viernes, 9 de mayo de 2014

La misión cristiana en un contexto de corrupción (parte 3 de 3)

Corrupción y el futuro de las misiones cristianas
Lucha contra los poderes y las estructuras de la corrupción
Lo que más rechazó el Imperio Romano del cristianismo primitivo fue su principio de solidaridad, elemento ni remotamente importante entre los romanos. Luego la corrupción se infiltró en el cristianismo hasta el punto de negociar el purgatorio de los fallecidos. La corrupción ama la oscuridad, se apega a lo oculto y no ama la verdadera solidaridad, sino un falso amiguismo. Nada temen los corruptos tanto como el hecho de que se diga cómo son las cosas en la realidad. La verdad y la corrupciónson incompatibles entre sí. El cristiano no vive solo ni en un vacío. Es un ser social, y por lo tanto su conducta conlleva consecuencias sociales y estructurales. La corrupción siempre involucra a más de una persona, y siempre es un pecado en contra de la comunidad. Se necesita por lo menos uno que corrompe y otro que se deja corromper. La corrupción permite que el interés particular prime sobre el interés común. Bíblicamente, el pecado no es sólo una situación personal, sino que también incluye lo estructural, lo social. No existe en la Biblia una distinción radical entre las acciones de la persona como individuo y como ser social. El mal existe en la sociedad, incluso fuera del individuo, y ejerce influencia sobre el individuo (Ro. 12:2). El pecado, sea individual o colectivo, produce culpa sobre el autor o los autores y destruye su autoestima. En este sentido las reacciones pueden y deben considerarse como intentos de autojustificación o autodestrucción.

La sociedad no es sólo la suma total de sus miembros, sino una compleja red de relaciones interpersonales, culturales e institucionales. La totalidad de estas relaciones conforma la personalidad de una sociedad. Hay numerosos ejemplos en la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, de cómo Dios denuncia el pecado social e institucional de Israel. Estos pecados estructurales afectan a las personas de la misma manera en que los pecados personales afectan a la comunidad. En relación con esto, el Nuevo Testamento utiliza el concepto «mundo» en el sentido de cosmos o sistema, pero no relacionándolo con un lugar. En muchas referencias joaninas el sistema se presenta como «una colectividad … personificada: ama, aborrece, escucha, sabe y da».

La realidad es que cuesta mucho discernir los pecados estructurales y resulta difícil hacerse responsable de ellos. Toda liberación de la culpa y del pecado exige expiación. Esto incluye también los pecados personales y los estructurales. Las estructuras son productos humanos y pueden transformarse en verdaderos círculos viciosos. De manera coherente y lógica dice Moltmann al respecto que «el primer pecado fue consecuencia de la libertad, el segundo del hábito, y el tercero de la dependencia, de la esclavitud».

Estas estructuras al servicio del mal producen en la sociedad problemas complejos para los cuales parece no haber solución. Uno de estos pecados estructurales es la corrupción. Es una práctica muy arraigada y bien cimentada en la mayoría de los gobiernos, empresas e instituciones en América Latina. Es uno de los poderes o potestades de las tinieblas que influye negativamente sobre toda la sociedad y deja infinidad de víctimas a su paso. Los corruptos generalmente justifican sus acciones en la legislación. Hacia afuera, todo debe parecer legal. Incluso abogan y luchan por la creación de nuevas leyes. La misma expedición de un documento logrado mediante soborno es toda una contradicción. «Esta es la justificación de la corrupción. Los que participan de la corrupción son los que tienen suficiente poder para influir en las decisiones. A la corrupción siempre le corresponde algún poder. El dinero y el poder son hermanos en la corrupción.». En contraposición a la corrupción, el amor, que es una de las características básicas del cristianismo, busca siempre el bien del prójimo. Las instituciones y sociedades están interconectadas por una red de relaciones globales. Estas redes determinan la vida y la función de las instituciones. A estas redes se las denomina «estructuras», que se distinguen de las instituciones por ser poderes invisibles. «Son a la sociedad lo que la mente es al cuerpo: el control lógico de su conducta.»

La meta de estas estructuras es el monopolio del poder. Básicamente tienen un componente triple: económico, militar y científico; su objetivo es el enriquecimiento y el poder. «El mal existe aparte del individuo no solamente en el orden de la sociedad, sino también en los papeles políticos y sociales de los poderosos seres sobrenaturales.». A estos poderes y los conflictos que provocan Jürgen Moltmann los llama «círculos viciosos», que élrefiere especialmente a la formación de patrones económicos, sociales y políticos sin ninguna esperanza, que arrastran la vida hacia la muerte. De manera apropiada él reconoce que en ellos se puede sentir la presencia de lo demoníaco en la vida.

La realidad de estos poderes está ampliamente confirmada por el Nuevo Testamento, especialmente en la literatura paulina (Ef. 1:21; 3:11; 6:12; Col. 1:16; 2:10; Ro. 8:38; 1 Co. 2:8; 15:24–26). Dice Costas al respecto que «esta corrupción del poder, esta rebelión contra el creador, fue una razón por la que el Hijo de Dios fue a la cruz».

Ya en el siglo 17 Juan Calvino se había referido al «error general» según el cual las leyes y las costumbres protegen el vicio, apoyando el involucramiento del cristiano para traer nuevas esperanzas, aun a un sistema viciado de corrupción. En relación con ello afirma Mott que «en este contexto de corrupción del sistema se ordena al creyente ser la sal de la tierra (Mt. 5:13), resistiendo la corrupción así como la luz resiste y combate las tinieblas …».

El ámbito en el cual la corrupción produce actualmente los daños mayores es la ecología. La corrupción tiene aquí sus principales tentáculos: en la deforestación, en la contaminación de las fuentes naturales y en la destrucción de toda la naturaleza. La reconciliación con la naturaleza es urgente. «Uno de los significados del término corrupción es “perdición”. Como imagen de Dios, el ser humano está llamado, por su Dios incorruptible, (Dt. 10:17) a ser co-responsable y a convivir con la naturaleza de acuerdo con la voluntad de Dios.»

Dado que la corrupción es un problema ético en su raíz, el autor propone que la reflexión teológica-misionológica cristiana en un contexto de corrupción—y a los efectos de pertinencia al mismo—se base en una cristología. Jesucristo plantea tanto una teología contextual como una teología de compromiso de fe y compromiso con la historia. La cristología nos desafía a un testimonio radical en un contexto de corrupción. Plantea transformaciones que llegan hasta las mismas raíces de la corrupción, las cuales no sólo se encuentran en el comportamiento individual de las personas, sino en muchos sistemas y estructuras de vida. Además, tales transformaciones no serán logradas por individuos bien intencionados y honestos, sino por la influencia que los mismos puedan ejercer a través de una comunidad alternativa.
Desafío: misión cristológica con base en la comunidad alternativa
La cristología que toma en serio el contexto de corrupción necesariamente enfatizará el mensaje y la conducta del reino de Dios. Ante la tendencia de la corrupción generalizada de cosificar e instrumentar al prójimo en favor de las ambiciones de poder y posesión de los corruptos, la conducta del reino de Dios plantea la convivencia a partir de la comunidad alternativa (la iglesia) en este mundo. La sociedad corrupta está en oposición al reino de Dios, pues es una sociedad que se autodestruye. La comunidad alternativa se caracteriza por la vida en justicia, amor, servicio y santidad. La comunidad alternativa que no ha sido pervertida por los valores corruptos será, por su misma existencia, una presencia molesta y profética en la sociedad. Vivirá de acuerdo con los valores del reino de Dios, guiada por el Sermón del Monte.

Se proponen los siguientes énfasis como una respuesta inicial cristiana al contexto de corrupción generalizada en América Latina.

1) La revalorización de la función de la comunidad alternativa como «sal y luz», de manera análoga a la propuesta de la organización «Transparencia Internacional» de formar islas de integridad en la lucha contra la corrupción. La comunidad alternativa cristiana es el grupo ideal para funcionar como isla de integridad en un contexto de corrupción. Los cristianos tienen que estar dispuestos a luchar por el bien y en contra del mal en la sociedad. La comunidad alternativa debe detectar quiénes son los perjudicados y oprimidos a través de las pujas de poderes de la corrupción.

2) Además, como se ha elaborado en el análisis de los desafíos del apóstol Pablo, se sugiere una participación activa en la política de cristianos comprometidos para luchar por los cambios estructurales en la sociedad latinoamericana. La combinación de ambos esfuerzos será de vital importancia para que la fe cristiana y su ética hagan un aporte significativo en la lucha contra la corrupción generalizada en América Latina.

3) Velar constantemente por la transparencia interna y la purificación de la comunidad cristiana y de las instituciones eclesiásticas y paraeclesiásticas. Se sugiere a tal efecto la implementación de normas éticas que ayuden a mantener la transparencia y a controlar la corrupción. Sin lugar a dudas, las enseñanzas del Sermón del Monte adquieren una importancia singular en tal esfuerzo. Se requiere la voz profética de la comunidad alternativa en este contexto de corrupción.

4) Enfatizar en el discipulado, de manera prioritaria, la conducta y la lucha contra la corrupción. El discipulado incluye el acompañamiento de los cristianos en su afán por salir del círculo vicioso de la corrupción. La comunidad alternativa no puede bendecir ni recibir dinero mal habido ni donaciones que procedan de la corrupción. El discipulado cristiano debe enfatizar el concepto de mayordomía que Dios exige del ser humano. No se puede privilegiar lo económico por sobre otros valores. Se condenan, por lo tanto, actitudes que provocan beneficios sectoriales; los avances técnicos que benefician ciertos aspectos productivos, pero deshumanizan a los que se «benefician» o destruyen otros valores; procesos que provocan desocupación o situaciones sociales desesperantes; especulaciones políticas basadas en la emergencia social.

5) Dejar en claro que existen valores divinos, tales como el amor, la solidaridad, la justicia, la libertad, que definitivamente no son negociables. La corrupción justifica o racionaliza una ética de la desigualdad, la discriminación y la injusticia. Toda corrupción es pecado y la raíz o causa de la corrupción se encuentra en la falta de ética. Estas pautas de relación o modos de pensar perversos deben ser combatidos en todos los niveles y sectores de la sociedad. Hay que rechazar toda actitud deshumanizante que busca convertir una forma sociocultural determinada en algo definitivo e inevitable para quien lo sufre y, en contraposición, hay que valorar la dignidad que Dios confiere al ser humano, la vida y la naturaleza toda.


6) Apoyar todos los esfuerzos, sean cristianos o no, que se dediquen a la lucha contra la corrupción. Para ello, los principios de lucha contra la corrupción son válidos y aceptables también para los cristianos. Hay que crear redes locales, regionales, nacionales e internacionales de anticorrupción entre cristianos y no cristianos, con el objetivo de influenciar creativa y positivamente en las distintas esferas sociales. Hay que utilizar todos los medios de comunicación existentes para que toda la sociedad tome conciencia del daño moral y social que representa la corrupción, presentando modelos de vida honestos y transparentes. Es necesario promover la reflexión en torno a la corrupción, de tal manera que se logre mayor profundización y efectividad en la lucha contra la misma. En todos esos esfuerzos se tendrá que pagar el precio de las consecuencias de tales acciones, y muchas veces habrá que enfrentar fuertes oposiciones, persecuciones, amenazas y hasta el martirio. Será necesario adquirir la incorrupción como un estilo de vida, como una vocación cristiana.



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