jueves, 17 de abril de 2014

La perseverancia en la nueva vivencia

Tito 2:12b
La vida cristiana, sin embargo, consiste no solamente en la renuncia a viejos esquemas de vivencia, sino en la adquisición de otros nuevos. Para vivirla, no tenemos que retirarnos del mundo y refugiarnos en círculos exclusivamente cristianos. Somos llamados —dice Pablo— a vivir en este mundo, pero con un estilo de vida radicalmente diferente del que se practica a nuestro alrededor. El joven cristiano, el esclavo cristiano, la esposa cristiana… todos tienen que vivir su vida en el mundo. Pero, si siguen el modelo que ven a su alrededor, su vivencia corresponderá a deseos mundanos. Tienen, pues, que aprender a vivir en el mundo, pero sin ser del mundo (Juan 17:11, 14, 16, 18).

Pablo emplea tres palabras para indicar los rasgos distintivos de la nueva vivencia. Estamos ya familiarizados con ellas y, por lo tanto, no necesitamos más que mencionarlas brevemente. Se refieren, respectivamente, a nuestra relación con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con Dios.

SOBRIAMENTE
En cuanto a nosotros mismos, tenemos que vivir sobriamente. Por quinta vez en este capítulo sale este concepto. Podríamos decir que Tito es la «epístola de la sobriedad», lo que —como ya hemos visto— es lo mismo que decir de la prudencia, de la sensatez o del dominio propio. Hasta aquí, Pablo ha exigido sobriedad a cinco grupos diferentes: los pastores (1:8), los hombres maduros (2:2), las mujeres maduras (2:4, implícito en la palabra enseñen), las mujeres jóvenes (2:5) y los varones jóvenes (2:6). Ahora se la exige a toda la iglesia sin excepciones.

Tenemos que vivir sobriamente. Esto quiere decir que, por la gracia de Dios y por la iluminación de nuestra mente por su Palabra y su Espíritu, tenemos que dominar las pasiones de la carne, los apetitos y los malos sentimientos que nos zarandean, y vivir con aquellos criterios y aquellas actitudes que provienen de Dios. Así descubriremos que, cuando vivimos en el poder del Espíritu Santo, somos señores de nosotros mismos. 

Mientras nos entregábamos a nuestros apetitos y deseos y hacíamos nuestra propia voluntad, acabamos siendo esclavos (3:3); ahora, en cambio, sometiéndonos al señorío de Jesucristo, adquirimos madurez y sensatez, y somos liberados de nuestras esclavitudes. 

Suena a paradoja, pero realmente funciona. El Espíritu de Cristo proporciona dominio propio: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Vivir sobriamente, pues, es emanciparnos de nuestras ataduras carnales para vivir conforme a la voluntad de Dios, en el poder de su Espíritu y bajo la dirección de su Palabra.

JUSTAMENTE
En segundo lugar, hemos de vivir justamente. Si la palabra sobriamente nos ha hablado de algo interno (nuestro dominio de nuestras propias pasiones), la palabra justamente nos habla de algo externo (nuestra relación con los demás). En el trato social debemos caracterizarnos por la integridad, la rectitud, la honradez, el respeto, el amor y la bondad. Todo esto está incluido en la palabra justa.

Es decir, tenemos que vivir en medio de un siglo perverso, pero no conforme a la perversidad de este siglo. Aun viviendo en una sociedad caída, debemos manifestar en nuestras relaciones los valores del reino venidero; debemos buscar el reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33).

PIADOSAMENTE
La tercera palabra, piadosamente, es la que marca la diferenciación más obvia con respecto a nuestros vecinos mundanos. Nos habla de nuestra relación con Dios, en contraste con la impiedad que caracteriza a la sociedad en general. Nos habla no solamente de prácticas explícitamente «piadosas» —la vida devocional, las oraciones, el estudio y la meditación de la Palabra, la asistencia a los cultos de la iglesia—, sino también de la conciencia de la presencia del Señor en todas nuestras actividades. Procuramos glorificar al Señor y cumplir su voluntad en todo lo que hacemos.
Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas (Proverbios 3:5–6).
Así es la vida de piedad. No se limita al domingo, ni a ciertas actividades cultuales. Abarca todas nuestras sendas y caracteriza todo nuestro entendimiento. El creyente camina por esta vida en comunión con Dios, consciente de su presencia y procurando en todo momento andar como Cristo anduvo (1 Juan 2:6).
Así pues, la finalidad de la manifestación de la gracia de Dios no es confirmarnos en nuestra impiedad ni permitir que practiquemos impunemente el pecado, sino todo lo contrario: acabar con nuestra impiedad y proporcionarnos una nueva vida caracterizada por el dominio de nuestras pasiones, la justicia en las relaciones con nuestros prójimos y la sumisión a la voluntad de Dios. Hay una vivencia, la practicada por el «mundo», que arranca de los deseos mundanos y se manifiesta en toda clase de impiedad. Pero los que hemos creído el evangelio debemos caracterizarnos por una vivencia radicalmente distinta, una vivencia de cara a Dios, consecuente con nuestra fe.
Por esto, los esclavos y los demás grupos sociales de la iglesia deben vivir conforme a las instrucciones de los versículos 2 a 10: porque se ha manifestado la gracia de Dios enseñándonos un nuevo estilo de vida.


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