lunes, 17 de marzo de 2014

Principios básicos para hacer negocios (parte 2 de 6)

2. Responda por sus actos
Quizás no haya algo más necesario para los que ocupan posiciones de autoridad que aprender a responder ante otros por lo que hacen. Muy a menudo quienes están en puestos de autoridad prefieren rodearse de gente que acepte sus órdenes sin cuestionarlas. En un principio, esto quizás parezca una ventaja, pero a la larga va en su contra. ¿Por qué? Porque sin un sistema de controles y equilibrios, cualquiera corre el riesgo de perder la dirección. Si usted no lo cree, trate de recordar algún caso donde alguien que no tuvo a quién responder por sus operaciones, permanecio en el rumbo que se propuso en un inicio.

Aun David, el rey que Dios mismo eligió, se apartó de su camino cuando escuchó a sus generales que le aconsejaban mantenerse lejos del campo de batalla porque su vida era demasiado valiosa para ponerla en riesgo … Olvidando que Dios lo había ayudado a salir victorioso de muchas batallas, David atendió dichos consejos y adulaciones. (¡Es fácil creer en ese tipo de consejos cuando lo que se quiere escuchar es precisamente eso!) Por eso se quedó en casa cuando el ejército salió a pelear. ¿El resultado? Ese vergonzoso episodio de Betsabé que terminó por originar la larga lucha política en el seno de su familia.

Muchos hombres de negocios creen que responden a otros por el simple hecho de actuar con un directorio, o porque tienen reuniones periódicas de negocios con su personal jerárquico. He asistido a demasiadas reuniones de directivos como para no saber que la mayoría operan con líderes fuertes donde todo lo que se hace es poner la firma a lo que decide el jefe. Sólo una persona excepcional se animará, una vez que ha tornado el curso elegido, a cuestionar las directivas del patrón cuando ese curso esté en total desacuerdo con los objetivos y lineamentos trazados por la empresa.

Entonces, ¿cuál es la respuesta? Creo que la Palabra de Dios nos ofrece varias. Una de ellas es buscar el consejo de su cónyuge. Esto es muy importante para cualquier persona casada que esté en un puesto de autoridad. Como en la mayoría de los casos los que dirigen las empresas suelen ser hombres, encaminaré mis comentarios al sexo masculino, pero las normas son válidas también para las mujeres. Cuando se trata de decisiones de negocios, la mayoría de los hombres virtualmente desoyen el consejo de sus esposas. Sin embargo, la Palabra de Dios dice que hizo al hombre y a la mujer para que constituyeran una sola persona: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24). ¿No se tratará de una relación limitada que no toca cuestiones de negocios? Si fuera así, lo desafío a que me lo pruebe …

Un argumento válido podría ser que las mujeres por lo general no saben nada de negocios. La solución para esto es comenzar a compartir las decisiones más importantes de modo que sepan algo, cuando se presenta la oportunidad. Pero a menudo es la mujer la que no quiere saber nada acerca de la empresa de su esposo. Considero que esa no es la opción que nos presenta la Palabra de Dios. Cuando una esposa toma sobre sí la responsabilidad de ser pareja, debe estar dispuesta a aprender lo suficiente como para ayudar y secundar a su esposo.

Muchas veces me ha sorprendido la calidad de las intuiciones que las esposas aportan en una conversación sobre temas de los que se supone conocen poco o nada. Por ejemplo, hace unos años aconsejé a un fabricante cristiano de tejidos que estaba en una encrucijada con relación a la venta de su negocio. La empresa sufría los efectos de la competencia china y parecía inminente que muchos de los fabricantes tendrían que mudarse a Taiwan para reducir sus costos. La esposa de este hombre, quien aceptó estar presente en nuestros encuentros, afirmó en un momento dado por insistencia mía que no creía necesario vender la fábrica.

—¿Por qué no?—le contestó en el acto dando a entender con su gesto que no creía que sus opiniones tuvieran mucho valor. Al principio ella acató su rol de esposa sumisa y se refugió de nuevo en el silencio.
—Vamos, Jackie—la animé—. Si tienes algo que decir, no te dejes silenciar por este mandón. Eso no es ser sumisa, sino débil.
El esposo se quedó mudo sin levantar los ojos para mirarme.
—Bueno, lo que creo es que Dios nos dio este negocio para que operáramos en medio de una industria donde lo hacen casi siempre familias judías—respondió mientras echaba una mirada furtiva a su esposo—. Si no insistimos en quedarnos, es probable que ningún otro lo intente. Y ya que tenemos una buena base, me parece que sí podemos competir con los chinos. Tal vez descubramos algún producto que no puedan fabricar tan bien como nosotros.
—¿Qué quieres decir?—le pregunté observando la expresión de asombro que aparecía en el rostro de su esposo.
—Creo que deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en desarrollar nuestra línea de algodones gruesos—sugirió mientras se veía que cobraba entusiasmo—. He observado que los países comunistas importan cada vez más blue jeans y productos similares. ¿Por qué no podemos obtener permiso de exportación para esos artículos de la misma forma que conceden permiso para exportar productos alimenticios?

Le contesté que su idea tenía muchos puntos valiosos y que debía analizarse en detalle.
Su esposo pareció reaccionar un poco y comentó que él también lo había pensado, pero nunca se había tomado el trabajo de averiguar las posibilidades. Pero luego su semblante decayó.
—¿Que sucede?—le pregunté.
—No tenemos capital suficiente como para hacer el cambio y sobrevivir hasta encontrar el producto adecuado—comentó desanimado—. Ningún banquero nos va a facilitar un crédito para solventar una mera posibilidad.
—¿Qué tú piensas, Jackie?—le pregunté a la esposa.
—Creo que podríamos comenzar con una cooperativa entre los mismos empleados y venderles acciones en la compañía—respondió con entusiasmo—. Después de todo, son sus empleos los que están en juego. La alternativa sería liquidar la compañía y nuestras marcas a otros y vivir cómodos el resto de nuestra vida, pero eso obligaría a los empleados a lanzarse a buscar trabajo en una empresa en decadencia, frente a nuevos mercados.
—¿Sabes?, esta es una posibilidad que no se me había ocurrido antes—comentó su esposo en voz baja—. Es muy posible que nuestros empleados estén dispuestos a invertir su dinero a cambio de una participación en la empresa. Pero si lo hacemos y falla, habremos disminuido gravemente nuestra capacidad de decisión en el directorio.
—Hace veinte años comenzamos de cero—respondió Jackie suavemente—. Pienso que podríamos reiniciar así, si tuviéramos que hacerlo. Además, preferiría intentarlo y fallar, que levantar todo y descapitalizarnos poco a poco. Son escasas las compañías que intentan servir a Cristo en la industria textil, que me apena dejar perder esta oportunidad.
—¿Dónde aprendiste acerca de la industria?—le preguntó su esposo—, ¿y dónde escuchaste acerca de participación en acciones?
—Te olvidas que fui tu ayudante cuando comenzamos—respondió Jackie con una leve sonrisa—. Y no por quedarme en la casa a criar los hijos perdí mi facultad de pensar …
Jackie y su esposo terminaron vendiendo casi la mitad de las acciones a sus empleados, y desarrollaron una exitosa empresa exportadora a países comunistas de Europa Oriental. Ahora ya se han jubilado, pero pasan varios meses al año ayudando a iniciar empresas de coparticipación con cristianos de dichos países. Esta última aventura ha constituido una herramienta para acercarse espiritualmente a personas que antes resultaban inalcanzables.
Forme Un Grupo De Control
Un hombre de negocios también podría establecer un grupo imparcial de consulta formado por consejeros cristianos. Sé que en muchas partes del país sería muy difícil encontrar cristianos calificados dispuestos a servir en esta tarea. Una alternativa es asociarse a una o dos personas que estén en negocios similares en otras partes del país y comunicarse por teléfono u otros medios, antes de tomar decisiones importantes.

He participado en grupos de esa naturaleza y aún ahora mis consejeros y yo seguimos comunicándonos por teléfono, al menos cada dos meses o cuando surge alguna necesidad específica. He notado que por haberme mostrado dispuesto a seguir sus consejos, ellos se vuelven más motivados a hacerlo con otros.

Incluso, nuestro grupo de consulta ha ayudado a resolver disputas de negocios. Por ejemplo, dos hombres de negocios cristianos entraron en sociedad de manera informal con el objeto de comprar una propiedad. Se pusieron de acuerdo en que uno de ellos pondría el dinero y el otro lo administraría. A medida que pasaba el tiempo, el primero descubrió que se habían transferido grandes sumas de dinero de su cuenta conjunta, pero que había ingresado muy poco de nuevo. Cuando le pidió a su socio que le rindiera cuentas, el administrador se ofendió y no quiso hablar en lo absoluto del asunto. Entonces, el socio gerente tuvo que exigir un informe contable bajo amenaza de acción legal, a lo cual el socio administrador, le contestó: «Puedes hacerlo … No he hecho nada malo. Tu dinero está allí».

Como el otro no quería iniciar una demanda a un hermano en la fe, me pidió consejo sobre cómo resolver la cuestión. Coincidió que conocía a su socio porque formábamos parte de un grupo de consulta, de modo que sentí la libertad de discutir las cosas directamente con él. Sin embargo, descubrí que también lo ofendía en grado sumo el hecho de que hubiera aceptado involucrarme. Colgó el teléfono a mitad de la conversación, para luego llamar, pedir disculpas y explicar su lado del asunto.

«Siento que le hago un favor por administrarle el dinero sin cobrar un centavo y me ofende que se sugiera que estoy desviando fondos», me dijo. «Todos los fondos se han ordenado directamente por télex e ingresado a nuestra cuenta, de modo que si se hubiera tomado el trabajo de examinar los informes de transferencias se hubiera dado cuenta de que todo estaba en orden».

Había dos cuestiones opuestas influyendo en esta sociedad informal. En primer lugar, el socio administrador actuó como un empresario independiente durante mucho tiempo, que le costaba aceptar que alguien dudara de sus decisiones ni de sus motivos. En segundo lugar, el socio gerente era dueño de una compañía que hacía miles de transferencias al mes, por lo cual era muy probable que el dinero que ingresaba se ubicara por error en algún rubro incorrecto de no identificarse expresamente.

Un análisis de la compañía demostró que todo el dinero estaba allí (y había dado ganancias). La amistad entre ellos logró salvarse, aunque la sociedad se disolvió. Sin un grupo de consulta es probable que la acción legal hubiera avanzado y la amistad hubiera terminado definitivamente. ¡Todo el mundo necesita responder por lo que hace, sobre todo los que no necesitan consejos!


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