domingo, 11 de mayo de 2014

El auto-examen

Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos (2 de Corintios 13:5a).
Si yo me justificare, me condenaría mi boca; si me dijere perfecto, esto me haría inicuo. Si fuese íntegro, no haría caso de mí mismo (Job 9:20–21).
A esa justicia siempre se dirige el ojo del creyente; sobre esa justicia tiene que descansar; en esa justicia tiene que vivir; en esa justicia tiene que morir; en esa justicia tiene que presentarse ante el tribunal de Cristo; en esa justicia tiene que morar siempre en la presencia de un Dios justo.
Robert Haldane

Hasta aquí hemos visto dos pasos preventivos para evitar el fracaso en medio de la tribulación prometida. Si nuestro conocimiento de Dios es algo superficial y nuestro amor hacia Él es debido a sus bendiciones y no a su gloriosa Persona, es casi inevitable que nuestra experiencia difícil produzca una gran ansiedad, un dolor arduo y profundo, un enojo destructivo y una amargura que contamina a muchas otras personas. Por esta razón es imperativo examinarnos con frecuencia, haciéndonos unas preguntas penetrantes: ¿Qué gozo hallo en los atributos de Dios? ¿Cómo se manifiesta este gozo? ¿Qué es lo que amo de Dios? ¿Cómo influye mi relación con Dios a mi vida diaria? Para Job, Dios era la vida, y la muerte era ganancia. Él entendía las grandes doctrinas de las Escrituras y se consolaba con ellas. Pero a Job le quedaba una pregunta que le atormentaba durante sus largos discursos con sus amigos: “¿Por qué le hizo sufrir Dios?”
Hay ciertas respuestas que no le hubieran consolado. Él no hubiera aceptado la idea del dualismo que dice que hay una guerra entre el dios de las bondades y el dios de las maldades. Tampoco hubiera considerado el deísmo como una respuesta que enfatiza la idea de la fortuna, la suerte, y la casualidad. Había aprendido que Jehová es el Creador y Sustentador de toda la creación. Él sabía que todo acontecimiento tiene una razón. Tampoco pudiera pensar en que Dios estaría en contra de él como sus amigos le decían. Él sabía que Dios conocía su corazón y su fe en Él. Job no recibió la respuesta a su pregunta hasta el fin del libro cuando contempló a Dios en una manera no previamente entendida. Sabemos que Job había aprendido algo verdaderamente valioso por su manera de actuar. La Biblia dice que él se humilló, se arrepintió, confesando su débil condición y reposó sobre Dios. Job aprendió como ya hemos visto que Dios permite los sufrimientos para que estimemos hoy a Dios más que ayer.
Como cristianos tenemos hoy muchas ventajas que Job no tenía. La mayor de todas es acceso a la Revelación impresa de Dios. Job no tenía acceso a la primera epístola de Pedro. Tampoco sabía que el cristiano es llamado a sufrir tribulación como Pablo enseñó. El concepto prevaleciente en los tiempos de Job fue que toda aflicción es el resultado del pecado. Es interesante que los predicadores más populares, como los tres amigos de Job, dicen casi lo mismo: los sufrimientos se deben a una falta de fe.
No sabemos que opinaba Job acerca de los sufrimientos antes de su experiencia. Es posible que él compartía la misma opinión que sostenían Elifaz, Bildad, y Zofar y muchos predicadores modernos. Pero, cuando Job enfrentó una tragedia tras otra, él se frustró y eventualmente pecó porque no pudo comprender los motivos de Dios.
Job entendía que Dios castiga a los hipócritas y los perversos. Además él entendía que Dios disciplina a sus hijos. También él entendía algo del proceso de la santificación personal por medio del sufrimiento. Lo que no entendía Job era cómo Dios podría permitir tanto dolor al que es justo. Él no era el único para pensar sobre esto. Habacuc también enfrentó este dilema cuando su pueblo Judá fue castigado por el pueblo inicuo y pagano de Babilonia. Enfrentando una situación así, Job hizo la pregunta normal y esperada: ¿qué he hecho para que me sucediera tal circunstancia?
Esta pregunta no es mala, pero las respuestas son muy peligrosas porque hay una tendencia a caer en la trampa de la auto-condenación o en la trampa de la auto-justificación. Ambas son evidencias de inmadurez, orgullo y pecado. Aquí es donde el gran santo de la paciencia se equivocó.
Aquí es importante destacar que si un hombre espiritualmente maduro como Job cayó al considerar este asunto, nosotros también estamos advertidos del peligro de este punto. Sin embargo, este paso no puede ser ignorado. Dios permite las pruebas siempre para nuestro bien. Si la Biblia existe para enseñar, redargüir, corregir, e instruir (2 de Timoteo 3:16), es obvio que tenemos que concientizarnos de nuestra condición espiritual delante de Dios. Tenemos que examinarnos y saber que lo que Él ha decretado para nuestras vidas es también para nuestra enseñanza, corrección, e instrucción.
Debido al evangelio de la prosperidad promovido en tantos libros, existe la tendencia de pensar que la aflicción es el fruto feo del pecado escondido en nuestras vidas. Un libro popular sobre la oración, por ejemplo, dice que Dios tiene muchas bendiciones que le gustaría darles a sus hijos, pero debido a su falta de oración y el pecado en la vida de uno, Él no puede. Otros libros promueven más de este evangelio falso, enseñando que Dios quiere indudablemente prosperar a sus hijos con salud y plata. Otros autores son más sutiles, citando a los patriarcas como ejemplos de la bendición de la prosperidad de Dios. Dicen que Dios bendecía a los patriarcas porque diezmaban y reconocían a Dios en sus éxitos al nombrar pozos y altares en su nombre. En una palabra, muchos hoy en día promueven que podemos sacar de Dios lo que queramos si solamente cumplimos con sus requisitos. Dicen que si somos suficientemente espirituales, podemos eliminar todo dolor emocional, físico, y espiritual de nuestras vidas.
En el segundo capítulo, ya vimos que no es así. Antes de pasar por el huracán de las pruebas que Dios permitió para Job, él no tenía pecado escondido en su corazón. La Biblia lo describe como recto, temeroso de Dios, y apartado de la maldad. La conducta de Job era ejemplar y demostraba su amor y confianza en el Dios verdadero. Entonces, ¿cuál debe ser nuestra actitud hacia nosotros mismos al enfrentar la tribulación?
Establezcamos de una vez donde Job se equivocó. Empezó bien, pero conforme el relato avanza, vemos la armadura de la espiritualidad de Job más débil que al principio. La Biblia no le condena porque él era hipócrita o con necesidad de crecimiento espiritual. Job no era hipócrita y aunque Job faltaba madurez espiritual en ciertos aspectos de su relación con Dios, también reconocemos que todo cristiano tiene necesidad de crecimiento espiritual. Pablo nos dice que no sabemos nada como debemos saberlo (1 de Cor. 8:2). Entonces, debemos afirmar que Job no enfrentó sus pruebas debido al pecado en su vida. Los últimos once capítulos de este libro revela dónde y cómo Job se equivocó. Al principio de estos últimos capítulos, vemos al joven Eliú enojado por la falta de sabiduría en sus discursos. Él expuso el gran error tanto de Job como de sus tres amigos insensatos. El pecado de Job fue que se justificaba a sí mismo más que a Dios, y el de los tres amigos fue en condenar a Job sin razón (Job 32:2–3).
Este es el peligro de este auto-examen en medio de la crisis. Tendremos la tendencia de condenarnos o justificarnos cuando, sobre todo, debemos defender el carácter de Dios contra toda injusticia porque Él no es capaz de la maldad. En otras palabras, estamos más dados a defender nuestras acciones, nuestros pensamientos, y nuestras actitudes más que a Dios. Por supuesto, Job no tenía la intención de negar la justicia de Dios. Nosotros, como él, lo hacemos porque sencillamente porque nuestras emociones son activas y sensibles, los cuerpos cansados, y, a veces, hemos sido abandonados por los que más amamos.
Job sabía que era inocente de las acusaciones de sus tres amigos. Él no pecó al defenderse, pero sí se equivocó al pensar que él, en su justicia y juicio propio, podría demandar de Dios una razón por sus acciones. Sus palabras acusaron a Dios de haberle tratado injustamente. Él tuvo que aprender que Dios no está sujeto a nuestros juicios de la justicia y la razón.
Veo que hay tres pasos para evitar los dos hoyos de la autocrítica y la auto-justificación: la comprensión de la justificación por la fe, la necesidad de abandonar el pecado y la realización de la santificación progresiva. El primero y el tercero son pasos realizados por la fe en la obra infalible de Dios. El segundo es un paso difícil porque es fácil quitar los ojos del Señor y ponerlos en nosotros mismos. Sin embargo, este paso como los otros dos son facilitados por la fe.
Primer paso de la auto-evaluación: la justificación por la fe
Uno de los versículos más consoladores de toda la Biblia es Romanos 8:1:
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
Sin embargo, este versículo no es ninguna generalización universal dada a todo el mundo. Los que están sin condenación son los que están en Cristo Jesús. El estar en Jesús se hace posible por medio de la gracia de la fe. Si no sabemos si estamos en Cristo, el Apóstol define este estado de la gracia como “andar no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” No hay ninguna pregunta más importante para toda persona que ésta: ¿estoy en Cristo?
Hay solamente dos clases de personas: los que están en Cristo Jesús y los que no están en Cristo Jesús. Los que están en Él son justificados y sin condenación, pero los que están fuera de Cristo Jesús ya son condenados y si siguen en su condición enfrentarán a Dios como un Juez sin misericordia. El creyente, sin embargo, está siempre en Cristo, y por esta razón está sin condenación.
¿Qué significa ninguna condenación en este versículo querido? El contexto de este capítulo es la sublime doctrina de la justificación de la fe. La salvación es por la fe para que sea por la gracia (Romanos 4:16). Esta gracia divina aplicada a nuestras vidas por medio de la obra propiciatoria de Jesucristo quiere decir que para el hijo de Dios no hay nada que pueda hacer para que Dios le ame más y no hay nada que pueda hacer para que Dios le ame menos. El amor de Dios es libre y soberano, no merecido.
Cuando nos examinamos en medio de la prueba, todo cristiano puede asegurar que Dios lo ama y lo amará hasta el fin. Él es fiel, aún cuando nosotros no lo somos. No hay ningún ejemplo en la Biblia de un cristiano que viva en condenación, sencillamente porque no hay ninguna condenación para el hijo de Dios. Dios no abandona a sus hijos en los momentos más duros. Sus tonterías, debilidades y pecados no pueden separarlos del amor de Dios por la verdad indestructible de la justificación de la fe.
Muchos psicólogos dicen que lo mejor que se puede hacer en medio las pruebas es afirmar su propio valor, pero la justificación por la fe es mejor noticia que el auto-estima y una actitud positiva porque estas cosas tienen su fuerza en la capacidad mental humana. Esta capacidad mental es tan fluctuante como la superficie de un lago en una tempestad ventosa. Es así porque depende del carácter poco estable de la mente humana. Pero la justificación por la fe es como un ancla que sostiene el barco en medio de la tormenta. La mente de Dios no cambia. Él es siempre igual, el mismo ayer, hoy, mañana (Hebreos 13:8). Muchísimo mejor que mi justicia imaginada es el valor de la justicia imputada a mi vida por medio de la obra hecha una vez y para siempre por nuestro Redentor. La justificación por la fe es el juramento de Dios de que sus hijos están puros ante sus ojos. Es inmutable porque Él que nos justifica no cambia. La vida del cristiano tiene sus altos y bajos, pero Dios permanece igual y es su opinión acerca de sus hijos la que vale.
Esta justificación involucra dos partes inseparables. En primer lugar, cada creyente se declara justificado porque sus pecados han sido expiados por medio de la cruz de Cristo. En otras palabras, los deméritos nuestros han sido pagados y borrados. Esto se llama la imputación de nuestros pecados a la cuenta de Jesucristo. Sin embargo, esta condición de neutralidad no nos encomienda a la presencia de Dios. Dios exige una santidad perfecta o sea méritos intachables. Gracias sean dadas a Dios que él también proveyó una justicia perfecta para su pueblo por medio de Jesucristo. Esto se llama la imputación de su justicia a nosotros.
¡Qué maravilla! Dios me ve a mí, el pecador perdonado, vestido en la perfecta justicia de Jesucristo. Sus obras perfectas son vistas por su Padre como si fueran las mías. Esto es lo que Pablo quería celebrar en su carta a los corintios:
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 de Corintios 5:21).
Entonces, ¿como debemos examinarnos al enfrentar la tribulación? Debemos preguntarnos si hemos sido justificados mediante la fe en la obra de Jesucristo en el Calvario. Si la repuesta es sí, tenemos donde pararnos y esperar la victoria en la adversidad. Esto es para cada cristiano, incluso si sufre como malhechor. Padecerá las consecuencias de su pecado pero delante del tribunal de Dios, él está sin acusador. La justificación por la fe entendida correctamente evitará que nos justifiquemos o nos critiquemos. Dado que es Cristo que nos justifica, no hay crítica, y dado que hemos recibido la justicia imputada de Cristo es tonto adularnos.
Pero, un momento ¿cambia la doctrina de la justificación según las razones por nuestras pruebas? ¿Es la doctrina de la justificación menos consoladora, menos vital para la persona que sufre como resultado de su propio pecado? La respuesta bíblica es no. No hay nada que podamos hacer que nos separe del amor justificador de Dios.
Esta pregunta, sin embargo, nos lleva al segundo paso en nuestro examen de nosotros mismos: ¿estoy sufriendo debido a mis propios errores? Esta pregunta es necesaria, pero ¿cómo podemos tener una respuesta correcta a esta pregunta?
El segundo paso de la auto-examinación: el pecado no confesado
En primer lugar, la Biblia nos enseña que el arrepentimiento es un don divino (2 de Timoteo 2:24–25). Por consiguiente, es imperativo que hallemos nuestra respuesta por medio de la Biblia y la oración. Una pequeña petición que sale del corazón nos ayudará aquí.
Señor, yo sé que soy Tu hijo, no porque soy bueno, ni por ninguna obra que he hecho. Soy Tu hijo únicamente por la fe que tengo en Jesucristo. Ahora, Padre, Tú conoces lo que estoy pasando. No te pregunto, ¿por qué? Sin embargo, Padre, si he menospreciado Tu ley y he pecado contra Ti, revélamelo. Si no, Padre, dame la gracia para soportar esta prueba de una manera que te glorifique. A Ti sea la gloria. Amén.
Entendamos que es probable que no seamos iluminados por un rayo mental que nos diga que hace tres años, cuatro meses, y dos días, mentimos a nuestro vecino acerca del daño que nuestro perro hizo a sus flores. Pero si el Señor nos revela muchas cosas, le pedimos perdón porque el pecado es una abominación a sus ojos.
Hace muchos años, mi padrastro y yo tuvimos una discusión acalorada. Le grité y le falté el respeto. Cuatro años más tarde, una hija nuestra murió. ¿Me estaba castigando Dios? No sé. Quizás. Quizás no. Empero, creo que no. En ese tiempo ni me acordé del desacuerdo con mi padrastro. Nuestra relación era buena. Fueron unos años después que fui el recipiente de mal trato, y el Espíritu Santo me recordó de mis acciones unos ocho años antes. Tan pronto como fue posible, le pedí perdón a mi padrastro y di gracias al Señor por ayudarme.
Nunca debemos pensar que Dios tiene un ángel marcando todo lo que hacemos mal y después de una cantidad de notas de reprobación, Dios nos envía un castigo. No hay ninguna relación matemática entre el pecado y la gracia. El salmista escribió, “Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en Ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:3–4). Y Pablo escribió más o menos lo mismo a los Romanos cuando dijo que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20). Debemos recordar que la misericordia de Dios es grande. Él nos da más bondades y gracia de lo que merecemos. Él no nos ha pagado conforme a nuestras rebeliones.
Una nota importante aquí es enfatizar que mantengamos cuentas cortas con Dios. Quiero decir que estemos delante de su rostro todos los días, confesando nuestra pecaminosidad y pidiendole perdón. Pero debemos admitir también, que nosotros ni estamos conscientes de la mayor parte de los pecados que cometemos. Juan Bunyan dijo una vez que había pecado suficiente en una de sus oraciones para condenar al mundo entero.
Ciertamente cuanto más cerca del Señor estemos, más capaces seremos de ver el pecado en nuestras vidas. Casi todos hemos tenido la experiencia de limpiar la casa en la noche y sorprenderse de telas arañas, suciedad, manchas en el vidrio cuando el sol sale. Por lo menos en mi vida, tengo que decir que estoy frustrado con el viejo hombre que está viciado entre mis miembros. Lamento muchas veces que mi santificación sea tan lenta.
Si es así, ¿cómo sé si mi prueba es resultado del pecado o un medio de refinarme? Si ninguno de nosotros cristianos somos perfectos, ¿como sé si el Señor me está disciplinando como a un hijo desobediente o si estoy sufriendo por la causa del reino? Creo que estas cosas nos ayudarán.1
1. Dios contempla el corazón más que las acciones. Romanos 7:24–25. Dios está consciente de nuestra debilidad. Él conoce la condición humana y se compadece de nosotros. El salmista escribió, “Porque Él conoce nuestra condición y se acuerda de que somos polvo (Salmo 103:14). Esta condición no es ningún detrimento a la obra de Dios. Pablo recordó a los corintios que estamos en vasos de barro para que Dios reciba toda la gloria para lo que realice en nosotros. (2 de Corintios 4:7).
2. No todos los pecados son iguales. El refrán popular de que todos los pecados son iguales en los ojos de Dios no es bíblico. Hay niveles de pecado. El libro de Proverbios nos enseña que hay pecados que son abominaciones en sus ojos y estas cosas son especialmente el objecto de suodio divino. Si uno comete uno de estos pecados, provocará la ira y la disciplina del Señor. Pedro además nos define como es sufrir por motivos indignos del cristiano: “como homicida, ó ladrón, ó malhechor, ó por entremeterse en lo ajeno.” Fijémonos que estos pecados son públicos, no privados y violan su ley moral. Es cierto que todo pecado es una afrenta a Dios, pero además hay ciertos pecados cuyas consecuencias son más abiertas.
3. Dios castiga a los que blasfeman su nombre. Junto con el segundo punto, es importante entender que Dios castiga mayormente el pecado que trae reproche a su nombre. Si nuestra conducta hace que los inconversos lleguen a menospreciar la justicia y la gloria de Dios, podemos asegurarnos la disciplina y castigo dolorosos del Señor. Esta verdad es una advertencia en particular para los que ocupan un puesto en liderazgo. Santiago 3:1 nos advierte, “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.” Con el privilegio de guiar al pueblo de Dios hay una sobria responsabilidad de declarar la gloria de Dios.
Por esta razón David fue severamente castigado por su relación pecaminosa con Betsabé. El profeta Natán le dijo a David que su pecado había sido perdonado. Sin embargo, por haber servido como un instrumento para que los enemigos de Dios blasfemaran el nombre de Dios, Natán le dijo que Dios mataría al hijo de él y Betsabé (2 de Samuel 12:13–14). Tal vez por esta razón el profeta de 1 de Reyes 13 fue muerto por el león al desobedecer al Señor cuando comió con el profeta engañador. Él, como profeta, habló con autoridad contra el rebelde rey Jeroboam, pero él, desechó la palabra autoritaria de Dios cuando se permitió ser persuadido para hacer lo que Dios le había prohibido. Sus acciones, como las de David, trajeron reproche al oficio que él ocupaba, un oficio que existía para manifestar la gloria de Dios entre todas las naciones.
4. Dios odia mayormente los pecados interiores de la rebelión y el orgullo. Ananías y Safira, por ejemplo, mintieron al Espíritu Santo. Fueron soberbios y egocéntricos. Se preocupaban más por la alabanza de los hombres que por la aprobación de Dios, y murieron por causa de su pecado. Para nosotros este pecado del egocentrismo es algo que enfrentamos diariamente. Ciertamente Dios castigará a sus hijos si andan jactanciosos. No hay nada que Dios odie más que el orgullo. Este pecado ha sido el pecado predominante en todos los mayores santos de la iglesia. Spurgeon, Edwards, Calvino, y Taylor—todos, iguales a nosotros, se dieron cuenta de esta abominación en sus corazones. Si es así, ¿cómo podemos tener consolación cuando somos atribulados, sabiendo que este enemigo, el orgullo, tiene una fortaleza en nuestros corazones?
Nuevamente, la Biblia nos ayuda aquí. Tenemos la bendita amonestación y consolación en 1 de Corintios 11:31–32, “Si, pues nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.” De modo que cada cristiano enfrenta dos opciones con sus pecados y este pecado de orgullo en particular: juzgarse a sí mismo o ser juzgado por Dios. Esta segundo opción de ser juzgado por Dios se toca en el siguiente versículo donde dice Pablo, “mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.
Si no nos vemos menesterosos de la misericordia diaria de Dios, no hay duda de que andamos soberbia y orgullosamente delante de Dios. Somos candidatos de ser objetos de la disciplina divina. En cambio, el cristiano que lucha con su pecaminosidad interior y es repudiado por la debilidad de su corazón enaltecido no será juzgado por el Señor. Al vivir dependiendo del perdón gratuito de Dios, el hijo de Dios no será un objeto de la disciplina de Dios.
5. Dios usa el pecado de sus hijos para que crezcan. Con todo lo que hemos dicho aquí, es importante destacar que a pesar de nuestra débil condición en que es imposible que vivamos sin pecar, Dios usa los frutos de nuestro pecado para enseñarnos y hasta bendecirnos. Tal vez, esto le parezca contradictorio, pero no lo es. David, cosechó el fruto amargo de su asesinato y adulterio. Su hijo Absalón se rebeló contra él, dividiendo el reino por un tiempo. David fue forzado a huir de Jerusalén para salvar su vida. Sin embargo, cuando Simei, un hombre perverso, maldijo al ungido de Dios, David descansó sobre dos verdades. En primer lugar, él sabía que merecía la maldición de Simei. Él afirmó que esta maldición severa fue lo que Dios había decretado para él. Fue parte de las consecuencias de su pecado de adulterio. Pero también, él entendía que su conducta humilde y paciente al sufrir este reproche serviría como un medio de bendición. Él dijo a sus siervos que le acompañaron, “Quizá mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy” (2 de Samuel 16:12). En otras palabras, es posible glorificarle a Dios y ser recompensado por cómo llevamos su castigo y disciplina por nuestro propio pecado.
Ahora, para volver al tema, si el Espíritu Santo me revela que hay pecado en mi vida y por este motivo estoy atribulado, ¿cómo debo responder? Obviamente, tenemos que confesar y abandonar el pecado. 1 de Juan 1:9 nos dice:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
Hay mucha enseñanza mala sobre este punto. Fijémonos en que nuestra reacción correcta al pecado es recibir el perdón que Dios da. No somos llamados a perdonarnos a nosotros mismos. La misma fe que acudió a Cristo para ser justificado es la misma fe necesaria para recibir el perdón del pecado en nuestras vidas. El cristiano que se queja de que no es capaz de perdonarse está menospreciando el poder, la gracia, y la misericordia de Dios. Sus sentimientos subjetivos son más importantes en su opinión que la obra objetiva del Redentor realizado en la cruz. Nuestra contrición no cancela el pecado. Solamente la fe en Cristo el Mediador entre nosotros y el Padre Celestial nos purifica de las manchas de nuestro pecado.
El tercer paso de la auto-examinación: mi crecimiento espiritual
Hemos visto que al contemplar nuestras vidas espirituales, cada uno debe examinarse para averiguar lo siguiente: su relación con Dios el Juez (la justificación por la fe) y su relación con Dios como Padre (la disciplina por el pecado no confesado). Pero la meta de estos dos pasos es el tema de nuestra tercer paso.
El fin divino de todo lo que nos sucede como los elegidos de Dios–sin ninguna excepción–es nuestra conformidad a la imagen de Cristo. Una vez que nos hemos examinado para determinar si somos justificados por la fe y después de haber confesado cualquier pecado que el Espíritu haya revelado, podemos enfrentar toda circunstancia como un medio de crecimiento espiritual en nuestras vidas. Este tercer paso se ocupa de la pregunta: ¿estoy creciendo en medio de esta prueba?
Siempre es más importante estar consciente de cómo reaccionamos delante de las pruebas que saber por qué somos probados. Una serie de preguntas aquí servirán como una guía para determinar como estoy creciendo espiritualmente. Por ejemplo, ¿qué he aprendido de Dios y de mí mismo en medio de la prueba? ¿he servido como un buen ejemplo para mis hermanos en la fe o he sido más bien un desánimo? ¿Amo más al Señor ahora que antes de la prueba?
A pesar de haberse justificado demasiado, Job entendió que su prueba fue para su propio refinamiento. Él dijo, “Mas Él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro” (Job 23:10).
Job salió de su prueba un mejor Job. Fue más humilde y amaba más a Dios. Él vio que el propósito de Dios en probarlo fue para su propio bien. Espiritualmente él creció. Volveremos a este tema más tarde, pero por ahora, entendamos que cada uno tiene la necesidad de adversidad porque estas pruebas depositan en las cuentas bancarias de nuestras vidas la paciencia necesaria para heredar el reino de Dios. El autor de Hebreos escribió:
Porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36).
Somos llamados a perseverar en la fe. Recientemente, una persona me envió una carta preguntándome, ¿es que los santos perseveran o es que Dios los preserva? La respuesta es que son las dos cosas. Nosotros somos preservados por la fidelidad constante de Dios. Él no permite que el enemigo nos arrebate de sus manos. A la vez, nosotros somos llamados a perseverar hasta el fin. No es un trabajo compartido con Dios haciendo sesenta por ciento y nosotros contribuyendo el cuarenta por ciento restante. Más bien, nosotros actuamos todo y Dios actúa todo.
Cuando Pablo habló de su ministerio, él dijo que él había trabajado más que los demás apóstoles. Él sudó, él sufrió, él predicó. Pero él no deja de escribir como si no hubiera existido otra explicación por la bendición de su ministerio, sino que agrega, “pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo,” (1 de Corintios 15:10). ¿Fue Pablo o fue Dios? La respuesta es que fueron los dos: Pablo mismo golpeaba su cuerpo y laboraba para la santificación personal, pero en todo esto él fue un instrumento del poder de la gracia soberana de Dios que actuaba en él.
En conclusión, cada tribulación exige que nos examinemos con ojos críticos, pero no severos. Es posible que hallemos “amigos” que piensan que Dios les ha entregado la tarea de hacer un análisis de nuestra relación con Dios. Los tres pasos de auto-examinación se resumen en estas tres preguntas: ¿he sido justificado por la justicia perfecta de Jesucristo? ¿Hay rebelión en mi vida? Y, ¿veo que estoy en necesidad de crecimiento espiritual? Una respuesta honesta y sobria es sumamente importante antes de dirigir su mirada hacia una resolución de la situación.
Preguntas de Reflexión
1. ¿Cuál hubiera sido la mejor manera de tratar Job las acusaciones de sus amigos? (Lea Salmo 35:1 y Salmo 43:1.)

2. Lea primero Salmo 106:32–33 y después lea Números 20:1–13. ¿Por qué estaba Moisés especialmente vulnerable en este momento? ¿Qué podemos aprender de los ataques de Satanás?


3. Conforme a lo que hemos aprendido en este capítulo, ¿cuáles son dos razones negativas por las cuales es posible que un creyente siga pasando prueba tras prueba?


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