sábado, 19 de abril de 2014

La comunicación del evangelio hoy (parte 2)

El Nuevo Testamento sugiere tres formas de comunicar el Evangelio del Reino: La comunicación verbal o proclamación kerigmática, la proclamación por medio de la comunión o koinonía y la proclamación a través del servicio o diaconía.
a) Comunicación kerigmática
La palabra griega kerigma viene de kerix que significa heraldo. El heraldo no viene para enseñar sobre su Señor, sino para hacer conocer su autoridad y también para anunciar su venida. El predicador es un heraldo que habla en nombre de su Señor al cual en cierta manera representa y a quien es absolutamente fiel. Los problemas que señalamos anteriormente sobre una comunicación inconsciente que neutraliza lo que se dice, no podía darse en los heraldos de los reyes de tiempos de Jesús. En primer lugar porque estos monarcas no concedían ese privilegio a cualquiera que se ofreciera, sino a aquellos cuya lealtad estuviera probada. No ocurre así con el Señor de nuestro Reino, pues encontramos heraldos con lealtades divididas. El heraldo de tiempos de Jesús hablaba con autoridad y con la totalidad de su ser, con pleno convencimiento. Hoy existen otras posibilidades. Uno de los grandes problemas de la Iglesia de hoy es la carencia de un liderato calificado. Uno de los grandes problemas del mundo de hoy es que cree que ha dejado de creer en Dios y lo que ocurre es que ha dejado de creer en la Iglesia. La mayor necesidad para el mundo y la Iglesia de hoy es un liderato calificado y comprometido con la totalidad del Evangelio redentor.
El predicador de hoy está sometido a grandes tensiones que frecuentemente conducen a un estado de perplejidad y confusión mental. Nuestro siglo es muy diferente al mundo en el cual San Pablo comunicó el Evangelio. Evangelizar en el Nuevo Testamento, es proclamar una noticia a personas que nunca antes la habían escuchado. En nuestro contexto, todos conocen algo del Evangelio, aunque diluido, adulterado y confundido. Hoy todos creen en Jesús por lo menos en el plano intelectual. Afirman que El fue un Maestro, un filósofo, un moralista, etc. El problema es que la mayoría de las personas no tienen al Cristo de la experiencia personal. ¿Qué tiene la mayoría? La respuesta es sencilla: llene ídolos, ya no tanto de madera o de yeso, ahora los construyen con ideas y con personas.
Por otro lado, vivimos en una cultura que tiende cada vez más hacia otras formas de comunicación. Medio siglo atrás la gente, en Buenos Aires, procuraba conseguir entradas para escuchar ciertos conferencistas. Hoy la entrada a las conferencias son gratuitas y sin trámite alguno. Sin embargo, no hay buena asistencia, a pesar de la promoción que se hace en los diarios. Para mejorarla, muchas instituciones ilustran las conferencias con diapositivas y esto ha dado buenos resultados. Luego, la comunicación por audiovisuales, encuadra en nuestra cultura mejor que la mera comunicación verbal. Esta nueva situación cultural, presenta sus dificultades, por ejemplo: Familias silenciosas frente a un deshumanizante televisor, que divide a la familia cerrando las puertas a la comunicación interpersonal. Difícilmente la familia moderna, que ha caído en las garras de la “teveadicción”, podrá liberarse de esa tiranía. Una vez que la televisión capta nuestro interés, nos sentimos inclinados a desinteresamos por los que están a nuestro lado, que son los seres más queridos.
Creo firmemente en el ministerio de la palabra escrita, creo que la literatura es un medio muy útil para comunicar el Evangelio en el mundo actual. Conozco varios casos de personas que se han convertido leyendo libros cristianos, pero no dejo de reconocer las dificultades de nuestro tiempo en tal sentido. La gente de hoy parece que busca imágene y acción. Las revistas que tienen muchos grabados y pocos textos, se venden con mucha facilidad. Tal parece que nuestros coetáneos no saben leer. Se quiere ver, no se desea leer. Se busca lo fácil, como las imágenes visuales.
No podemos cerrar los ojos a la realidad de que vivimos en un mundo diferente. Es evidente que la Iglesia no puede escaparse a su contexto que influye sobre ella permanentemente. Uno de los fenómenos de nuestro tiempo es que muchos cristianos han perdido el hábito de leer la Biblia devocionalmente. Aceptando esa realidad, la Sociedad Bíblica Argentina ha comenzado la tarea de hacer grabaciones bíblicas. Actualmente se hacen grabaciones en cassettes con la voz de un locutor profesional –creyente que lee la Palabra. Yo mismo he aceptado la invitación de C.A.V.E.A. para grabar un cassette con dos lecciones de Psicología Pastoral.
A pesar de todas las dificultades, la comunicación del Evangelio sigue teniendo pertinencia, pero debemos recordar que el hombre de hoy tiende a un pragmatismo generalizado. Está cansado de palabras y quiere hechos. Es por eso que resulta tan importante tener en cuenta la necesidad de que junto con la comunicación verbal consciente, vaya la correspondiente comunicación no verbal inconsciente. La verdadera evangelización no se agota en la transmisión de ideas y conceptos. Consiste esencialmente en colocar a los hombres en una relación viviente con el Espíritu Santo. La comunicación kerigmática verbal por medios tradicionales o por nuevos: audiovisuales, dramatizaciones, etc., tienen un importante lugar en la Iglesia de hoy, pero es necesario reconocer las limitaciones y hacer todo lo posible para obviar las dificultades.
b) La comunicación por medio de la koinonía
En todos los tiempos, la vida de cristianos ejemplares ha sido un impacto en personas no creyentes. La comunión con este tipo de cristianos les ha llevado a Jesucristo. Así Ignacio Lepp, un marxista, ateísta militante, que en Francia dictaba conferencias sobre la inexistencia de Dios, se convierte a la fe cristiana no por medio de un sermón sino por el impacto de una vida cristiana. El contacto con un sacerdote obrero que vivía en comunión con Jesucristo le llevó a la conversión. He aquí su propio testimonio: “Quizás parezca sorprendente que un hombre cuya vida ha transcurrido principalmente en los distintos países del oeste europeo, no haya encontrado hasta la edad de veintiséis años, un solo cristiano que fuera testimonio de su fe”.
En mi iglesia local recibimos la visita de una joven enfermera que había dejado todas las comodidades de Buenos Aires para irse a trabajar entre los indios matacos, cerca de la frontera con Bolivia. Habla venido a visitar a sus familiares y le pedimos que dijera unas palabras a la congregación. Con palabras muy sencillas, en voz tan baja que movió a un feligrés a interrumpirla para decirle: “hable en voz más alta, por favor”, esta joven compartió algunas de sus experiencias entre los indios con sencillez y hasta candidez. Su fe, su comunión con Dios y con los seres humanos que sufren, fue captada por la congregación. La comunicación verbal casi no se escuchaba, pero su vida hablaba muy alto.
En la Revista, EL EVANGELISTA CUBANO (Vínculo de Unión entre cristianos evangélicos cubanos dispersos por el mundo), publicamos durante mucho tiempo la sección “Vidas Ejemplares”, donde resaltábamos las vidas de los líderes consagrados de la Iglesia en América Latina. Muchos han sido los testimonios que hemos recibido sobre el impacto de esta sección. Un profesor de la Universidad de Buenos Aires al hojear la revista que le mostró un alumno, se interesó en esa sección, donde se hacia referencia al ministerio de la literatura que realiza la Sra. Angela M. de Fernández al frente de los Talleres Gráficos Argen–Press S.R.L., en esta ciudad. Le pidió al alumno que se la prestara para leerla. Al día siguiente la devolvió e informó que había sacado varias fotocopias de ese artículo maravilloso que tanto le había impresionado. Este profesor llegó a hacer a su alumno la siguiente confesión: “Después de leer ese artículo me he dado cuenta de cuán egoísta soy. He vivido solo para mí, trataré de encontrar la dirección divina para reorientar mi vida”. Es de señalar que en la misma publicación había otros artículos interesantes. El contacto con una vida consagrada al Señor –aún cuando solo sea a través de la lectura– es un mensaje con una fuerza extraordinaria.
Estas vidas iluminadas que alumbran el camino de muchos desorientados no tienen luz propia. Como la luna no puede alumbrar por sí misma, pero puede proyectar los rayos del sol, así el cristiano que vive en profunda comunión con Dios, al entrar en comunión con otras personas proyectan la luz de Cristo, aún cuando a veces no se dan cuenta. Lo que es la vida normal y natural para un cristiano sincero, puede ser un mensaje conmovedor para alguien que no es cristiano. Nadie puede dar lo que no tiene. “De lo que tengo te doy” (Hechos 3:6); dijo Pedro al paralítico que pedía limosnas frente al templo en Jerusalén, y lo hizo caminar. No estaba haciendo algo por sí mismo, estaba compartiendo la gracia que Dios le había concedido.
Uno de los serios problemas de comunicación del cristiano de hoy es su insuficiente comunicación con Dios, la falta de oración. Si no hay vida de oración difícilmente se logrará una evangelización eficaz. La oración debe ser lo primero en todo esfuerzo evangelizador. Sin embargo suele ser la actividad más difícil y costosa para muchos cristianos. Es más fácil planear una campaña, organizar la promoción, visitar hogares, invitar a los cultos, etc…, que orar con intensidad. En todo esfuerzo por comunicar el Evangelio hay algunas preguntas que debemos plantearnos siempre: ¿Hemos orado en la preparación de todo esto? ¿Qué vamos a comunicar? ¿Esperamos transmitir información o vida? ¡Cómo racionalizamos para no orar lo suficiente! ¿Es que queremos hacer las cosas por nosotros mismos y no que las haga Dios a través de nosotros? ¿Es que estamos siendo víctimas inconscientes de la creciente secularización? La batalla de la evangelización se libra en la vida privada de cada cristiano. Si no hay un genuino amor por la gente, producto de la vida de oración, de nada valen los planes. Más que nuevos métodos necesitamos motivos. Las técnicas no aseguran el éxito. Todos los planes fracasan cuando carecemos de pasión evangelizadora envuelta en oración.
Como ya se ha señalado, la gente de hoy busca hechos y no palabras. La comunicación del Evangelio por la koinonía (la relación, el contacto, el compañerismo, la asociación con personas) con nuestros compañeros de trabajo o de estudio, con nuestros amigos no creyentes, es quizás la forma más eficaz de comunicar el Evangelio. Siempre que se entienda que no vamos solo a transmitir conceptos religiosos sino que con la totalidad de nuestro ser vamos a comunicar vida. Debo confesar que en mi trabajo de evangelización por koinonía en la Asociación Cristiana de Jóvenes de Buenos Aires no siempre he podido situarme en la posición que corresponde a uno que es un soldado de Jesucristo que nunca está franco, que siempre está de servicio. Me ha ocurrido a mí, y pienso que le ocurre a otros evangelistas, que la rutina del trabajo administrativo nos hace perder la perspectiva de nuestra misión última que debe ser realizada permanentemente. Un día que tomé conciencia de que estaba actuando en forma que no correspondía a un evangelista, escribí con letras grandes en un cartón: “RECUERDA QUIEN ERES” y lo coloqué en la gaveta principal de mi escritorio, de manera que tenga que verlo todos los días. Lamentablemente a veces olvidamos quienes somos y solo nos “vestimos” de evangelistas cuando vamos al púlpito. Mi experiencia personal es que los mejores sermones los he predicado fuera del púlpito.
Antes de concluir estas reflexiones debo señalar que la comunicación por la presencia cristiana en compañerismo con los no cristianos no es un sustituto para la comunicación verbal. Realmente deben ir juntas aunque en determinados momentos una debe prevalecer sobre la otra. No son necesariamente caminos alternativos o excluyentes, son más bien complementarios.
c) La comunicación por la diaconía
Hay una realidad subjetiva que no siempre se encuentra en el plano consciente, que en todo ser humano están presentes la imagen de Dios y el pecado. Hay una realidad objetiva que no siempre es aceptada conscientemente por el hombre, que Jesucristo dio su vida en la cruz para hacer posible la salvación de todo aquel que se arrepiente y se convierte en su discípulo. La eliminación de los efectos destructivos del pecado hace posible la restauración de la imagen que el pecado ha deteriorado. Por cuanto todo ser humano tiene la imagen     –aunque deteriorada y en necesidad de completamiento– toda la humanidad posee una dignidad intrínseca. De ahí la necesidad de servir al prójimo –creyente o incrédulo– que debe experimentar el cristiano. La existencia de la necesidad de diaconía es consecuencia de la presencia de Cristo en el creyente. La misión sin diaconía no tiene sentido, pero la diaconía sin la dimensión espiritual es puro humanismo. Divorciar la diaconía del kerigma y de la koinonía es pretender convertir el Evangelio en un activismo social. La fe cristiana no se agota en el altruismo o la filantropía. Como ha dicho Berdiaeff: “La democracia y el socialismo cuando no tienen bases espirituales, degeneran en plutocracia y tiranía”.
El servicio cristiano es una de las formas en que hoy debemos comunicar el Evangelio, pero sin perder la dimensión de profundidad que debe subyacer en toda tarea realizada por cristianos. El programa de servicio cristiano tiene que trascender al servicio mismo si es que va a ser un servicio cristiano. El servicio debe realizarse en favor de todo el hombre y no solo del cuerpo –vestido, salud, alimentos– ni tampoco debe limitarse a lo espiritual.
Nuestro mundo está lleno de personas sumidas en el orgullo, el egoísmo, el miedo, la futilidad, la vanidad, la indiferencia, la inmoralidad, la mediocridad, etc. Son personas que necesitan la salvación que solo Cristo puede ofrecer. Nosotros mismos –los cristianos– podemos ser un obstáculo para que esas personas se acerquen a Cristo. Nuestras actitudes prepotentes y orgullosas de “siervos del Señor” o nuestra indiferencia ante las personas perdidas en el pecado, están contribuyendo a la perdición de los perdidos.

El hombre –imagen de Dios– por el cual Cristo dio su vida, necesita del mensaje de los cristianos sea por comunicación kerigmática, de koinonía, o de diaconía, sea por combinación de dos o de las tres formas señaladas. Cada cristiano posee dones carismáticos, y la Biblia presenta tres listas de estos dones (Romanos 12, I Corintios 12 y Efesios 4), cada cristiano debe asumir su responsabilidad en la comunicación del Evangelio sin enterrar su talento. (Mateo 25:24–30).


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