martes, 3 de junio de 2014

El líder cristiano en un mundo global

¿Cómo es posible definir hoy el perfil del dirigente cristiano que debe pastorear al pueblo de Dios en medio de un mundo globalizado? ¿qué patrones se pueden establecer para diseñar un liderazgo eficaz en plena era de la mundialización? Si se recuerda la acertada cita de Umberto Eco acerca del apóstol Pablo como prototipo de hombre que vivió también, durante el primer siglo, inmerso en un incipiente proceso de globalización, quizás pueda intuirse cuáles deberían ser las principales características del creyente y del líder cristiano en la actualidad (ver p. 499). Debemos recuperar a Pablo, tomarlo como modelo de cristiano comprometido con la causa del Evangelio y aplicar los mismos principios que él empleó a la hora de comunicar el mensaje de Jesucristo.
Los principios paulinos aplicables al liderazgo cristiano eficaz en el mundo de hoy son numerosos. Desde su decidida visión de futuro (“prosigo al blanco”), o su sincera dependencia de Dios (“todo lo puedo en Cristo que me fortalece”) y hasta su vocación intercesora (“haciendo memoria de vosotros en mis oraciones”), abundan los ejemplos de cualidades paulinas que podrían estudiarse. Sin embargo, es oportuno resaltar cinco de estos importantes principios que están claramente relacionados con el tema del testimonio del creyente en la presente era de la información y que pueden ser útiles para comunicar con éxito el mensaje evangélico. En primer lugar, es menester recuperar la simplicidad con que Pablo predicaba la doctrina de la salvación:
“Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; más nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co. 1:23).
Así de simple es el mensaje del Evangelio. Sin embargo, a veces se complica la predicación y se recarga de adornos innecesarios, que pueden ser en sí mismos muy buenos, pero que no forman parte de la esencia original del mensaje cristiano. Lo grave es que en ocasiones tales complementos llegan a adquirir más importancia que el propio mensaje. Los griegos de la época de Pablo no fueron los únicos en demandar sabiduría humana. Más tarde, durante la Edad Media, la teología escolástica católica adoptó también la filosofía griega de Aristóteles y se creó una amalgama que fusionó la revelación bíblica con determinados conceptos filosóficos para especular acerca de la verdad. Cuando se lee, por ejemplo, a Tomas de Aquino es posible comprobar hasta qué punto la escolástica pretendió convertir el agua de la filosofía helenista en el vino de la teología cristiana. Por desgracia, lo que ocurrió fue más bien lo contrario, el vino se transformó en agua.
En nuestros días y en determinados círculos protestantes se está cayendo en el extremo opuesto. Si los judíos del tiempo paulino pedían señales, en la actualidad muchos líderes cristianos, en su afán por atraer a la gente, se dedican también a anunciar campañas de señales y milagros en vez de predicar “a Cristo crucificado”. No debe olvidarse que éste no es el objetivo principal del predicador cristiano. Dios tiene poder para dar salud y vida en abundancia como quiera y cuando lo desee. No precisamente en el momento en que nosotros se lo exijamos. La sanidad física y el poder sobrenatural de Dios es susceptible de actuar en el mundo de hoy y es capaz de ayudar ocasionalmente a la predicación del Evangelio, como ayudó a Jesús y a sus discípulos. Pero no constituyen el objetivo principal de la predicación cristiana. En la Biblia tenemos ejemplos de situaciones en las que el propio Maestro tuvo que prohibir a sus discípulos que hicieran publicidad de los milagros que él realizaba, porque no quería que la gente le siguiera por sus prodigios de manera egoísta.
Tampoco es misión del líder cristiano ir por el mundo convocando a Satanás para pelear con él, como si se tratase de un reto pugilístico de los pesos pesados. Ciertos sectores del protestantismo actual padecen un exceso de mercenarios espirituales dispuestos a batirse en duelo, a entablar batallas o guerras espirituales con el príncipe de las tinieblas para así liberar ciudades, montañas, monumentos o derribar fortalezas espirituales que nunca nadie ve caer. Muchas veces este tipo de espectáculos sólo sirve para ridiculizar el Evangelio de Jesucristo ante la opinión pública. Es verdad, que el creyente debe enfrentarse con todas sus fuerzas a Satán a lo largo de su vida, como hizo repetidamente el Señor Jesús. Pero esta lucha personal e íntima no debe convertirse en un espectáculo de masas, ni debe jamás transformarse en una obsesión que nos esclavice o en el único objetivo de la predicación evangélica.
El diablo fue derrotado por Cristo en la mismísima cruz del Calvario y tiene mucho menos poder del que por desgracia se le atribuye. Lo único que le queda es la mentira, él sigue siendo el “príncipe de la mentira” y es capaz de hacer creer a la gente que Dios no existe o que Jesús no es el Hijo de Dios. Lo puede hacer de mil maneras distintas. Por eso nuestra misión es desenmascararlo abriendo los ojos de las criaturas para que descubran la mentira en la que viven. De ahí que la misión primordial del líder cristiano sea mucho más simple de lo que a menudo se imagina: predicar “a Cristo, y a éste crucificado”.
El segundo principio paulino consiste en recuperar la doctrina cristiana de la resurrección de los muertos:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. […] Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1 Co. 15:20, 54).
El tema escatológico que apunta hacia el futuro y viene a satisfacer la curiosidad humana acerca de lo que ocurrirá mañana, ha sido y continúa siendo también uno de los grandes favoritos de predicadores y escritores evangélicos. Lamentablemente, hay que decir una vez más que en demasiadas ocasiones lo que se hace no es una escatología bíblica seria, sino una “escatología ficción” que especula constantemente y se aleja de una correcta interpretación del texto bíblico. Se juega con la idea del rapto, la gran tribulación, aquello que acontecerá a los que se queden cuando los elegidos se vayan, quién será más terrible si la bestia, el falso profeta o el anticristo e incluso qué personaje histórico tiene más posibilidades de encarnar cada uno de estos roles. No obstante, el apóstol Pablo no participó nunca de este juego de especulación escatológica. Según su opinión, éste no era un tema importante para la predicación del Evangelio.
La principal inquietud que atenazaba a sus contemporáneos era muy similar a la que preocupa hoy a los hombres y mujeres del siglo XXI. En aquel tiempo, igual que en éste, lo que a la gente le interesaba no era saber quién sería el anticristo, sino cómo enfrentarse a la trágica realidad de la propia muerte. Y Pablo les responde con un mensaje escatológico tan simple como contundente: ¡no temáis, hay esperanza! Los que creen en Jesucristo ya no tienen motivos para seguir especulando acerca del futuro porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. Igual que le ocurrió a él, nos ocurrirá también a nosotros. El fue la primicia que germinó la Vida de las mismas entrañas de la Muerte. Todos aquellos que creen en su nombre pasarán por la puerta que el abrió de par en par hacia la Vida. Por tanto, el futuro del creyente es claro, la reunión final con Cristo, bien sea en la vida o en la muerte, pero siempre a través de la resurrección. El principal mensaje paulino acerca del futuro que nos espera es, paradójicamente, una mirada al pasado: la tumba vacía de Jesús. Tal es también el mensaje que necesita oír el hombre de nuestro tiempo.
La tercera proposición es recuperar la perspectiva multicultural de Pablo. En su epístola a los colosenses, hablándoles sobre la necesidad de abandonar el viejo hombre con sus vicios y revestirse del nuevo que se va renovando, les dijo:
“… donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.” (Col. 3:11).
Vimos anteriormente que la globalización actual es un proceso que conlleva a menudo serios desequilibrios económicos, culturales y sociales que pueden resultar difíciles de solucionar. Hay ganadores y perdedores, beneficiados y perjudicados, por eso la actitud de la Iglesia debe ser la lucha pacífica contra todo tipo de exclusión, así como contra la insolidaridad y el individualismo egoísta. Pablo ofrece una definición cristiana clara y contundente de su perspectiva multicultural en una mundialización solidaria. La Iglesia de Jesucristo no debe convertirse en un ghetto, ni participar en luchas étnicas o raciales, ni suscribir nacionalismos excluyentes. Si la comunidad cristiana realmente cree que “Cristo es el todo, y en todos”, entonces tiene que actuar para que los desequilibrios entre el Norte y el Sur se vayan reduciendo, para que se respeten las identidades culturales y todos los seres humanos del planeta recuperen la dignidad con la que fueron creados por Dios.
En cuarto lugar, hay que recuperar la visión unitaria del pueblo de Dios que sostenía el apóstol Pablo. Recordando el texto anterior en el que el apóstol de los gentiles hace un llamamiento a la unidad de todos los cristianos en Cristo Jesús:
“Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo soy de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co. 1:12).
Es cierto que el término “ecumenismo” no está muy bien visto en los círculos evangélicos, tanto de España como de Latinoamérica. Su simple mención recuerda pactos de unidad incondicional con la Iglesia Católica y esto suele estar muy mal visto. Estoy de acuerdo en que la unión total entre católicos y protestantes para crear una sola institución eclesial no será nunca una realidad. Básicamente porque sostenemos con Roma diferencias teológicas y doctrinales muy serias a las que no podemos ni estamos dispuestos a renunciar. Sin embargo, no creo que estas obvias diferencias deban conducirnos a perder de vista la realidad plural del cristianismo contemporáneo. A la hora de evangelizar en un mundo global o de defender ante la opinión pública los valores cristianos, hemos de ser conscientes de que estas diferencias que para nosotros pueden ser importantes, para el hombre de la calle cada vez son más insignificantes.
Por otro lado, la beligerancia evangélica contra el catolicismo, que en el pasado pudo ser beneficiosa e incluso llegó a convertir la evangelización en una simple crítica de los errores de la teología católica, hoy está dejando de tener sentido porque la Iglesia Católica está cambiando. Su apertura a la lectura de la Biblia y a la esencia del Evangelio es mayor cada vez y sus técnicas de evangelización se parecen cada vez más a las nuestras. Pero es que además, sus posibilidades para adaptarse rápidamente a las exigencias de la globalización son también mayores que las nuestras, ya que ellos continúan apareciendo como un solo bloque, mientras que el protestantismo está dividido en múltiples grupúsculos, con la pretensión por parte de cada uno de ellos de ser la “única iglesia verdadera”, exclusiva y excluyente, ya que estaría en posesión de la verdad. Creo que esto debería llevarnos a la reflexión serena y desapasionada; a unirnos, no con Roma, sino entre los distintos grupos cristianos y familias evangélicas; a trabajar mucho más unidos y a desestimar las diferencias marginales que, en realidad, son mucho más pequeñas y menos importantes de lo que se pretende. Si el cristianismo del tercer milenio no enfrenta unido a la globalización, no va a tener nada que hacer frente a ella.
El cristianismo es plural. Lo era ya en tiempos de Pablo y lo sigue siendo en la actualidad. Seguramente ha sido así porque así ha querido el Señor que lo fuera. Y quizás sea en esta pluralidad donde la fe cristiana encontrara toda su fuerza. Es posible que haya sido esta pluralidad la que le ha permitido adaptarse y subsistir frente a todo tipo de circunstancias adversas. Pero pluralidad no es sinónimo de antagonismo, sino todo lo contrario. La pluralidad debe conducir al respeto mutuo y a la colaboración en la causa común, desde la perspectiva particular. La pluralidad desautoriza todo exclusivismo y deslegitima la descalificación de los demás.
Esa tendencia errónea a creer que en el más allá estaremos sólo nosotros, no coincide en absoluto con la visión del apóstol Juan quien vio una multitud de hombres y mujeres vestidos con ropas blancas, pertenecientes a toda nación, tribu, pueblo y lengua. El texto bíblico no habla de “denominaciones”, ni de “confesiones”, sino que asegura que los salvos son aquellos cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida y han sido lavados por la sangre del Cordero. No dice nada de figurar en el libro de registro de una iglesia, confesión o denominación concreta. Por fortuna, el Libro de la Vida no depende de nosotros, depende de Jesucristo, y como enfatiza el apóstol Pablo, “Cristo no está dividido”.
Por último, deberíamos también recuperar la cosmovisión de Pablo acerca del señorío de Cristo:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, […] Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; […] así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col. 1:16, 17, 20).

Según estas palabras, la redención no es sólo para las personas sino también para toda la creación. Y si es así, la misión de la Iglesia en el mundo no es una misión limitada exclusivamente a la salvación de los individuos. Es una labor global que obliga a salir del ostracismo congregacional para conquistar el mundo entero. La misión de los cristianos debe alcanzar también todas las áreas de la cultura: las artes, las ciencias y las letras para la gloria de Jesucristo. La misión del líder cristiano no es averiguar quien será el anticristo, sino predicar el Evangelio de la cruz y tratar de ganar todo el mundo para Jesús. Sólo así será posible transformar la globalización salvaje y excluyente en una globalización del amor. 



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