viernes, 11 de julio de 2014

Herederos de Dios

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre. Porque el mismo Espíritu da testimonio á nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo; si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”
Romanos 8:14–17

Las personas de las cuales Pablo habla, son las personas más ricas de la tierra. Ellos poseen la única herencia realmente valiosa, una herencia que nunca les dejará desilusionados o insatisfechos. En contraste con las herencias terrenales las cuales se tienen que dejar al morir, esta herencia puede ser guardada para siempre. Además, esta herencia está al alcance de todos. Está disponible a todos aquellos que estén dispuestos a recibirla bajo los términos que Dios establece.
¿Desea tener parte en esta herencia? La forma para recibirla es perteneciendo a la familia de los creyentes verdaderos, ya que esta herencia les pertenece a los miembros de la familia. Si usted todavía no es un hijo de la familia de Dios, quiero persuadirle a que lo sea. Si al presente tiene solamente una esperanza incierta de que es un creyente, le quiero persuadir a asegurarse de su relación con Dios. Recuerde que solamente los verdaderos hijos de Dios tienen parte en esta herencia.
1. La relación que todo verdadero cristiano tiene con Dios
Los creyentes verdaderos son “hijos de Dios”. Ser llamado un siervo o un amigo de Dios, sería un privilegio grande; pero no hay nada más alto que ser llamado un hijo. Normalmente se considera una gran ventaja y un privilegio el ser hijo de una persona importante, pero ¡Es mucho mejor ser un hijo del Rey de reyes y Señor de señores!
¿Cómo pueden personas pecaminosas como nosotros llegar a ser hijos de Dios? Ciertamente no lo somos por naturaleza. Llegamos a ser hijos de Dios solamente cuando el Espíritu nos guía a creer en Cristo para salvación. La Biblia dice: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál. 3:26) Es solamente la fe lo que nos une con Cristo y nos da el derecho de ser “llamados hijos de Dios”.
Quiero enfatizar este punto. Aunque los hijos de Dios son escogidos desde la eternidad y predestinados para ser adoptados como hijos, no es sino hasta que ellos son llamados por Dios en un momento en el tiempo, y ejercen la fe en Cristo, que realmente llegan a ser hijos de Dios. Los ángeles de Dios se regocijan cuando un pecador se arrepiente y cree, pero no se regocijan sino hasta que se arrepiente y cree, porque es sólo hasta entonces que llega a pertenecer a la familia de Dios.
No debemos ser engañados acerca de esto. Sé que hay un sentido en que Dios es el Padre de toda la humanidad. Nos creó a todos, y es en ese sentido en que es nuestro Padre, no importa si somos creyentes o inconversos. “Porque en El vivimos, nos movemos y somos,” y “porque linaje suyo somos.” (Hech. 17:28) Sé también que Dios ama a toda la humanidad con un amor general y de compasión. “Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.” (Sal. 145:9) Pero, al mismo tiempo, niego por completo que Dios sea un Padre que se haya reconciliado y perdonado a nadie, salvo a aquellos que creen en el Señor Jesucristo. La santidad y la justicia de Dios hacen imposible que personas pecaminosas se acerquen a El, excepto a través de un mediador. Nadie debería consolarse pensando que Dios es su Padre, a menos que tenga fe en el Señor Jesús.
Nadie debería pensar que esta enseñanza sea muy cerrada y dura. El evangelio pone una puerta abierta delante de todos. Sus requerimientos son claros y simples. El evangelio dice a todos: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. Nadie es excluido. Pero, ¿Qué podemos decir acerca de la gente soberbia que no quiere someterse a Cristo? ¿Qué decimos de la gente mundana que está decidida a seguir su propio camino y a permanecer en sus pecados? Estos, sin lugar a dudas, no son hijos de Dios. Dios está dispuesto a ser su Padre, pero solamente bajo ciertas condiciones. Ellos deben acudir a El a través de Cristo. Deben arrepentirse y someterse a El. Si los hombres no cumplen con estas condiciones, ¿Cómo pueden llamar a Dios su Padre? Tales personas están exigiendo que Dios sea su Padre bajo sus propios términos. Quieren a Cristo como su salvador bajo sus propias condiciones. ¿Qué cosa pudiera ser más soberbia e irrazonable? Debemos rechazar tales ideas y aferrarnos a las enseñanzas de la Biblia. Nadie puede ser hijo de Dios sino a través de Cristo. Y nadie tiene parte con Cristo, sino es a través de la fe.
Quisiera que no fuera necesario enfatizar tanto este punto. Pero tengo que hacerlo debido a la enseñanza falsa que es tan popular. Esta enseñanza falsa habla sólo de la misericordia y el amor de Dios. Pasa por alto su justicia y santidad. Nunca habla del infierno. Considera casi a todos como salvos. Habla acerca de la fe, pero quita su significado bíblico a esta palabra. Esta enseñanza falsa considera que todos aquellos que dicen creer en algo poseen la fe. Habla del Espíritu Santo, pero considera que casi todos tienen al Espíritu Santo. ¡Todos tienen razón y nadie está equivocado! Nos dice que si uno cree mucho o poco de lo que la Biblia enseña es lo de menos; y que lo único que importa es que “sea sincero”.
Le advierto solemnemente que tenga cuidado de tal enseñanza. Los hechos están en contra de esta enseñanza. Sodoma y Gomorra están sumergidas bajo las aguas del Mar Muerto a causa del juicio de Dios. El lugar donde una vez existió Babilonia está ahora desolado a causa del juicio de Dios. La conciencia humana se opone a tales enseñanzas, porque no pueden traer paz a una conciencia culpable. La enseñanza bíblica acerca del cielo está en contra de tal enseñanza. Imagínese un cielo en donde los santos y los no santos, los puros y los impíos, los buenos y los malos están todos reunidos en un mismo lugar. Imagínese un lugar donde Abraham y los sodomitas, Pedro y Judas Iscariote tuvieran que vivir juntos para siempre. Esta clase de cielo no sería mejor que el infierno. La santidad y la moralidad testifican en contra de tal enseñanza. Si todos son hijos de Dios no importando como viven, y si todos están en el camino al cielo, entonces ¿Qué caso tiene el buscar la santidad? De principio a fin, la Biblia está en contra de tal enseñanza. Esta enseñanza falsa rechaza por completo la autoridad de la Biblia, pero no tiene nada que ofrecer a cambio. Querido lector, le ruego que tenga cuidado de esta enseñanza falsa. Aférrese a la clara enseñanza de la Palabra de Dios. No hay una herencia gloriosa para ninguno que no es hijo de Dios. Y nadie es hijo de Dios sin la fe personal en Jesucristo.
¿Desea saber si usted es hijo de Dios? Entonces, pregúntese a sí mismo si se ha arrepentido y creído en Jesús. ¿Está usted unido en su corazón a Cristo? Si no es así, entonces usted no es un hijo de Dios, usted no ha nacido de nuevo y aún está en sus pecados. Dios es su creador y en este sentido es su Padre, pero no es su Padre celestial que le ha perdonado y está reconciliado con usted.
¿Desea llegar a ser un hijo de Dios? Si se arrepiente de sus pecados y acude a Cristo para salvación, entonces hoy será colocado entre los hijos de Dios. Tome la mano que Cristo le extiende hoy y llegará a ser un hijo de Dios con todos los privilegios que esto involucra. Cuando usted tomó este libro, era un hijo de ira, pero esta noche puede acostarse como un hijo de Dios. Las cosas viejas pasarán y todas serán hechas nuevas. ¿Desea realmente ser un hijo de Dios? ¿Está cansado de sus pecados? ¿Tiene algo más que un deseo flojo de ser librado? Entonces, existe un consuelo real para usted. Crea en el Señor Jesús y usted será salvo y será un hijo de Dios.
¿Ya es usted un hijo de Dios? Entonces regocíjese y alégrese de su privilegio. Usted posee todas las razones para ser agradecido. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios…” (1 Juan 3:1) Que importa si el mundo no le comprende. Que importa si se ríe de usted. Déjelos que se rían. ¡Dios es su Padre y no tiene de que avergonzarse! ¡No hay dignidad más grande que la de ser un hijo de Dios!
2. Las evidencias de esta relación con Dios
¿Cómo puede alguien estar seguro de que es un hijo de Dios? Los versículos que estamos considerando (Rom. 8:14–17) nos dan una respuesta a esta pregunta.
Todos los hijos de Dios son guiados por su Espíritu, “porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios”. (Romanos 8:14) El Espíritu Santo está guiando y enseñando a todos los hijos de Dios. Les guía a apartarse del pecado, del mundo y de la justicia propia. Les conduce a Cristo, a la Biblia, a la oración y a la santidad. Desde el principio hasta el final les está guiando. Es el Espíritu Santo quien les guía al Sinaí y les convence de su culpabilidad ante la ley de Dios, y es el mismo Espíritu Santo quien les guía al calvario y les enseña a Cristo muriendo por sus pecados. Es el Espíritu Santo quien les muestra su incapacidad y también les muestra algo de la gloria venidera.
Todos los hijos de Dios tienen el sentimiento de ser adoptados como hijos por su Padre celestial. “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre.” (Romanos 8:15) Por naturaleza todos son culpables y condenados, y tienen un temor de Dios que es como un tipo de esclavitud. Pero cuando llegan a ser hijos de Dios, esto cambia. En vez de temor, tienen paz con Dios y confianza hacia El como su Padre celestial. Saben que el Señor Jesucristo es su pacificador para con Dios. Saben que pueden acercarse El confiadamente y hablarle como su Padre. El espíritu de esclavitud y temor es cambiado por un espíritu de libertad y amor. Están todavía conscientes de ser pecadores, pero saben que no tienen que temer pues están revestidos con la justicia de Cristo.
Admito que algunos creyentes experimentan estos sentimientos más que otros. Algunos todavía experimentan temporalmente sus viejos temores que les inquietan. Pero, pocos de los hijos de Dios nos podrían decir que sus sentimientos no sean muy distintos de los que antes tenían.
Todos los hijos de Dios tienen el testimonio del Espíritu de Dios en sus conciencias. “Porque el mismo Espíritu da testimonio á nuestro espíritu que somos hijos de Dios.” (Romanos 8:16) Los hijos de Dios tienen algo en su corazón lo cual les dice que hay una relación entre ellos y Dios. Existe mucha variación en el grado en que cada uno posee esto. Con algunos es un testimonio claro y fuerte de que pertenecen a Cristo y Cristo a ellos. Con otros es como un suspiro débil y parpadeante, el cual el diablo y la carne a menudo no les permiten oír. Algunos de los hijos de Dios disfrutan de mucha certidumbre, mientras que para otros les resulta difícil creer que tienen la fe verdadera. Pero ningún creyente verdadero, ni aún aquellos que son acosados con dudas y temores acerca de ello, estarían de acuerdo en renunciar a esta esperanza, ni cambiarla por la vida fácil de un hombre descuidado y mundano.
Todos los hijos de Dios participan de los sufrimientos de Cristo. “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo; si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 8:17) Todos los hijos de Dios experimentan pruebas y tribulaciones por causa de Cristo. Experimentan pruebas provenientes del mundo, de la carne y del diablo. Frecuentemente ellos son malentendidos y maltratados por amigos y parientes. Tienen que sufrir las calumnias y las burlas. Pueden sufrir por colocar a Cristo por encima de sus intereses terrenales. También conocen las pruebas que surgen de sus propios corazones pecaminosos. Hay muchos y distintos grados de sufrimiento, algunos sufren más que otros. Algunos sufren en una forma y otros en otra. Pero no creo que ningún hijo de Dios haya llegado jamás al cielo, sin haber sufrido del todo.
El sufrimiento es una parte de la experiencia de toda la familia de Dios. “Porque el Señor al que ama castiga… Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos.” (Hebreos 12:6–8) El sufrimiento es una parte del proceso divino de hacernos santos. Sus hijos son disciplinados para apartarlos del mundo y para hacerles participantes de la santidad. Esta es una de las marcas que identifica a los discípulos verdaderos. Cristo mismo fue crucificado y sus discípulos también tienen que llevar la cruz.
Le advierto entonces del peligro de creer que usted es un hijo de Dios si no tiene las marcas espirituales de un hijo. No es suficiente que usted haya sido bautizado y sea miembro de una Iglesia cristiana. Las marcas que identifican a los hijos son destacadas en Romanos 8; y usted no tiene motivo para suponer que es hijo de Dios a menos que posea estas evidencias.
3. Los privilegios de esta relación
Los cristianos verdaderos son “herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Estas palabras hablan de un futuro glorioso para todos los hijos de Dios. Si significa mucho ser el heredero de una persona rica en la tierra, cuánto más significará ser un hijo y heredero del Rey de reyes. Los creyentes son “coherederos con Cristo”. Participarán de su majestad y gloria cuando sean glorificados juntamente con El. Y esto no es solo para unos pocos creyentes, sino que es para todos los hijos de Dios.
Conocemos solo un poco de la herencia que aguarda al pueblo de Dios. La Biblia no nos dice mucho sobre esto, porque nuestras mentes no podrían captarlo todo. Pero nos dice lo suficiente para traernos mucho consuelo y para estimularnos a pensar mucho acerca de estas cosas.
¿Nos es deseable el conocimiento? ¿Nos es precioso el poco conocimiento que tenemos de Dios en Cristo? ¿Anhelamos conocer más? En la gloria, tendremos este conocimiento. “Mas entonces conoceré como soy conocido.” (1 Corintios 13:12)
¿Nos es deseable la santidad? ¿Anhelamos una conformidad completa a la imagen de Cristo? En la gloria la tendremos. Cristo se dio a sí mismo por la Iglesia, no solo para santificarla aquí en la tierra, sino también “para presentársela gloriosa para sí, una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha”. (Efesios 5:27)
¿Nos es deseable el reposo? ¿Anhelamos un mundo donde no nos será necesario velar y luchar? En la gloria lo tendremos. “Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.” (Heb. 4:9) Nuestro conflicto cotidiano y de cada momento con el mundo, la carne y con el diablo habrá terminado para siempre.
¿Nos es deseable el servicio a Dios? ¿Nos deleitamos en la obra de Cristo, aunque seamos obstaculizados por un cuerpo débil? ¿Encontramos a menudo que el espíritu está presto, pero la carne es débil? En la gloria, estaremos capacitados para servir perfectamente sin ningún cansancio. Están delante de Dios y “le sirven día y noche en su templo”. (Apo. 7:15)
¿Deseamos la satisfacción de nuestros anhelos más profundos? ¿Encontramos vano y vacío el mundo? ¿Anhelamos que cada vacío en nuestro corazón sea llenado por Dios? En la gloria tendremos todo esto perfectamente. “Estaré satisfecho cuando despierte a tú semejanza.” (Salmos 17:15)
¿Nos es deseable la comunión con el pueblo de Dios? ¿Sentimos que nunca somos tan felices como cuando estamos con el pueblo de Dios? En la gloria estaremos con ellos para siempre. “Enviará el Hijo del hombre sus ángeles, y cogerán de su reino todos los escándalos, y los que hacen iniquidad.” (Mateo 13:41) “Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro.” (Mateo 24:31) ¡Alabado sea Dios! Estaremos con los santos de los cuales leemos en la Biblia, y cuyo ejemplo hemos tratado de seguir. Estaremos con los hombres y las mujeres de los cuales este mundo no fue digno. Estaremos con aquellos que han conocido y amado a Cristo en la tierra, y estaremos con ellos para siempre.
¿Nos es deseable la comunión con Cristo? ¿Es su nombre precioso para nosotros? ¿Se llenan de fervor nuestros corazones al pensar de su amor que le llevó a morir por nosotros? En la gloria tenemos la comunión perfecta con Cristo. “Y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tes. 4:17) Le veremos en su reino. Donde El está, allí estarán sus hijos con El. Cuando El se siente en su trono de gloria, ellos se sentarán a su lado. ¡Cuán gloriosa es esta expectativa! Soy un hombre que se está muriendo en un mundo que muere. El mundo venidero en gran parte me es desconocido, pero Cristo está allí y esto basta. Si hay descanso y paz en seguir a Cristo en la tierra, cuanto más habrá cuando le veamos cara a cara.
¿Todavía no pertenece usted a los hijos y los herederos de Dios? Entonces, me compadezco de usted con todo mi corazón. Usted está perdiendo mucho y su vida a fin de cuentas no tiene ningún propósito. ¿No escuchará la voz de Cristo y no aprenderá de El ahora?
Si usted está entre los hijos y los herederos de Dios, entonces ¡Cuán grandes motivos tiene para regocijarse y alegrarse! No se preocupe demasiado por sus circunstancias en esta vida. Su tesoro está en el cielo. Gloríese en su herencia.
Conclusión
1. En conclusión, le pregunto a cada lector ¿De quién es hijo? ¿Es un hijo natural o es un hijo de la gracia? ¿Es un hijo del diablo o es un hijo de Dios? Le ruego que conteste sin retraso esta pregunta. ¡Qué necio es permanecer en la incertidumbre respecto a este asunto tan importante! El tiempo es corto. Usted está yendo rápidamente hacia la muerte y el juicio. No descanse hasta que pueda decir con seguridad, “¡Yo sé que soy hijo de Dios!”.

2. Si usted es un hijo de Dios, le ruego que viva con la dignidad de la familia a que pertenece. Hónrele en su vida, obedeciendo sus mandamientos y amando a sus hijos. Viva como uno que ya no pertenece a este mundo, sino como un peregrino que va camino a la gloria. Deje que otros vean cuán bueno y feliz es ser un hijo de Dios. Mantenga sus ojos fijos en el Señor Jesús, recordando que sin El no puede hacer nada, pero con El, puede hacer todas las cosas. (Vea Jn. 15:5 y Fil. 4:13) Vele y ore. Pronto vendrá el tiempo cuando escuchará las palabras: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34)


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