miércoles, 23 de julio de 2014

El principio de la Integridad

Como dijimos al comienzo, la forma en la que manejamos nuestro dinero tiene mucho que decir sobre quiénes somos interiormente como personas: las cosas que valoramos, los principios que obedecemos y el proceso de pensamiento que seguimos para tomar decisiones. Es por eso que esta primera parte está diseñada para producir un cambio interior primero, que pueda producir un cambio exterior después.
De nada vale «vestir a la mona de seda». Lo que debemos hacer es sufrir una transformación interior que nos lleve a realizar cambios exteriores por el resto de nuestras vidas. Hasta aquí, entonces, lo que hemos aprendido:
a. Debemos vernos como administradores (desprendernos emocionalmente de nuestras posesiones).
b. Debemos aprender a ser felices en el lugar económico en el que nos encontremos.
c. Debemos encarar nuestra vida financiera con perseverancia, mirando hacia toda nuestra vida y no solamente hacia el día de hoy.
d. Debemos aprender a ser ahorradores, diferenciando entre necesidades y deseos.
En segundo lugar, si queremos lograr la prosperidad integral de la que hemos hablado al comienzo, no solamente debemos desarrollar una actitud diferente frente a la vida, sino que también debemos trabajar en nuestro carácter.
Desarrollar las bases de un carácter sólido es la única manera en la que vamos a poder tomar exitosamente las decisiones económicas que necesitamos tomar cada día.
Clarificando el concepto de la madurez
Cuando éramos niños, nuestra madre nos forzaba a tomar la sopa. No sólo eso, también teníamos que comer todo tipo de verduras que sabían horrible como espárragos, yuca (mandioca), habichuelas verdes y hasta algunos de nosotros debíamos deglutir el famoso aceite de hígado de bacalao. Sin embargo, ahora en nuestra edad madura no dudamos en prepararnos una buena sopa o comernos un buen plato de verduras.
¿Qué ha pasado en nuestras vidas? ¿Es que tememos que la mano de nuestra madre nos encuentre, como lo hacía en aquellos días de nuestra niñez y nos dé una palmada allí donde termina la espalda?
En general, la respuesta es «no». Lo que ha ocurrido es que, a medida que hemos madurado, hemos aprendido un principio importante en la vida: debemos alimentarnos con regularidad para sobrevivir. También hemos comenzado a valorar las comidas con un alto contenido de nutrientes.
Ahora hemos aprendido a valorar comidas nutritivas y, aunque nunca antes hayamos probado un determinado alimento, podemos decidir si lo queremos comer o no simplemente haciendo un par de preguntas sencillas antes de probarlo. De esa manera podemos determinar el valor nutritivo del mismo, saber si es bueno para nosotros, si nos va a caer mal al hígado y si lo vamos a tomar o no.
Lo mismo ocurre con nuestras decisiones económicas. Es imperativo que maduremos, que crezcamos en nuestro carácter, para poder tomar las decisiones diarias que nos llevarán hacia el éxito. No puedo tomar esas decisiones por ti. Tú tendrás que hacerlo por tus propios medios. Lo que puedo hacer por ti es mostrarte el camino, pero debes ser tú el que debes decidir recorrerlo.
La adolescencia social
Uno de los problemas de carácter más recurrentes en la sociedad de consumo de hoy es el tener millones de adolescentes que tienen entre treinta y cuarenta años de edad. Es cierto que cronológicamente tienen treinta y cinco, quizás treinta y siete años, pero mentalmente ¡son adolescentes!
La madurez implica paciencia, integridad, honestidad, transparencia en las relaciones, amor comprometido, compasión por los demás y una buena dosis de dominio propio. Si desarrollamos esas tendencias en nuestro carácter no hay lugar en el mundo donde no podamos llegar a la prosperidad integral.
Mi carácter y mis valores en la vida determinarán, entonces el rumbo que habré de seguir cada vez que me enfrente con una nueva alternativa financiera frente a mí. Mi carácter es un boomerang: eventualmente volverá a mí para ayudarme o para golpearme.
Tomás Paine decía: «Carácter: mejor cuidarlo que recobrarlo».
«Carácter es lo que una persona hace cuando se halla desprevenida. Es la mejor indicación del tipo de hombre o mujer que esa persona es», decía C. S. Lewis. «Si hay ratas en el sótano, probablemente te encuentres con ellas si entras en forma repentina. Pero la velocidad con la que han ocurrido las cosas no es lo que ha hecho que las ratas existan, solamente no les ha dado tiempo para esconderse. De la misma manera, la provocación repentina no me hace estar de mal humor; simplemente muestra lo malhumorado que soy».
La mejor forma de saber qué tipo de persona es un determinado individuo, dijo alguna vez Abigail Van Buren, es notar: a) cómo trata a las personas que no pueden resultarle de ningún beneficio y b) cómo trata a las personas a las que no puede contraatacar.
Una de las marcas más importantes de un carácter maduro es la integridad personal. Stephen Carter, profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad de Yale y autor del libro Integrity [Integridad], explica que la integridad requiere de tres pasos concretos:
a. Discernir lo que está bien de lo que está mal (saber qué es lo bueno y lo malo).
b. Actuar de acuerdo a esas convicciones, aún a pesar de tener que pagar un precio en lo personal por hacerlo.
c. Expresar abiertamente frente a otros que uno está actuando de acuerdo a su propio discernimiento del bien y del mal.8
Cuando viajo ofreciendo conferencias, especialmente en aquellas que presento para empresarios y políticos, con regularidad defino «integridad» de la siguiente manera:
Integridad es …
Hacer lo que se tiene que hacer,
Cuando se tiene que hacer,
Como se tiene que hacer,
Sin importar las consecuencias.
Nuevamente, y ahora remarcando lo que creo que es importante:
Hacer lo que se tiene que hacer,
Cuando se tiene que hacer,
Como se tiene que hacer,
Sin importar las consecuencias.
Si queremos disfrutar de la prosperidad integral, entonces, en primer lugar debemos desarrollar un carácter íntegro, sólido. Debemos descubrir las cosas en las que creemos y aprender a vivir de acuerdo a ellas, cueste lo que nos cueste. Ese es el tipo de hombre o mujer que el mundo admira.
Marco Polo, Gandhi, Martín Lutero, Judas Macabeo, Bolívar, Bernardo O’Higgins, José de San Martín, Martin Luther King Jr., la Madre Teresa de Calcuta y tantas otras personas que admiramos (y que me falta el espacio para nombrar), demostraron, justamente, ese tipo de carácter. Ese es el tipo de personas que recordamos a través de los años y a través de las generaciones.
Se dice que Abraham Lincoln dijo una vez: «Tú puedes engañar a todos algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todos todo el tiempo».
Eventualmente la gente a tu alrededor sabrá quién realmente eres. Especialmente la gente que se encuentra más cerca de ti.
Tengo dos historias interesantes que contarte: la primera tiene que ver con uno de los abogados de Al Capone.
Uno de los abogados de Al Capone se llamaba «Easy» Eddie (Eduardo «el Tranquilo»). «Easy» (se pronuncia «Isi») Eddie tenía fama de ser uno de los mejores y más sagaces abogados en todo Estados Unidos. Tal era su capacidad para manejar casos difíciles que el gobierno federal norteamericano había invertido cantidades enormes de dinero para encarcelar a Al Capone sin mucho éxito.
Al Capone, por su parte, premiaba a su inteligente abogado con un sueldo respetable, lujos, poder político y hasta una casa que cubría toda una manzana en la ciudad de Chicago.
«Easy» Eddie estaba casado y un día él y su esposa tuvieron un hijo. Eddie amaba profundamente a su hijo. Como todo padre, trataba de enseñarle la diferencia entre el bien y el mal, y le proporcionaba una buena educación, dinero, vacaciones regulares, la mejor vestimenta de moda, automóviles, etc. Sin embargo, había una cosa que «Easy» no podía darle a su heredero: un buen nombre. Los amigos de su hijo lo confrontaban con la triste realidad de que su padre era el que estaba permitiendo que un gángster como Al Capone continuara robando, matando y corrompiendo a la sociedad.
«Easy» Eddie lo pensó por un tiempo. Bastante seriamente. Un día, decidió que ese no era el ejemplo que le quería dejar a sus hijos (ya maduros) y a sus nietos. Eddie hizo contacto con las autoridades y se entregó a la policía para hacer lo que era correcto, a pesar de las consecuencias. Fue gracias a su testimonio en corte que, finalmente, el gobierno norteamericano colocó a Al Capone tras las rejas.
El abogado «Easy» Eddie fue acribillado a balazos en una oscura calle de Chicago no mucho tiempo después.
La segunda historia tiene que ver con un desconocido piloto de la fuerza aérea norteamericana.
El 20 de febrero de 1942, durante una de las batallas en el Pacífico, el portaaviones Lexington al cual su escuadrón estaba asignado recibió órdenes de atacar posiciones japonesas en Nueva Guinea. Desafortunadamente para los norteamericanos, la nave de guerra fue detectada por los japoneses unos 600 kilómetros antes de llegar a destino. No mucho después, los aviones Wildcats del Lexington entraron en combate con dieciocho bombarderos japoneses.
Los primeros nueve fueron destruidos por los Wildcats, pero cuando la segunda tanda de bombarderos llegaron a las inmediaciones del Lexington, solamente este joven piloto y su acompañante estaban lo suficientemente cerca de la formación japonesa para defender la nave.
Para colmo de males, las ametralladoras del avión del acompañante se trabaron y nuestro joven piloto queda absolutamente solo frente a los nueve bombarderos enemigos. En un acto de heroísmo absoluto, este piloto apuntó su Wildcat hacia los bombarderos enemigos y en medio de una verdadera lluvia de balas atacó de frente a toda la formación.
En su primera pasada, derribó su primer bombardero, y, mientras este caía al agua, ya estaba derribando su segundo. Sin descanso, se volvió al resto del grupo y derribó tres más, y cuando se le acabaron las municiones utilizó su propio avión como arma para tratar de golpear las alas de los japoneses y eliminar a los demás. Su ataque fue tan efectivo, que retrasó el ataque nipón y le dio tiempo al resto del escuadrón americano de llegar y eliminar a los que quedaban.
Ese día este joven piloto norteamericano salvó a su portaaviones y defendió la vida de todos sus camaradas. Por este acto de valentía y renunciación personal, fue ascendido a Teniente Comandante y recibió la más alta condecoración que ofrece el gobierno de los Estados Unidos: La Medalla de Honor del Congreso.
Ese joven piloto se transformó, entonces, en uno de los héroes más conocidos de la segunda guerra mundial. Su nombre es «Butch» O’Hare. Nombre, que para honrar su memoria, lleva hoy en día el aeropuerto de la ciudad de Chicago, uno de los más grandes del mundo.
¿Por qué te conté estas dos historias? ¿Qué tienen ellas en común?
Lo que tienen en común es que «Butch» O’Hare era el hijo de «Easy» Eddie.

No hay un legado más precioso que podamos dejar a nuestros herederos que el ejemplo de un carácter sólido … a pesar de las consecuencias. Piénsalo.



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