viernes, 18 de abril de 2014

La comunicación del evangelio hoy (parte 1)

Para algunos la comunicación es una simple transmisión de información, una especie de transferencia de símbolos. Pero sabemos que puede existir comunicación a través del silencio porque nuestras actitudes hablan.
En la comunicación del Evangelio se pone de manifiesto la gran diferencia entre la comunicación verbal y la no verbal. He escuchado sermones muy eruditos que constituyen hermosas piezas oratorias. Sin embargo, a veces ¡Nos dejan tan fríos! Si el que habla no cree realmente lo que dice, su inconsciente comunicará un mensaje negativo que anula todo lo positivo que pueda decir. Sin embargo, una predicación sencilla, sin gritos ni aspavientos, puede llegarnos al corazón si se predica con la totalidad del ser, si no hay una escisión existencias entre lo que decimos ser y lo que somos. Cierto tono de la voz, o un movimiento de los músculos del rostro pueden tornar negativa una frase positiva y viceversa. Una postura pomposa, un fruncimiento de cejas, un gesto nervioso, puede hacer que la gente deje de escuchar lo que decimos. Oyen, pero no escuchan.
El que comunica el Evangelio no puede hacer lo que algunos locutores de radio o de televisión, hablar en términos laudatorios y convincentes de un producto que ellos mismos no usan. Por razones morales el inconsciente lo traiciona. Podrá engañar a algunos por algún tiempo, pero no a todo el mundo todo el tiempo. El que comunica el Evangelio debe hacerlo como un profeta que presenta la verdad de Dios tal como él la ve y la vive.
Hay dos pasajes en las Escrituras que muestran la comunicación inconsciente de la gracia de Dios. En Marcos 5:24–34, una hemorroisa trata de tocar a Jesús con el propósito de alcanzar su sanidad y lo logra. “Luego Jesús conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud dijo: ¿quién ha tocado mis vestidos (Marcos 5:30). Este pasaje podría colocarse aparte teniendo en cuenta las facultades extraordinarias de Jesús quien es la imagen de Dios y segundo Adán. Un pasaje similar encontramos en Hechos 5:15 donde Pedro es el personaje principal: “… sacaban los enfermos a las calles y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre algunos de ellos”. El pasaje no dice que los enfermos fueron curados, pero… ¿por qué esperaban semejante cosa? ¿Tenía relación con la experiencia vivida con Jesús? No tenemos una respuesta absoluta para estas interrogaciones, pero hay un hecho cierto, la gente esperaba ser sanada de esa manera. ¿Qué tiene Pedro que hace reaccionar así a la gente? No es por causa de su educación ya que no es egresado de una universidad, ni siquiera de un seminario teológico. No es a causa de su talento, pues los Evangelios no lo señalan como a un hombre excepcional. No es tampoco a causa de una moralidad acrisolada, el Nuevo Testamento deja constancia de sus flaquezas, antes y después de Resurrección y Pentecostés. Ni siquiera es a causa de su prestigio personal, se trata de un hombre sencillo del pueblo, un humilde pescador que acaba de salir de la cárcel. ¿Dónde está su secreto? Su vida en Cristo produce canales por los cuales se comunica la energía espiritual. Es su contacto con la Luz de Cristo lo que hace posible que su sombra haga bien a los demás.
Cuando realmente se comunica el Evangelio lo que se dice o se hace en el nombre de Jesucristo trasciende tanto a las palabras como a los hechos. Lo que ocurre a veces es que se predica el Evangelio, pero no se comunica, no llega al que escucha, o no lo escucha. También ocurre que creyendo proclamar el Evangelio se está predicando otra cosa. Es muy común la confusión entre cultura y Evangelio. Hay una imagen muy chavacana que suelo usar para mostrar la realidad de esa confusión: “Hay quienes después de haber pelado una banana confunden la cáscara con la banana; se comen la primera, tiran la segunda y luego se lamentan de padecer indigestión”. Así hay sermones que en lugar de basarse en el amor de Dios, en el sacrificio de Jesucristo, o en la obra del Espíritu Santo, se refieren a la longitud de las faldas de las mujeres o del cabello de los hombres. El Evangelio no consiste en un sistema de doctrinas cuyo conocimiento nos convierte en cristianos ya que es posible conocer la Biblia y no ser creyente. El Evangelio tampoco se puede limitar a una serie de verdades éticas. Aunque hoy existe un neolegalismo según el cual uno es cristiano si hace ciertas cosas y deja de hacer otras. Los judíos en los tiempos de Jesús habían clasificado la ley en mandamientos positivos v negativos, para señalar lo que había que hacer o no hacer. Muchos creyentes están nominalmente bajo la gracia y realmente bajo una nueva ley. Eso no es el Evangelio. El Evangelio es la buena nueva jubilosa que nos muestra que el reino de Dios se ha iniciado en la persona y ministerio de Jesucristo y que marcha hacia la consumación final conducido por el Espíritu Santo.

El Nuevo Testamento sugiere tres formas de comunicar el Evangelio del Reino: La comunicación verbal o proclamación kerigmática, la proclamación por medio de la comunión o koinonía y la proclamación a través del servicio o diaconía.


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