domingo, 20 de julio de 2014

Un Compañero Eterno

…y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.
Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. 
Mateo 28.20
Comenzamos nuestra serie de reflexiones sobre la Gran Comisión meditando en el hecho de que la tarea de hacer discípulos tiene sus raíces en la autoridad absoluta que Cristo ha recibido en los cielos y la tierra. Esta autoridad es la que permite que avancemos con osadía y confianza en el ministerio de hacer discípulos, seguros en la convicción de que, en Cristo, «somos más que vencedores» (Ro 8.37).

Esta convicción, sin embargo, no nos va a librar de las dificultades y los contratiempos que son propios del ministerio. Jesús experimentó estas dificultades a diario. Le tuvo que hacer frente al cansancio, al acoso de las multitudes, a la incomprensión y a los cuestionamientos. Además, tuvo que convivir con los permanentes desafíos que le presentaban sus propios discípulos. En ocasiones lo cuestionaban; en otras, demostraban falta de madurez o visión espiritual. En más de una oportunidad lo decepcionaron con sus actitudes egoístas.

Jesús había advertido a sus discípulos que ellos vivirían una experiencia muy similar a la de él. Les dijo que serían bienaventurados cuando por su causa «os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo» (Mt 5.11). También les señaló que «el discípulo no es más que su maestro ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!» (Mt 10.24–25). Explicó, en términos muy gráficos, que el discipulado consistía en tomar una cruz para seguirle (Mt 10.38), una clara alusión a que habría persecución y sufrimiento para aquellos que se identificaran con su persona.

Por todo esto y mucho más, los discípulos sabían que les esperaba un camino repleto de dificultades. Se les había asegurado, no obstante, que la victoria final ya les había sido otorgada por medio del Mesías resucitado. Saber que se les había concedido una clara victoria crearía en ellos un férreo espíritu de perseverancia. Ahora, Cristo añadía a esto otro elemento: su compañía en todo momento y lugar. Cuando los persiguieran, él estaría con ellos; cuando se sintieran solos, él estaría con ellos; cuando fueran cuestionados, él estaría con ellos; cuando tuvieran que dar cuenta de su fe, él estaría con ellos; cuando le hicieran frente a la pobreza y la enfermedad, él estaría con ellos. Es decir, nunca estarían luchando solos en la empresa que les estaba dejando. Él sería un compañero constante en cada paso de su andar.

Para los que estamos involucrados en el servicio a su pueblo, esta verdad no tiene precio. No tenemos por qué cargar con las dificultades, los contratiempos y las adversidades de ministrar solos, aunque muchos pastores lo hacen. Tenemos a quien acudir siempre, alguien a quien podemos confiar nuestras luchas más intensas. Él está atento a nuestro clamor. Desea intervenir para alivianar nuestra carga. ¿Cómo no aprovechar, entonces, tamaña ventaja a nuestro favor?
Para pensar:

«¡Cristo está solamente a una oración de distancia de nosotros!» Anónimo.



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