viernes, 27 de junio de 2014

Uso y abuso de las ilustraciones

Predica la Palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.
2 Timoteo 4:2

Me interesó un sermón predicado por un buen amigo cuyo nombre, por cariño, me reservo. Se basaba en Isaías 7:14, que dice: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.

Recuerdo que aquel domingo me acomodé en el asiento de la iglesia para oír lo que esperaba fuese un gran sermón navideño. Pero ¡me decepcionó! Como que aprendemos mucho de los ejemplos negativos. Hace poco, al recordar el sermón, me acerqué a la iglesia para comprar el casete de ese sermón. Lo acabo de escuchar de nuevo. Con fidelidad, pues, puedo identificar las fallas en el sermón.

El gran error de mi amigo fue crear un sermón alrededor de unas buenas ilustraciones, en lugar de dejar que estas surgieran del tema bíblico. Les cuento las ilustraciones para mostrar la manera en que caemos, con facilidad, en la tentación de permitir que ellas cambien el rumbo de una predicación. Así se darán cuenta de lo fácil que es dejar que las ilustraciones sean lo que forman la base de los pensamientos en vez del pasaje bíblico.

Comenzó contando acerca de lo inepto que somos, usando una ilustración personal: Fue al refrigerador a buscar la mayonesa. Sabía que solía estar allí, pero no la podía encontrar. Así que llamó a la esposa. Acercándose a la puerta abierta, ella apuntó el dedo y le dijo: «¡Ahí está, en tus propias narices! ¿Cómo es posible que no lo hayas visto»? De inmediato siguió a otra ilustración, esta vez relató en cuanto a lo sordo que a veces somos: la ocasión mencionada fue un juego de fútbol que veía en la televisión. La esposa se le acercó para pedirle un favor.«Honestamente —confesó— no oí ni una sola palabra de lo que ella me pidió, tan absorto estaba en el juego».

Aplicando las dos ilustraciones al sermón, dijo: «Así era Israel. Tan absortos estaban en sus problemas y quehaceres que no prestaron atención a lo que les dijo el profeta Isaías en cuanto a la venida del Mesías».

«Buen comienzo», pensé, «me alegro que vine».

Pero fue al terminar esa explicación, mi amigo comenzó a fallar. Habló acerca de la manera en que hoy día se nos bombardea con publicidad por televisión. Citó un verso pueril, publicidad cantada para niños, con el propósito de venderles «perros calientes» (un pan con salchicha, salsa de tomate, mayonesa y mostaza), que decía así:
Cuánto quisiera ser perro caliente;
Es lo que más quiero, verdaderamente;
Porque si fuera un perro caliente,
Todo el mundo me amaría siempre.
La congregación estalló en risas, y alentado por esa respuesta de la audiencia, mi amigo predicador continuó. Al parecer, lo contagioso de la cancioncita le inspiró otros pensamientos, y el sermón comenzó a buscar otro rumbo. Dejó de hablar del profeta Isaías, abandonó el texto que había escogido, e introdujo un tema totalmente nuevo: los regalos que tú y yo deseamos. Indicó que en lugar de desear aquello que nos hace mejores, escogemos lo que nos perjudica. Pasó un buen rato hablando de nuestras avaricias malsanas.

Esto lo siguió introduciéndonos, con otra ilustración, al gran músico Bethoven, cuando era ya viejo y muy sordo. En cuanto a este personaje, el predicador relató que un día se sentó ante el clavicordio y comenzó a tocar con todas sus fuerzas. Tan sordo estaba que no podía oír que el instrumento estaba todo desafinado y algunas cuerdas rotas. Inspirado con su ilustración, mi amigo comenzó a levantar la voz contándonos que, a pesar de su sordera, la música le salía del corazón a Bethoven y que en su «oído interno» le sonaba tan bien que las lágrimas brotaban de sus ojos. «Cuando hay música en el interior —dijo con gran fervor— no importa lo que se oye por fuera, estamos conmovidos y satisfechos, pues Dios ha puesto música en el alma de nuestras vidas».

Lo que decía sonaba convincente, pero no tenía nada que ver con el pobre Isaías, los perros calientes ni la Virgen con que había comenzado; ya no se acordaba de ellos. Ahora hablaba de la música que debiéramos tener en el interior de nuestras almas.

Luego habló de una señora que tenía una casa. El piso de la misma estaba cubierto totalmente por una linda alfombrada, pero estaba muy sucia; por tanto necesitaba una aspiradora eléctrica. La mujer fue a un almacén de Sears y se compró una. La llevó a su casa y la enchufó en el tomacorriente. Prendió la aspiradora, pero al poco rato se apagó. Volvió a prenderla, y se apagó de nuevo. Irritada pensando que la habían engañado, la señora llamó al almacén contando lo ocurrido con el aparato y exigió otro.

El gerente, oyendo cómo funcionaba la máquina de manera tan inexplicable, mandó un empleado a la casa de la mujer para que le mostrara el problema. La señora enchufó de nuevo el aparato, y comenzó nuevamente a trabajar, pero enseguida se paró. El empleado revisó la conexión eléctrica, y se echó a reír diciéndole. «Miré, señora. Usted enchufó la aspiradora a la conexión que enciende las luces de su arbolito de Navidad. Este enchufe tiene un dispositivo intermitente para que las luces del arbolito prendan y apaguen. Es por eso que su aspiradora funciona así».

Todos los presentes nos reímos, pues la ilustración era graciosa. Pero, ya pueden imaginarse el rumbo que tomó el sermón.

Mi amigo pastor se puso a hablar de la necesidad que tenemos de estar conectados directamente a Jesucristo, no dejando que las tentaciones intermitentes del mundo nos distraigan. La única relación que hizo con el pasaje de Isaías fue una breve referencia a que Jesucristo procedía de una Virgen, según la promesa del profeta.

Citó luego un proverbio chino: «El que no cambia de rumbo, llegará al destino del camino por el que va». Esta cita fue seguida por otra del conocido escritor Max Lucado, hablando de «un nombre nuevo escrito en la gloria». Ambas referencias le sirvieron para preguntar a sus oyentes —nosotros—, qué camino seguíamos, y si tendríamos nuestros nombres escritos en la gloria.

Terminó contándonos acerca de un hogar para niños con el síndrome de Down. Resulta que, acercándose la Navidad, el director, Bud Wood, les habló a los niños de la manera en que Jesús los amaba. Añadió que Él regresaría pronto, apareciendo en las nubes, para llevarlos al cielo. A los niños les encantó la historia, y todos corrieron a las ventanas del hogar, pegando sus manos y bocas contra el cristal, para intentar ver a Jesús descender en las nubes. Pocos minutos después llegaron visitantes y familiares. Comentaron de lo sucio que estaban los cristales de las ventanas. «Ah —explicó el director— es que los niños hace unos minutos las ensuciaron todas, queriendo ver si Jesús llegaba en las nubes para llevarlos al cielo».

Así llegó a la conclusión: «Queridos amigos, qué precioso es pensar que Jesús vino al mundo para hacer posible que nosotros, manchados y sucios por el pecado, podamos ir al cielo. Recuerden que si no están limpios por su sangre, esa entrada les será prohibida. Pero si sus pecados han sido limpiados, esa esperanza es de ustedes».

Creo que al revisar las ilustraciones de mi amigo en su sermón todos diríamos que son buenas —algunas magníficas. Pero como acabamos de ver, tener magníficas ilustraciones no hace un sermón. Tener muchas ilustraciones tampoco. El buen sermón tiene que apegarse a un texto o pasaje bíblico y quedarse ahí —no vagar por el mundo entero. Las ilustraciones escogidas tienen que ayudarnos a entender el pasaje de comienzo a fin, no sencillamente llenar los minutos que corresponden a un sermón dominical.

¿Cuál fue el gran error de mi colega? Dejar que las ilustraciones fueran las que guiaran el pensamiento. Nunca permitamos que la ilustración sea la base del sermón. Lo que Dios ha dicho en su Palabra es esa base. Lo que debe hacer una ilustración es abrir la mente para que entendamos el concepto tratado en la Biblia. Lo que necesita la humanidad es un mensaje claro de la palabra divina, no una serie de ilustraciones entretenidas que nos llevan a nada.


Tenemos que presentar esa palabra de tal forma que el que nos escucha sea conmovido por ella. Queremos ver cumplir en nuestra predicación un espectáculo milagroso, pues sabemos que esa Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos. Penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón



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