jueves, 8 de mayo de 2014

La misión cristiana en un contexto de corrupción (parte 2 de 3)

Corrupción y estrategias misioneras
Jesús como modelo misionero en un contexto de corrupción
Jesús es el modelo para las misiones: «Y aquel Verbo se hizo carne» (Jn. 1:14). Lo divino se comunicó a través de lo humano. Se identificó con nosotros sin renunciar a su propia identidad. Dicho principio de «identificación sin pérdida de identidad es el modelo para todo evangelismo».

Durante su ministerio Jesús desafió de manera concreta a algunas instituciones o grupos organizados de su época, denunciando su corrupción y llamándolos a un nuevo estilo de vida.

1) La corrupción de los líderes económicos. Se encuentran en este grupo especialmente los terratenientes y los saduceos. Según F. F. Bruce, fue el grupo religioso-social en Israel con el cual Jesús tenía menos en común. «Los saduceos aparecen como parte de la aristocracia de los terratenientes, de las familias establecidas más antiguas.»

Los saduceos eran parte del Sanedrín, tenían pocos seguidores, pero eran los primeros en dignidad. En Hechos 5:17–21 se los menciona como partidarios del sumo sacerdote. Los saduceos formaban un grupo organizado. Se guiaban estrictamente por la tora. «Debido a sus relaciones con la poderosa nobleza sacerdotal, las ricas familias patriarcas representan un factor muy influyente en la vida de la nación.» Representan a la clase alta, acomodada a los poderes religiosos y políticos, con el fin de ejercer influencias y enriquecerse. Encontramos un paralelo de ella en la clase empresarial, industrial, bancaria o terrateniente de nuestro continente.

Aunque no aparecen como los adversarios habituales de Jesús, no dejaron de estar presentes en sus denuncias, como, por ejemplo, en Lucas 6:24. En relación con la acumulación de bienes, Jesús fue muy claro en sus enseñanzas. Enseñó que la riqueza es mala, en primer lugar, para los propios ricos. La riqueza es la deshumanización del rico (Mt. 6:21; Lc. 12:15, 34). Dificulta la apertura hacia Dios (Mc. 10:17–22), y, además, trae condenación (Lc. 6:24; 12:20; Mc. 10:25). Por otro lado, Jesús también fue claro en señalar que la coexistencia de ricos y pobres resulta intolerable e insultante. Hay ricos porque hay pobres y viceversa. Lucas incluso menciona que la riqueza no es sólo deshumanizante, sino injusta (Lc. 16:9). Jon Sobrino opina al respecto que «la riqueza para Jesús es, pues, un grave mal social y la razón intrínseca consiste en que es injusta».

También Jesús presenta la maldad de la riqueza en relación antagónica con Dios (Mt. 6:24; Lc. 16:13). La riqueza funge ser ídolo: Mamón. «Es mal radical, porque es un ídolo: hace contra Dios, deshumaniza a quien le rinde culto y exige víctimas para subsistir.» Por lo tanto, Jesús rechazó absolutamente el hecho de que se le diera prioridad a la acumulación de bienes sin importar el costo social y humano, que era una característica de los líderes económicos de su tiempo. Al contrario, le dio prioridad al trato humano, a la relación de igualdad de los hombres ante Dios como un tema importante de sus enseñanzas y también de su vida misma.

2) La corrupción de los líderes religiosos. Este punto se dividirá en tres, considerando por separado a los sacerdotes, a los escribas y a los fariseos, por la amplitud de referencias a sus controversias con Jesús, y por la responsabilidad distintiva de ellos.

En principio se debe dejar bien en claro que Jesús no se opuso al cumplimiento de la Ley (tora); por el contrario, defendió su cumplimiento en cuanto es de Dios y a favor de los hombres. Sin embargo, denunció el uso que se daba a la Ley para oprimir a las personas. Sus denuncias apuntaron especialmente a tres grupos sociales, estrechamente vinculados a la Ley: los escribas, los fariseos y los sacerdotes. Los tres tuvieron un enorme poder social.

a) Los escribas. Como doctores de la Ley, eran los líderes intelectuales e ideológicos. El mayor factor de su poder estaba en el saber. Por eso los principales lugares en el Sanedrín, que era una especie de Corte Suprema de Justicia, los ocupaban los escribas. Estos, según los estudios de J. Jeremias, tenían prohibido cobrar por su actividad. Jesús denuncia a los escribas por imponer cargas religiosas muy pesadas a la gente, mientras que ellos las evitan. Los denuncia por condenar a muerte a los enviados de Dios, mientras construyen tumbas para los profetas. Los acusa de ocultar la sabiduría de Dios ante la gente y de ambicionar trajes, saludos y cortesías especiales, ocupando además los primeros lugares de las sinagogas (Lc. 11:43, 46–52; 20:46). Aquí, pues, están las evidencias de la corrupción de los escribas. El propósito de su existencia era saber la Ley y transmitirla fielmente al pueblo, pero la pervertían y ocultaban de la gente la verdadera sabiduría divina.

b) Los fariseos. «Los fariseos fueron los que crearon el concepto de la doble Ley, lo exteriorizaron como una victoria sobre los saduceos, y lo hicieron operar en la sociedad.» Los fariseos y Jesús aparecen frecuentemente confrontados en los Evangelios. Ante esta cuestión, Bruce opina que es precisamente porque, como sucede tanto en la religión como en la política, los que tienen mucho en común son frecuentemente los que se confrontan más críticamente.

Como cumplidores estrictos de la Ley, tenían un tremendo prestigio religioso, aún sin pertenecer sociológicamente a la clase superior. En una sociedad profundamente religiosa como la judía, tanto los fariseos como los escribas representaban un gran poder. Jesús los denunció porque no utilizaban tal poder para llevar a las personas a Dios, sino para oprimirlas (Lc. 11:25–53; Mt. 23:1–36).

Jesús los denuncia a los fariseos, concretamente, por su hipocresía en el incumplimiento de las prescripciones relacionadas con la pureza, y su hipocresía en el pago del diezmo de las legumbres, descuidando en ambos casos la actitud interna, la motivación para hacerlo (Lc. 11:39–43). Jesús denuncia su hipocresía y pide a la gente que se cuide de ellos (Mc. 12:38), y además les sugiere que no los imiten (Mt. 23:3).

Es conveniente remarcar la importancia de la palabra hipocresía en griego, que significa «actor». La corrupción de los fariseos, por lo tanto, era también la desnaturalización de su existencia. En lugar de ser modelos vivientes del cumplimiento de la Ley, buscaban que la gente los admirara por sus prácticas y no que Dios los aprobara. «Los anatemas contra los escribas no recalcan tanto la hipocresía, la contradicción interior/exterior, sino directamente la maldad opresora y objetiva.» En particular a los fariseos les resultaba molesto que Jesús compartiera su tiempo con pecadores, impuros, publicanos, etc., como también que practicara el bien el día sábado.

Ambos grupos fueron denunciados por Jesús, no sólo por no ayudar al pueblo a cumplir la Ley, sino por estorbarlo. «Y lo peor es que lo oprimen y que lo pueden oprimir por el poder ideológico y simbólico-ejemplar que poseen en base a su estrecha vinculación con la ley.»

No cabe ninguna duda de que la denuncia constante de Jesús contra estos grupos fue un factor decisivo en el camino a la cruz. J. Jeremias señala claramente que «fue una audacia sin precedentes … dirigir públicamente y sin miedo también a estas gentes la invitación a la penitencia; esa audacia le condujo a la cruz». Como queda demostrado en este punto, la lucha contra la corrupción implica sacrificio y sufrimiento.

c) Los sacerdotes. Los sacerdotes, en general, no pertenecían a la clase alta, sino que estaban ubicados mayormente en la clase media. Los sumo sacerdotes eran los que pertenecían a los círculos más pudientes. Esto lo confirma J. Jeremias, quien afirma que «según lo que nos transmite la tradición, en las casas de las familias de los sumo sacerdotes reinaba un gran lujo». A lo largo de la vida de Jesús, los sacerdotes aparecen como sus principales enemigos. Los tres Evangelios sinópticos narran la escena de la expulsión de los mercaderes del templo. Sobrino interpreta que «la pregunta fundamental es si con esa acción Jesús se manifestaba proféticamente contra el templo en cuanto tal o contra abusos cometidos en él y en su nombre». En contraposición a los otros

Evangelios, Juan coloca la purificación del templo bien al principio del ministerio de Jesús (2:13–22). Esto no es casual, y el contexto lo demuestra. El templo era el símbolo del pueblo de Dios. Jesús era el cumplimiento de aquello que el templo representaba: era el cumplimiento del judaísmo apocalíptico y farisaico. Pero el templo en el tiempo de Jesús era el símbolo de las prácticas corruptas de los ricos. Había sido profanado. Jesús lo limpió y lo devolvió al Padre. «De esta manera, según Juan, Jesús lucha desde el principio en contra de la corrupción, a través de la limpieza del templo, para que vuelva a ser la casa de Dios.»

Evidentemente, Jesús estaba en contra de la práctica abusiva y opresora de los sacerdotes, y no en contra del templo como tal. Se oponía a la corrupción del oficio sacerdotal, y a la corrupción de utilizar el templo para hacer negocios, cuando tenía que ser «casa de oración». Por lo tanto, se distanció de ese culto y profetizó la destrucción del templo, hecho que lo llevó finalmente a la cruz (Mc. 13:2; Mt. 24:2; Lc. 21:6). La destrucción del templo se mencionó luego en su juicio religioso (Mc. 14:58), también cuando se burlaron de él al pie de la cruz (Mc. 15:29), así como en el martirio de Esteban (Hch. 6:14). Es que el templo era «el centro de la vida económica, política y social del país». «A través del tesoro del templo, al que todo judío debía pagar anualmente su cuota, los judíos del mundo entero contribuían al comercio de Jerusalén.»

Cuando Jesús atacó esta institución central de Jerusalén, fue considerado un provocador, un revolucionario. Denunciar la corrupción de los sacerdotes y la utilización corrupta de todo el entorno del templo para el enriquecimiento personal e institucional le costó la enemistad de los sacerdotes y de todos los admiradores de los mismos.

3) La corrupción de los líderes políticos. Palestina vivía en una constante crisis administrativa. No era posible establecer un equilibrio duradero entre las diversas estructuras de gobierno. Dice Gerd Theissen al respecto que «la aristocracia, atenta a la compensación, quedó en política realista debilitada por las fricciones con los príncipes de la clientela herodiana y con los procuradores romanos».

Generalmente el estado (en este caso, el Imperio) se alegra de acoger a una religión que se limite a lo cúltico, como sucede bajo regímenes totalitarios, o que se relegue al campo de la piedad privada. Si la religión no se inmiscuye ni perturba el statu quo, puede llegar a ser tolerada e incluso domesticada para funcionar como una especie de legitimación sacramental de las funciones estatales.

La persona de Jesús, su movimiento y sus ideas, amenazaron seriamente el statu quo del Imperio Romano, razón por la cual él fue crucificado. En un análisis de la religión política Mardones llega a una conclusión semejante a la que enfrentó Jesús. Según él, aunque la religión neoconservadora recupera su relevancia social, «corre el riesgo de ser una funcionalización de la religión al servicio del mantenimiento del sistema».

En este punto las investigaciones de J. Jeremias arrojan numerosas evidencias concretas sobre la vida de los líderes políticos del tiempo de Jesús. El mismo describe de manera notable la opulencia en la cual vivían los líderes políticos de ese tiempo. El estilo de vida de los mismos no se cubría con el sueldo asignado, sino con importantes confiscaciones de bienes de nobles del reino a los cuales se habían hecho ejecutar, y, además, «los regalos, o mejor dicho, los sobornos, venían a tapar más de un agujero en las finanzas de los príncipes».

En el caso de Herodes el Grande, se destaca que la característica principal de su personalidad era una ambición insaciable. Los tributos y derechos de aduana sólo cubrían una pequeña parte de sus gastos. «Mucho más deben de haber pesado sobre el pueblo los regalos (a Herodes, a sus parientes y “amigos”, así como a los recaudadores o arrendatarios de los impuestos y a sus subordinados), las confiscaciones de bienes y los impuestos extraordinarios.» Los herodianos, que vivían para mantener los intereses de la familia de Herodes, hicieron causa común en algunas ocasiones incluso con los fariseos, para enfrentarse a Jesús. «Durante el ministerio de Jesús, dos miembros de la familia herodiana ocupaban posiciones de autoridad en la tierra de Israel o cerca de ella: Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea; y su hermano Felipe quien era tetrarca de la región este y noreste del lago de Galilea.» Jesús advierte a sus discípulos que se cuiden de su levadura (Mc. 8:15; Lc. 13:32).

Resulta imposible—como mayormente ocurre en un contexto de corrupción—establecer el valor de los regalos y sobornos que se daban a las autoridades y a los servicios administrativos. Juan el Bautista ya había exhortado a los soldados romanos en su predicación social, diciendo: «no extorsionen a nadie ni hagan denuncias falsas; más bien confórmense con lo que les pagan» (Lc. 3:14). También Mateo menciona un caso de soborno a los soldados romanos en Jerusalén, por parte de los jefes de los sacerdotes, que querían que esa trampa sirviera para negar la resurrección de Jesús (Mt. 28:12).

Por otra parte, en Hechos 22:28 se menciona el caso del jefe de la plaza de Jerusalén, quien admite haber adquirido su ciudadanía romana por soborno o compra, a diferencia de Pablo, quien tenía tal condición por nacimiento. Claudio Lisias pagó un alto precio, no para adquirir su libertad, sino como «soborno dado a los intermediarios del secretariado imperial de la administración provincial». «La corrupción se extendía hasta los más altos puestos. No hay más que ver las numerosas quejas contra la venalidad de los procuradores.» Will Durant, en su historia de la civilización romana en el tiempo de Jesús, menciona varios casos de corrupción, especialmente en el gobierno de Augusto y de Claudio. Afirma que en el caso de Augusto, «con trigo y juegos se sobornaba al populacho para que permaneciera tranquilo».

Jesús, con su estilo de vida, su énfasis en la pureza y la verdad, vino a ser también un desestabilizador del statu quo de la Palestina. En este sentido, Melba Maggay entiende que la tensión entre Jesús y Pilato tiene sus raíces en la ambigüedad intrínseca de la naturaleza del reinado de Jesús. «Aunque Jesús evita claramente darle un sentido meramente político a su mesiazgo, destacando la centralidad de sus dimensiones espirituales y de servicio tal como fueron profetizadas en Isaías 53, su predicación y práctica anunciaron una plataforma consecuente con la agenda política esbozada en Isaías 11:1a restauración del Reino de David.»

La condena a muerte de Jesús fue dictada por el gobernador romano Pilato en nombre del Imperio Romano. Dice claramente Moltmann que «el ajusticiamiento por crucifixión era, según el derecho romano, la pena disuasoria para la rebelión contra el orden político del Imperio Romano y contra el orden de la sociedad romana, basada en la esclavitud. Jesús fue ejecutado públicamente junto con dos judíos acusados de sedición».

Su crucifixión no fue la consecuencia de un accidente de procedimiento en el tratamiento de casos problemáticos, ni fruto de la confusión reinante. Evidentemente, Jesús representaba una amenaza real para el orden y la pax romana. Como otros cabecillas de intentos de sedición, Jesús terminó crucificado. Su muerte se produjo como consecuencia de su práctica, que Bravo Gallardo llama «subversiva».

4) La corrupción de sus discípulos. Aunque parezca paradójico, Jesús tuvo que enfrentarse a la tentación de la corrupción en su propio grupo de seguidores y discípulos. Nos detendremos principalmente en los casos documentados, más cercanos a él, como el de la pretensión de poder (Juan y Santiago) y el de Judas. No profundizaremos mayormente en las expectativas distorsionadas que tenían las masas de Jesús como Mesías, ya que están claramente representadas en los dos casos que se analizarán a continuación.

La pretensión de seguir a Jesús sin renunciamientos, a los efectos de ocupar un sitial privilegiado, determinó que muchos abandonaran el seguimiento de Jesús, al entender su costo (Jn. 6:60–69). También la pretensión de utilizar a Jesús como elemento de liberación de la opresión romana, y para obtener bendiciones celestiales sin sacrificio, resulta evidente en las multitudes que lo seguían y que fueron alimentadas milagrosamente (Mt. 15:32–38; Jn. 6:26–27).

a) Búsqueda de poder e influencia. El pedido de Santiago y Juan de estar ubicados a ambos lados del trono de Dios una vez instaurado el reino sucede después de que Jesús les anuncia por tercera vez su muerte (Mc. 10:32–34). Aunque los demás discípulos mostraron su reprobación ante la actitud de Santiago y Juan, el hecho de que Jesús les reconviene a los Doce indica que la tentación de utilizar a Jesús para ocupar cargos de importancia era generalizada.

Jesús aprovechó esta circunstancia para indicarles a sus discípulos que existe una diferencia básica entre el poder, según era habitual en los gobiernos que conocían, y el poder en el reino de los cielos. El servicio es el único instrumento de poder en el reino de los cielos (Mc. 10:35–45). Jesús se propuso a sí mismo como ejemplo de servicio. Entendió claramente el riesgo de la corrupción implícito en la petición de Santiago y Juan. Al demostrarles la alternativa, la salida de la tentación de la corrupción, se opuso a esa mentalidad entre sus discípulos. La primera carta de Juan (1:6; 2:15–17), como también la primera carta de Pedro (5:1–4), son evidencias internas que demuestran que los discípulos obedecieron a la exhortación de Jesús.

b) La ambición materialista. Aunque es posible debatir si Judas Iscariote traicionó a Jesús sólo por la obtención de ganancias económicas, ésta es, sin lugar a dudas, una de las tentaciones siempre presentes alrededor de Jesús como Mesías. Cuando Judas, que según la opinión de varios comentaristas había pertenecido al grupo de los zelotes, se dio cuenta de que Jesús no iba a derrocar a los poderes romanos de la Palestina, se sintió frustrado en el seguimiento. Se acercó a los líderes religiosos de Jerusalén (hecho que ya conocían los discípulos y Jesús), que buscaban cómo arrestar y matar a Jesús (Mt. 26:1–5). Se ofreció a los jefes de los sacerdotes, para entregarles a Jesús por treinta monedas de plata (Mt. 26:14–16). Resulta llamativo que Judas finalmente se quedó sin Jesús y también sin el importe por el cual lo entregó (Mt. 27:3–10).


Es importante señalar que hubo varios intentos claros que apuntaban a corromper a Jesús. El relato de la tentación (Mt. 4:1–11) nos muestra que uno de los objetivos era desviarlo de su propósito de hacer la voluntad del Padre. También en el relato de la crucifixión se apela a su divinidad—«si tu eres el Hijo de Dios …»(Mt. 27:40)—incitándolo a abandonar el cumplimiento de los propósitos de Dios. Ambos relatos expresan cómo el mismo Jesús estuvo expuesto a la tentación de la corrupción. En ambos ejemplos—que son paradigmáticos—Jesús demuestra la actitud correcta ante la tentación de la corrupción: debemos tener en claro los principios y las motivaciones de nuestras reacciones ante la tentación, a los efectos de cumplir con la voluntad de Dios. En su resistencia a la tentación, son dignos de imitar el conocimiento de la Palabra de Dios y su aplicación a la situación.




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