jueves, 5 de junio de 2014

Cambios dentro del cristianismo

No creo que seamos los últimos cristianos, como a veces se dice, pero es muy posible que el pluralismo actual termine con la manera de ser cristiano que ha venido caracterizando a muchos creyentes hasta ahora. Algunos sociólogos católicos creen que el cristianismo convencional se va a terminar (González–Carvajal, 2000). El hecho de ser miembro de una iglesia por tradición familiar, asistir con más o menos regularidad a sus servicios religiosos, creer que tales prácticas y costumbres son buenas e incluso verdaderas, pero no experimentar jamás una relación personal con Dios a través de Cristo, no leer casi nunca la Biblia, ni meditar en ella, ni intentar aplicarla a la propia vida, esto es lo que probablemente se va a acabar con el pluralismo de la globalización. El convencionalismo que ha venido caracterizando al cristianismo institucional, no sólo a la Iglesia de Roma sino también a las principales denominaciones protestantes, que proporcionaba al creyente en ciertos países una sensación de seguridad y protección ya que casi todos sus compatriotas profesaban la misma fe, es lo que se va a extinguir durante este tercer milenio. Esa religiosidad cómoda que habría todas las puertas y facilitaba todos los caminos, va a desaparecer en medio de la actual selva ideológica.

Los cristianos de los primeros siglos, desde luego, no tuvieron este problema. Entre ellos no había creyentes convencionales ya que no hubieran podido subsistir en medio de un mundo hostil a la fe cristiana que en muchas ocasiones se cobraba vidas humanas. Las frecuentes persecuciones hacían que los seguidores de Cristo fueran personas verdaderamente comprometidas con su fe. Pero después, durante los siguientes siglos, fue apareciendo cada vez con mayor intensidad la práctica religiosa fácil, poco comprometida, socialmente beneficiosa y convencional. Seguramente la mayor parte de los cristianos actuales no volverán a padecer el mismo tipo de persecución física que sufrieron sus predecesores a principios del primer milenio, pero sí se tendrán que enfrentar a la dispersión del cristianismo en medio de un mundo plural.

De alguna manera esto podría ser como en el primer siglo. Cuando el apóstol Pedro escribiendo en su primera epístola dice: “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia,…” (1 P. 1:1), se está dirigiendo a los cristianos que habían experimentado la diáspora y se habían dispersado por el mundo. También hoy los creyentes somos extranjeros en nuestra propia tierra porque estamos rodeados de personas que no conocen el Evangelio de Jesucristo. Gente agnóstica, atea o que profesa cualquier religión oriunda de lejanas tierras. Los misioneros cristianos ya no necesitan viajar a lugares exóticos pues el campo de misión empieza al cruzar la puerta de su casa y salir a la calle. La globalización nos obliga a vivir una auténtica diáspora espiritual en medio del pluralismo religioso de nuestra misma ciudad.

Por desgracia, esta pluralidad ideológica ha contribuido también a que la religión se recluya en el círculo de lo privado. Es como si la competencia entre creencias hubiera vuelto tímidos a los creyentes. Como si hablar públicamente de las propias convicciones se considerara algo de mal gusto y hasta una falta de educación. Resulta difícil detectar a los cristianos porque las evidencias que antes los delataban, hoy han desaparecido por completo. El estilo de vida, el comportamiento, los hábitos, el lenguaje, los anhelos, el tiempo de ocio, etc., ya no sirven para distinguirlos como antes. No hay diferencia externa entre creyentes y no creyentes. La religión ha entrado a formar parte sólo del ámbito personal, íntimo o familiar pero huye de cualquier exteriorización. Es lo que Th. Luckmann ha denominado la “privatización de la religión” (Mardones, 1996: 115). Esto hace que la fe se torne absolutamente “invisible” en la sociedad y se entienda como una forma de pensar y no como una manera de actuar, de vivir o de dar testimonio.


Pero, a su vez, la privatización del sentimiento religioso conduce hacia un individualismo del creyente que tiende a alejarse tanto de las demás personas que no profesan su misma fe, como de la propia institución religiosa a la que pertenece. Se avanza así hacia una práctica religiosa en la que el protagonista principal es el propio individuo y no la Iglesia, la misión evangelizadora o la relación con los otros hermanos en la fe. Si bien es cierto que el cristiano necesita tener una relación personal con Cristo, esto no significa que deba caer en el individualismo espiritual o en el egoísmo de no querer compartir el Evangelio con el prójimo. El principal peligro de caer en esta situación es el de la propia fractura de la persona pero también el de hacer estéril el mensaje de la salvación. No es extraño que ante el incremento de tales actitudes proliferen también todo tipo de errores doctrinales y de comportamientos contrarios a la Palabra de Dios. Actualmente en el seno del mundo protestante, por ejemplo, están surgiendo tendencias que pueden dificultar o incluso impedir que se dé el testimonio evangélico auténtico. Hasta cierto punto, es lógico que los enemigos de la fe planteen batalla al cristianismo. Siempre ha sido así y probablemente siempre lo será. Pero lo que resulta inaudito es que dentro mismo del pueblo de Dios abunden, cada vez más, quienes dificultan la extensión del reino mediante sus ideas o su comportamiento equivocado.



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