ambos versífculos reflejan este mismo principio: La honestidad se premia y la deshonestidad se castiga. Si la cuestión fuera entre robar y no robar, la mayoría del pueblo de Dios no tendría problemas en obedecerlo. Pero en las situaciones reales de la vida, las cosas se vuelven un tanto complejas.

Pablo era un ejecutivo retirado que se mudó a México para encargarse de una gran hacienda ganadera. Su negocio prosperaba porque había decidido pagar bien a sus empleados mexicanos y dirigía las cosas de manera que agradara a Dios. Su único problema consistfa en que debía comprar equipos y repuestos en Estados Unidos y enviarlos a México. Pronto advirtió que si no pagaba un «plus» a los aduaneros y a otros empleados vinculados al proceso de importactión, era probable que su equipo nunca llegara a la hacienda.

Pablo sabía que esas «gratificaciones» eran ilegales en México. Pero también sabía que se trataba de un estilo de vida y una práctica comercial tácitamente aceptada por todos … excepto por los canales oficiales, como es natural.

Durante una visita a Estados Unidos, Pablo asistió a uno de los seminarios sobre «Los negocios y la Biblia», realizado en Texas. Se sintió culpable de no estar honrando a Dios en este aspecto de sus negocios y tomó la decisión de no pagar el plus a nadie que trasladara el equipo que acababa de comprar. Tal como era de esperar, en la primera oficina de la frontera detuvieron la carga por «irregularidades». Después de muchas tentativas de tratar de liberar el equipo, Pablo les preguntó: «¿Cuánto me costaría arreglar esos formularios?»

Le contestaron que la demora podría eliminarse pagando un «honorario» de doscientos dólares, una suma pequeña si se compara con el valor del equipo.

Pablo ya había decidido que no pagaría dinero ilegal, no importa cuál fuera el precio, de modo que rehusó hacerlo. Como resultado, tuvo que ir a su hacienda dejando el equipo atrás. Varios días después decidió hacer averiguaciones. Después de muchos esfuerzos por localizarlo descubrió que le habían sustraído al equipo muchas de sus partes, para venderlas en el mercado negro. Lo que finalmente logró recuperar representaba una fracción de su valor original.

Debido a este tipo de cosas, Pablo decidió vender la hacienda, mudarse de nuevo a Estados Unidos y reiniciar allí las operaciones. Este paso significó un desembolso de miles de dólares y la pérdida de más equipos al tratar de cruzar la frontera y sacarlo del país. Pero sintió que no le quedaba otra alternativa, después de tomar la decisión de no pagar más dinero a personas deshonestas.

Dicho sea de paso, esta historia tuvo un final feliz. Unos meses después de salir de Méxicó recibió la noticia de que el gobierno mexicano incautó muchas de las haciendas que pertenecían a extranjeros, en el mismo distrito donde él trabajó. Si se hubiera quedado allí más tiempo, quizás hubiera recibido una fracción del valor de su propiedad.



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