jueves, 24 de abril de 2014

Buenas obras

Teológicamente hablando, buena obra es toda actividad de un agente moral que procede de una motivación correcta (amor), está en conformidad con una norma moral adecuada (ley), y tiene como objetivo la gloria de un objeto digno (Dios). Los requisitos primero y tercero están estrechamente vinculados: la motivación de amor y el objeto del amor en último análisis son divinos. Esto es, en conformidad con la teología cristiana, «Nosotros amamos porque él (Cristo o Dios) nos amó primero» (1 Jn. 4:19; cf. Ro. 5:6). En otras palabras, es Dios en el alma quien es la fuente del motivo de amor, y éste por su parte, guía el alma de regreso a Dios como el objeto del amor. El otro requisito, la ley, debe ser del Creador si ha de ser válida para la criatura; sin embargo, es externa u objetiva. Por lo tanto, podríamos pensar que una buena obra es una actividad de un ser moral que es bueno, o que es producida por Dios en sus aspectos internos (o subjetivos) y externos (u objetivos).

Una actividad de un agente moral podría concebirse como interiormente sana, pero defectuosa en su expresión exterior. Esto es, podría proceder del amor de Dios y hacia Dios, pero todavía estar mal dirigida y contraria a la ley de Dios. Si una persona que ama estuviera mal informada en cuanto a la ley de Dios, su amor lo llevaría a actuar en concordancia con ello, esto es, conforme a su mala información. Por lo tanto, desobedecería la ley sin tener la intención de hacerlo. Está fuera del propósito de este breve artículo considerar si un agente moral con perfecto amor a Dios pudiera ser capaz de malentender la voluntad de Dios (pensamos que no); pero es claro que tal agente, que tiene algo del amor de Dios, pero no un perfecto amor, puede malentender la ley de Dios.

En consecuencia, un hombre con un motivo, por lo menos, parcialmente bueno, podría realizar un acto exteriormente malo. Tal actividad la llamaríamos una buena mala obra (buena con respecto a la intención, mala en su expresión). Por otra parte, un agente moral con una motivación mala es, concebiblemente, capaz de realizar una obra exteriormente buena, esto es, algo que exteriormente corresponde con la ley de Dios. «Si vosotros siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos …». (Mt. 7:11). A tal actividad la llamaríamos una mala buena obra. Con referencia al hacedor, la buena mala obra es verdaderamente una buena obra, mientras que la mala buena obra no es una obra verdaderamente buena. Esto es porque el bien (en la buena mala obra) pertenece al hacedor (esto es, corresponde a su verdadero motivo o deseo); pero el mal (en la buena mala obra) no pertenece realmente al hacedor (no es su intención en ninguna forma).

Los hombres pueden observar los actos externos de los demás, pero no sus motivaciones internas. En consecuencia, no pueden ser jueces infalibles de moralidad, en lo que respecta al hacedor. Por otra parte, Dios no solamente puede discernir los pensamientos y las intenciones del corazón, sino que se gloría en su poder de hacerlo. Hace que los secretos de los hombres sean manifiestos en el día del juicio para que las demás criaturas puedan ver la base de su juicio (Ro. 2:11).

En conformidad con la doctrina protestante, la justificación (véase) es solamente por la fe, sin ningún mérito derivado de alguna buena obra del recipiente, ya sea antes o después de la justificación. La justificación se basa en las buenas obras: las buenas obras de Jesucristo. Pero los beneficios de su obra redentora son recibidos por el creyente que no tiene méritos propios que aportar. Nada de lo que hace, aun después de la justificación, tiene mérito alguno; porque nada de lo que hace es perfectamente bueno. Esto es, nada de lo que hace procede de un motivo perfectamente bueno, es dirigido perfectamente según la norma de lo bueno, ni está dirigido perfectamente hacia la gloria de Dios. Ninguna cosa que no alcance esto es verdaderamente buena. Dado que ninguna persona justificada puede, en toda su vida, hacer algo que alcance tales normas, no puede hacer buenas obras meritorias. Por lo tanto, no tiene mérito alguno; ofrecer para suplementar en alguna forma los méritos de Cristo. Esta fue la diferencia crucial de la Reforma con los católicos romanos, que consideran que las buenas obras hechas antes de la fe tienen «mérito de congruencia» y que las buenas obras de después de la justificación «tienen mérito de condignidad».

Las buenas obras se atribuyen al creyente como «preparadas por Dios» (Ef. 2:10; Tit. 2:14) y útiles para quienes se benefician de ellas (Tit. 3:8–9). Son el fruto propio del uso correcto de las Escrituras (2 Ti. 3:17). Por causa de ellas, los hombres pueden ser guiados a glorificar a Dios (Mt. 5:16). Con referencia a ellas, el Señor dispensará galardones (1 Co. 3:14; Ap. 22:12).

Pragmatismo es la doctrina de que la verdad está determinada por las buenas obras. Esto es, lo que conduce a una buena obra es verdad. Aunque el cristianismo enseña «por sus frutos los conoceréis» (Mt. 7:20) no es «pragmático». Con tal declaración no quiere decir que determinamos lo que es verdad por la forma en que se comporta la persona, sino sencillamente que uno determina lo que una persona cree que es verdad por la forma en que se conduce. Si se comporta con perversidad, esto es lo que el versículo implica, es que cree impíamente, esto es, erróneamente. La verdad, en conformidad con el cristianismo, se determina por revelación (natural y sobrenatural). Las obras son juzgadas por su correspondencia con la norma revelada de verdad. Para resumir, el pragmatismo juzga la verdad por las obras, el cristianismo juzga las obras por la verdad.


La crítica de la teoría pragmática consiste en lo siguiente: Si uno no tiene una definición inicial de la verdad, no puede decir si una determinada conducta «obra» o no. Por ejemplo, si cierta teoría, adoptada por una persona, la lleva a cometer un homicidio, uno no puede llegar a la conclusión que dicha teoría es mala, a menos que sepa inicialmente que el homicidio no es bueno. Pero esta evaluación no es determinada por la comisión del hecho sino por juicios éticos hechos independientemente. Si se sabe de antemano, como normalmente asumen los pragmatistas (contrariamente a las teorías que sustentan) que el homicidio es malo, se podría concluir que la teoría que lleva a ello es errónea. Si se desconoce anticipadamente la pecaminosidad del homicidio, no se podrá saber nada acerca de la teoría a partir de la cual se llegó al homicidio.


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