miércoles, 9 de abril de 2014

Las 5 puertas del discipulado cristiano

(Juan 8)
INTRODUCCIÓN. el castellano tiene dos palabras exactamente iguales, pero totalmente diferentes de significado. La una es el adverbio afirmativo «sí» y la otra el «si» conjunción condicional. En este capítulo encontramos cinco «si» condicionales pronunciados por Jesús que bien pueden ser comparados a los goznes de otras tantas puertas. Sobre ellos gira la actitud del alma y nuestra suerte eterna.
1. La puerta del discipulado (v. 31): ésta es la primera relación que se establece entre el alma y su Salvador. Cualquiera que oye el Evangelio es un discípulo incipiente, pero puede continuar o no su contacto con Cristo. Sin permanecer, nunca serás discípulo, ni hijo ni redimido; el que no pasa la primera puerta, no pasará la segunda ni la tercera. Veamos cuáles son éstas:
2. La puerta de la redención (vv. 34, 36): «Si el Hijo os libertare …» Todos los hombres son esclavos del pecado. Esto es lo que hace Cristo de muchos pecados y vicios.
3. La puerta del amor de Cristo (vv. 41, 42): el amor a Cristo revela nuestra verdadera relación con Dios. Unitarios, Espiritistas, Teósofos y aun los llamados Testigos de Jehová no honran al Hijo como honran al Padre.
4. La puerta de las obras (v. 39): esta próxima puerta es consecuencia de haber pasado por las anteriores: «Si fueseis hijos de Abraham …» La puerta de las obras es tan indispensable como la de la fe (Stg. 2:14–26).
5. La puerta de la alabanza o la glorificación del Salvador (vv. 54, 55): Jesús discutía con judíos que le acusaban de glorificarse a sí mismo, porque decía la verdad acerca de su persona, pero en este «sí» Jesús declara que todo discípulo suyo tiene plena razón para glorificarle, porque el primero que le glorificaba, no sólo de palabra en el Jordán, sino dándole el poder de hacer milagros era Dios.

CONCLUSIÓN: Jesús fue ensalzado sobre todo nombre porque se humilló por amor a los perdidos de este mundo, ¿no nos sumaremos nosotros a este servicio de alabanza? «Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará» (Jn. 12:26).

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