jueves, 19 de junio de 2014

Base bíblica 2: La depravación del hombre

¡Cuán bella sería la historia humana si la Biblia terminara con Génesis capítulo dos! Dios creó al hombre, digno, honroso, un perfecto reflejo suyo. Vivían en perfecta harmonía en el verdadero paraíso. Esto era el propósito de Dios y su diseño original para nuestra raza. Parece como un sueño lejos de la realidad que vivimos.

La entrada del pecado al mundo cambió todo. Inmediatamente cuando Adán y Eva pecaron, la imagen divina fue estropeada, la dignidad fue distorsionada y las consecuencias del pecado que padecemos hasta hoy día comenzaron. Es menester entender estas consecuencias en el contexto de la consejería bíblica. Si no fuera por el pecado y sus efectos no habría necesidad de la consejería. La meta sobresaliente de la consejería bíblica es cooperar con Dios en la obra de restaurar la imagen suya, y restituir al hombre a su diseño original. Si fuéramos competentes como consejeros tendríamos que comprender cómo el pecado ha afectado cada aspecto de la vida humana. La magnífica imagen de Dios, las preciosas relaciones humanas y el vínculo entre Creador y criatura, todos llevan la mancha del pecado.

Consideremos, pues, las consecuencias pecaminosas como aparecen en Génesis capítulo tres. La pareja original decidieron actuar fuera del plan de Dios. Dios les había creado sin necesidad. Fueron honorables, sin falta alguna, reflejos cristalinos de Dios, verdaderos señores de la tierra. Disfrutaron el compañerismo perfecto, la harmonía sin impedimentos y la comunión de Dios. Sin embargo el Tentador sembró la idea de que su situación era menos que idílica con la declaración (v. 5), «sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal».

Ahora, recordemos que tenían una relación perfecta con Dios. Podrían preguntarle, «Padre, ¿hay algo que debemos saber sobre el bien y el mal?» Pero no confiaron en Dios, sino escucharon a la serpiente y decidieron que tenían una necesidad que debían suplir por ellos mismos. Así actuaron en independencia de Dios, tomaron el fruto y lo comieron.

Dios creó al hombre para relaciones. Una de las principales consecuencias del pecado es su influencia negativa sobre las relaciones humanas. Observamos el comienzo de estos efectos en Génesis 3.

Primeramente el pecado dañó la relación entre Dios y el hombre. Dios había provisto todas las necesidades del hombre. Vivía en el paraíso. Tenía comida, trabajo, propósito, dignidad, inteligencia, seguridad, compañerismo y amor. Era dependiente de Dios, pero así Dios le creó, y así su vida funcionaba perfectamente. Veamos lo que le pasó a esta relación dependiente e idílica cuando el pecado entró.

Como hemos visto, Adán y Eva tomaron la decisión de comer del fruto prohibido. Decidieron no creer en la palabra de Dios, sino creyeron a otra criatura, la serpiente. No consultaron a Dios sobre el asunto, sino confiaron en sus propias percepciones (v. 6), y actuaron independientes de Dios. Desde entonces el ser humano ha sido intensamente independiente. Hay un compromiso intrínseco en el pecaminoso corazón humano para hacer las cosas por sí mismo. Hasta que aun la palabra dependencia suena como debilidad. ¿Cómo fue su reacción cuando usted leyó el último párrafo? Allí hablamos de la vida humana original, ideal, perfecta y dependiente. ¿No suena paradójico hablar de la vida ideal y dependiente? Hay algo dentro de nosotros que se rebela contra la idea de depender de alguien o algo.

Soy norteamericano. Nací en los Estados Unidos de América, crecí en el Canadá y actualmente vivo en los E.U.A. La independencia es uno de los ideales fuertes de los norteamericanos. Su herencia es la gente que vinieron de Europa y otras partes para conquistar una tierra nueva. Nuestros antepasados fueron gente que confiaron en sí mismos. En la mente norteamericana las personas dependientes son personas débiles. Sin embargo esto no es la idea de Dios. Él nos creó dependientes de Él e interdependientes el uno del otro.

Lamentablemente, la independencia humana se extiende aún hasta la relación con Dios. Tal como nuestros padres originales tomaron su decisión de pecar fuera de Dios, nosotros vivimos y actuamos la mayoría del tiempo fuera de Dios. Como si fuera débil buscar ayuda o depender de otra persona, hay una reacción fuerte dentro de nosotros de no buscar la ayuda de Dios, o depender de Él. Lo triste de esto es que nuestra independencia nos mantiene separados de Dios. Hay otra palabra que podríamos usar para esta independencia. Es el egoísmo. Cuando Adán y Eva pecaron tomaron una decisión egoísta. Hasta hoy, todos nosotros, sus descendientes, hemos tomado nuestras decisiones egoístas, independientes de Dios.

Dios creó al hombre para relacionarse con él y sus semejantes. Ya por medio del egoísmo e independencia del hombre, la relación con Dios se interrumpió. Lea el triste versículo ocho.

«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Parece que Dios tenía el hábito de llegar al huerto y pasear con sus criaturas. ¿No le parece utópica la idea de pasear con Dios, el Creador, en un huerto perfecto, a la hora precisa cuando el aire es más fresco? ¡AHHH!… Pero, espere. No les pareció tan agradable a Adán y Eva. Cuando oyeron la voz de Dios, huyeron de Él y se escondieron de su presencia. Tenían miedo de Dios, y no pudieron aguantar su presencia. Hasta hoy día la humanidad ha huido y se ha escondido de la presencia de Dios. Dios creó al hombre para tener compañerismo con él. Pero ya le vemos persiguiendo a su creación, y al hombre huyendo de su presencia. Muchos hombres y mujeres se esconden de Dios detrás del alcoholismo, adicciones, perversiones sexuales, enojo, amargura, trabajo excesivo, anorexia, bulimia, o la búsqueda del dinero, fama o poder. Estas cosas brotan en pleitos, familias destruidas, corazones quebrantados y personas destruidas. Si quitamos todos los escombros de la vida arruinada, si eliminamos las cosas que el hombre usa para esconderse, encontramos al hombre o a la mujer desnuda, sola, temblando por miedo de oír la voz de Dios. La misma voz de Dios todavía llama a la humanidad, «¿Dónde estás tú?» Y el hombre se esconde de la voz divina.

Pero, los efectos del pecado sobre la relación del hombre con Dios no terminaron con la huida del hombre. En el versículo 10 el hombre confesó su miedo a Dios. Parece irónico cómo la criatura podría tener miedo de su propio Creador. No obstante, todavía es Dios quien tiene la solución de las necesidades de millones de personas que le temen y quieren esconderse de Él.

Además, el hombre ya tiene la insolencia de echarle la culpa del problema a Dios. Cuando Dios le preguntó si le habían desobedecido, la respuesta en el versículo 12 es «la mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (énfasis del autor). ¡Interesante! En el capítulo 2 versículo 23 había dicho, «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne, será llamada Varona, porque del varón fue tomada». Palabras que alaban a Dios por su regalo y dan dignidad, aceptación y honra a la mujer. Pero, después que pecó, las palabras cambiaron a palabras de desprecio y culpa. «Dios, no soy yo el culpable, es la culpa de esta mujer, y fíjate, realmente es la culpa tuya, tú la creaste y me la diste.»

Cuán lejos del original llegó el hombre por medio de un solo acto pecaminoso. La relación con Dios de compañerismo, confianza y dependencia nunca sería igual. Pero también, Dios creó a la humanidad para relacionarse el uno con el otro. Esto también fue afectado.

Como vimos antes, el versículo 25 del capítulo 2 es un bello versículo. Vemos allí la comunicación y comunión perfecta entre el hombre y su esposa. No hay barreras, disfraces ni inhibiciones en la completa intimidad, en la comunicación y comunión conyugal. Estaban desnudos sin sentir vergüenza. Pero, ¿qué pasó cuando el pecado entró a la raza humana? En contraste con este versículo encontramos el versículo 7 del capítulo 3 como triste y feo. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.» Con la entrada del pecado, la intimidad, abertura y comunicación entre el hombre y su esposa fueron empeñados con la vergüenza, temor y desconfianza. Aquí vemos al esposo y a la esposa sin la confianza y franqueza para estar desnudos. Fíjense, no había nada digno en la vergüenza aquí. Es completamente propio para el marido y su esposa estar desnudos. Es la situación propia para la desnudez sin vergüenza. Sin embargo, el pecado trajo la vergüenza. No pudieron aguantar la franqueza e intimidad de antes. Inmediatamente, sintieron la necesidad de esconderse el uno del otro.

Desde este momento, hasta el presente los hombres se han esforzado para esconderse el uno del otro. Bueno, Adán y Eva usaron delantales para tratar de esconder su desnudez. Pero ahora no es cuestión de ropa. Desgraciadamente, hoy día, la ropa se usa muchas veces para coquetear y exhibir. Hemos llegado a ser mucho más sofisticados que nuestros primeros padres. Hemos construido barreras psicológicas, emocionales, verbales y de comportamiento. No nos escondemos detrás de la ropa, sino del trabajo, el silencio, el aislamiento, el egoísmo y el abuso.

Hay otras evidencias de los efectos del pecado sobre las relaciones entre humanos. Vimos antes la respuesta del hombre a la pregunta de Dios que se encuentra en el versículo 12. «Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.» El hombre no tuvo el valor de responsabilizarse por sus propias acciones, sino echó la culpa sobre su esposa. Dios le había dado al hombre a la mujer como su compañera, su ayuda idónea. Naturalmente él debía amarla, protegerla, apreciarla y cuidarla. Ahora con su nuevo corazón pecaminoso, la culpa y la menosprecia. Ya ella no es el regalo precioso de Dios, sino «la mujer que me diste por compañera». ¿Cuántos alcohólicos, adictos, abusadores y dictadores de casa se excusan de la misma forma? «Si no fuera por esta mujer…»

Pero, la motivación de Adán no fue solamente despreciar a su cónyuge, sino protegerse a sí mismo. Dios le había hecho una pregunta difícil: «¿Has comido del árbol que yo te mandé no comieses?» Fue difícil porque la única respuesta correcta y valiente fue: «Sí, Señor, he pecado». Con esta pregunta, la luz de la santidad y justicia de Dios brilló sobre su conciencia y no lo podía aguantar. Otra vez hay el impulso de esconderse. Pero, ya tiene su delantal y ya no puede esconderse más físicamente de la presencia de Dios. Está frente a frente con su Creador. ¿Qué va a hacer? Intenta esconderse verbalmente. «Dios, no me mires, estás viendo a la persona equivocada.» Así, no quería admitir lo que hizo. Quería echar la culpa a Dios, a la mujer, o a ambos.

Antes de que mis hermanas lectoras empiecen a sonreír demasiado, veamos que la mujer no fue mejor. Lamentablemente, los efectos del pecado no son propiedad única del sexo masculino. Con la respuesta cobarde del hombre, Dios volteó a la mujer y lanzó la pregunta: «¿Qué es lo que has hecho?» Y ella también busca a alguien para culpar. Esta vez la culpa cayó sobre la serpiente. ¡Interesante! Con sus intentos de esconderse detrás de las acciones de otros, los humanos en esta historia se parecen más a culebras deslizándose que la misma serpiente. La serpiente no tenía a nadie para culpar.

Pero, no somos mejores que nuestros padres originales, ¿verdad? Hasta hoy día los deseos de protegerse a sí mismo, de esconderse, de evitar la responsabilidad de sus propias acciones y de culpar a otros afectan negativamente a las relaciones humanas. Podemos encontrar la semilla de la mayoría de los problemas matrimoniales en estos impulsos pecaminosos.

Con una sola acción de desobediencia el pecado entró a la raza humana con fuerza. Cada aspecto de la vida humana fue afectado. Miremos el versículo 16: «A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti». Ahora aun el tremendo gozo del nacimiento de los hijos está reducido por el dolor del parto, debido al pecado. Y la relación esposo a esposa está distorsionada.

Tengamos cuidado de no malentender la segunda parte de este versículo. Recordemos que Dios está pronunciando la maldición por el pecado sobre la raza, y prediciendo cómo será la vida humana desde entonces. Así, cuando dice que «tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti», no está hablando del deseo natural de la mujer para el hombre. Tampoco está ordenando que el hombre deba enseñorearse de la mujer. La frase es descriptiva no prescriptiva. Primero, ¿qué quiere decir Dios con la frase «tu deseo será para tu marido»? Recordemos que está avisando sobre cómo será la experiencia humana ya que abrieron la puerta al pecado. ¿Es que la esposa no quería a su marido, antes de pecar? ¿Quizá ella no tenía deseo sexual antes? Dudo de cualquiera de estas ideas. Antes de pecar, Adán y Eva vivieron en el paraíso. Fue el único periodo de la historia cuando la vida humana era perfecta. Una esposa sin afecto para su esposo, ni deseo sexual no me parece como la perfección.

Posiblemente, habla de la dependencia de la mujer de su esposo. Ya no podrá vivir independiente de él. Pero, creo que hay más. Dios había creado al hombre y a la mujer para ser dependientes de Él, e interdependientes el uno del otro. Su dependencia en su esposo no será algo nuevo. Creo que la frase podría ser traducido «tu deseo será sobre tu marido», en vez de «tu deseo será para tu marido» (énfasis agregado por el autor). Según lo que los que entienden el hebreo me han informado, la frase habla de un deseo de usurpar. Así habla de la tendencia femenina de controlar la relación matrimonial, de tratar de cambiar a su marido por la manipulación, y de usurpar el liderazgo (lamentablemente, muchas veces no hay necesidad para la esposa de usurpar el liderazgo porque como hombres lo abdican). Dios creó la relación matrimonial de tal manera que el hombre debería ser el líder benéfico y sirviente, y la esposa debería responder a este liderazgo como la ayuda idónea funcionando al lado de su esposo. Pero el pecado distorsionó esto (veremos la distorsión del rol masculino en la próxima frase del versículo). Ya por la consecuencia del pecado, la esposa no estará tan contenta apoyando, aconsejando y ayudando en el liderazgo del esposo en la relación matrimonial, sino que tendrá la inclinación de apropiarse del liderazgo.

Seguro que hay muchos hombres que no funcionan como verdaderos líderes en su propio hogar, y por la falta de esto la esposa toma el papel. Entonces, el deseo de la esposa para su marido, mencionado aquí, se manifiesta de una de dos maneras. Muchas veces la mujer desea que el esposo cumpla su rol de liderazgo, pero él no lo hace por falta física, emocional, psicológica o espiritual. En otras ocasiones, el deseo de la esposa es tener la posición que Dios ha dado como responsabilidad solemne al esposo. Esta inclinación de la mujer de usurpar la responsabilidad del hombre, junto con la tendencia del hombre de abdicar su responsabilidad forma la distorsión pecaminosa del orden original que Dios declara aquí.

Pero, tal como el pecado distorsionó la respuesta femenina al plan divino, lo estropeó en el entendimiento masculino también. La frase «y él se enseñoreará de ti» (v. 16) no relata al liderazgo normal y propio del hombre en el matrimonio. Aquí vemos el despotismo que lamentablemente es tan común entre los hombres de todo el mundo. Demasiadas veces, mientras que los hombres por un lado abdican su rol propio del liderazgo, por el otro lado tratan de controlar su matrimonio y su hogar por la violencia, la dominación, y por ser dictadores. Mientras que su esposa lleva el verdadero liderazgo, él trata de convencerse a sí mismo de que es el líder por su actitud controladora y abusadora. Esta frase no trata con el propio liderazgo masculino, sino con el despotismo, abuso y machismo que es la experiencia humana debida al pecado.

Dios creó el matrimonio como la relación humana más íntima para funcionar perfectamente según su diseño. Lastimosamente, el pecado lo convirtió en la relación más propensa al dolor, odio, pleitos y tristeza. Me acuerdo un deplorable chiste popular de mi niñez. Un muchacho pregunta a otro: «¿Quieres pelear?» Cuando el segundo muchacho dice que «sí», el primero dice: «¡Cásate!» ¡Qué triste!, el pecado ha distorsionado el matrimonio de tal manera que aun los niños lo ven como un campo de batalla.

El pecado, como una infección insidiosa, afectó cada detalle de la vida humana. Así, todas sus relaciones, actitudes, deseos y acciones llevan la mancha pecaminosa de una forma u otra. En los versículos 17 al 19 de Génesis 3 leemos como Dios maldijo la tierra en relación del trabajo del hombre. Se nota que el trabajo no es la maldición. Esto fue dado al hombre como regalo y orden de Dios en Génesis 1:28–29. Lo contrario a la idea popular del trabajo, no es parte de la maldición, sino de la bendición de Dios. Sin embargo, la dificultad y lucha asociados con el trabajo y la búsqueda de las necesidades de la vida es parte de la maldición. Es otro profundo efecto del pecado sobre la vida humana. ¿Cuántas veces el hombre cede su responsabilidad en la familia porque «no tiene tiempo»? Está tan ocupado buscando las necesidades físicas de la familia que no puede proveer las necesidades espirituales y emocionales. O, por lo menos, esta es la excusa. ¿Cuántos problemas hay en las familias y hogares alrededor del mundo porque no tienen suficiente dinero, comida u otras cosas materiales? Todos estos problemas son resultados del pecado.

El último problema de cada ser humano es la muerte. Nuestra propia muerte llena el corazón de miedo. La muerte de otros llena el corazón de dolor. La certeza de la muerte llena al mundo con violencia, ansiedad, tristeza y dolor. La muerte es el máximo efecto del pecado. Génesis 3:19b «pues polvo eres, y al polvo volverás».

¡Hay tantos efectos del pecado sobre nuestra raza! Todos son tristes, dolorosos y feos. ¿Por qué insistimos en que algo tan feo como la depravación de la raza human sea un cimiento de la consejería bíblica? ¿No sería más agradable apoyar la dignidad humana y pasar por alto este tema feo? Bueno, mucha de la psicología popular hace exactamente esto. Así, el hombre moderno es un pecador con dignidad, pero todavía un pecador.

Tal como debemos entender el diseño original de la humanidad para entender la meta de la consejería, debemos entender la caída al pecado y depravación de la raza para entender la necesidad de la consejería. Todavía el hombre tiene dignidad. Es creado a la imagen de Dios. Sin embargo, la imagen está estropeada. La dignidad lleva la mancha del pecado. Dios creó al hombre perfecto: con relaciones perfectas, matrimonio ideal, mundo idílico. Pero, tal perfección ahora no existe fuera de la persona de Jesucristo. Como cristianos somos pecadores redimidos. Estamos en proceso de crecer a la perfecta imagen de Dios en Cristo. Cuando Cristo vuelva, los cristianos llevaremos la perfecta imagen de Dios una vez más. Mientras tanto no somos perfectos, sino Dios nos está perfeccionando. Filipenses 1:6 dice: «estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». No dice «estoy persuadido que ya son perfectos». Lamentablemente, cuando las personas aceptan a Cristo como su único y suficiente Salvador, todavía llevan muchos de los efectos del pecado. Son salvos del pecado, pero sus vidas, relaciones, actitudes y circunstancias todavía son afectadas por el pecado. Han vivido una vida pecaminosa. Viven en un mundo pecaminoso. Están en relación con otros pecadores. Así, los nuevos convertidos necesitan ayuda para caminar en un mundo imperfecto hacia la perfección en Cristo. Esto se llama discipulado. Pero, estoy convencido de que en mucho de lo que popularmente se llama el discipulado falta algo esencial. Un buen discipulado tiene que dirigir al discípulo a la meta de la perfección de la imagen de Cristo (el diseño original, la imagen de Dios). También tiene que entender y ayudar al discípulo con los efectos del pecado en su vida y relaciones. Entonces, el que hace discípulos debe tener un ojo puesto en la meta de la perfección y el otro fijado en la realidad de la vida abatida por el pecado. Es en este aspecto del discipulado que se encuentra la necesidad de la consejería bíblica.

Nos encontramos con una especie de sube y baja emocional cuando estudiamos las bases bíblicas de la consejería. Empezamos con el gozo y placer de la dignidad con que Dios nos creó. La restauración de tal dignidad y proposito es la meta del ministerio de la consejería. Pero, la historia cambió por la entrada del pecado. En este capítulo hemos visto unos de los efectos trágicos del pecado sobre la raza. Estos efectos siguen hasta hoy y forman la razón y necesidad del ministerio de la consejería.


En el siguiente capítulo consideraremos el plan de Dios para la redención. ¡Gracias a él, no quiso dejarnos en el hoyo de la depravación! Hizo su plan de rescate que se llama la redención. La redención es la esperanza de la consejería.


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