jueves, 10 de abril de 2014

Judaísmo

JUDAÍSMO
Judíos en una sinagoga de Irán.

Religión antecesora del CRISTIANISMO. El judaísmo mantiene, por derecho propio, su posición como la religión MONOTEÍSTA más antigua del mundo. Su historia abarca desde el momento en que Dios llamó a Abraham a una relación de pacto (berith).
Como su vástago, el cristianismo, el judaísmo declara su universalidad y su particularidad. En un mundo caracterizado por el paganismo y el POLITEÍSMO, Dios se reveló como el único Dios verdadero frente a la pléyade de deidades oponentes. En su REVELACIÓN llama a un hombre en particular, Abram, para engendrar una nación en particular (Israel), que a su vez recibiría un escenario geográfico en particular (Palestina) que constituiría la «tierra prometida». Y desde esta particularidad, reveló Dios en la historia un mensaje destinado a ser universalmente aplicable a todos los pueblos y naciones. El pacto de Dios con Abram (Gn. 12:1–3) fue establecido y renovado: Israel fue seleccionado para ser el portaestandarte de su gran revelación, tanto por su ejemplo a las naciones paganas como por su obediencia a los preceptos del pacto de Dios manifestado en la sagrada TORÁ la Ley.
Historia. La historia del judaísmo es la derivada principalmente del Antiguo Testamento de la BIBLIA. La lengua hebrea es expresiva, con muchas repeticiones en sus frases. El texto tal como hoy lo tenemos procede de tres fuentes principales: el texto masorético (reunido en el siglo x de nuestra era), la SEPTUAGINTA (traducción griega) y los manuscritos del Mar Muerto (descubiertos en 1947 en Qumram). Antes de la formación del texto actual, sin embargo, la tradición oral (canciones, relatos, poemas) guardó y preservó los hechos de Dios (Yahvé) y su pueblo del pacto, Israel. Muchas de estas facetas de la tradición oral fueron incorporadas con el tiempo a las colecciones de libros que ahora comprenden la triple división del canon hebreo: la Ley (Torah/Torá), los Profetas (Neviim) y los Escritos (Ketuvim) (véase BIBLIA).
Los descubrimientos arqueológicos han derramado mucha luz sobre el mundo en que nació y se desarrolló la nación judía.
1. El Código de Hamurabi de Babilonia, fechado en torno al 1700 a. C., describe leyes similares a las de la Torá.
2. Enuma Elish, que se remonta al 2000 a. C., registra un relato de la creación en el que tiene lugar una batalla entre Marduk y Tiamet, de donde surge el caos. El relato de Génesis es ordenado y muestra claramente que todo está bajo el control de Dios.
3. La Épica de Gilgamesh (siglo xvii a. C.) es la historia de un diluvio en la que se cuenta de un arca construida para preservar la vida. Se envía una paloma y vuelve. El relato de Génesis del diluvio de Noé ejerció, sin duda, una gran influencia sobre otras culturas que se apropiaron de gran parte de la tradición oral.
4. Las Tablillas de Ebla, descubiertas en 1974, se remontan al reino de Ebla (2300 a. C.). Las tablillas son bilingües y están escritas en el conocido lenguaje de los sumerios y en el de Ebla. Dichas tablillas hacen referencia a Sodoma, Gomorra, Abraham y muchos otros nombres bíblicos.
5. La literatura cananita, especialmente la escrita en ugarítico, data del siglo iv a. C. y menciona la mitología pagana y la adoración a Baal de que se habla con tanta claridad en el Antiguo Testamento.
6. Las Tablillas de Nuzi son tablillas asirias que datan del año 1500 a. C. y aclaran muchas de las costumbres del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Génesis 16 Sarai le pide a Abram que le dé un hijo mediante su esclava Agar; las tablillas de Nuzi explican que la esposa estaba obligada a traer algún niño y, si no podía, tenía que proporcionarle otra mujer a su marido. La diferencia entre esta costumbre y el pacto de Yahvé con Israel fue que Dios trajo un hijo de la promesa (Isaac) a pesar de la avanzada edad de Abram y Sarai y de la esterilidad de ella.
7. Las cartas de Mari ponen de manifiesto lo normal que era viajar entre Palestina y Oriente Próximo.
8. Las cartas de Tell el Armana se remontan al siglo xviii a. C. Estas cartas representan la correspondencia entre el rey de Egipto y su hijo que gobernaba en Palestina. Se hace mención de un pueblo llamado los habiru, que estaba causando problemas en la región. Esta es posiblemente una referencia a los hebreos del tiempo en que Josué invadió Palestina.
El judaísmo empieza realmente con el llamamiento de Dios a Abraham alrededor del 2000 a. C. El libro de Génesis registra el viaje de Abraham a Canaán, el establecimiento del pacto divino de Yahvé para convertirlo en padre de muchas naciones (12:1–9), la separación entre él y su sobrino Lot (cap. 13), la renovación del pacto (cap. 17) y la destrucción de Sodoma y Gomorra (cap. 19).
En su pacto con Abraham, Yahvé le prometió que sería padre de una gran nación, que le daría la tierra de Canaán por hogar y que, por medio de esa nación, bendeciría al mundo entero. En tanto que Dios repitió estas promesas, también le sometió a tres pruebas importantes. Primero, vino un hambre sobre la tierra que le obligó a emigrar con su familia a Egipto. Segundo, le pidió a Abraham que creyese que le podía dar un hijo a través de Sara. Tercero, después de nacer su hijo Isaac, Dios le pidió que lo sacrificase.
El resto de Génesis se ocupa de la historia de los cuatro patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob y José. Sus viajes, junto con el crecimiento de la joven nación como tribu, expusieron al nuevo pueblo a un amplio abanico de religiones e influencias religiosas desde Egipto a Mesopotamia. Por consiguiente, hemos de ser cautos ante la excesiva simplificación cuando se habla de los orígenes de Israel. La Biblia deja bastante claro que Israel nació de una amalgama social, política y religiosa.
Tras la época de los patriarcas, el pacto pasó a Moisés, quien condujo a Israel fuera de Egipto durante la era del nuevo reino (1540–1150 a. C.) A través de Moisés, Dios estableció el primer pilar del judaísmo reciente: la Ley o Torá.
Se han sugerido dos fechas para el Éxodo de Egipto. Algunos expertos lo sitúan durante la dinastía de Amenotep III (1400–1360 a. C.). Esta fecha tiene el apoyo de 1 R. 6:1, que se refiere al templo de Salomón como construido 480 años después del Éxodo. Esta temprana fecha se apoya también en la referencia a los habiru de las tablillas de Tell el Armana. Una fecha más tardía para el Éxodo lo sitúa en la decimonovena dinastía de Ramsés II, basándose en Éxodo 1:11.
Las diez plagas, la Pascua y el paso del Mar Rojo fueron hechos poderosos realizados por Yahvé para confirmar su protección y su guía a su pueblo.
El Monte Sinaí señala el lugar en que Israel fue congregado para recibir la sagrada Torá. Inicialmente, Moisés cumplió el papel de profeta y sacerdote. La entrega de la Ley durante su mandato marca una transición entre la historia de Israel desde un sacerdocio de familia patriarcal hacia el sacerdocio tribal, con Aarón convirtiéndose en el sumo sacerdote levítico.
Ya hemos aludido a los paralelismos entre los códigos legales de Hamurabi y la Torá. Sin embargo, hay que señalar dos cosas: las diferencias entre ambos son lo suficientemente importantes como para rehusar la idea de que Moisés simplemente copió de Hamurabi. Segundo, el Código de Hamurabi era de carácter civil, pensado para la vida urbana de la antigua Mesopotamia. La Ley dada a Moisés, por su parte, era uno de los grandes pilares del judaísmo, la construcción del tabernáculo (y más tarde, el templo) fue otro pilar.
Más adelante se exponen más aspectos sobre las creencias y la teología respecto a la importancia de la Ley y el tabernáculo y su papel en la vida religiosa de Israel. Ahora seguimos con la narrativa histórica.
Después de la peregrinación de Israel por el desierto, Dios los llamó a entrar en la Tierra Prometida y a realizar una serie de conquistas para asegurar su asentamiento en la tierra. Canaán, que significa «tierras bajas», era la tierra situada entre el mar Mediterráneo y el río Jordán. Era esencialmente una región «puente», limitada por Egipto al sur, Babilonia y Mesopotamia por el este, Siria al norte y Grecia por el noroeste.
Los cananitas eran una mezcla de pueblos que practicaban una variedad de religiones, centradas sobre todo en torno a la diosa cananita Asera («la señora del mar»), su hijo Baal y la hermana y consorte de éste, Anat. La religión estaba caracterizada por unos ritos sexuales viciosos y de fertilidad. La instrucción de Yahvé para Israel de entrar y destruir a los cananitas se apoyaba en el juicio de Dios contra la profunda depravación de la actividad del CULTO sexual frente a la moralidad y rectitud del pueblo del pacto de Dios. La conquista completa se logró en tres etapas. Primero vino la ocupación de la Palestina Oriental, previa a la conquista de Jericó. En segundo lugar vino la caída y captura de Jericó y su territorio circundante. En tercer lugar vino la conquista de Galilea y el norte de Palestina. El final de las conquistas resultó en la posesión del país mediante el establecimiento de una federación tribal. Cada una de las 12 tribus se asentó en una zona determinada de la región.
Jueces. El período posterior es el de los jueces (aprox. 1200–1050 a. C.). Estuvo marcado por la adaptación cultural y el ajuste. No habían sido destruidos todos los cananitas ni se había ocupado toda la región. La dispersión de las tribus por todo el país resultó en desunión. La asimilación cultural y la sincretización entre los israelitas y las naciones cananitas desencadenaron una serie de seis ciclos en los que Israel experimentó por un lado la ira y el juicio de Yahvé a manos de alguna nación pagana y por otro lado la misericordia y el perdón a través del levantamiento de un juez para librarlos de los otros. Cada ciclo contenía cuatro pasos reconocibles:
1. Pecado y apostasía (rebelión contra Dios).
2. Servidumbre y cautiverio (el juicio de Dios por el pecado).
3. Súplicas y oraciones (arrepentimiento y petición de misericordia).
4. Salvación y liberación (de manos del juez escogido por Dios).
El siguiente cuadro presenta los ciclos con los jueces correspondientes:
Nación

Juez

Referencia (Jueces)

1. Mesopotamia

Otoniel

3:7–11

2. Moab

Eúd

3:12–30

3. Canaán

Débora

4–5

4. Madián

Gedeón

6–8

5. Amón

Jefté

10–12

6. Filistea

Sansón

13:1–16:31

El período de los jueces estuvo marcado a su vez por un firme movimiento de alejamiento de la noción de teocracia a medida que Israel continuaba su rebelión contra el Señor y su vida sin contar con él. Durante la época del profeta Samuel, la nación pidió ser gobernada por un rey terrenal. Samuel se disgustó por esta petición y advirtió al pueblo de lo que le esperaba (1 S. 8). Las duras palabras de Dios a Samuel: «Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos» (8:7), hacen resonar un tema que se repetiría una y otra vez en la historia de la nación.
Saúl fue elegido como primer monarca de Israel. Sus numerosas victorias militares sobre los filisteos y los amonitas quedaron ensombrecidas por su fracaso personal en cuanto a la obediencia a Dios. Su perdón sobre el rey amalecita Agag, manteniéndolo como prisionero de guerra, y el ofrecimiento de sus propios sacrificios a Dios sin la mediación de Samuel y del sacerdocio prescrito supusieron el fin de su reinado. En ese momento empezó una tensión que acompañaría a Israel a partir de entonces, la tensión entre el rey y el sacerdote, entre el estado y la religión. Se puede notar la fuerte distinción entre ambos en la crítica declaración de Samuel: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová?» (1 S. 15:22).
David (n. 1085 a. C.), hijo de Isaí, fue escogido segundo rey. El Antiguo Testamento dedica considerable atención al relato de su vida. Para los propósitos de este artículo, el reino de David fue significativo por tres razones. Primero, la unidad de la nación alcanzó su cenit en el tiempo de su poder. Reinó aproximadamente entre el 1000 y el 961 a. C. Segundo, resituó la capital de Israel desde Hebrón a Jerusalén y trajo el ARCA DEL PACTO desde Quiriat Jearim hasta la capital, instalándola en un nuevo tabernáculo. Cuando quiso construir un templo con el fin de albergar el arca, el oráculo profético le comunicó que tal tarea pertenecía a su hijo. El hecho de David de traer el arca a Jerusalén tenía su importancia ya que convertía a la ciudad en la capital tanto religiosa como política de la nación para siempre. Tercero, el arrepentimiento de David ante Dios al despertar de su grave pecado con Betsabé resultó en la continuidad de la promesa a Abraham (véase más arriba) a través de su linaje real.
Salomón, hijo y sucesor de David, continuó la monarquía unida; reinó entre 961 y 922 a. C. No tardó en establecer firmemente y solidificar el trono de su padre al ejecutar a toda persona que suponía una amenaza. También fortificó las ciudades y territorios clave de todo el país, incluyendo Hazor, Meguido, Gezer, Bet Horón y Tamar. Éstas estaban todas estratégicamente localizadas para futuras campañas militares y defensa. Salomón es importante porque fue la persona elegida por Dios para edificar el templo. El clima de estabilidad política acompañaba a la necesidad de asegurar un lugar de permanencia para el lugar santo. Dios también dio a Salomón el don de la sabiduría, tanta que su fama se esparció por los alrededores. Además llegó a ser el monarca más rico de su tiempo. Sus recursos financieros procedían de:
1. Impuestos: Se crearon 12 distritos con un funcionario en cada uno, responsable de recaudar los impuestos.
2. Reclutamiento de obreros: Mientras David limitó los trabajos forzados para los extranjeros, Salomón reclutó 30.000 israelitas.
3. Obsequios de fuentes extranjeras: (1 R. 10:14–25).
4. Comercio: Salomón usó el mar (el Rojo y el Mediterráneo) para comerciar con Fenicia, el sur de Arabia, etcétera.
5. Se explotaban minas de cobre.
El templo fue iniciado en el año cuarto del reinado de Salomón (1 R. 6:1; 2 Cr. 3:2) en el 967–966 a. C. Su diseño, tomado de su padre, fue modelado con el tabernáculo como punto de partida. véase el diagrama de este artículo para el diseño del templo.
La vida de Salomón puede describirse en tres etapas.
1. Consolidación de poder: construcción, organización, comercio.
2. Cumbre de su reino: terminación del templo, fama, visita de la reina de Sebá.
3. Declive y división de Israel: Las bendiciones de Salomón fueron ensombrecidas por las faltas de su carácter personal. Primero, y claramente en contra de los preceptos de Moisés, Salomón construyó un harén de 700 esposas y 300 concubinas. Segundo, su corazón se volvió hacia la idolatría y construyó «lugares altos» de adoración idolátrica para los dioses de sus muchas mujeres. Esto resultó en la tragedia nacional de la caída de la unidad del reino.
El período del reino dividido empezó poco después de la muerte de Salomón. su imperio unificado se dividió entre el norte y el sur (en el antiguo Testamento llamados Israel y Judá), un suceso que se produjo como resultado de múltiples factores: además de los pecados de Salomón que trajeron el juicio de Dios, surgieron peleas tribales de larga duración, especialmente entre Efraín y Judá. Geográficamente Judá estaba aislada de las tribus del norte. Además, las religiones paganas se habían introducido en el reino en tiempos de Salomón, disipando cualquier sentido de unidad religiosa nacional. Y la extravagancia de Salomón había servido sólo para aislarle de sus compatriotas. La falta de sabiduría política mostrada por su hijo Roboam aseguró la división (1 R. 12). La invasión de Judá por Egipto dio a Jeroboam más libertad y tiempo para reunir fuerzas en el norte.
En el período del reino dividido hubo reyes distintos en el norte y el sur.
El cuadro que adjuntamos representa los reinados paralelos de los monarcas, junto con los profetas correspondientes y los reyes extranjeros levantados para juzgar a Israel y Judá.
El reino del norte cayó ante los asirios en el 722 a. C. El reino del sur cayó ante los babilonios bajo el reinado de Nabucodonosor. La mayoría de eruditos señalan el 586 a. C. como el año de la destrucción de Jerusalén y el exilio del pueblo de Dios a Babilonia.
Al principio de la monarquía, Samuel había manifestado una voz profética ante la ambición y desobediencia de Saúl. A través del tiempo de los reyes Dios levantó continuamente profetas para hablar «la palabra del Señor», rechazar al pueblo rebelde, exhortar e instruirlo y anunciar los futuros juicios y bendiciones que se avecinaban. La voz en grito de Elías, el coraje de Amós, las súplicas de Isaías, el llanto de Jeremías, las visiones de Joel, los gestos de Ezequiel, el histrionismo de Oseas, etcétera, dieron al dividido Israel la seguridad de que Dios seguía activo en la historia y que, a pesar de su continua desobediencia, idolatría e ignorancia, Él sería misericordioso para con el arrepentido y benévolo en cuanto al futuro, con la venida de un libertador (MESÍAS). La Edad de Oro de la Profecía, como a menudo se llama, fue la de los siglos de los reyes.
El Exilio se refiere a los setenta años de cautividad de Israel en Babilonia. Las profecías de Jeremías y Ezequiel durante esta época tocan los temas de un futuro triunfante y un nuevo pacto que Dios prometió instituir un día. Durante el Exilio, muchas de las instituciones de Israel (especialmente los ancianos, los profetas y la Ley) se mantuvieron, pero también ocurrieron algunos cambios importantes. Ya no habitaban en la tierra prometida por Dios ni tenían templo. Los rituales de sacrificio tuvieron por tanto un alto. Desde ese momento en adelante los israelitas se volcaron con más fuerza hacia la Ley. Empezaron a ser conocidos como el «pueblo del libro». Fue entonces cuando aparecieron las sinagogas como una nueva institución que quedaría como una estructura permanente para un pueblo desposeído de su templo y su tierra.
La conquista de Babilonia por los persas marcó el fin de la cautividad de Judá y el principio de su restauración. Ciro el Grande de Persia reinó del 540 al 530 a. C. Emitió un edicto que permitía a todos los extranjeros volver a sus hogares. Sin embargo, la restauración no fue sencilla puesto que los remanentes dispersos no volvieron a Palestina en un solo grupo. El proceso fue lento y pausado. Algunos judíos volvieron en el año 536 con permiso para reconstruir el templo y las murallas de Jerusalén, pero el pueblo empezó a dedicarse antes a sus propias casas. Dios levantó al profeta Hageo para exhortar al pueblo a continuar con la edificación del templo primero.
Un segundo regreso empezó en el 458, conducido por Esdras durante el reino de Artajerjes. En esta época muchos del pueblo empezaron a entremezclarse con los paganos e incluso a contraer matrimonios mixtos. En ese momento surgió un nuevo grupo, los Hasidim («los separados»), que ayudó a Esdras en su misión. Un tercer regreso comenzó en el 444 a. C., conducido por Nehemías que, a diferencia de Esdras, era un laico. Bajo su dirección se restauraron las murallas de la ciudad. Es significativo que en el mismo año (444) Artajerjes reconoció la Torá como la ley del país y ordenó su publicación y distribución por todo el imperio. La gran atención prestada a la Ley por los jefes judíos en los siglos posteriores a la restauración hasta la época de Jesús llevó al desarrollo de la tradición conocida como «Ley Oral».
El período siguiente fue la helenización, quizás el mayor cambio jamás experimentado en Palestina, resultado de la conquista de la región por Alejandro Magno el 332 a. C. El Imperio Griego llegó a abarcar por oriente hasta la India. Junto con la conquista vino la imposición de la lengua griega, sus patrones sociales y su cultura. El griego se convirtió en la lengua franca del comercio y el intercambio, lo que más tarde llevó a la traducción de las escrituras hebreas para producir la Septuaginta. En el tiempo de Jesús, una gran parte de la población judía ya estaba helenizada. El judaísmo helenístico predominó desde el tiempo de Alejandro hasta el siglo II de nuestra era.
La historia de este período es complicada y llena de intriga. Tras la muerte de Alejandro 323 a. C. el reino se partió entre los cuatro generales de Alejandro. Dos de estas divisiones, el reino ptolomeico y el seléucida, son relevantes para la historia del judaísmo. El primero reinó en Egipto mientras que el último mantuvo el control sobre Siria, Mesopotamia y la zona hacia el oriente. Los judíos estaban sujetos el reino ptolomeico desde el 320 al 198 a. C. y disfrutaron de una relativa paz y prosperidad. Bajo Ptolomeo Filadelfo (285–246 a. C.) setenta y dos eruditos judíos grecoparlantes empezaron a traducir las Escrituras Hebreas a la Septuaginta Griega.
En el 198 a. C. el reino ptolomeico llegó a su fin por el triunfo bélico de Antíoco III. Se desarrollaron dos facciones rivales en el judaísmo, una leal a los Ptolomeos egipcios (la Casa de Onías) y la otra leal al sirio Antíoco (la Casa de Tobías). A diferencia del gobierno de los ptolomeos, la dominación seléucida resultó ser represiva y cruel. Antíoco Epifanes (175–163 a. C.) emitió decretos contra el judaísmo y sus prácticas religiosas. En el año 168 sus ejércitos arrasaron Jerusalén, asesinaron a muchos judíos, esclavizaron a muchas mujeres y niños y decretaron que guardar el sábado y poseer copias de las Escrituras judías era ilegal y penado con muerte. Los seléucidas cometieron su blasfemia definitiva al erigir un altar a Zeus en el templo. También practicaron la prostitución y el sacrificio de animales inmundos en los recintos del templo.
Estas prácticas abominables desembocaron pronto en el levantamiento judío conocido como la revuelta de los macabeos. Mediante la guerra de guerrillas inspirada por Judas Macabeo (m. 160 a. C.), hijo de Matatías Asmoneo, los judíos llegaron a derrotar a las tropas sirias. Cuando Judas fue asesinado en una batalla, sus hermanos Simón y Jonatán continuaron la campaña, estableciendo la dinastía hasmonea (142–137 a. C.). El período hasmoneo se caracterizó por las continuas rivalidades e intrigas por el poder. Fue en esta coyuntura de la historia de Israel cuando aparecieron las facciones judías rivales, familiares a los lectores del Nuevo Testamento, es decir, los SADUCEOS, FARISEOS y ESENIOS.
El mandato hasmoneo fue reemplazado por el Imperio Romano cuando Pompeyo marchó sobre Palestina en el 63 a. C. y sometió al mundo judío bajo el dominio de Roma. Los romanos pusieron un gobierno títere que permitía el gobierno de Palestina por parte de reyes vasallos. El de mayor fama (o infamia) de ellos fue Herodes el Grande, que gobernó Palestina del 37 al 4 a. C. Tremendamente cruel pero capaz de mantener el orden, Herodes fue odiado pero respetado. Su contribución incluyó la restauración del templo. Después de Herodes, cada uno de sus hijos gobernó sobre distintas partes de Palestina. Herodes Arquelao llegó a ser tetrarca de Judea, Samaria e Idumea (4 a. C.–3 d. C.); Herodes Antipas gobernó Perea y Galilea del 4 a. C. al 39 d. C. ; Herodes Filipo presidió sobre Iturea Traconite, Gaulanite, Auranite y Batanea desde el 4 a. C. al 3 d. C. Fue ante Herodes Antipas ante quien Jesús sufrió (33? d. C.); es él el Herodes que se halla en muchas otras referencias del Nuevo Testamento. Herodes Arquelao fue derrocado y expulsado el 6 d. C. a causa de su incompetencia y mala administración, y reemplazado por una serie de gobernadores romanos o procuradores, como Poncio Pilato, el gobernador que se hizo famoso por su juicio sobre Jesús.
Durante esta época la adoración judía seguía con sus sacrificios en el templo y sus reuniones en las sinagogas locales. Sin embargo, el año 70 d. C., durante la Primera Guerra Judía (66–73 d. C.), Jerusalén fue destruida por Tito. Esta guerra fue provocada por una serie de edictos de Roma que llegaron a ser insoportables para muchos judíos. Los zelotes y los herodianos animaron al pueblo para levantarse y luchar por un estado judío independiente.
Después de la destrucción de Jerusalén, siendo Domiciano emperador (81–96 d. C.), el judaísmo experimentó una importante reconstitución en Jamnia. De forma muy parecida a como ocurrió en el Exilio, se volvió a enfatizar la Torá. También fue en Jamnia donde se denunció el cristianismo, mayormente por la negativa de los cristianos (en su mayoría judíos) a luchar contra Roma. Aunque muchos judíos continuaron aceptando el cristianismo después de Jamnia, aunque cada vez menos. Después del 70 d. C., el crecimiento del cristianismo se produjo principalmente de fuentes no judías.
La Segunda Guerra Judía (132–35 d. C.) fue provocada por el emperador Adriano (117–38) quien prohibió el rito de la circuncisión y erigió un templo a Júpiter en Jerusalén. El líder de los judíos durante la guerra fue Bar Cochba, saludado por muchos como el Mesías. Pero los judíos no podían triunfar sobre las poderosas tropas de Roma y fueron derrotados en el año 135. Jerusalén fue reconstruida después, pero como ciudad romana. A los judíos se les prohibió hasta la entrada en esta nueva ciudad.
La segunda destrucción del templo (uno de los grandes pilares del judaísmo) y la extinción del estado judío abocaron a la formación del judaísmo rabínico, un período que se extiende hasta el siglo xviii. Los judíos de la DIÁSPORA se trasladaron a muchos lugares del imperio y de fuera de él. El «pueblo de la tierra» ya no volvería a poseer tierra hasta 1948.
El período rabínico está marcado por un gran desarrollo de la MISHNÁ y la elaboración del TALMUD. Esta fue la época de los tannaim («maestros») y los amoraim («maestros de la Ley»). Se produjeron dos talmudes, uno palestino y uno babilónico. Se puso mucho énfasis sobre los talmudes para extraer un código para la vida diaria. La muerte de Gamaliel IV en el 425 señaló un período de fragmentación, pero el judaísmo se había mantenido unido como pueblo y concepto por las enseñanzas de los rabinos y el firme mantenimiento del CALENDARIO JUDÍO.
Durante la Edad Media se desarrollaron dos ramas principales del judaísmo. Los judíos SEFARDITAS remontan sus raíces hasta Babilonia. Estaban situados mayoritariamente en España y su cultura derivaba principalmente de fuentes árabes y musulmanas a causa de las expansiones del ISLAM de los siglos vii a xviii. La segunda rama, llamada ASKENAZÍ tenía sus raíces en Europa, especialmente en Francia y Alemania, y puede remontar su ascendencia hasta Palestina.
Dos tradiciones MÍSTICAS brotaron al final de la Edad Media en el judaísmo. Una fue llamada HASIDISMO, que estaba claramente influida por la cultura askenazí mientras que la segunda fue la CÁBALA, o tradición mística cabalística, que salió de las academias talmúdicas y las comunidades sefarditas de España. Estas dos culturas chocaron de tanto en tanto, pero mucho más serio fue el choque directo entre la iglesia cristiana y el judaísmo. En 1306 los judíos fueron expulsados de Francia. Los cinco siglos siguientes estuvieron marcados por una continua serie de persecuciones de judíos por toda Europa.
Durante la Ilustración Judía-Haskala, empezaron a influir en el judaísmo las mismas cosas que afectaban al cristianismo en Francia y otras partes. La hegemonía de la razón comenzó a afectar a las tradiciones de fe de los primeros siglos. Para el judaísmo, esto significó dar la espalda a la creencia en los milagros del Antiguo Testamento y a la espera del Mesías. Muchos empezaron a concentrarse en una filosofía de vida de este mundo, llevando a una reelaboración del espíritu nacionalista que había caracterizado el judaísmo siglos antes. El nuevo nacionalismo, sin embargo, estaba definido por un espíritu mucho más racionalista. En el espíritu de Hegel, Moses Mendelssohn (1729–86) intentó articular una religión construida sobre la razón universal. Uno de los numerosos logros de Mendelssohn fue su interpretación del judaísmo en el contexto de la cultura alemana del siglo xviii.
Los judíos asentados en Rusia también fueron influidos por la Haskala. La adaptación a las culturas e idiomas europeos y rusos sublimaron la espera romántica de una patria con la realidad de la marginación social y con la manera de hacer frente al aquí y ahora. Muchos judíos empezaron a distinguir entre nacionalidad y religión, afirmando ser rusos, alemanes, (más tarde) americanos, etcétera, de nacionalidad, pero judíos de religión. En 1881 surgieron persecuciones o «pogromos» en Rusia. Desde aquel momento, para la mayoría cesó la búsqueda de una identidad nacional en el contexto de Rusia y más tarde, en la zona oriental de Alemania.
La Haskala dio lugar al judaísmo reformado a principios del xviii. El judaísmo reformado tenía sus raíces en la Francia de la época napoleónica. Napoleón nombró un nuevo Sanedrín Judío, con la responsabilidad de elaborar una nueva definición de judaísmo que fuese mucho más espiritual y mucho menos nacionalista. El movimiento reformador se extendió a otros lugares de Europa pero fue de desarrollo menos doctrinal y más estético que en Francia. En general, el judaísmo reformado representó un intento de asimilar, acomodar y comprometer las estrictas formas judías con las culturas cristianizadas de Europa. En suma, la mayoría de judíos ortodoxos rechazaron las medidas reformadas. Sin embargo, los judíos de los Estados Unidos las abrazaron con agrado. Los judíos de Alemania de la década de 1840 institucionalizaron el movimiento reformador, intentando crear una teología racional para tales cambios rápidos. Se dejó de practicar la circuncisión, apenas se hablaba hebreo y se abandonaron las normas relacionadas con la alimentación.
La reacción al judaísmo reformado surgió pronto en Alemania. En 1845 Zacharias Frankel y un grupo de seguidores se apartaron del sínodo reformador de Frankfurt, mayormente por el creciente desuso del hebreo. Frankel argumentó que la lengua hebrea era una de las pocas fuentes de identidad y unión con el pasado que quedaba a los judíos. Aunque hasta los judíos conservadores reconocían realmente que el judaísmo era inevitablemente de naturaleza «evolutiva», las observancias religiosas retuvieron su carácter ortodoxo estricto.
Cabe destacar sobre las relaciones judeocristianas que desde el siglo I han sido, en el mejor de los casos, tensas. En Francia, durante y después de la Revolución, la Iglesia Católica fue abiertamente hostil. En Rusia, la Iglesia Ortodoxa Rusa consideraba al judaísmo como una amenaza contra el cristianismo y la paz nacional. Muchos relatos documentan una trágica historia de persecución de judíos en Rusia a finales del siglo xix y principios del xx.
En Norteamérica se mantuvo una actitud mucho más tolerante hacia los judíos. Las iglesias protestantes liberales, como ahora el Consejo Mundial o el Consejo Nacional de Iglesias, han denunciado frecuentemente el antisemitismo. En 1928 se fundó la Conferencia Nacional de Cristianos y Judíos, en respuesta al antisemitismo propagado por Henry Ford en su periódico Dearborn Independent.
La más devastadora tragedia de toda la historia judía fue el holocausto nazi, en el que fueron exterminados casi 6 millones de judíos europeos en Alemania entre 1937 y 1945. El libro Mein Kampf de Hitler describía a los judíos como «destructores de la cultura» y «asesinos de Cristo». Llegó a invocar el nombre de MARTÍN LUTERO como «el más excelente alemán», citando fuera de contexto frases del reformador alemán para apoyar su hipótesis de que la causa luterana defendía el antisemitismo. Aunque es cierto que Lutero hizo comentarios peyorativos sobre los judíos hacia el final de su vida, el contexto de tales declaraciones no fue el mismo que el que motivaba a Hitler. Mientras este último estaba motivado por una intensa y mítica noción de nacionalismo, mezclada con teorías raciales pseudocientíficas prevalecientes a finales del siglo xix, los motivos de Lutero eran de carácter estrictamente religioso. El nacionalismo extremo sería un anacronismo en el siglo xvi. Los comentarios de Lutero sobre los judíos deben entenderse tal como fueron pronunciados, con motivo de que cuando se les ofreció el evangelio lo rechazaron. Cualquier lector casual de Lutero ve que un enemigo de Cristo era enemigo de Lutero, ya fuesen «judío, turco o el papa». No obstante, los comentarios de Lutero no se encuentran entre sus palabras más nobles, y muchos cristianos luteranos repudian hasta hoy las desafortunadas palabras del reformador.
Uno de los aspectos del holocausto es que los judíos consideraron las acciones de los nazis como acciones cristianas. Nada podría estar más lejos de la verdad. Es verdad, desde luego, que muchos autodenominados cristianos dieron la impresión de que el holocausto era justificable desde una perspectiva cristiana. Pero igualmente importante es el hecho de que muchos cristianos alemanes se opusieron al nazismo y ocultaron y protegieron judíos de las tropas de Hitler. 
La fase más reciente de la historia judía es el sionismo. Como reacción contra el antisemitismo del siglo xix, muchos judíos vieron que la única solución para su desesperado apuro era retomar su espíritu nacional dirigiendo sus miradas hacia la Tierra Prometida. El reasentamiento en Palestina se convirtió en la preocupación de los sionistas. Entre 1922 y 1939 la población judía de Israel creció de 88. 790 a 445. 457 habitantes. El nazismo provocó un importante aumento del número de inmigrantes a Palestina. En 1942, en el Hotel Biltmore de Nueva York, se decidió que los judíos podían volver a Palestina sin restricciones y que se establecería una mancomunidad judía.
La Resolución Biltmore fue presentada a los ingleses, quienes eran los que gobernaban Palestina en aquel momento. Gran Bretaña, incapaz de tratar con la creciente tensión entre árabes y sionistas, acogió bien la participación de los americanos y la presencia de las Naciones Unidas. El 15 de mayo de 1947, la Asamblea General de Naciones Unidas votó la creación de un Comité Especial sobre Palestina (UNSCOP). La solución para el problema judío fue la partición de Palestina entre la zona judía y la árabe. Las resoluciones del UNSCOP fueron aprobadas en 1947 pero se encontraron con la gran oposición de los árabes palestinos, sobre todo porque el proceso de particiones dio una cantidad desproporcionada de terreno a los sionistas. Los árabes reunieron fuerzas para resistir la propuesta de las Naciones Unidas. Las fuerzas sionistas vencieron la resistencia árabe en 1948 y tomaron las tierras asignadas a Israel por la ONU. Las porciones de territorio árabe se aseguraron entonces por la fuerza.
El 18 de mayo de 1948 volvió a existir el estado de Israel, siglos después la estrella de David volvía a ondear sobre la tierra una vez dada a la simiente de Abraham. Los británicos anunciaron el fin de su mandato en Palestina y se apartaron inmediatamente. Fuerzas árabes de Egipto, Siria, Líbano e Iraq fueron a Palestina e intentaron ofrecer resistencia continuada con un bloqueo de los judíos de Jerusalén. El 20 de mayo, la ONU envió al Conde Folke Bernadotte para actuar como mediador entre las fuerzas judías y las árabes y aunque consiguió asegurar una tregua temporal, fue asesinado por terroristas sionistas el 17 de septiembre de 1948. Hacia julio de 1949, se concedieron a Israel todos los territorios que había ganado por conquista los cuales incluían toda Galilea, una parte de la franja de Gaza y la costa mediterránea mientras que la parte restante de Transjordania se convirtió en parte de Jordania. Así, ya no existía Palestina como país estrictamente árabe. El enfrentamiento entre árabes y judíos continúa hasta hoy.
Creencias y Prácticas. Ya hemos presentado gran parte de lo que constituye las creencias y prácticas del judaísmo en el resumen de su historia. A continuación se ofrecen algunas observaciones, además de comparaciones y contrastes con el cristianismo.
La Torá (Ley) desempeñó una función religiosa crucial al describir la relación entre Yahvé e Israel, y entre cada israelita y su prójimo. Como tal, no conoce precedente y sirve como uno de los fundamentos del judaísmo hasta hoy.
También para el cristianismo la Torá juega un papel importante. Jesús mismo dijo: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir» (Mt. 5:17). Sin embargo, como aquí se indicaba, Jesús reinterpretó radicalmente la Ley como ya cumplida en su persona. Otra reinterpretación fue su enseñanza de que la mera observancia religiosa no era el propósito real de la Ley. Dios había puesto su Ley para que se guardase dentro del corazón de su pueblo. Jesús consideró la ira y el odio como culpables de asesinato (Mt. 5:21) o la lujuria tan condenable como el acto externo de adulterio (Mt. 5:27). Jesús desechaba la ley oral como «tradiciones de hombres (Mr. 7:8; 9, 13). Los profesionales religiosos, tales como los escribas y fariseos, habían levantado una barrera en torno a la Torá, haciéndola inaccesible para la gente común.
El Tabernáculo. Yahvé había dado cuidadosas instrucciones para la construcción del tabernáculo o «tienda del Señor» (posteriormente el templo). Allí, en un tiempo y lugar específicos de la historia, el pueblo de Dios practicaba los sacrificios rituales diarios y el sacrificio anual del Día de Expiación por el pecado llevado a cabo por el SUMO SACERDOTE en el LUGAR SANTÍSIMO.
El cristianismo también ha reinterpretado radicalmente la importancia del templo en la vida judía. A lo largo del Antiguo Testamento, el derramamiento de sangre para remisión de pecados era un rito religioso considerado crucial para ser aceptado por Dios y apaciguar su ira (Lv. 17:11). Levítico 16 contiene una detallada descripción de cómo el sumo sacerdote tenía que entrar en el Lugar Santísimo una vez al año y ofrecer un becerro por el pecado en ofrenda por sí mismo. Tenían que seleccionarse dos chivos. Se llevaban muchos y uno se convertía en ofrenda por el pecado y otro en chivo expiatorio. El primero lo inmolaba el sumo sacerdote ante el PROPICIATORIO de Dios en el Lugar Santísimo, haciendo así expiación por los pecados del pueblo. El otro se presentaba vivo ante Yahvé y entonces se llevaba al desierto, cargando los pecados del pueblo.
Para el cristianismo la importancia del tabernáculo y del templo debía continuar, pero con una importante diferencia. La actividad del templo se incorporó en la persona de Jesucristo mismo. El libro de Hebreos presenta un extenso argumento a los judíos para reconocer a Jesús como el Gran Sumo Sacerdote: (1) El sumo sacerdote del antiguo Testamento tenía que ofrecer sacrificios con frecuencia, el sacrificio de Jesús fue de una vez para siempre (He. 9:25). (2) El sumo sacerdote ofrecía sangre de animales, Jesús se ofreció a sí mismo (9:12–14). (3) El sumo sacerdote ofrecía expiación por sus propios pecados, Jesús fue sin pecado y, por tanto, capaz de ofrecerse a sí mismo como expiación por todos (He. 4:15). (4) Los sumos sacerdotes del Antiguo Testamento envejecían y morían y, sobre la base de su ascendencia, eran reemplazados. El sacerdocio de Jesús no estaba basado en su genealogía sino en el «poder de una vida indestructible» (He. 7:16).
En la muerte de Jesús, el velo que separaba el Lugar Santísimo se rasgó por la mitad (Mt. 27:51). La explicación cristiana de tal hecho era que en la persona de Jesús el Lugar Santísimo, accesible sólo para el sumo sacerdote una vez al año, dejó de existir. Jesús pasó a ser él mismo el Lugar Santísimo ya no sólo accesible en un templo terrenal y para judíos solamente. La promesa de Dios de que en el linaje de Abraham serían benditas todas las naciones de la tierra había llegado a su cumplimiento.
Adoración. La adoración judía se centraba en un principio alrededor de la Torá y el templo. Los rituales del templo sólo seguían siendo posibles en tanto que los judíos seguían siendo «el pueblo de la tierra» (am ha-artez). Tras la destrucción del templo en el año 70 y de la expulsión de los judíos de Jerusalén, cesaron todos los rituales. En su lugar fueron aumentando en importancia (véase más arriba) la Torá, las tradiciones interpretativas de la mishná, los talmudes y la midrash.
La adoración judía estaba basada en creencias acerca de Dios y la creación. Dios como totalmente separado es accesible sólo a través de la mediación del sacerdocio y de los profetas. Pero toda la creación de Dios está situada en un marco de referencia espacio-temporal. Es decir, Dios eligió a un pueblo, un tiempo y un lugar para manifestar su presencia y voluntad. Y dado que el pueblo está sujeto al espacio y al tiempo, Dios se adaptó a estas limitaciones humanas. La adoración judía estaba prescrita de tal manera que se daban cuidadosas instrucciones a Israel para celebrar y rememorar la creación y los hechos salvíficos de Dios mediante la observancia de fiestas anuales, ayunos, días santos y el sábado (sabbat). El Calendario Judío detalla cada uno de estos eventos.
Las grandes fiestas anuales que se celebraban en la adoración judía eran: (1) las fiestas vinculadas con el sábado, (2) la Pascua, o fiesta mayor, y (3) el Día de Expiación (véase más arriba).
Sábado. El sábado hebreo (que significa «reposo») se observa el séptimo día de la semana. Según el relato de la creación de Génesis 1, Dios creó la tierra en seis días y en el séptimo día descansó. Así pues, el sábado, que sigue a seis días de trabajo, se entendía como: (1) un tiempo de reposo para el pueblo de Dios porque, como Dios descansó de su labor creadora, así el pueblo debe descansar de sus labores en la creación, (2) un tiempo para recordar a Dios y su obra creadora. El culto judío en el espacio y en el tiempo se convirtió en una continua historia de contar y volver a contar el relato histórico. El tema principal de la historia divina de la creación para Israel era la perpetua celebración semanal del sábado. Por eso los temas resonantes de descanso y adoración constituyen el corazón de la observancia del sábado.
El cristianismo introdujo cambios radicales en su visión del sábado. En tiempos de Cristo, la adoración sabática se había convertido en un asunto de observancia de múltiples prohibiciones externas que Jesús denunció como «tradiciones de hombres». Para cumplir la Ley, Jesús guardó el sábado (Mr. 1:27), pero no tuvo en cuenta las tradiciones de los fariseos. La ocasión en que los discípulos arrancaron espigas para comer en sábado sirve como ejemplo. En dicha ocasión Jesús hizo la osada afirmación: «el sábado fue instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mr. 2:23–27). En el pasaje inmediatamente posterior (3:1–5), Jesús sanó a un hombre en sábado y preguntó a los encolerizados fariseos: «¿es lícito en sábado hacer bien, o hacer mal, salvar una vida, o matar?» (3:4).
Las enseñanzas de Jesús parecieron ofender a los fariseos, hasta el punto de que empezaron a planear su muerte (Mr. 3:6), pero aún no había llegado el revés más radical a la adoración judía. Los primeros cristianos (que eran judíos) empezaron a celebrar la adoración el primer día de la semana (domingo), en conmemoración de la resurrección. Algunos padres de la iglesia enseñaron que la adoración dominical era un celebración de re-creación. Es decir, la resurrección de Jesús el primer día de la semana trajo salvación para un nueva creación, corrigiendo los errores de la vieja creación. Un paso más en el desarrollo de una teología distintiva cristiana del sábado en contraste con el judaísmo fue el entendimiento de Jesús como encarnación y cumplimiento del sábado. Todos los que creían en Cristo como Mesías entraron en el sábado o reposo de Dios (He. 4:1–11). Para el cristiano, en otras palabras, la adoración ya no necesita limitarse al sábado.
El escándalo de la enseñanza de Jesús, por tanto, fue la reinterpretación de los pilares básicos del judaísmo. Él llegó a ser el cumplimiento de la Ley para todos los transgresores. Llegó a ser el propiciatorio de Dios, sustituyendo al templo y el Lugar Santísimo. Llegó a ser el descanso sabático de Dios en lugar de las observancias tradicionales del sábado. Ninguna de estas cosas tenía la intención de ser una novedad, más bien eran el cumplimiento de lo escrito «en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lc. 24:44).
La Pascua. Algo central en la adoración y religión de los judíos es la fiesta de la Pascua, una de las grandes fiestas de peregrinación. La Pascua se celebraba en primavera, en el mes de nisán (marzo-abril). La primera Pascua se remonta a la liberación final de Israel de la esclavitud de Egipto. Moisés mandó al pueblo de Israel untar las puertas y dinteles de sus casas con sangre (Éx. 12:1–51), y el ángel exterminador pasaría de largo de los primogénitos de Israel y mataría únicamente a los primogénitos de los egipcios. Este acontecimiento representó el amanecer de una nueva era en la historia de Israel. Ahora no sólo había un historia de la creación para recordar, sino también una intervención divina de salvación y liberación. Así como el sábado era una conmemoración de la obra creadora de Dios, la Pascua fue una expresión de la obra divina de salvación. Y de la misma manera que el sábado se debía repetir semanalmente, la «Pascua perpetua» se inició para celebrar y recordar la Pascua egipcia una vez al año (véase COMIDA DE PASCUA [SEDER]).
La tradición cristiana ha sido profundamente influida por la tradición pascual judía. Jesús eligió la víspera de la Pascua y de su crucifixión para instituir la Cena del Señor (Mt. 27:62, Mr. 15:42, Lc. 23:54, Jn. 19:31). Aunque Joachim Jeremias suscita la cuestión de si era o no una comida pascual, la pasión y resurrección de Cristo permanece en el corazón del cristianismo, dado que ocurrió durante la Pascua, la Cena del Señor llegó más tarde a ser llamada «misterio pascual». Los primeros cristianos judíos comprendieron perfectamente la muerte y resurrección de Jesús como la nueva Pascua. En lugar de imputar muerte a los pecadores, por causa de Cristo Dios pasa de largo los pecados de todos los que se han cubierto con la sangre de Jesús como la del nuevo Cordero de Pascua. En otras palabras, igual que el sábado y el templo, la Pascua judía también fue reinterpretada en el cristianismo. Los cristianos consideraban la Pascua de Éxodo como una sombra de la completa revelación de los hechos de Dios, que culmina en el nuevo pacto (Jer. 31:31–34).
Profecía y esperanza mesiánica. La literatura profética del Antiguo Testamento está llena de declaraciones de la venida de un messiah (lit. «el ungido») para traer la liberación y salvación de Dios mediante una figura regia a semejanza de David (Sal. 2, 18, 20, 21, 45). El Mesías recibe varios nombres, por ej. : «El Juez que Vendrá», «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is. 9:6).
Los judíos creían que el Mesías surgiría de una de las varias tradiciones del judaísmo. Hacia el tiempo de Jesús, la esperanza mesiánica de muchos de los judíos era que el Ungido sería un poderoso rey político-militar que derrotaría a los romanos. Otros miraban al Mesías esperado como el que iba a traer un nuevo principio (un nuevo cielo y una nueva tierra), con Israel en el centro gobernando sobre las naciones del mundo. Pero lo que no estaba en la lista de tipos de Mesías era un rey mesiánico que tenía que sufrir y morir. El cristianismo defiende esta interpretación de la esperanza mesiánica y la ve cumplida en Jesús de Nazaret. El texto del «siervo sufriente» de Isaías 53 se convirtió en el locus classicus para la descripción de Jesús como el Cristo que sufrió y murió para liberar a su pueblo del pecado. Los judíos encuentran escandalosa esta idea. No sorprende que Pablo dijese que la cruz de Cristo era una piedra de tropiezo para los judíos (1 Co. 1:23). La esperanza escatológica de Israel está todavía enlazada hoy entre los judíos ortodoxos con su esperanza mesiánica.
Los Elegidos de Dios. Las expresiones «pueblo escogido», «hijos de Dios», «elegidos de Dios», etcétera, son frecuentemente vinculadas a Israel. A través de la promesa de Dios a Abraham (véase más arriba), Israel fue elegido por Dios para ser un portaestandarte del único Dios verdadero y ejemplo para las naciones. Después de la Dispersión, la nación de los elegidos de Dios se trasladó de un concepto espiritual a otro intensamente nacionalista. Ser «hijos de Abraham» les llevó a un espíritu de sectarismo y orgullo. Jesús se enfrentó a ello con un duro lenguaje (Jn. 8:39–44). La iglesia primitiva adoptó el lenguaje de elección del judaísmo (Hch. 2:47, Ro. 8:28–31, Ef. 1:5, 1 P. 2:9), pero con una importante diferencia. Más que un pueblo elegido llamado de una determinada nación, Israel, el pueblo de Dios es ahora los elegidos de toda nación (Hch. 3:25). El pacto que Dios hizo con Abraham dio fruto en el nacimiento de la iglesia cristiana el día de Pentecostés (Hch. 2). La iglesia, el nuevo Israel de Dios, se compone ahora de todos los pueblos en Cristo (Gá. 3:28, 6:16).
Judaísmo moderno. Lo que sigue es un breve resumen de las diferentes formas de judaísmo que existen en la actualidad. Al igual que presenta el cristianismo una amplia pluralidad de denominaciones en el mundo moderno, el judaísmo también ha experimentado un fenómeno semejante.
1. Judaísmo conservador. Este movimiento empezó a mediados del siglo xix como reacción contra los rabinos reformistas. El judaísmo conservador de Norteamérica es llamado Sinagoga Unida de América.
2. Judaísmo ortodoxo. Es la forma más antigua del judaísmo. Llegó a Norteamérica en 1625, y todas las sinagogas organizadas entre 1730 y 1801 siguieron el rito sefardí. El rito askenazí se inició en Filadelfia en 1831. Las instituciones ortodoxas incluyen los Seminarios de Estudio de la Torá Yeshivo, Escuela Teológica de Baltimore y el Consejo Rabínico de Norteamérica.
3. Judaísmo reformista. Como ya hemos descrito, este movimiento empezó en Alemania a principios del siglo xix. La creación de la Sociedad Reformada de Israelitas en Charleston (Carolina del Sur), trajo el movimiento de reforma a Norteamérica. El judaísmo reformista introdujo cambios y modernizaciones en los rituales y el uso del inglés en las reuniones cúlticas. Las organizaciones reformistas incluyen la Federación Nacional de Fraternidades del Templo (NFT), NFT Femenina, NFT Juvenil, Conferencia Americana de Cantores, Asociación Nacional de Educadores del Templo (NAT), NAT de Administradores y Unión Mundial para el Judaísmo Progresista. Entre las instituciones educativas está la Escuela de la Unión Hebrea de Cincinnati.
4. Judaísmo reconstruccionista. Mordecai Kaplan (1881–1983), profesor del Seminario Teológico Judío Conservador de Nueva York, «reconstruyó» el judaísmo alterando algunos puntos fundamentales del judaísmo ortodoxo. Los reconstruccionistas niegan el pecado original y, en consonancia con la opinión moderna, mantienen la bondad básica de la humanidad. La Fundación Reconstruccionista Judía se formó en 1940. Entre las organizaciones reconstruccionistas están la Comunidades y Congregaciones de la Federación Reconstruccionista (1951) y la Escuela Rabínica Reconstruccionista (1968) de Filadelfia.
5. Judaísmo humanista. Compuesto principalmente de agnósticos y ateos, el judaísmo humanista rechaza la noción de un Dios que está «allí». El deísmo se sustituye por un enfoque puramente humanista. Es decir, la moral está dentro de cada uno, los actos justos o injustos no son hechos en respuesta a Dios sino a uno mismo. El judaísmo humanista fue apoyado por una organización conocida como el Movimiento Ético Cultural, fundado en Nueva York en 1876. Sherwin T. Wine fundó la Sociedad para el Judaísmo Humanista en 1969. Algunos judíos humanistas son también miembros de la ASOCIACIÓN UNITARIA UNIVERSALISTA.
Conclusión. Según los datos de 1991, hay unos 17. 400.000 judíos en el mundo. Se reparten de la siguiente manera:
África 320.000
Asia 5.375.000
Europa 1.460.000
Latinoamérica 1.050.000
Norteamérica 6.900.000
Oceanía 95.000
Antigua Unión Soviética 2.200.000

El judaísmo moderno ha experimentado importantes cambios en la última mitad del siglo xx. Las ideologías caracterizadas por un secularismo radical han resultado en un nacionalismo arreligioso o secular, enfrentado con facciones conservadoras y moderadamente religiosas. Los matrimonios entre judíos y gentiles, especialmente en los Estados Unidos, han aumentado de forma espectacular. La asistencia a las sinagogas es, por lo menos, marginal. El secularismo que se experimenta normalmente contrasta con un creciente interés por la ortodoxia en la medida en que en los años ochenta y noventa han vuelto más judíos hacia sus raíces históricas que en las décadas anteriores. El antisemitismo ha experimentado un resurgimiento en los MOVIMIENTOS DE IDENTIDAD de Norteamérica. Actualmente el antisemitismo está en auge en el nuevo estado alemán, aunque el problema no se limita a Alemania ya que se trata de un fenómeno mundial.


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