domingo, 4 de mayo de 2014

Vivir la luz de su Tesoro


Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
Lucas 12:15
Si puse en el oro mi esperanza, y dije al oro: Mi confianza eres tú, si me alegré de que mis riquezas se multiplicasen, y de que mi mano hallase mucho…Esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano.
Job 31:24–25, 28

No hay ninguna duda de que la mayoría de las personas, cristianos y no cristianos, se hacen más interesados en la religión y la espiritualidad en medio de las aflicciones, la enfermedad, la guerra, y problemas matrimoniales. Empiezan a hablar más de Dios y hasta se entregan a Él con la esperanza de liberación de su situación. Regatean con Él, ofreciéndole diezmos, hijos, su asistencia a la iglesia local, y hasta sus propias vidas, solamente si Él les rescatara de su condición turbulenta. Es triste pero cierto que la buena salud, la prosperidad, la tranquilidad nacional, y el ambiente tranquilo del hogar a veces sirven nada más para inmunizar a la gran mayoría de los hombres, tanto los cristianos como los incrédulos, de una contemplación seria de las verdades espirituales. Mas la crisis es un alarma que rompe la paz y llama a los hombres que consideren sus caminos delante de Dios.
Un ejemplo de esto sucedió en los Estados Unidos desde 1929 a 1940. Esta década fue la más espiritual en la historia moderna si consideramos el factor único de la asistencia a la iglesia en la historia moderna. Durante la Gran Depresión, muchos se acercaron a Dios y se hicieron cristianos. Ciertamente, muchas conversiones fueron genuinas, y Dios usó esta crisis económica para convencer a mucha gente de su necesidad de la salvación.
Otro ejemplo reciente fue el 11 de septiembre, 2001. ¡Quién se puede olvidarse de los dos aviones, dirigidos como mísiles, hacia las Torres Gemelas! La población estadounidense, y hasta del mundo, se sintió menos segura, más vulnerables a factores fuera de su control. Interesantemente, el tema de la religión empezó a tocarse más. Todos querían saber dónde estaba Dios en esas horas. Se preguntaban, ¿por qué permitiría tanto dolor un Dios de amor?
Los efectos de esa fecha se ven cada vez que volamos o entramos en un aeropuerto. Mis zapatos, mi computadora, y hasta mi faja que sostiene mis pantalones se investigan cuidadosamente para la protección del mundo. La seguridad en los aeropuertos ha cambiado para siempre. No obstante, es una lástima que pocos corazones, relativamente hablando, fueran cambiados. El tema de Dios y la religión casi se hayan olvidado. La sociedad estadounidense ha regresado a lo normal de su subsistencia. No hay miles de personas en los estadios de fútbol, rogándole a Dios por liberación. La gran mayoría de la población ha vuelto al ateísmo práctico, ignorando a Dios y su importancia en nuestras vidas. Dios es olvidado.
Sin embargo, cuando leemos el relato de Job, notamos que él no era así. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no se olvidó de Dios cuando las cosas se mejoraron? La respuesta a esta pregunta es importante para nosotros si vamos a crecer verdaderamente en los tiempos de aflicción.
Job se acercó al Señor durante esta crisis y mantenía este compañerismo con Dios como el fruto maduro de una relación personal con Dios ya establecida, no debido a una reacción para que las cosas se volvieran normales. En otras palabras, Job contempló y adoró a Dios después de los días de su aflicción, porque había aprendido antes de la prueba su necesidad de vivir toda la vida a la luz de la grandeza del carácter de Dios.
Vimos en el capítulo anterior que el primer paso en el momento de tribulación es el quitarse los ojos de uno mismo para contemplar la magnificencia del Dios soberano. Vimos también que la gran tentación en los primeras horas de la crisis será sentir lástima por nosotros mismos, echar la culpa a los demás, o hasta acusar a Dios de un tratamiento injusto. Esta adoración puede ser natural para el cristiano que camina diariamente con Dios, pero ¿qué pasa cuando la situación se empeora o no se alivia? ¿Cómo puede mantener el cristiano su relación con Dios en una situación así, especialmente cuando el enemigo está silbando, o más bien gritando, en sus oídos que Dios le ha abandonado?
Llegamos a lo que considero el paso clave para la duración de toda prueba. Si fallamos aquí, la pena será muy dolorosa. Este paso clave consiste en hacer una estimación de lo que valoramos. En otras palabras, la crisis es un buen tiempo para realizar una determinación contemplativa de nuestras prioridades y amores en la vida. La aflicción revela siempre lo que amamos y valoramos. Este paso requiere que nos hagamos las preguntas: ¿Es Dios mi suficiencia? ¿Amo más lo que he perdido que a Él? A la luz de lo que Job había aprendido de Dios antes de la prueba en su vida, él pudo evaluar su prueba correctamente y ofrecer una opinión recta sobre lo que le había acontecido.
Job lo había perdido todo. Ninguno, aparte de Jesucristo, ha sufrido como él. Vemos que Satanás derramó sobre él toda su furia permitida. Diez hijos, bienes y salud,–todos se lo habían desaparecido sin ninguna advertencia previa. Sus mejores amigos lo visitaron y concluyeron que él fue un fraude. Su esposa le había dicho que sería mejor la muerte que la vida y le retaba a suicidarse. Y con tanto dolor físico, emocional, y relacional no hubiéramos podido echarle la culpa si se hubiera suicidado. ¿Por qué no se mató?
La razón es sencilla, pero al mismo tiempo, tan gloriosa que es necesario meditar seriamente sobre este punto. La verdad es que Job fue un creyente, un creyente en el valor personal y experimental de Dios. Él estimaba más a Dios que todo lo que el mundo podía ofrecerle. Para Job la vida no consistía en los bienes, las amistades, ni en sus relaciones con su familia. Su vida consistía en una sola cosa: Dios. Esto es lo que vemos en Job 1:4–5. Job podía evaluar la situación correctamente porque él había evaluado la vida antes de su aflicción sobriamente, y comprendía lo que tantos nunca han aprendido: la vida no consiste en las cosas que el hombre posee.
Hubiera resultado fácil para Job, un hombre económicamente estable y socialmente popular y aceptado, haber puesto su confianza en sus riquezas, pero no lo hizo. No vio la vida como un estado para adquirir bienes, sino un tiempo para adquirir un conocimiento más íntimo de Dios. No vio el hedonismo como el fin de su existencia, sino que él vio a Dios como el medio y el cumplimiento de su alegría. Él fue un hedonista cristiano que buscaba satisfacerse con la alegría que hay al estar en comunión con Dios. Expresado sencillamente, Job, como Enoc, andaba cerca de Dios porque estimaba a Dios como su mayor Tesoro.
Cuando el primer capítulo de Job inicia, vemos a Job en la presencia del Señor. Este compañerismo con Dios definió su existencia terrenal. Más importante que la comunión de su propia familia fue su tiempo pasado con Dios. Mientras sus hijos celebraban sus fiestas, Job pasaba tiempo con el Señor, rogándole por la salvación de ellos. Él no oraba para cumplir un deber. Dios era el gozo más exquisito de su vida. Igual al salmista que se levantaba para orar, el autor de Job nos dice que él se levantaba muy de mañana para pasar tiempo con Dios. No lo consideraba una obligación. Él anhelaba estar con Dios. Este anhelo era su gozo y él deseaba compartir la grandeza de su Dios con todos que lo rodeaban.
C.S. Lewis dijo que el gozo llega a su expresión máxima al compartir lo que amamos con los demás. Así era Job. Él buscaba oportunidades para compartir las delicias de su corazón. Vemos su gozo en las cosas espirituales en su trato con sus hijos. Él llamaba a sus hijos y compartía la grandeza de este Dios santo con ellos. Les instruía sobre la santidad de Dios y de la importancia de no enojarlo. Les enseñaba que Dios era omnisciente y omnipresente. Aunque la frase latina coram deo no era parte de su vocabulario, Job insistía en que sus hijos vivieran delante del rostro de Dios. Esta instrucción era continua y natural.
Hay una razón que nadie, con la bendita excepción de Cristo, ha sufrido como Job. Esto se debe a la madurez espiritual de este santo. Pocos tienen la relación con Dios que Job tenía. La Biblia nos promete que Dios no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir (1 de Corintios 10:13) y pocos serán probados como Job porque pocos valoran a Dios como él lo hacía. Job perdió todos sus bienes, sus diez hijos en un solo día, su salud, y la comprensión de su esposa porque Dios sabía que Job fue capaz de pasar por esta crisis debido a su relación personal con Él. No fue nada más que esta relación que lo sostuvo a través de estas pruebas.
He conocido a varios cristianos que se han comparado con Job porque ellos sufren. Siempre me ha inquietado la comparación debido a la calidad de su comunión con Dios. Con frecuencia estas personas no son fieles en sus deberes espirituales. Al contrario, son chismosas, críticas, orgullosas, y practican el pecado. Y en medio de su crisis, ellos abandonan la iglesia, la comunión con los santos, y la enseñanza de la Palabra de Dios.
Job no era así. Él amaba a Dios sobre todo. Dios era primordial en su vida, su gran Prioridad. Contemplemos de cerca a Job en su lucha por unos momentos. ¿Qué fue lo central en su conversación con su esposa y sus tres amigos? Nada más que Dios. Siendo Dios el gran Eje de todas sus contemplaciones, toda su conversación giraba alrededor de Él. Nunca fue para él una tentación abandonar a Dios como su esposa, en su propio dolor, le insistía neciamente.
Para tener una perspectiva correcta de nuestras pruebas, necesitamos, como Job hacía, caminar cerca de Dios. Al acercarnos más y más a Él, nuestra cosmovisión será bien formada. ¿Cómo respondió Job ante la situación que él encaró? Dejemos que Job hable por su propia cuenta: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. “
Job evaluó la situación bien porque, como ya hemos visto, él vio la mano de Dios como responsable por lo que le había acontecido, pero más importante aquí es la verdad de que Dios Mismo fue el Tesoro de Job. Él no dijo sencillamente, “Jehová dio, y Jehová quitó.” Estas palabras hubieran expresado la certeza de la soberanía de Dios en las creencias de Job. Él, sin embargo, agregó, “Sea el nombre de Jehová bendito.”
¿Amo los regalos más que al Dador?
Mientras Job había perdido todo–sus bienes, sus ahorros, sus siervos, sus amigos, sus hijos, su esposa, y su salud–él se dio cuenta de que no había perdido su tesoro mayor: Dios. Él amaba más al Dador de las bendiciones que las bendiciones mismas.
Hay tantas personas fuera y, lastimosamente, dentro de la iglesia que ven a Dios como un tipo de Santa Claus omnipotente. Para ellos, la semejanza es poco diferente. Es cierto que no está en el Polo Norte, ni se viste de rojo y se monta en un trineo guiado por renos voladores, pero sí, según ellos, Él ve si nos portamos bien o mal y según nuestra conducta nos regala lo que le pedimos. Cuando reciben buenos regalos, aman a Dios más y afirman que son muy amados por Él. Pero cuando hay escasez de bendiciones físicas, se quejan y dudan del amor de Dios.
Pero, debemos preguntarnos algo: si yo amo a Dios por la misma razón que aman los niños a Santa Claus, ¿es una evidencia de una fe verdadera? ¿Es mi tesoro distinto del tesoro del mundo?
Que seamos honestos aquí. ¿Cómo llamamos al niño en la tienda que insiste con sus padres, en voz alta, con gritos y lágrimas, “Si me amaran, me comprarían esa bicicleta.” Hay dos palabras que llegan a mi mente: malcriado o demonio. Cuando vemos a un niño así, sabemos que no ama a sus padres, ni a sus hermanos, ni a nadie. Su amor es egoísta y diabólico. De igual manera, si nosotros pensamos que la única forma que Dios nos muestra su amor es por medio de sus dádivas, bendiciones, y riquezas terrenales, nos identificamos por ser uno de dos tipos de personas: un hijo malportado en necesidad de mucha disciplina o un hijo de diablo controlado por sus apetitos carnales.
Es obvio lo que valoró Job. No dedicó ni una palabra a la dificultad de haber perdido sus riquezas. No trató de consolarse de decir: “Jehová dio, y Jehová quitó, y Él volverá a dar nuevamente; sea el nombre de Jehová bendito.” Es mi opinión personal que a Job no le importaba recuperar los bienes perdidos. Job se preocupó de una sola cosa: ¿lo había abandonado Dios? Para Job, la idea de que Dios, tal vez, se hubiera distanciado de él, fue un pensamiento que lo atormentaba. En medio de su prueba, él no rogó por la restauración de sus bienes ni tampoco de su salud. Su petición fue sencilla: “Señor, no se aparte de mí” (Job 13:20–21).
Él podría vivir sin las cosas, sin siervos y amigos, sin salud, y hasta sin su esposa–pero no podía vivir ni un momento sin su Redentor. Para Job, lo peor que le podría suceder fue que Dios se escondiera de él.
Estimado amigo, ¿qué es lo que ama usted. en la vida? ¿Dónde está su tesoro, aquí en la tierra o en el cielo? ¿Es Dios su gran Tesoro? Quiero hacerle una prueba, ¿está bien? Si usted pudiera tener todos los bienes: la esposa perfecta, hijos obedientes y exitosos, salud perfecta, la casa de sus sueños, la clase de trabajo que más anhela, y además vivir para siempre aquí en la tierra, ¿le gustaría ir al cielo?
La verdad es que si usted quiere ir al cielo porque es mejor que ir al infierno, temo que no haya conocido de verdad al Señor Jesucristo. Además, si usted prefiere una vida terrenal de bienes, salud y placer, tampoco debe engañarse pensando que posee vida eterna. Para el hijo de Dios, su gloria, belleza, amor, consuelo, perfección, misericordia, y gracia son tan perfectos que no hay nada en este mundo que en verdad satisfaga a la persona que ha saboreado verdaderamente una relación con Él. Si Jesucristo no es su Tesoro en la vida, necesita volver al primer paso y contemplar la realidad de quién es Dios.
Es difícil perder la salud, la vida de los seres queridos, y la estabilidad económica, pero debemos considerar por seriamente la enseñanza de Mateo 13:45–46:
También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.
Quiero destacar unas verdades sencillas aquí. El tema de estas parábolas es quiénes entran en el reino de los cielos. La respuesta no es la persona que tiene muchas perlas, porque la salvación no se compra. Más bien, es la persona que se dispone a vender todo lo que tiene para comprar la perla preciosa. ¿Quién es esta perla preciosa? ¡Nadie más que nuestro Señor Jesucristo! La parábola gemela a ésta en Mateo 13:44 nos cuenta de la actitud de este mercader cuando vende todo para comprar la Perla. No lo hace sin ganas, sino con gozo. “Gozoso por ello va y vende todo lo que tiene.”
Hermano, le pregunto y también me pregunto a mí mismo: ¿Estamos contentos con una sola Perla? ¿Estamos gozosos porque Él nos pertenece y le pertenecemos a Él? ¿Hemos considerado sobriamente el costo de adquirir a Dios? ¿Estamos conscientes de su valor? Si respondemos que sí a estas preguntas, entonces, ¿por qué desmayaríamos en medio de la prueba? Si perdemos a padre, madre, hijos, conyugues, tierras, bienes, trabajo, y salud; seguimos con la Perla preciosa. ¡Nadie nos la puede quitar jamás!
Juan Newton usó en uno de sus sermones una ilustración que nos ayudará aquí. Imagínese, por favor, un hombre que está viajando de una ciudad a otra para tomar posesión de una finca enorme con su mansión lujosa. En la mansión hay obras raras de arte y tapices exquisitos y valiosos. Los pisos son de mármol y los trastes de plata. De repente, su coche se hunde en el barro y este heredero tiene que caminar unos pocos kilómetros en la lluvia para tomar posesión de la propiedad. ¿No le consideraríamos la peor clase de necio si él caminara hacia su mansión, llorando y exclamando, “¡Ay de mí! ¡Mi coche está pegado en el barro y no sé lo que voy a hacer!”
Así son los hijos de Dios que se quejan de sus circunstancias difíciles en el camino para tomar posesión de su herencia eterna.
En resumen, hemos visto que al enfrentar una crisis en nuestras vidas, es menester que veamos a Dios en toda su revelación gloriosa antes de evaluar la situación que nos acontece. Solamente después de haber hecho esta contemplación, podemos ver la situación correctamente, sabiendo que nuestro Tesoro verdadero es Dios. Para cada uno de nosotros, sin embargo, esto es difícil debido a la idolatría en nuestros corazones. Por esta razón, Dios permitirá las pruebas para que veamos que Él es más valioso que todo el oro, plata, y diamantes de este mundo entero.
Preguntas de reflexión
1. Si una persona pasara una semana con usted, ¿qué diría él respecto a sus anhelos y prioridades? ¿De qué habla usted? ¿Qué ocupa su tiempo?

2. ¿Cómo apoya el conocimiento doctrinal una relación con Dios?


3. ¿Cómo revela la tribulación la condición de nuestro corazones? ¿Qué lección podemos aprender de la reacción de Job a su pérdida de bienes, salud, y familia?


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