jueves, 1 de mayo de 2014

Siete características del pecador

Lo que éramos en el pasado, Pablo lo resume mediante siete características. Las tres primeras se refieren a diferentes facetas de nuestra impiedad o de nuestra vida sin Dios: éramos necios, desobedientes y extraviados. Las cuatro restantes tienen que ver con el fruto de nuestra impiedad, el egocentrismo que nos caracterizaba y cómo ese egocentrismo afectaba a nuestras relaciones con los demás: éramos esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. Veamos estas siete características.
1. Necios
En primer lugar, éramos necios. En los escritos de Pablo, decir que alguien es necio no es proferirle un insulto. Es afirmar algo sobrio y serio. Para el apóstol, la necedad es una de las tres columnas sobre las cuales descansa la miseria del ser humano. Las otras dos son la impiedad y la injusticia. En Romanos 1:18, por ejemplo, afirma: La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad. Aquí aparecen explícitamente la impiedad y la injusticia, pero también está presente la necedad: cuando alguien detiene la verdad, empieza necesariamente a edificar su vida sobre fundamentos erróneos; si rechaza la verdad como cimiento de su vida, acaba viviendo en necedad. Esto se hace explícito más adelante (en los versículos 21 y 22): Aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido; profesando ser sabios, se volvieron necios.
El mal del hombre empieza con la impiedad. (Estamos hablando en términos teológicos, no necesariamente cronológicos.) El origen de nuestros males está en que hemos dado la espalda a Dios, hemos desatendido su Palabra y seguido nuestros propios caminos. Es decir, en cuanto a nuestro afecto, nuestra voluntad y nuestra manera de vivir, hemos destronado a aquel que sólo se merece ocupar el trono de nuestras vidas. Hemos decidido que no queremos que ése reine sobre nosotros. No es que el ser humano, al ir creciendo, llegue al momento de decir: He decidido que no quiero que Dios sea mi Rey. Más bien nacemos ya en esa condición. El egocentrismo ocupa el trono de nuestra vida desde nuestra concepción (Salmo 51:5). Pero la impiedad, el rechazo de Dios y el desacatamiento de su Palabra están allí en el fondo de nuestro mal.
Por supuesto, cuando Dios es destronado, el trono no queda vacío. Echamos fuera al Dueño legítimo a fin de quedarnos nosotros mismos con sus derechos. Nos volvemos egocéntricos. Todos vivimos para nosotros. Pero la consecuencia es que, lejos de atender a los derechos de la creación de Dios y a los derechos de nuestro prójimo, sólo buscamos los nuestros propios. Cualquier otro ser humano, en vez de ser hermano nuestro en una misma familia regida por Dios, se convierte en rival y amenaza. Entonces empezamos a cometer toda clase de injusticia. Destronar a Dios es entronizar el yo; y entronizar el yo conduce a la injusticia.
Pero, a la vez, todo ser humano necesita un soporte ideológico para su vida. Es decir, tiene que saber de dónde viene, a dónde va, quién es y cómo debe vivir. Tiene que saber por qué actúa como actúa. Necesita justificar su existencia y establecer reglas y criterios por los cuales vivir. El vacío creado por la incredulidad se tiene que llenar con algo. De ahí la diversidad de religiones. Si echamos fuera a Dios, ¿de dónde recibimos nuestro soporte ideológico? De la especulación religiosa o filosófica.
Por supuesto, la inmensa mayoría de personas no tiene una ideología sistematizada, sino que ha formado una cosmovisión ecléctica, tomando algunas ideas de acá, otras de allá, sin pretender una cohesión razonada y sin ver las muchas contradicciones e inconsecuencias que la caracterizan. Se van defendiendo en la vida como buenamente pueden. Les basta con que el contexto social, la opinión de sus vecinos y compañeros y, sobre todo en nuestros días, los medios de comunicación, determinen lo que está bien y lo que está mal y formen su entendimiento de las cosas importantes de la vida.
Pero toda cosmovisión, ideología, filosofía o religión que no se centre en el Dios verdadero es, en última instancia, falsa. Por definición, si Dios existe y es nuestro Creador, toda manera de entender la vida que no le tiene a él por cimiento es errónea. Y, por lo tanto, cualquier alternativa que el hombre inventa como sucedáneo de Dios y de su revelación viene a ser una necedad, una insensatez.
Así pues, la necedad es otra consecuencia de la impiedad. La impiedad, por así decirlo, tiene dos hijas: la injusticia y la necedad; pero éstas, juntamente con su madre, forman las tres columnas sobre las cuales se edifica la vida del incrédulo. La necedad es aquella falta de sabiduría y entendimiento espiritual que es fruto inevitable de la impiedad.
Por supuesto, en tiempos de Pablo, la mayor manifestación de la necedad eran las diversas formas de idolatría y, por lo tanto, en el texto que ya hemos citado de la Epístola a los Romanos 1, él sigue hablando de cómo los hombres cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Quien conoce los dioses de Roma y Grecia y los dioses de Egipto, Asiria y Babilonia, sabe que todo esto es cierto. En nuestra generación, la gente no suele adorar a imágenes de animales. Sin embargo, Pablo no está limitando su discurso sólo al paganismo primitivo, sino que intenta analizar un fenómeno universal. En nuestros días, entre otras cosas, la insensatez se manifiesta en el materialismo, en la creencia de que la vida del hombre consiste en la abundancia de los bienes que posee (Lucas 12:15–21); en construir nuestras vidas sobre otro fundamento cualquiera que no sea la palabra de Cristo (Mateo 7:26–27); en dar largas al mensaje del evangelio, pensando que en el futuro dispondremos de tiempo de sobra para atender a sus demandas (Mateo 25:1–13).
Así pues, aunque alguien no crea en Dios y en el evangelio de Jesucristo, creerá en algo. Pero ese «algo» siempre carecerá de base verdadera, porque desconoce al que es la verdad (Juan 14:6). De entre los muchos «algos» que encontramos en nuestro mundo, hay sistemas de pensamiento sumamente sofisticados. Hay filosofías altamente elaboradas y religiones que parecen coherentes y solventes. No estamos negando las cualidades brillantes de algunos pensadores, sino afirmando que, por muy brillantes que sean los pensamientos que conforman el edificio construido por ellos y por muy rigurosa que sea su lógica y su dialéctica, si las premisas que configuran sus cimientos son erróneas, tarde o temprano el edificio caerá. El ejercicio mental será brillante, pero en el fondo sigue siendo una necedad. El temor del Señor es el principio de la sabiduría (Proverbios 1:7). Sin Dios, el hombre está condenado a vivir sobre la base de premisas equivocadas y cimientos endebles; y aun cuando sus elaboraciones sean brillantes, todo será una equivocación. Sin Dios, los más excelsos catedráticos de filosofía son necios. Esto, repito, no es un insulto. Estamos afirmando una sencilla verdad. No es que cuestionemos el carácter brillante de sus disquisiciones, pero siguen siendo necios porque construyen sobre arena. En cambio, el creyente más torpe que ha empezado de verdad a temer a Dios y a fundar sobre este temor su vida ha empezado a ser sabio.
Pablo está diciendo que, antes de nuestra conversión, sea cuál fuere la filosofía o religión que seguíamos, tanto si éramos practicantes fervientes de alguna religión como si vivíamos despreciando toda religión, éramos necios al carecer de aquella única base segura para la vida que es la revelación de Dios. Éramos como los otros gentiles que, según Pablo en Efesios 4:17–19, andan en la vanidad de su mente, entenebrecidos en su entendimiento, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; no una ignorancia de la cual son meras víctimas, sino una ignorancia inducida por la impiedad y la injusticia, por la dureza de su corazón; una ignorancia, por lo tanto, culpable. Nosotros, antes de la conversión, éramos así. No vivíamos según la sabiduría de Dios, sino conforme a alguna variante, de la insensatez.
2. Desobedientes
En segundo lugar, éramos desobedientes. Obviamente, si vivíamos conforme a otras filosofías, éticas, religiones o ideologías, desatendíamos los requisitos de Dios y su ley. Éramos rebeldes ante las legítimas demandas de nuestro Creador. Este concepto ya lo hemos visto en el 1:16 (cf. Romanos 10:21), donde el apóstol habla acerca de los falsos maestros: Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes. ¡Aborrecibles y rebeldes!, dos de las características de esta lista (3:3).
Nuestra rebeldía y desobediencia implican el rechazo de Dios y la sublevación contra su jurisdicción. Así pues, vinimos a ser lo que Pablo llama enemigos de Dios (en Romanos 5:10 o Colosenses 1:21; cf. Santiago 4:4). Como acabamos de decir con respecto a Efesios 4:18, el no creyente no padece de una mera ignorancia inocente, sino de una incredulidad responsable; porque, quien más quien menos, todos hemos conocido la luz de una conciencia iluminada por Dios. Ciertamente había mucha ignorancia en nosotros, pero esta situación de ignorancia no solamente se debía a que nadie nos hubiera informado, sino también a nuestra ceguera espiritual, a la dureza de nuestro corazón (Efesios 4:18).
Así pues, todos los creyentes podemos decir que, además de haber sido necios por haber construido nuestra vida sobre premisas falsas, éramos rebeldes y desobedientes. En nuestro fuero interno sabíamos perfectamente lo que Dios quería de nosotros, pero no lo hacíamos, sino que seguíamos más bien nuestros propios apetitos y criterios. No obedecíamos la ley de Dios ni tampoco seguíamos el evangelio de Dios.
Sin duda, nuestra rebeldía ante Dios es el matiz principal que Pablo tiene en mente aquí. Sin embargo, debemos recordar que acaba de exhortar a los cretenses a que estén sujetos a los gobernantes y que sean obedientes (v. 1). Por tanto, es posible que también esté pensando, en el versículo 3, en la actitud rebelde que suele caracterizar al no creyente ante las autoridades civiles. En realidad, no es cuestión de tener que elegir entre estos dos matices, sino de dar cabida a ambos. La rebeldía ante Dios suele comportar diversas formas de rebeldía social. Y el desacato a la autoridad de los gobernantes es percibido en las Escrituras como un desacato a la autoridad divina, pues, como ya hemos visto, no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas (Romanos 13:1–2).
3. Extraviados
En tercer lugar, éramos seres extraviados. Esta misma palabra podría ser traducida como engañados. El triste resultado de rechazar a Dios y cometer la necedad de fundar nuestras vidas sobre sucedáneos humanos es que perdemos el rumbo en la vida. Hace un momento decíamos que todo el mundo necesita saber de dónde viene y a dónde va; pero, si has rechazado a tu creador y diseñador, al único que tiene las respuestas autorizadas a tus preguntas, no es de sorprender que vayas perdido por la vida. Así pues, mucha gente no sabe por qué está aquí y ni siquiera se plantea cuál es el propósito de la vida o cuál será su destino final. Algunos (hoy en día, una minoría) intentan encontrar respuestas en la filosofía o el estudio de las religiones. La mayoría se entrega a la «gran evasión», a la frenética búsqueda de placeres y distracciones y, si acaso las circunstancias de la vida les obligan a afrontar seriamente el hecho de que van directos a la tumba, intentan consolarse aduciendo que otros muchos —entre ellos, los más guapos y divertidos— van por los mismos derroteros. ¡Mal de muchos, consuelo de tontos! Hay que comprender que los descarriados suelen descarriar a otros y que los engañados también engañan:
Los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:13).
El hecho es que la persona sin Dios es una persona perdida en la vida:
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino (Isaías 53:6).
Y así —dice Pablo— éramos nosotros hasta nuestra conversión. Lo confirma el apóstol Pedro:
Pues vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas (1 Pedro 2:25).
Hay un solo Pastor legítimo que puede guiarnos en la vida; y quien se desvía del rebaño de aquel pastor se pierde en el camino.
El extravío es una de las grandes características de nuestra sociedad (aunque los expertos suelen utilizar otra terminología, como por ejemplo la palabra alienación). La gente ha perdido el norte. Ya no tiene valores. La juventud —dicen los viejos— es una generación perdida que no sabe lo que quiere, que no quiere asumir responsabilidades en la vida y sólo vive para divertirse; pero los jóvenes ni siquiera saben divertirse bien, pues se aburren de todo, buscan nuevas sensaciones y no quedan satisfechos con nada. ¡Menos mal que los viejos somos más sensatos! Nosotros sí que sabemos lo que queremos: trabajar, llegar a casa, cenar, ver la televisión y a la cama, para caer en la misma rutina mañana. O sea, la necedad de los mayores sólo se distingue de la de los jóvenes en que hemos ajustado mejor nuestra vivencia a la rutina cansina de nuestra sociedad. Pero es una vida igualmente sin sentido. Todos somos necios sin el Señor. Estamos extraviados, sin saber a dónde vamos.
Así que estas tres características iniciales nos hablan de nuestra relación con Dios o, mejor dicho, de la pérdida de la relación con Dios y sus repercusiones: necedad, rebelión y extravío. Se dan claramente en los casos más obvios de perdición y degeneración que vemos entre los delincuentes de la calle, pero también en el hijo de creyentes formado en el ámbito de un hogar estable, que puede haber aprendido buenos preceptos que le mantienen dentro de ciertos límites sanos de comportamiento, pero que en su corazón está muy lejos de Dios, tan descarriado como los demás.
4. Esclavos de deleites y placeres diversos
Si ésas son las consecuencias de nuestra falta de relación con Dios, ¿qué es lo que ha llenado el «vacío de Dios»? Ya lo hemos dicho: procuramos vivir para nosotros mismos, entronizar el yo y seguir los dictados de nuestros apetitos y de nuestras ambiciones.
Inicialmente, nos parece que esto es vivir en libertad. ¡Somos libres! Nos hemos emancipado de Dios y de su ley. No somos como aquellos pobres que necesitan la muleta de la religión para sobrevivir. Somos personas adultas, no niños inmaduros e inseguros. Pero, con el paso del tiempo, vamos descubriendo que quien vive a base de sus propios apetitos, acaba siendo esclavo de ellos.
Los deleites (otras versiones dicen concupiscencias) se refieren probablemente a los apetitos que surgen de dentro de nosotros mismos, apetitos que Pablo llama pasiones juveniles en 2 Timoteo 2:22, o diversas pasiones en 2 Timoteo 3:6; mientras que los placeres (otras versiones dicen deleites) se refieren a las tentaciones mundanas, cosas de nuestro alrededor que nos seducen, lo que Cristo llama las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida (en Lucas 8:14) y Pedro, placeres disolutos (2 Pedro 2:13). Básicamente, pues, Pablo está diciendo que quien se «libera» de Dios, acaba en las garras del mundo y de la carne. Y, por supuesto, como él mismo matizará en Efesios 2:1–3, quien es esclavo de la carne y del mundo, en realidad lo es también del diablo. Puede que en teoría ni siquiera crea en la existencia del diablo, pero es su esclavo sin saberlo. Ha buscado su propia emancipación de las ataduras divinas y ha acabado en la más profunda de las esclavitudes.
¿La más profunda? Quizás no, porque existen diferentes grados en la ascendencia sobre nosotros del mundo, de la carne y del diablo. Gracias a Dios, no todos sondean las profundidades. Algunas personas se entregan obviamente a toda clase de vicios. Otras intentan vivir con cierta nobleza y establecen para sí un listón moral de cierta altura.
Un buen comentario sobre esto es precisamente el texto ya mencionado de Efesios 2:2–3. Allí, el apóstol dice que en otro tiempo seguíamos la corriente de este mundo; porque, en nuestro estado de inconversión, por muy alto que pongamos nuestro listón, difícilmente nos escapamos de la influencia del mundo. Considera al joven y cómo se va formando. En el hogar, sus padres le marcan unas pautas hasta cierta edad (aunque, en nuestra época, muchos padres parecen haber abdicado de esa responsabilidad). Pero en la adolescencia cae bajo la influencia de sus amigos, de los profesores del instituto, de los medios de comunicación. Sufre presiones para no desmarcarse. No quiere pagar el precio de ser diferente. Tiene que vestirse según la moda, escuchar la música del momento, ver las últimas películas y los programas de televisión que se estilan entre sus compañeros. Lo que está de moda, lo que está en el ambiente, lo que opinan sus «colegas», todas estas cosas le arrastran. Difícilmente escapa de ellas. Puede darse el caso excepcional de algún joven que se queda relativamente libre de estas influencias, pero en todo caso son excepciones.
Bueno —dice Pablo—, así erais «vosotros», los gentiles; anduvisteis así, siguiendo la corriente de este mundo. Está diciendo implícitamente que, en cambio, lo que marcaba la influencia principal en la vida de los judíos («nosotros») era la ley de Dios y, por lo tanto, la perniciosa influencia de la corriente de este mundo era relativamente pequeña entre ellos. Pero luego puntualiza (v. 3) que, entre los hijos de desobediencia, también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Es decir, si bien es cierto que la sana influencia de una cultura temerosa de Dios puede protegernos ante las peores depravaciones del mundo, sin embargo tiene poca fuerza para contrarrestar los poderosos apetitos de la carne. Quizás la formación recibida a través de padres piadosos salve al hijo de creyentes de los peores extremos de los deleites diversos, pero difícilmente le salvará de las concupiscencias de su propio corazón. Una de las primeras palabras que aprenden a decir los niños, tanto los hijos de creyentes como los demás, es «mío». Todo lo queremos para nosotros. El egocentrismo nace con nosotros.
Mediante la palabra diversos, Pablo indica que todos somos diferentes en esto de los placeres y deleites. Lo que a unos les resulta una tentación, a otros no les dice nada; en cambio a éstos les atraen otras cosas igualmente nocivas. Las tentaciones variarán según las inclinaciones de cada persona, pero todas tienen la misma procedencia: el mundo, la carne y el diablo. La virulencia puede variar, pero todos padecemos la misma enfermedad que, a la larga, siempre es mortal.
5. Viviendo en malicia y envidia
La consecuencia de haber vivido controlados por el mundo, la carne y el diablo es que vivíamos en malicia y envidia. Aquel egocentrismo que nos caracterizaba cuando éramos esclavos de concupiscencias y deleites conduce inevitablemente a problemas en nuestras relaciones con los demás. Porque vivíamos obsesionados por nuestros intereses, deseos y apetitos, nos volvimos insensibles a las necesidades y a los derechos de los demás. Llegamos a ser capaces de pisotear a los demás, con tal de conseguir lo que pretendíamos. Y el resultado fue una vida de malicia y envidia.
Ahora, éstas son palabras mayores. Nos provocan respuestas de indignación. ¿Yo, malicioso? Si nunca he hecho daño a nadie. ¿Yo, envidioso? En absoluto.
Pero, con estas dos palabras, Pablo no hace más que constatar dos consecuencias inevitables de nuestra involución moral. Toda persona que vive para sí acaba siendo maliciosa. Si decimos: «Yo no hago daño a nadie», recabemos la opinión de nuestro cónyuge, de nuestros hijos o de nuestros padres. En casa, a diario se entrecruzan palabras hirientes, ironías y descalificaciones, miradas de enfado, actitudes de insolencia o desafío, de insolidaridad y apatía. Todas estas cosas, aunque sean nimiedades, son pequeños brotes de malicia. Son relativamente pocas las personas que conscientemente desean hacer daño a los demás. Éste no es el problema. Sólo las personas muy dañadas practican la malicia a conciencia. Pero todos vivimos egocéntricamente. Todos barremos para dentro. Todos buscamos lo nuestro y descuidamos a los demás. Con la madurez, puede ser que aprendamos a disfrazar un poquitín nuestro egocentrismo, porque descubrimos que, si se manifiesta de forma demasiado descarada, sólo nos granjeamos la enemistad abierta de los demás. Descubrimos que nos metemos en problemas si vamos por la vida luciendo abiertamente nuestro egoísmo, así que aprendemos a ser más sutiles; pero en el fondo seguimos buscando lo nuestro.
La palabra malicia podría ser traducida como malignidad, perversidad, iniquidad, maldad, la voluntad de hacer daño. ¿Voluntad de hacer daño? Nuevamente protestamos: Yo no. Y, en un sentido, puede ser cierto. Pero en otro, no. Quizás no sea nuestra intención consciente hacer daño, pero sí estamos dispuestos a defender con uñas y dientes nuestros propios intereses aunque causemos daño a otros como consecuencia.
Si la malicia es el daño que el egoísta causa a los demás, la envidia es la reacción del egoísta cuando los demás prosperan. La malicia intenta rebajar a los demás; la envidia brota cuando los demás suben. Pero, nuevamente, la envidia es una forma de egocentrismo. Si yo ocupo el trono de mi vida, no puedo tolerar que otra persona sea preferida o que tenga una buena fortuna que yo no puedo disfrutar. Naturalmente, la envidia también se da en diferentes grados y formas en distintas personas. Sin embargo, es un mal universal. Si somos honrados, reconoceremos que todos hemos participado de aquel egocentrismo que se resiente del avance o la prosperidad de otros cuando nosotros no avanzamos ni prosperamos.
La envidia y la maldad son dos formas de odio, pues ambas son incompatibles con el amor:
El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia (1 Corintios 13:4–6).
Como creyentes, hemos de seguir el camino del amor. Pero ¿cómo podemos hacerlo si, por definición, somos personas que vivíamos en malicia y envidia? Ésta sí que es la cuestión importante. Pablo contestará en los versículos 4 a 8. Mientras tanto, lleva a su conclusión el triste catálogo de nuestros males.
6. Aborrecibles
¿Cómo describir a la persona que ha dado la espalda a Dios, que se ha convertido en adicta a su propio egocentrismo y que se caracteriza por la malicia y la envidia en sus relaciones con los demás? ¿Cómo calificarla? ¿Qué adjetivo le sienta mejor?
Pablo sugiere uno: ¡aborrecibles! Pero aquí los traductores han escogido un vocablo un tanto sofisticado que no solemos emplear todos los días (¿cuándo fue la última vez que insultaste a tus hermanos llamándoles aborrecibles?). Así pues, vamos a buscar un sinónimo más en consonancia con la palabra cotidiana empleada por el apóstol. ¿Qué te parece: odiosos, repulsivos, repugnantes, asquerosos…?
La palabra que emplea es muy fuerte. Pero —insisto— no es un insulto, sino la sencilla verdad. Por supuesto, podemos estar con nuestros vecinos o con nuestros compañeros de trabajo y reconocer que entre ellos hay personas «muy majas», quizás más nobles, honradas, abnegadas o compasivas que algunos creyentes. Es cierto que algo del reflejo de la imagen de Dios resplandece en todo ser humano. Pero, en comparación con lo que tendríamos que ser, todos estamos a años luz de la meta. Todo depende del punto de referencia. Fulano puede ser una bellísima persona en comparación con otros, pero es «asqueroso» en comparación con lo que Dios quería que fuese. Así pues, aun reconociendo la relativa bondad de algunas personas y aun disfrutando de los aspectos positivos de su carácter, no debemos anular el veredicto de Pablo. Como siervo de Cristo, él ve las cosas desde la perspectiva de Dios. Como consecuencia, aun alguien tan estupendo como Fulano le llena de profunda tristeza; porque, más allá de la relativa belleza moral que exhibe, ve la infinitamente mayor belleza para la cual Dios le creó. Y, contemplando lo que podría haber sido y lo que tendría que haber sido, el apóstol siente vivamente que aun las obras de justicia de las personas más íntegras no son más que trapos de inmundicia (Isaías 64:6). Dios nos creó para que fuéramos el reflejo de su gloria. En vez de eso, al vivir entregados a nuestro egocentrismo nos hemos convertido en seres moralmente repugnantes.
No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3:10–12).
Además, no nos dejemos engañar por las apariencias. Las personas más nobles suelen ser las primeras en reconocer sus fallos. No confundamos la auténtica bondad con las máscaras de bondad que algunos sabemos colocarnos. Yo, a mis siete años, parecía ser un dechado de virtudes infantiles. En realidad, como dije antes, era un pequeño embustero. Si las señoras de la iglesia hubieran podido leer mis pensamientos y ver los secretos de mi corazón, muy pronto habrían dejado de regalarme caramelos.
Detrás de la fachada hermosa, suele esconderse todo un mundo de celos, odio, deslealtades, orgullo, envidia y maldad. A causa del mal endémico que sufre, el ser humano se vuelve no solamente digno de lástima, sino moralmente repugnante. Mientras logra mantener la máscara bonita, quizás logre que todo el mundo hable bien de él. Pero, en la medida en que afloran en él los síntomas universales denunciados por el apóstol y los demás le ven como realmente es, se volverá despreciable e infame a sus ojos. ¡Y no digamos ante los ojos de nuestro Creador!
Por eso, los novios muy enamorados antes de su boda que han logrado mantener intactas sus máscaras, fácilmente acaban mal en el matrimonio; porque resulta difícil seguir manteniendo la máscara en la intimidad de la convivencia matrimonial. De hecho, toda convivencia tiende a reducir la eficacia de nuestras máscaras y a confirmar el acierto del diagnóstico apostólico. Quienes más saben lo aborrecibles que somos son nuestro cónyuge y nuestros mejores amigos.
7. Y odiándonos unos a otros
Al ser aborrecibles, ponemos en movimiento toda una cadena de aborrecimientos. Es lógico: si somos asquerosos, daremos asco; y los demás, al ser también asquerosos, nos darán asco a nosotros.
Nuevamente, a primera vista, el lenguaje parece excesivamente fuerte. Estamos dispuestos a aceptar que algunas personas nos «caen mal» y que alguna vez alguien nos ha «hecho daño»; pero ¿odiarnos los unos a los otros? En el fondo —decimos— la gente es muy buena.
Sin embargo, si en el fondo la gente es buena, es enormemente difícil explicar cómo de vez en cuando hacen cosas malas. Si el agua de una fuente es buena, no sale ponzoñosa de vez en cuando. Si el lenguaje de esta frase nos parece exagerado, será porque no aceptamos el análisis de la condición humana que Pablo acaba de hacer en las frases anteriores. Si lo aceptamos, veremos que, efectivamente, de tal árbol no podemos esperar otro fruto. Una sociedad carcomida por personas caracterizadas por el egocentrismo, la malicia y la envidia no puede ser otra cosa que un hervidero de odios. En vez de la solidaridad, practicamos la rivalidad. En vez de la apreciación, la descalificación. Analiza la conversación de tus compañeros: ¿cuánto tiempo dedican a hablar bien de los demás y cuánto a hablar mal? ¿Y qué piensas que dicen de ti cuando no estás presente?
El odio toma diferentes formas en diferentes personas. Pero todos odiamos. Lo que ocurre es que en nuestro mundo nadie emplea la palabra odio, sino que utilizamos otras formas más elegantes de expresar el mismo sentimiento. Decimos que «estamos muy dolidos» a causa de lo que ha hecho fulano de tal, que «no hay derecho» en el trato que nos ha dado, o que «nos da pena» ver que alguien puede comportarse así. Pero todas estas expresiones reflejan odio: mediante todas ellas estamos intentando granjear la buena opinión de terceras personas a favor nuestro y en contra de él. No suelen ser frases constructivas dichas por amor.
Párate a considerar el trato social en tu lugar de trabajo o con tus vecinos (o quizás en tu iglesia) y pronto verás que, detrás de una endeble fachada de civismo, se está llevando a cabo una auténtica guerra, sutil pero real. Por eso, el mundo está lleno de gente solitaria que se siente incomprendida. Por eso, la gente gasta fortunas visitando a psicólogos. A causa de nuestro pecado, la fábrica de nuestras relaciones sociales se ha deteriorado espantosamente. Hemos convertido aquellos lugares que supuestamente existen para nuestro bienestar y Consuelo —el hogar, el colegio, el vecindario, el taller— en verdaderos campos de batalla.
¿Una sociedad edificada sobre el amor? ¿Gente que busca el bien de los demás? Desengáñate. Fuera de la sociedad restaurada y renovada del reino de Dios, no se encuentran tales cosas. Ciertamente, aun en el ser humano más depravado podemos encontrar pequeños destellos de la imagen de Dios; y, ciertamente, podemos edificar y disfrutar de relaciones de amistad y compañerismo en medio de los campos de batalla. Pero el apóstol Pablo —y más allá de él, el Espíritu de Dios— nos enseña que los cimientos sobre los que se funda nuestra sociedad no son de solidaridad, sino de descalificación y discriminación; no son de generosidad, sino de egocentrismo; no son de amor, sino de odio.
Así pues, ésta es nuestra condición humana. Hemos rechazado a Dios y, como consecuencia, hemos perdido nuestros valores. Nos hemos vuelto egoístas y hemos creado sociedades caracterizadas por el rencor, la deslealtad, la injusticia y el odio:
El que aborrece a su hermano, está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos (1 Juan 2:9–11).
La intención de Dios fue crear una sociedad justa y amante, pero hemos logrado deshacer y malograr la obra divina y cavar para nosotros una tumba de juicio, ira y muerte eterna:
La gran necedad de una vida pecaminosa, el desacato de la voluntad y del camino de Dios, la terrible pérdida de quien se aleja de Dios, la esclavitud a la propia naturaleza bestial que necesariamente produce el pecado, una vida impía inflamada de envidia y odio… todo ello describe el hoyo cenagoso de donde el apóstol les dice a los creyentes cretenses que habían sido rescatados6.
Dos pensamientos para concluir este capítulo. En primer lugar, Pablo dice que así éramos. Es decir, presupone que ya hemos dejado de ser así. ¿Es verdad?
Acabo de sugerir que, con frecuencia, aquellos mismos males que asedian a la sociedad secular se encuentran también en nuestras iglesias. Es triste, terriblemente triste, tener que reconocerlo. Habiendo estropeado la creación de Dios, ¿estamos a punto de estropear también su nueva creación?
Claro que no. Eso sería imposible. Por definición, todo el que permanece en él [en Cristo], no peca; todo el que peca, ni le ha visto ni le ha conocido (1 Juan 3:6). En otras palabras, en la medida en la que una iglesia practica el mismo mal que el mundo, deja de ser una verdadera iglesia de Jesucristo, porque niega la autenticidad de la obra transformadora de Dios en ella. Igualmente, todo «creyente» que vive para sí, practica el egocentrismo o da muestras de malicia, envidia y odio, pone en entredicho la realidad de la obra de gracia en su vida. Así, ciertamente, éramos; pero, de seguir siéndolo, negaríamos el poder regenerador y renovador del Espíritu Santo que Pablo está a punto de describir (vs. 4–8).
Y, en segundo lugar, debemos recordar la razón por la que Pablo está diciendo todo eso. En parte es para que nos conozcamos mejor a nosotros mismos y que sepamos de lo que éramos capaces y de lo que todavía somos capaces en la carne. Y todo esto a fin de inducir en nosotros dos cosas: por un lado, la determinación, por la gracia de Dios, de no seguir más en los caminos de la carne; y, por otro, la misericordia y la paciencia para con los demás, porque hemos sido llamados por el Señor a vivir no siendo contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres (v. 2). Hay muchas cosas en todos los hombres que nos rodean que pueden provocar irritación en nosotros, pero recordemos lo que nosotros éramos antes. Si reaccionamos de la misma manera que ellos, sólo demostramos que no hemos sido salvos por la misericordia de Dios (vs. 4–5). Ahora somos una nueva creación y eso debe notarse en nuestra nueva manera de vivir.



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