miércoles, 25 de junio de 2014

Vivir en abundancia y en escasez

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. 
Filipenses 4.13
No cabe duda que este versículo presenta un principio general de la vida espiritual, pero resulta mucho más interesante pensar en el significado que tiene dentro del contexto que estaba escribiendo el apóstol Pablo.

El tema que viene tratando este segmento del capítulo 4 es, precisamente, la respuesta del cristiano frente a diferentes estados económicos. La iglesia de Filipos había enviado al apóstol una ofrenda, acción que le produjo gran alegría. Mas Pablo aclara inmediatamente que su alegría no era tanto por la ofrenda en sí, sino por la oportunidad de dar para aquellos que andan en novedad de vida. En lo que a él se refería, señala que su gozo frente a la ofrenda no es «…porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad (Flp 4.11–12). Y luego agrega: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Flp 4.13).

Tomemos nota de este contexto. Hay muchos desafíos que enfrentan al discípulo de Cristo, que requieren de un especial compromiso con Dios para ser sobrellevados victoriosamente. De todos ellos, sin embargo, ninguno pone al cristiano frente a un peligro tan grande como el tema del dinero. En otra carta, Pablo había declarado categóricamente: «porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron atormentados con muchos dolores» (1 Ti 6.10). En mi experiencia pastoral no he encontrado, tampoco, algo que posea mayor capacidad para robarse el corazón del hijo de Dios que los asuntos relacionados al dinero.

¿A qué peligros, puntualmente, se está refiriendo el apóstol en el pasaje de hoy? Al reto de vivir en abundancia y en escasez. La abundancia trae consigo el particular desafío de no ceder frente a la soberbia que producen las riquezas, confiando más en los tesoros de este mundo que en el Señor. La pobreza, por otro lado, nos desafía a no creer que el dinero es la solución a todos los problemas de la vida. El pobre es acosado por su necesidad a cada momento y puede llegar, desde un lugar muy diferente al rico, a estar obsesionado también por el dinero.

El apóstol Pablo les dice a los filipenses que él había aprendido a vivir con contentamiento. Es decir, esa particular disposición a dar gracias siempre por lo que uno ha recibido, sin fijarse en lo que a uno le falta. Es esa convicción profunda, de que todo lo que tenemos, sea mucho o poco, viene de la mano de un Dios amoroso que no tiene obligación de darnos nada. Todo, en última instancia, es un regalo. De allí la permanente felicidad del apóstol.
Para pensar:

Señor mío,... No me des pobreza ni riquezas; sino susténtame con el pan necesario; no sea que, una vez saciado, te niegue y diga: «¿Quién es Jehová?» o que siendo pobre, robe y blasfeme el nombre de mi Dios. (Pr 30.8–9).



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