sábado, 2 de agosto de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:5)

DIOS
Inmutabilidad
Dios, inmutable

Se arrepiente, y cambia sus planes

Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Nm. 23:19).
Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta (1 S. 15:29).
Yo Jehová he hablado; vendrá, y yo lo haré. No me volveré atrás, ni tendré compasión, ni me arrepentiré (Ez. 24:14).
Porque yo Jehová no cambio (Mal. 3:6).
El Padre de las luces, en el cual no hay fases ni períodos de sombra (Stg. 1:17).

Yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.… Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.… Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho.… Mi presencia irá contigo, y te haré descansar (Éx. 33:3, 15, 17, 14).
Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella (Nm. 14:30).
Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco. He aquí vienen días en que cortaré tu brazo y el brazo de la casa de tu padre, de modo que no haya anciano en tu casa (1 S. 2:30, 31).
Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo (Jon. 3:10).
En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová.… Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años (2 Reyes 20:1, 4, 5, 6).
Tú me dejaste, dice Jehová: te volviste atrás; por tanto, yo extenderé sobre ti mi mano y te destruiré; estoy cansado de arrepentirme (Jer. 15:6).
Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras (1 S. 15:10, 11).

Con respecto a su esencia, atributos y carácter moral, así como su inflexible determinación de castigar el pecado y de recompensar la virtud, en Dios «no hay fases ni períodos de sombra».
Con respecto a sus declaraciones, algunas de ellas son absolutas e incondicionales; pero la mayor parte de ellas, incluyendo promesas y amenazas, dependen de condiciones expresas bien implícitas. El siguiente pasaje es una declaración muy explícita de un gran principio de la administración divina, esto es, del plan o norma de conducta de Dios en sus tratos con los hombres: «De pronto puedo hablar contra un pueblo, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si este pueblo contra el cual hablé se vuelve de su maldad, yo me arrepiento del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablo de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hace lo malo delante de mis ojos, no escuchando mi voz, me arrepiento del bien que había determinado hacerle» (Jer. 18:7–10). Aquí queda claramente expuesta la condición subyacente, que, si no expresada, es implicada, en las promesas y amenazas de Dios. Siempre que Dios, como consecuencia de un cambio de carácter en ciertas personas, no ejecuta las amenazas o cumple las promesas que les había hecho, la explicación del porqué es evidente. En tales casos, el cambio es en el hombre, y no en Dios. Por ejemplo, Dios ha prometido bendiciones a los justos y amenazado castigo sobre los malvados. Supongamos que un justo cambie y se convierta en malvado. Ya no es más, en su carácter, el hombre al que Dios había prometido bendición. Ocupa una posición diferente delante de Dios. La promesa había sido hecha a un carácter totalmente diferente.
Por otra parte, un malvado se arrepiente y se vuelve bueno. No es ya el individuo al que Dios había amenazado. Ocupa otra posición delante de su Hacedor. Ha salido de la esfera del desagrado divino para entrar en la de la aceptación divina. Pero, en todo ello, no hay cambio en Dios. Su actitud hacia el pecado y los pecadores, por una parte, y hacia la bondad y los buenos, por otra, es la misma ayer, y hoy, y por los siglos. Es precisamente porque Dios es inmutable que sus relaciones con los hombres y sus tratos con ellos varían con los cambios en el carácter y conducta de ellos. En una palabra: él cambia porque es inmutable.
Se podrá permitir una ilustración familiar. Supongamos que tenemos una roca colocada en el centro de un círculo de una milla de diámetro. Un hombre comienza a andar alrededor del círculo. Al comenzar se encuentra justo al norte de la roca, que por consiguiente está justo al sur de él. Después de haber caminado un tiempo, pasa a estar justo al este de la roca, mientras que ella está ahora justo al oeste de él. Pero la roca no se mueve, y sin embargo su dirección en relación con el hombre cambia a cada paso que éste hace. De una manera en cierto punto análoga, la actitud y los sentimientos de Dios para con los hombres cambian al cambiar ellos. Esto es, en palabras de Whately: «Un cambio efectuado en uno de dos objetos que tienen una cierta relación entre ellos puede tener el mismo resultado práctico que si el cambio hubiera tenido efecto en el otro».
Wollaston: «La relación existente entre Dios, considerado como un ser inmutable, y uno que sea humilde, que suplique de él, y que llegue a ser objeto de su misericordia, no puede ser la misma que la existente entre el mismo inmutable Dios y uno que sea obstinado, que no suplique a él, ni venga a ser objeto de misericordia … Por una alteración en nosotros puede quedar alterada la relación con respecto a Él y nosotros.» Resumiendo, si el hombre cambia, la misma inmutabilidad del carácter de Dios exige que sus sentimientos cambien hacia la persona cambiada.
Murphy: «Yendo a la raíz de la cuestión, cada acto de la voluntad divina, del poder creativo, o de interferencia con el orden de la naturaleza, parece incongruente con la inflexibilidad de propósito. Pero, en primer lugar, el hombre tiene una mente finita, y una esfera de observación limitada, y por ello es incapaz de concebir o expresar pensamientos o acciones exactamente como en Dios, sino sólo como están en él. En segundo lugar, Dios es espíritu, y por ello mismo tiene los atributos de personalidad, libertad y santidad; y el pasaje que tenemos ante nosotros tiene el propósito de establecer estas características en toda la realidad de su actividad, y por ello de distinguir la libertad de la mente eterna del fatalismo de la materia inerte. Por ello, en tercer lugar, estas declaraciones representan verdaderos procesos del Espíritu divino, análogos al menos a los del espíritu humano».
Aquellos pasajes que se refieren a Dios «arrepintiéndose» son figurativos. Son «el lenguaje del acontecimiento», las acciones divinas interpretadas en palabras. Vemos un artista ejecutando una representación pictórica. Habiéndola acabado, la contempla, y, sin mediar palabra, toma su brocha y la borra. Decimos en el acto: «se ha arrepentido de haberla hecho». Es así como interpretamos su acción. Asumimos que estos eran sus sentimientos. Así, Dios ejecutó unos actos externos con referencia al mundo antediluviano y otros grupos de personas que, si hubieran sido llevados a cabo por un hombre, nosotros diríamos: «se arrepintió de lo que había dicho o hecho con anterioridad». Esta es la interpretación que daríamos naturalmente a su conducta. El lenguaje está evidentemente acomodado a nuestras ideas de las cosas.
Doctor Davidson: «Cuando se atribuye arrepentimiento a Dios, se implica un cambio en su modo de tratar con los hombres del tipo que indicaría un cambio de propósito de parte de ellos».
Andrew Fuller: «Dios, a fin de dirigirse a nosotros de una manera que su mensaje nos haga mella, se presenta frecuentemente como una criatura, o nos habla a la manera de los hombres. Puede bien dudarse que el desagrado de Dios en contra de la maldad de los hombres hubiera podido ser expresado plenamente en términos literales, o con nada semejante al efecto producido por el lenguaje metafórico».
Profesor Mansel: «La figuración que las Escrituras nos dan de Dios puede ser demostrada análoga a la que las leyes de nuestra mente nos demandan que hagamos; y por ello es natural suponer que han emanado del mismo Autor».
La amenaza de Dios de no acompañar a los israelitas era indudablemente condicional. Como dice Scott: «Estas declaraciones expresan más bien lo que Dios podría en justicia hacer, lo que sería propio en él hacer, y lo que haría, excepto por una consideración que intervenía, que su propósito irreversible; y siempre implican una excepción reservada en caso de que la parte ofensora se arrepintiera de corazón».
En cuanto a la cita de 1 S. 2, por la casa del padre de Elí tenemos evidentemente que entender la casa de Aarón, de la que Elí descendía a través de Itamar. Fue Aarón, el padre tribal de Elí, el que recibió la promesa de que su casa caminaría siempre en el servicio sacerdotal. Esta promesa, evidentemente condicional, fue en este pasaje retirada con respecto a cierta rama de la familia de Aarón, y debido a la pecaminosidad de aquella rama. Por lo que respectaba a Elí y sus hijos, el Señor cortaría ahora el brazo de la casa de Aarón. Mediante la expresión «Nunca yo tal haga», Dios no revoca, dice Keil, su promesa previa, sino que simplemente denuncia una falsa confianza como totalmente irreconciliable con su santidad. Aquella promesa se cumpliría sólo en tanto que los sacerdotes mismos honraran al Señor en su cargo.
El pacto hecho con Fineés (Nm. 25:11–13) no quedó abrogado por la transferencia temporal del cargo del sumo sacerdote desde la línea de Eleazar a la de Itamar, porque, como Keil nos recuerda, este pacto contemplaba un «sacerdocio perpetuo», y no específicamente el sumo sacerdocio; y mientras tanto los descendientes de Fineés retuvieron el sacerdocio ordinario.
Cuando Abiatar, el último sacerdote de la línea de Itamar—de la que Elí había sido el primero—fue depuesto por Salomón (1 R 2:27) el oficio del sumo sacerdocio fue restaurado a la línea de Fineés y de Eleazar (1 Cr. 24:3–6).
En el caso de Ezequías, la declaración divina era evidentemente condicional. Sin embargo, como lo sugiere acertadamente Vitringa: «la condición no fue expresada, porque Dios quería que surgiera de él como un acto voluntario».
Dios satisfecho con sus obras

Insatisfecho con ellas

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera (Gn. 1:31).

Y se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón (Gn. 6:6).

Este caso ya ha sido explicado en páginas precedentes.
Destruirá

No destruirá

Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo (Gn. 6:7).

Ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho (Gn. 8:21).

Una de estas declaraciones fue hecha antes, y la otra después del Diluvio. Y ambas fueron estrictamente cumplidas.
Aborrecerá

No aborrecerá

Mi alma os abominará (Lv. 26:30).

No los desecharé, ni los abominaré (Lv. 26:44).

En un versículo entre estos dos, el cuarenta, se da explícitamente la condición para ambas actitudes. Si confesaran su iniquidad, la «abominación» que el Señor sintiera hacia ellos se tornaría en misericordia hacia ellos. Todo el contexto de estos pasajes contempla distintas posibilidades de conducta de los israelitas, y las consiguientes actitudes y acciones de Dios, por vía de advertencia.
Permiso concedido

Permiso denegado

Y vino Dios a Balaam de noche, y le dijo: Si vinieron para llamarte estos hombres, levántate y vete con ellos, pero harás lo que yo te diga (Nm. 22:20).

Así Balaam se levantó de mañana, y enalbardó su asna y fue con los príncipes de Moab. Y la ira de Dios se encendió porque él iba (Nm. 22:21, 22).

El permiso dado a Balaam era condicional: «Si vinieren para llamarte estos hombres», etc. Balaam, en su ansioso deseo de ir, amando «el pago de la iniquidad», no parece haber esperado que los hombres lo llamaran; en lugar de ello ofreció ir con ellos. Hengstengberg observa que Balaam «inmediatamente hizo uso del permiso de Dios de ir con los moabitas, lo cual podía hacer sólo con el secreto propósito de evitar la condición que le había sido impuesta con aquel permiso: «pero harás lo que yo te diga».» Sigue diciendo: «por cuanto la ira de Dios fue dirigida contra Balaam yendo con una intención definida, no se involucra ninguna contradicción en que después se permitiera que fuera».
Keil cree que la ira de Dios no se encendió hasta casi el final del viaje de Balaam, y ello entonces por los sentimientos que el profeta estaba abrigando. «Un anhelo por riquezas y honor» le hicieron salir, y «cuanto más se aproximaba a su destino, bajo la dirección de los distinguidos embajadores de Moab, tanto más se ocupaba su mente en los honores y riquezas en perspectiva; y ello tomó posesión de su corazón de tal manera, que estaba en peligro de arrojar a los vientos la condición que le había sido impuesta por Dios». Por ello, se inflamó la ira de Dios.
Aben Ezra y Bechayai dice que el Señor había manifestado ya su voluntad a Balaam de que no fuera a Balac, pero como imaginando que Dios era cambiante, volvió a inquirir si podría ir, cuando el Señor, que no bloquea los caminos de los hombres, se lo permitió: «Si sabiendo mi voluntad», vendría a decir: «sigues queriendo ir, ve entonces». Por ello, el hecho de que fuera desagradó al Señor.

Henry: «Así como Dios en ocasiones en su amor no concede las peticiones de su pueblo, así en ocasiones en su ira concede los deseos de los impíos».


No hay comentarios: