martes, 8 de abril de 2014

El Divorcio y el Nuevo Casamiento

El Divorcio
El divorcio es la disolución de un matrimonio. Y como ya hemos visto, un matrimonio se constituye cuando se ha hecho una unión sexual en el contexto de juramento de alianza (Mal. 2:14). Cuando ese pacto se viola, pues el mismo matrimonio ha sido violado.
Un matrimonio no existe simplemente porque una pareja se ha hecho un solo cuerpo en la unión sexual. Pablo también se refiere a un cuerpo para describir la relación de un hombre con una prostituta (1 Cor. 6:16), evidentemente lo que no es ningún matrimonio. Un matrimonio existe cuando una relación heterosexual ha sido santificada con un juramento. Así pues, el matrimonio requiere que una pareja se haga un cuerpo, pero también requiere un juramento de pacto.
Esto nos ayuda entender la razón por la cual Dios aborrece al divorcio. “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio…” (Mal. 2:16a). Dios aborrece al divorcio porque un propósito principal del pacto de matrimonio es procurar una descendencia consagrada (Mal. 2:15). El divorcio desperdicia la oportunidad que tienen los padres de criar niños consagrados al Señor. Además, ya que el divorcio es una violación del pacto de matrimonio, Dios aborrece la falsedad que supone. Es Dios fiel a sus pactos, y aborrece la fraude de los pactos que la deslealtad significa en el matrimonio.
Puesto que Dios aborrece al divorcio, no es de extrañar que algunos han concluido que el divorcio siempre es pecado. Desafortunadamente, esa perspectiva no toma en cuenta la enseñanza entera de la Biblia respecto al tema. Por supuesto, el divorcio siempre es pecado de parte de uno de los cónyuges, por lo menos. Y normalmente es pecado de parte de los dos. Sin embargo, a veces es una acción recta de parte de la persona ofendida e inocente.
Con esto no se quiere decir que el divorcio es automaticamente una acción válida para la persona inocente. Puede ser válida, pero a menudo no la es. Hay una distinción entre tener razón y ser recto. La persona ofendida puede ser inocente respecto al punto de la infidelidad, pero no quiere decir que es inocente en su comportamiento llegando a ese punto. Tampoco quiere decir que la “persona inocente” se comporta sin amargura o rencor durante el proceso del divorcio. Así pues, alguien podría tener el derecho, y aun la obligación de divorciarse de su cónyuge, sin embargo estar mal en su manera de hacerlo.
Como ejemplo concreto, supongamos que una mujer cristiana tiene diez años casada. Su marido (que no es cristiano) ha sido homosexual desde hace cinco años. Ella se lo acaba de enterar, y él no se quiere arrepentir. ¿Tiene ella el derecho de divorciarse de él? Claro que sí, y probablemente lo debe hacer. Y si lo hace, pues también tiene derecho de volver a casarse.
Mas no quiere decir que ella no está sujeta a la tentación de pecar en la manera que procure el divorcio. Si peca o no depende de la manera que se comporta. ¿Lo hace con el deseo de hacer todo lo recto delante de Dios? ¿O lo hace con amargura, malicia y rencor? La tentación será siempre decir, “¡Pero mira lo que me hizo él a mí!” Pero aun en situaciones tan difíciles como esas, ella todavía tiene que fijarse en la actitud del perdón que ordenó Jesús para sus seguidores cuando se les maltrataban. El perdón verdadero se puede ofrecer sólo si se ha sufrido un verdadero mal. Y el comportamiento de ese marido sí está verdaderamente mal.
A menudo la mujer en tal situación se niega a perdonar, porque supone que si lo perdonara, tendría que quedarse con él. Pero eso no es cierto en sí. Todo depende de otras circunstancias: si el marido ha dejado su homosexualidad, si tiene SIDA, si se ha convertido en cristiano, y etcétera. Pues, aun así, la decisión es de ella – con tal de que se esté comportando bíblicamente y no tratando de justificarse en su amargura por medio de un texto bíblico.
Al mismo tiempo, ella debe examinar su propio comportamiento durante los diez años del matrimonio. ¿Trataba de ganárselo al Señor como instruye la Biblia (1 Ped. 3:1–6), o vivía con él de su propia manera y bajo sus propias condiciones? Si es así, pues tiene que reconocer ese pecado delante de Dios, antes de decidirse a buscar el divorcio. De otra manera, ella no entiende las causas del fracaso del matrimonio en los años que precedieron la violación del pacto matrimonial de parte de su marido.
Tal vez algunos se objeccionan diciendo que eso resulta que ella se sienta culpable de la separación, cuando el marido fue el responsable. Pues, claro que él tiene la responsabilidad. El marido es la cabeza de la familia, que quiere decir que él es mayordomo de la alianza, aunque no sea cristiano y no tenga ninguna idea de lo que significa la alianza. Sin embargo, ella todavía tiene que entender la manera en que no le ha obedecido a Dios como cristiana. En ninguna manera se disminuye la gravedad del pecado del marido, simplemente le permite a ella a decidir lo que debe hacer con la vista clara que procede del perdón y la Palabra de Dios.
Ya que el marido es el mayordomo de la alianza matrimonial, el género de la persona inocente importa en las decisiones respecto al divorcio. La comunidad cristiana está llena de mujeres cristianas y piadosas que tienen maridos impíos. Hombres cristianos y piadosos que tienen esposas impías son mucho más raros. Esto demuestra cuan grande es la influencia que tiene el marido sobre la condición espiritual de su matrimonio.
Con respecto al divorcio, esto quiere decir que es mucho más probable que las esposas sean maltratadas por sus maridos que lo contrario. Si un hombre no le es fiel a su esposa, es muy posible que ella ha sido la clase de esposa que Dios desea. Pero si la mujer le es infiel a su marido, es mucho menos probable que él ha estado cumpliendo con sus responsabilidades debidamente.
Esto no quiere decir que él no se puede divorciar de ella, pero sí quiere decir que él tiene que aceptar toda la responsabilidad de lo que se ha hecho (o más posiblemente, de lo que no ha hecho). Si acepta esa responsabilidad, estará mucho más preparado para hacer lo que Dios quiere. En otras palabras, si el individuo inocente es el marido, es muy posible que su inocencia lleva algunas tachas significantes.
Esto no significa una ley universal, pero sí que es un modelo general. Naturalmente, hay algunas excepciones que tocan situaciones en que el matrimonio se había desintegrado antes de que él se convirtiera. En tal situación, puede que ya no haya remedio para el matrimonio, o que la esposa no quiere nada que ver con Cristo. Pero lo importante es recordar, por regla general, que el individuo inocente (sea hombre o mujer) tiene muchos recursos en la forma de enseñanzas bíblicas, y esos recursos muy poco se usan.
Es raro observar una situación en que el individuo inocente entra al proceso de divorcio con una actitud amorosa y correcta. He visto varias situaciones en que existían razones bíblicas para el divorcio, pero muy rara vez he visto que la situación se manejaba con una actitud bíblica. De vez en cuando, eso se ha podido remendar por la gracia de Dios, y normalmente cuando esa actitud se cambia, la posibilidad de una reconciliación bíblica es mucho más probable.
Motivos Bíblicos para el Divorcio
Antes de dirigirnos a los motivos del divorcio, tenemos que reconocer una distinción entre los que entienden la ley de Dios desde fuera y los que la entienden del interior. Los que la entienden desde fuera, la usarán simplemente como una lista: “¡Bueno! Aquí está. Es permitido divorciarme de él.” Pero los que entienden que la naturaleza del matrimonio es una de pacto y alianza, entenderán las razones por las cuales Dios ha establecido sus requisitos. Y también estarán preparados para la posible reconciliación.
Sin embargo, hay tres categorías básicas de requisitos. Es natural también, que hayan algunos traslapos.
Primero, en Mateo 5:31–32, Jesús dice: “También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo, que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.”
La palabra traducida “fornicación” en este pasaje refiriéndose a la inmoralidad sexual es “porneias”. Quiere decir impureza sexual, o toda clase de sexo fuera del matrimonio legal. No es la misma palabra usada especificamente para adulterio más tarde en el pasaje, aunque por supuesto, el adulterio se incluye como una clase de porneias. También, incluye la inmoralidad sexual de antes de casarse, aunque la pareja no sepa nada. “Y José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente” (Mat. 1:19). Aunque José se equivocaba sobre los hechos de la situación, y el matrimonio aún no se había consumado, este pasaje todavía nos instruye. Si un hombre creía que se estaba casando con una virgen, y a los tres meses de estar casados sucede que ella esté embarazada de seis meses por otro hombre, la cláusula sobre la porneias se puede aplicar.
Porneias es un término general. Se aplica a la inmoralidad sexual antes de matrimonio y después. En el Antiguo Testamento en griego, la palabra está estrechamente relacionada con la idolatría. Dado la naturaleza de la idolatría pagana, esa relación no es completamente figurativa, ya que la idolatría a menudo involucraba la inmoralidad sexual durante el culto.
Puesto que el matrimonio es una alianza rodeando la relación sexual, la inmoralidad sexual ataca el fondo de esa alianza. En tal caso, se le permite a la persona inocente divorciarse de su cónyuge. Pero si hay alguna oportunidad de reconciliación piadosa, también se debe fomentar.
El segundo motivo bíblico del divorcio se trata en 1 Corintios 7:12–16. Pablo dice:
Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos. Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?
En este pasaje el asunto es el desamparo del pacto. Si el cónyuge no creyente consiente en vivir dentro del pacto matrimonial bíblicamente entendido (en la medida que lo puede el no cristiano, es decir, en una manera externa), pues es santificado. Quiere decir que él recibe una bendición externa de acuerdo con su conformidad externa a la norma de Dios. No quiere decir que puede ser salvo sin confiar en Cristo. Pero si decide a abandonar a su cónyuge, la cristiana no está obligada a quedarse casada con él. Es más, no se le permite al cristiano resistir el divorcio. Esto quiere decir que el cristiano está libre – para casarse de nuevo, para quedarse soltero, y para reconciliarse con su cónyuge (con tal que no se haya establecido ningún otro matrimonio durante ese tiempo [Deut. 24:1–4]). No estar sujeto a obligación, quiere decir lo que dice.
El tercer caso tiene que ver con la violación de leyes bíblicas que llevaban a la pena de muerte. Por ejemplo, en una sociedad justa, el que comete asesinato será ejecutado. En la nuestra, eso sucede muy raramente. Y ¿qué del cónyuge del homicida?
Si el gobierno civil estuviera haciendo lo que Dios le ha designado (es decir, castigando al malhechor con la espada [Rom. 13:4]), pues el divorcio hubiera ocurrido por medio de la ejecución. Pero si el gobierno civil se niega a cumplir su propia tarea designada, pues los dos gobiernos que quedan (la familia y la iglesia) tienen que tomar una decisión.
El hecho de que no ocurren ejecuciones bíblicas por el gobierno civil, no debe disuadir a los demás que no llevan el poder de la espada. La iglesia debe excomulgar, y el cónyuge piadoso puede divorciarse. Ambas acciones no significan la separación de la persona culpable del pacto indicado. Ellas simplemente establecen legalmente de que aquella persona se ha separado por sí misma.
Esto no es meramente teoría. La Biblia nos da un ejemplo de algunas familias y de la iglesia tomando medidas exactamente de esta manera. En Esdras 9:1, la Biblia dice, “Acabadas estas cosas, los príncipes vinieron a mí, diciendo: El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas, no se han separtado de los pueblos de las tierras, de los cananeos, heteos, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos, y hacen conforme a sus abominaciones.”
Esdras estuvo horrorizado, y en el próximo capítulo requería que los varones Israelitas que habían pecado de esta manera se divorciaran de sus mujeres extranjeras. Es importante reconocer que el asunto en este caso no fue la raza de aquellas mujeres (acordémonos de Rut y de Rahab). El asunto era las abominaciones o las costumbres detestables. Ya que los exiliados que regresaban estaban bajo la autoridad legal del imperio persa, la pena civil requerida en la ley del Antiguo Testamento para tales costumbres no fue aplicada. Pero eso no dio razón a la iglesia y las familias a que no la pudieron aplicar, y en el libro de Esdras, eso es exactamente lo que hicieron.
Así pues, aunque es cierto que el cristiano no se debe divorciar de su cónyuge no creyente, eso se aplica siempre y cuando éste consiente en quedarse casado bajo los requisitos de Dios. Pero si el no creyente es culpable de ofensas escandalosas (ofensas que llevaban la pena de muerte bajo la ley bíblica), el cristiano tiene que reconocer lo que ya ha sucedido.
Hasta que la iglesia venga a reconocer todo esto, continuaremos a tener una postura sobre el divorcio que es una vergüenza exegética y teológicamente. Así como está la situación en lo actual, muchos grupos permitirían el divorcio a causa del adulterio, pero no la permitirían si el cónyuge culpable es un homicida repetido. Esta miopía de ética es el resultado de estudiar los pasajes sobre el divorcio en una manera aislada (ignorando él de Esdras, por ejemplo). Al contrario, toda la Escritura se debe considerar en el estudio del tema.
El matrimonio no es un pacto absoluto. Es algo santificado porque la palabra de Dios lo ha santificado. Por tanto, no se debe convertir en un medio para contradecir la palabra de Dios. Muchos de los cristianos han soportado cosas malvadas, porque se creen que los votos matrimoniales lo requiere. Eso no es cierto. Los votos matrimoniales requieren que dejemos la vida egoísta. Los maridos tienen que amar a sus esposas, y las esposas tienen que respetar a sus maridos. Tenemos que negarnos a nosotros mismos, no la Palabra de Dios.
No Yo, Sino el Señor
En 1 Corintios 7:10–11, Pablo dice, “Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.”
La clave para entender este pasaje es la frase “no yo, sino el Señor.” Esto no quiere decir, como han creído algunos, que Pablo está afirmando que esta enseñanza fue inspirada, mientras el pasaje siguiente en el versículo 12 (“yo digo, no el Señor”) no es inspirado.
Quiere decir que Jesús (durante su ministerio en la tierra) enseñaba directamente sobre el divorcio, y en este caso Pablo está aplicando esa enseñanza. Se prohibe el divorcio, y si sucede, alguien está en pecado. Lo que Dios ha unido, el hombre no tiene derecho a separar. Esto quiere decir que el divorcio no puede ser justificado “por cualquier causa”. La palabra de Dios debe gobernar nuestro comportamiento en todo.
Pero las enseñanzas de Jesús, aunque dando la fundación de todo lo demás, no hablaron de cada situación imaginable. Esto fue particularmente evidente mientras la iglesia continuaba avanzando en el mundo pagano de los gentiles. “Yo nunca quise un divorcio, pero ahora él me ha abandonado…” Así pues, Pablo amplifica la instrucción como debe responder un cristiano en situaciones en que un cónyuge no creyente se aparta.
El pecado en cuanto al pacto matrimonial no solamente es causa de angustia personal, sino también de mucha controversia teológica. El problema es la legitimidad del nuevo casamiento. La mayoría de los maestros cristianos no insistirán que uno viviese con alguien que no desea, y viceversa. Pero algunos aún dirán que la persona inocente no tiene derecho a volverse a casar. Eso es semejante decir que cometer el robo es malo, pero que si se nos roba de nuestro equipo electrónico, no se nos permite comprar uno nuevo. Eso ignora el hecho de que el ladrón es el culpable de cometer el pecado. Los que violan el pacto matrimonial siempre están en pecado. Pero la gravedad de la culpa debe caer sobre el que es culpable de la violación, y no sobre la persona inocente.
Entendimos pues, que se prohibe el pecado que causa el divorcio, sin excepción. Los que violan el pacto siempre están en pecado, y son estos los que causan el divorcio. Pero la Biblia enseña que es válido reconocer por trámite legal lo que ya han hecho estos violadores del pacto. También es válido que el cónyuge inocente ponga a manifiesto el estado del ofensor.
Así pues, si el trámite del divorcio es el reconocimiento piadoso de la rebelión de la otra persona contra Dios, el tramitar no puede ser rebelión contra Dios. Pero si un divorcio se tramita sin ninguna base en la Palabra de Dios, pues ese divorcio es pecado. Para ser justo, un divorcio tiene que estar atento – atento a Dios y sus preceptos sobre el pecado del cónyuge.
El hecho de que hay maestros bíblicos que no están de acuerdo con esto, no quiere decir que es una opinión liberal del divorcio. Existen dos maneras de juguetear con la Palabra de Dios. La primera es aumentar la enseñanza de la Biblia, y la segunda es quitarla. Existen muchos cristianos bien intencionados que han establecido criterios sobre este tema, más severos que los de la Biblia. Y no es realmente conservador ser más severo que Dios.

¿Y qué de aquellos, que antes de llegar a leer este libro, ya han hecho todo mal? Ya están casados por tercera vez y se sienten angustiados por la culpa. La buena noticia es que Dios nos levanta de donde estemos, no de donde habríamos de estar. En Cristo siempre hay perdón. Los que se encuentran en tal situación deben confesar el pecado, recibir el perdón de Dios por fe, y comenzar a vivir en conformidad a la Palabra de Dios.



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