viernes, 20 de junio de 2014

Base bíblica 3: La redención del hombre

En el capítulo anterior ya vimos a la raza humana en una situación desesperada. Adán y Eva se habían rebelado contra Dios, actuaron independientes de Él, y hundieron a la raza humana, completa, en las horribles consecuencias del pecado. Parece como una situación sin esperanza. Pero Dios no es un Dios impotente, sino omnipotente. Él no es un Dios de desesperación, sino de esperanza.

Si la dignidad del hombre forma la meta de la consejería y la depravación es la razón de ella, la redención divina es su esperanza. Cuando tratamos con los problemas profundos de las personas, cuando ayudamos a nuevos creyentes a superar su vida vieja, cuando buscamos soluciones para las relaciones estropeadas y rotas de nuestros semejantes, muchas veces parecen sin esperanza. Y de este modo serían sin la muerte y resurrección de Cristo.

¡Jamás debemos aconsejar sin reconocer la importancia de la nueva vida dada al individuo por la redención en Cristo! La restauración de la vida al diseño original no se puede efectuar sin que la persona tenga la nueva vida en Cristo. Jesús mismo dijo en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».

En la consejería y en el discipulado estamos buscando que la persona crezca más y más a la imagen de Dios en Cristo. Tal crecimiento es solamente posible para aquel que tiene la nueva vida en Cristo. Tal vida se recibe solamente por medio de la redención.

¿Qué hizo exactamente Cristo en la redención por nosotros? Consideremos la descripción de la persona y obra de Cristo en Filipenses 2:5–8. Quiero que prestemos especial atención al contraste de la actitud de Jesús con las actitudes humanas pecaminosas, como las vimos en el capítulo anterior.

Recordemos que la tentación original del pecado llegó en la forma de llegar a ser como Dios. Adán y Eva comieron del fruto prohibido porque el Tentador les prometió que iban a ser como Dios. Desde entonces el hombre ha tenido el deseo de mejorarse por sí mismo, de superarse, de llegar a ser como Dios.

En el versículo 6 de Filipenses 2 vemos la actitud opuesta en Jesucristo. Dice que Él, «siendo en forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Jesús nunca tuvo necesidad, deseo ni razón para hacerse a sí mismo Dios. ¡Él es Dios! Sin embargo, para rescatar al hombre de su pecaminosa autoadoración puso su propia divinidad a un lado. El único hombre que tiene todo el derecho de reclamar la divinidad, escogió a no reclamarla para redimir a los hombres que hurtan la divinidad por sí mismos. Dejó a su trono para salvar a los mismos que quieren usurparlo. Se despojó de su propia autoridad y poder por los hombres, que en tratar de robar tal autoridad y poder habían llegado a ser impotentes.

El egoísmo es intrínseco al pecado humano. Nuestro corazón pecaminoso nos ha convertido a todos en egocéntricos. Pero, una vez más, vemos lo opuesto en Jesucristo. El versículo 7 continúa: «sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».

En su obra de la redención Jesús manifestó las actitudes opuestas a las pecaminosas que nos esclavizan. Mientras que nosotros nos protegemos a nosotros mismos, insistimos en nuestros «derechos», y buscamos nuestro propio bien, Cristo se despojó a sí mismo y escogió el rol del siervo. Llegó a ser como los hombres, pero sin pecado. El Creador, para rescatar a su depravada y esclavizada creación llegó a ser como la criatura. Desde el huerto el hombre se ha escondido del Creador. Pero Él nos ha perseguido, no con fuerza, sino con mansedumbre. En vez de perseguirnos para castigarnos, nos ha perseguido para salvarnos. No nos ha buscado para condenarnos, sino para redimirnos; Juan 3:17: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

El hombre pecaminoso es orgulloso. Jesús escogió la humanidad sobre la divinidad, y en su condición humana escogió la humildad. Él es Rey de los reyes, y nació en un establo para acostarse en un pesebre. Vivió sin casa y sin posesiones, y murió como un criminal. Todo esto para rescatar a la humanidad de su propio orgullo.

Fue la desobediencia del hombre que hundió a la humanidad en el hoyo de la depravación. Pero Jesús fue obediente. Tal como la desobediencia humana es completa resultando en la muerte, la obediencia de Jesús es completa llevándole a la muerte, resultando en la vida; Romanos 5:18: «Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de la vida». Su obediencia le llevó al último sacrificio, la muerte. Y su muerte fue lo más cruel que podemos imaginar, la cruz.

Jesús hizo todo esto para cumplir la redención. Redimir quiere decir comprar, o pagar el precio del rescate de alguien. Por el pecado todos nosotros nacimos depravados, esclavos al pecado. Como hemos dicho, toda la vida humana está afectada por el pecado. La dignidad nuestra se ha convertido en una caricatura grotesca. El diseño original ya está distorsionado, pervertido, torcido y roto. Nacimos perteneciendo al pecado. El único camino a la restauración de lo que hemos perdido es por el rescate o redención del pecado. La única persona que podría rescatarnos es el hombre perfecto, sin pecado, el Hijo de Dios, Jesucristo. Lo hizo por medio de pagar la pena última, su propia vida. Esto es la redención.

Hay que tener la redención como un cimiento, un fundamento de la consejería. Sin el cambio radical de la vida que hace la redención, el aconsejado no sería realmente diferente. Aconsejar sin presentar la redención como esencial a la restauración personal, es nada más que poner un barniz sobre lo malo de la vida. Aconsejar sin dirigir la persona a la redención es tratar de llegar a la restauración sin pasar por el propio camino de la restauración.

Por varios años mi familia y yo vivimos en el bello país de Venezuela. Cada año, en el 26 de diciembre, todos mis compañeros misioneros y nosotros nos reunimos en la playa, Bahía de Cata. La única manera de llegar a Cata es por un camino estrecho de puras curvas que sube y baja la montaña hasta llegar a la costa. Cuando mis hijos eran pequeños siempre se enfermaron cuando paseamos por el camino a la Cata. Es un camino peligroso y duro. Había la tentación de buscar otro camino. Pero no hay otro camino. Si queríamos la belleza de la playa Cata, el placer de las olas, sol y arena, y el compañerismo con nuestros amigos, teníamos que pasar este camino.

Hermano consejero, tal vez habrá la tentación de pasar por alto la redención en la consejería. Cuando hay resistencia o amargura contra el Evangelio, será más fácil buscar soluciones superficiales en vez de cambios radicales. A veces es más fácil sugerir ciertos cambios de comportamiento en vez de invitarle a entregar su vida entera a Cristo. Especialmente para aquellos consejeros que se inclinan a la psicología hay la tentación de apoyar la dignidad sin reconocer la depravación y buscar la restauración sin entender la necesidad de la redención. Todos los fundamentos bíblicos de la consejería son necesarios. Tratar de aconsejar sin incluir estos fundamentos bíblicos es como construir un edificio sin cimiento.

Habiendo dicho esto, quiero prevenirle sobre el otro extremo. Hay aquellos que aconsejan como si la redención fuera el único fundamento bíblico. La redención es indispensable para la consejería, pero es el comienzo de la restauración, no el fin. Hermano pastor, cuando una persona que no conoce a Cristo viene a usted buscando ayuda para problemas personales o familiares es cierto que necesita recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. Pero, recibir a Cristo no quita los problemas personales o familiares. La redención da esperanza para la consejería, pero no es una píldora mágica que soluciona todos los problemas de la vida en un momento. Para aquellos aconsejados que no conocen a Cristo, aceptar a Cristo y recibir su redención es parte indispensable de la restauración de su vida. Pero no es la restauración completa. La obra de Cristo en la cruz y la resurrección es completa, no podemos agregar nada a ella para la salvación ni la justificación. Pero hay otra doctrina soteriológica, la santificación.

La santificación tiene dos aspectos. Su aspecto realizado y el progresivo. En el aspecto realizado somos separados del mundo a Cristo para su uso. Nuestra posición en Cristo es completa, perfecta, cumplida. En la realidad de la vida cotidiana todos sabemos que no somos perfectos. A veces pecamos. Luchamos con hábitos viejos. Sufrimos de los resultados del pecado nuestro y de los otros. Allí se encuentra el enfoque del aspecto progresivo de la santificación.

Cuando alguien nace de nuevo, tiene nueva vida, pero, tal como en la vida natural, necesita crecer y madurar. El discipulado y la consejería ayudan en este proceso de crecimiento y madurez.

En el pasado el discipulado se ha enfocado en enseñar las disciplinas espirituales como leer la Biblia, orar, testificar y asistir a la iglesia. Tales cosas son importantes, y parte esencial de la maduración espiritual. Sin embargo, no garantizan la madurez.

Vivimos en un mundo donde el pecado está creciendo. El mundo está llenándose más y más del dolor, amargura y vergüenza que son las consecuencias del pecado. Más y más personas buscan la ayuda de pastores y líderes evangélicos para enfrentar la separación de la familia, la confusión, el dolor de la vida y las adicciones. No es justo dirigirles a Cristo y aparentar que todos sus problemas desaparecerán mágicamente. Debemos caminar a su lado mientras que enfrentan las consecuencias del pecado y permiten que el Espíritu Santo restaure su vida. Así el ministerio de la consejería va mano a mano con un discipulado que es más que solamente agregar unos comportamientos agradables a una vida rota. Sino que es un ministerio profundo que coopera con el Espíritu Santo en la transformación de la vida entera. Desde las actitudes, deseos y motivaciones del corazón hasta las relaciones íntimas, todo debe cambiar radicalmente para el discípulo de Cristo. Esto es un proceso de crecimiento. El valor del discipulador-consejero es inestimable en estar al lado del discípulo en el proceso.

Así que debemos entender que cada fundamento bíblico es indispensable para formar un cimiento fuerte y confiable para el ministerio de la consejería. Para formar nuestra base de la consejería no podemos pasar por alto ninguno de estos fundamentos. Éstos forman un cimiento confiable sobre el cual podemos construir nuestro entendimiento de la persona, los procesos psicológicos que forman la personalidad, y las motivaciones que empujan los hábitos de la vida.

Cuando aconsejamos tengamos la dignidad del diseño original delante como la meta que queremos ver cumplida. Mantengamos un claro entendimiento de la depravación y los profundos y extensivos efectos del pecado sobre la vida. Tengamos certeza de que sólo por medio de la redención de Cristo hay esperanza de cambios y de la restauración. Mantengamos siempre el propósito de buscar la restauración de la vida del aconsejado, que le lleva más y más cerca a la meta de ver la belleza y dignidad original. Siempre recordemos que el mismo proceso que pasa el aconsejado lo estamos pasando nosotros mismos. No aconsejamos de una posición perfecta, sino de una creciendo. No aconsejamos porque hemos llegado a la meta, sino porque estamos caminando hacia la meta. La perfección se efectuará cuando venga Jesucristo para llevarnos a su presencia eterna. Mientras tanto no somos perfectos, sino que debemos estar caminando hacia la perfección. El consejero no es perfecto pero debe estar caminando. Él puede dirigir al aconsejado en el camino, porque está caminando delante del aconsejado.


Para un cimiento bíblico completo debemos considerar un fundamento más, la restauración, o la santificación de la vida humana. En el siguiente capítulo consideraremos esto que es esencial para la consejería verdaderamente bíblica.


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