miércoles, 4 de junio de 2014

El retorno de la religión

La mundialización ha traído de la mano un fenómeno singular. Por primera vez en la historia es como si muchas personas fueran capaces de vivir sin religión y, lo que es mucho peor, sin Dios. En algunos ambientes, Dios parece estar tan muerto que ni siquiera de su muerte se habla. Se le ha sustituido por los nuevos dioses de la computadora y el ocio vacacional. Lo triste y, a la vez, trágico de esta situación de olvido de lo religioso es que puede convertir a este hombre incrédulo del tercer milenio en un bárbaro espiritual, en una especie de mutante incapacitado para la reflexión trascendente y para poder elevar los ojos sobre el horizonte del sentido de la vida y de la fraternidad humana. Se trata de un asunto delicado capaz de ensombrecer el futuro y que, desde luego, entristece a la cristiandad y le plantea un reto muy especial. No obstante, la historia ha demostrado suficientemente que aunque el hombre sea capaz de vivir y organizar el mundo sin Dios, en realidad, sin él sólo puede organizarlo contra el propio ser humano. Todo humanismo que se aleja de Dios es en el fondo un humanismo inhumano. ¿Puede el hombre seguir siendo hombre si se amputa voluntariamente su dimensión espiritual? ¿no corre el riesgo de degenerar hacia una animalidad con más o menos ingenio?

A pesar de esta indiferencia hacia la religión que se detecta en ciertas regiones de nuestro globalizado planeta, lo cierto es que paradójicamente la religiosidad no está desapareciendo. Más bien está experimentando una transformación. No sólo existen otras zonas donde el cristianismo y el fervor religioso general aumenta de día en día, como Latinoamérica, África o el sudeste asiático, sino que también en el seno de las naciones donde existe mayor increencia, como pueden ser ciertos países europeos, se produce asimismo la proliferación de algunas formas religiosas, más o menos libres, que buscan en lo oculto, en la ciencia o la sanidad, en el culto al cuerpo, la naturaleza, la política, el deporte, la música o el voluntariado, el sentido profundo de la vida humana (Cruz, 1997). Y es que el ser humano es incapaz de vivir sin creer en algo que le llene y satisfaga su anhelo espiritual. El mito moderno de Comte acerca de que la religión desaparecería con la arribada del estado científico se ha demostrado hoy completamente falso. La religión puede cambiar e incluso confinarse en el ámbito de lo privado, pero no desaparece con la globalización.

No obstante, este fenómeno postmoderno del resurgir religioso conduce de manera inevitable a la filosofía del pluralismo. Es decir, a la creencia de que no puede existir ninguna religión universal o absoluta que sea la única verdadera y que a la salvación puede llegarse por diferentes caminos. Por tanto, todas las religiones serían válidas para elevar espiritualmente al ser humano y todas merecerían el mismo respeto. Partiendo de tales planteamientos es fácil comprender por qué en la actualidad proliferan las religiosidades a la carta que toman un poco de cada tradición para fabricar un variado menú religioso. En España, por ejemplo, la quinta parte de los que se declaran católicos dicen creer también en la reencarnación. Pero además, el 14% de los ateos afirman su fe en Dios o celebran la primera comunión de sus hijos mediante un rito civil. Esta religión pastiche, “patchwork”, cóctel o “kitsch”, es capaz de mezclar al Dios bíblico sin juicio final, por supuesto, con los últimos logros de la tecnología científica, al estilo postmoderno de la “new age”. La psicología profunda se amalgama con un ecumenismo global y se aliña con amuletos, cartas astrales o esoterismo barato.

En realidad, esta situación actual es muy parecida a la que imperaba en la Grecia de los días de Pablo. En efecto, según relata el evangelista Lucas en su libro de los Hechos de los Apóstoles, el espíritu del apóstol se enardecía al ver la ciudad de Atenas entregada a la idolatría (Hch. 17:16). Al parecer aquellos atenienses buscaban ansiosamente las novedades filosóficas y religiosas. El comportamiento de Pablo ante semejante pluralismo religioso constituye un claro ejemplo acerca de cómo debemos actuar también hoy los cristianos del tercer milenio. Detectó cuál era el principal problema de aquella gente. A pesar de tener muchos dioses, en realidad, no conocían al Dios verdadero. Les habló acerca del único creador del universo que no hacía acepción de personas. En su discurso llegó hasta la resurrección de Jesucristo y aquí fue cuando algunos de sus oyentes se empezaron a desentender del tema, ya que las creencias griegas consideraban que el cuerpo material era algo malo mientras que sólo el alma era la parte buena del ser humano. No podían concebir una religión que creyera en la resurrección de los muertos porque ¡cómo iba el alma, una vez liberada del cuerpo, a introducirse de nuevo en un cuerpo material, aunque fuera glorificado! Esto supuso un inconveniente para algunos, sin embargo, según afirma el texto, otros creyeron y se unieron a Pablo.

Siempre habrá personas que choquen intelectualmente con el milagro de la resurrección de Jesús, pero también habrá otras que abrirán de par en par su alma y la fe les permitirá asirse a las promesas del Hijo de Dios. El pluralismo religioso actual así como el relativismo de creer que no existe la verdad absoluta, aunque puedan suponer un serio problema para la evangelización, no serán capaces de acabar con el cristianismo, como en ocasiones se afirma, por la sencilla razón de que ninguna otra creencia de los hombres es capaz de producir vida en abundancia o de levantar un cadáver de su tumba. Por eso, la misión del cristiano en la globalización es, como ha sido siempre, seguir dando testimonio de su fe en Jesucristo.


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