miércoles, 23 de abril de 2014

La Reforma en Francia

Trasfondo de la Reforma en Francia
Francia fue el único país latino en el que arraigó con cierta fuerza la Reforma. El protestantismo francés no procedía del luteranismo alemán, sino del calvinismo. En las filas protestantes francesas figuraban personas de gran relieve e influencia.
Entre los precursores de la Reforma en Francia estaba Jacques Lefèvre de Étaples (1455–1536), profesor de la Sorbona, quien ya en 1512 en su comentario sobre la Epístola a los Romanos, anticipaba las enseñanzas de Lutero. Margarita de Angulema (1492–1549), hermana de Francisco I, antes de ser reina de Navarra reunía en su casa a humanistas y reformadores con tendencia al misticismo, que se oponían al escolasticismo medieval. Como la mayoría de los humanistas y místicos, éstos no estaban a favor de hacer cambios en las instituciones externas y establecidas de la Iglesia, pero sí aspiraban a un cristianismo más bíblico y a una espiritualidad más auténtica. Desde Navarra y ciudades fronterizas como Estrasburgo y Ginebra se fueron infiltrando en Francia las ideas protestantes. Cuando se publicó la Institución de Calvino, dedicada a Francisco I, el espíritu revolucionario fue difundiéndose junto con sus ideas. En verdad, fue Calvino quien a través de su obra introdujo la fe evangélica en Francia.
Durante el reinado de Francisco I (reinó de 1515 a 1547), el protestantismo no tuvo mayores oportunidades de expansión. El monarca había obtenido el control de la Iglesia francesa con la firma del Concordato de Bolonia con el Papa y no tenía ningún interés en promover el protestantismo en su reino. No obstante, bajo el reinado de su sucesor, Enrique II (reinó de 1547 a 1559), el protestantismo calvinista logró difundirse ampliamente entre la burguesía, a pesar de la enérgica oposición del monarca. Enrique II inició la más cruel persecución contra los protestantes, que se incrementó con su sucesor, Francisco II, casado con María Estuardo de Escocia, y por lo tanto, celosamente católico. No obstante, para 1555 ya se había organizado la primera iglesia protestante francesa siguiendo el modelo calvinista. Algunos nobles también se inclinaron a la fe calvinista, como el rey de Navarra, Antonio de Borbón, casado con Juana de Albrit, hija de Margarita de Navarra, hermana de Francisco I de Francia; Luis de Condé, hermano de Antonio de Borbón; el militar Francisco d’Andelot; y algunos otros grandes señores, como el almirante Gaspar de Coligny (1519–1572).
Los católicos, que constituían la mayoría de la población en Francia, consideraban como sus líderes a la poderosa familia de los Guisa, en especial al duque Francisco de Guisa (1519–1563), que había jugado un papel heroico en la defensa de la ciudad de Metz, contra las tropas de Carlos V (1552). Después de la firma del Tratado de Cateau-Cambresis (1559), las luchas entre los Hapsburgos y los Valois llegaron a su fin, liberando momentáneamente a Francia del temor de una invasión extranjera. Esto dio lugar a luchas intestinas por el poder político entre las principales familias francesas, especialmente los Borbones y los Guisa, que después de 1559 intentaron controlar a los débiles monarcas Valois. Los primeros eran calvinistas y los segundos católicos, y esto dio lugar a un turbulento período de las guerras de religión.
Los tres hijos de Enrique II, que lo sucedieron en el trono de Francia fueron sucesivamente, Francisco II, adolescente de quince años de edad, que sólo reinó un año (1559–1560); Carlos IX (1560–1574), coronado a los diez años y reinó bajo la regencia de su madre; y, Enrique III (1574–1589), príncipe afeminado e incapaz. Los tres reyes, jóvenes y enfermizos, carecieron de la capacidad y energía indispensables para afrontar las dificultades de la época. Cayeron bajo la influencia de su madre, Catalina de Médicis (1519–1589), una princesa italiana carente de escrúpulos, ambiciosa, audaz y preocupada en mantener la autoridad real a toda costa.
El debilitamiento de la autoridad real despertó en la alta nobleza católica y protestante—apoyada por sus parciales—el deseo de asumir el gobierno del país. Al frente de los calvinistas, llamados también hugonotes (probablemente del alemán eidgenossen, los juramentados), figuraban las casas de Borbón, a la que pertenecían el príncipe Luis de Condé y Enrique, rey de Navarra, y la de Montmorency, emparentada con Gaspar de Coligny. La familia de los Guisa encabezaba a los católicos entre los que se contaban el duque de esa casa, Francisco, y el cardenal de Lorena, hermano de Francisco y sumamente rico.
Al poco tiempo de subir al trono Carlos IX se iniciaron las hostilidades. En un encuentro murió asesinado Francisco de Guisa y los calvinistas lograron una mayor influencia sobre el rey, con la consiguiente alarma de Catalina de Médicis. Ella era católica, pero quería congraciarse con los hugonotes. Así promulgó un edicto por el que autorizaba a los calvinistas a celebrar públicamente su culto, siempre que lo hicieran afuera de las ciudades (1562). Pocos meses después, el duque de Guisa atacó y asesinó a varios hugonotes en una granja en Vassy. La matanza de Vassy dio comienzo a una serie de guerras de carácter religioso y de gran ferocidad, que se prolongaron hasta 1593. Los católicos contaron con el apoyo de Felipe II de España, mientras que los protestantes con la ayuda de Isabel de Inglaterra y de algunos príncipes alemanes. Como resultado de esto, Francia cayó en un estado de completa pobreza y anarquía.
_ Los hugonotes franceses158
Como se indicó, la influencia de Calvino había penetrado profundamente en Francia y los protestantes franceses o “hugonotes”, como se los llamó desde 1557, se multiplicaron a pesar de la persecución. Durante ocho años hubo guerra entre hugonotes y católicos, hasta que en 1570 se firmó la Paz de San Germán, que fue una victoria para los hugonotes, porque se les permitió el culto en cuatro ciudades.
Para consolidar la reconciliación de los dos partidos se arregló el matrimonio de Enrique de Borbón, hijo del rey de Navarra (protestante) con Margarita de Valois, hermana de Carlos IX (católica). Catalina de Médicis, celosa de la influencia del calvinista Gaspar de Coligny, quien había sido el gestor de este arreglo con su hijo, resolvió eliminarlo. Para ello se concertó con Enrique de Guisa, pero el plan fracasó. Carlos IX, indignado, juró vengar el agravio inferido a su consejero y ordenó una investigación. Catalina, temerosa de que se descubriera su participación, convenció a su hijo de que los protestantes estaban tramando su muerte y así obtuvo su consentimiento para organizar la matanza de los principales líderes hugonotes.
La ocasión escogida para el atentado fue la boda de Enrique de Borbón con Margarita de Valois en París, cuando se reunieron nobles católicos y hugonotes para celebrar tal evento. El 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé, el partido católico, apoyado por el pueblo católico fanático de París, inició una horrenda matanza de hugonotes, que luego se extendió a toda Francia. Coligny y miles de hugonotes perecieron bajo la más extrema violencia. La noticia fue recibida con alegría en Roma porque la causa católica en Francia se había salvado de un gran peligro.
Enrique Fliedner: “Coligny fue la primera víctima … El cuerpo decapitado fue paseado en triunfo por las calles, llevado por un populacho delirante, y precipitado en el Sena. Desde este momento, sólo se oyó en calles y casas el ruido de las armas, de las detonaciones de los arcabuceros, los aullidos de los asesinos, los gemidos de los moribundos y los gritos angustiosos de los que huían, los cuales encontraban la muerte dondequiera que buscaban un refugio. Cuéntase también, que el rey, desde lo alto del balcón del Louvre, disparaba sobre los que intentaban huir, ‘a fin, decía, de que no quedase un solo Hugonote para acusarle’. La carnicería duró tres días y tres noches en París, de suerte que muy pocos lograron escapar. Las principales ciudades del reino, tales como Orleáns, Lión, Tolosa y muchas otras, tuvieron también su San Bartolomé; de manera que, según los cálculos más moderados, veinte mil Hugonotes perdieron entonces la vida.
Esta monstruosa carnicería, perpetrada a favor de una traición infame, arrancó un inmenso grito de horror a toda la cristiandad evangélica. Pero el papa Gregorio XIII triunfaba. Hizo cantar un Te Deum, y para perpetuar el recuerdo de este sangriento auto de fe, hizo acuñar una medalla con la inscripción siguiente: ‘El papa Gregorio XIII’ [anverso] y ‘Matanza de los Hugonotes, 1572’ [reverso].”159
_ El desarrollo de la Reforma francesa
Después de este triste episodio, conocido como la Matanza de San Bartolomé, y como consecuencia de la misma, se dieron cuatro guerras entre hugonotes y católicos. Los hugonotes reaccionaron fundando la Unión Calvinista, que resultó ser como un verdadero estado protestante dentro del reino de Francia y proclamó su absoluta desvinculación respecto de un monarca al que consideraban “traidor y asesino.” Carlos IX murió poco después (1574), y su sucesor, Enrique III, deseoso de calmar a los calvinistas, les acordó algunos privilegios, entre otros el de celebrar su culto en toda Francia, excepto en la ciudad de París (1576). Los católicos, indignados por estas concesiones, formaron la Santa Liga, que tuvo como jefe a Enrique de Guisa, hijo de Francisco.
La Santa Liga tenía propósitos tanto políticos como religiosos, tales como el reestablecimiento de la religión católica como exclusiva y la restauración de los antiguos derechos, preeminencias y libertades de las distintas comarcas de Francia. Por entonces, la muerte del único hermano de Enrique III convirtió a Enrique de Borbón, rey de Navarra, líder de los hugonotes, en el heredero del trono de Francia. La Santa Liga quiso impedir esto buscando el apoyo de Felipe II, pero fracasó al llegar a su fin el gobierno de los Valois con la muerte de Enrique III (1589), que fue asesinado por un fanático. Así comenzó el dominio de los Borbones (protestantes) con Enrique de Borbón, que se proclamó rey de Francia con el nombre de Enrique IV.
Con la llegada al trono de Enrique IV en 1589, los hugonotes esperaban una mayor tolerancia hacia su fe. No obstante, Enrique IV, por motivos políticos (ganar el favor de la mayoría católica y poder instalarse en París) se convirtió al catolicismo (1593). Según se cuenta, dijo en tal oportunidad: “París bien vale una misa.” La ciudad que estaba en manos de un ejército español, capituló en 1594. La guerra continuó por unos tres años más hasta que terminó con la paz de Vervins (1598), por la que Felipe II reconoció al nuevo monarca francés y Enrique obligó a los españoles a retirarse de Francia. Más tarde, Enrique IV puso fin a las guerras de religión promulgando el Edicto de Nantes (1598). Mediante este tratado, los hugonotes fueron admitidos a todas las funciones públicas, se garantizó la libertad de conciencia en todo el reino, el culto público hugonote fue permitido en ciertos lugares, se decretó la igualdad entre católicos y protestantes y los hijos de hugonotes no podían ser obligados a recibir la enseñanza católica. En garantía del cumplimiento del edicto, Enrique IV concedió a los protestantes un centenar de plazas fuertes, y les permitió reunirse en asambleas generales para considerar sus propios asuntos (sínodos). El Edicto de Nantes proclamó por primera vez la libertad religiosa en un país europeo y significó un adelanto en los tratados de paz religiosa del siglo XVI. Bajo el reinado de Enrique IV, que logró pacificar al país, Francia prosperó y experimentó notables progresos. Lamentablemente, el rey fue asesinado en 1610 por un fanático, que con ello quería “salvar al catolicismo.”

Enrique IV fue sucedido en el trono por Luis XIII (1601–1643), de nueve años de edad, quien gobernó bajo la regencia de su madre, María de Médicis (1573–1642). El matrimonio de Luis XIII con Ana de Austria (1601–1666) dio lugar a varios levantamientos y protestas de los hugonotes, que terminaron con el Tratado de Montpellier (1622). De todos modos, las iglesias hugonotes entraron desde entonces en su período de prosperidad y crecimiento, conservando sus privilegios religiosos a pesar de sufrir los ataques de los jesuitas y otras influencias católicas a medida que avanzaba el siglo XVII. Armando Juan Du Plesis, cardenal de Richelieu (1585–1642) conquistó en 1628 la fortaleza de La Rochela, que era un bastión de los hugonotes, y por el edicto de Nimes (1629) les revocó a éstos todos sus privilegios políticos. Más tarde, la revocación del Edicto de Nantes, por Luis XIV, en el año 1685, los redujo a la situación de Iglesia mártir, perseguida y proscrita, hasta la Revolución Francesa (1789). Miles de sus miembros se vieron forzados a emigrar hacia Inglaterra, Holanda, Prusia y América.


No hay comentarios: