domingo, 3 de agosto de 2014

Discrepancias doctrinales - Atributos (parte 1:6)

DIOS
Santidad
Dios, el autor del mal

No es el autor del mal

Formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto (Is. 45:7).
Así dice Jehová: He aquí que yo tramo el mal contra vosotros, y trazo contra vosotros maquinación (Jer. 18:11).
¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lm. 3:38).
Por eso yo les di también estatutos que no eran buenos, y ordenanzas por las cuales no podrían vivir (Ez. 20:25).
¿Caerá sobre una ciudad el infortunio, sin que Jehová lo haya causado? (Am. 3:6).

Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto (Dt. 32:4).
Porque tú eres un Dios que no se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti (Sal. 5:4).
Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de desgracia (Jer. 29:11).
Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz (1 Co. 14:33).

El «mal» mencionado en los textos segundo y tercero, lo mismo que la «adversidad» del primero y el «infortunio» del quinto, se refieren al mal natural, no al mal moral, o pecado. Henderson dice: «aflicción, adversidad» Calvino: «aflicciones, guerras y otras circunstancias adversas».
Cuando Pompeya queda sepultada bajo un volcán, Jerusalén destruida en la guerra, Londres despoblado por una peste, Lisboa derribada por un terremoto y Chicago devastada por el fuego, es Dios quien envía estos «males» o calamidades.
En el Sal. 5:4, el «mal» o «malo», como lo muestra el paralelismo, es la maldad o iniquidad; en Jer. 29:11 se refiere a su desagrado punitivo.
En cuanto a Ez. 20:25, los «estatutos» que no eran buenos son considerados de manera varia.
Calvino, Vitringa y Hävernick dicen que se trata de las costumbres y prácticas del paganismo, sus ritos idolátricos y corruptores, a los que Dios entregó a los judíos como castigo por su actitud de impiedad y apartamiento de Él.
Fairbairn: «Las inmundas costumbres y prácticas del paganismo». Wordsworth: «Estas malvadas prácticas reciben el nombre de “estatutos” y «ordenanzas» en el vers. 18, a semejanza de los «estatutos de Omri» en Mi. 6:16». Umbreit y Kurtz dicen: «las leyes litúrgicas que Jehová prescribió, pero que el pueblo abusó con propósitos paganos».
Sabemos que el abuso de las bendiciones puede resultar en la mayor de las maldiciones. ¿No podría ser el significado de ello que, aunque los estatutos fueran buenos en su disposición y adaptación originales, resultaran «no buenos» en su resultado, debido a la desobediencia de aquellos a los que fueron dados? ¿No son las palabras de Pablo: «Y hallé que el mismo mandamiento que era para la vida, a mí me resultó para muerte» (Ro. 7:10), una explicación del texto bajo consideración?
Wines da el significado como leyes que no son las mejores en un sentido absoluto, sino sólo relativo. Este punto de vista acerca del sentido del texto queda confirmado por las palabras de nuestro Salvador. Él nos dice que toleró el divorcio entre los judíos debido a la dureza del corazón de ellos. Si los judíos en la época de Moisés hubieran sido menos duros de corazón, varios de sus estatutos hubieran sido diferentes. Estos estatutos tenían el propósito de afrontar unas exigencias específicas, pero no el de tener una aplicación universal.
Solón, al preguntársele si había promulgado las mejores leyes para el pueblo de Atenas, respondió: «Les he dado lo mejor que son capaces de soportar».
Montesquieu observa: «Cuando la sabiduría divina dijo a los judíos: «os di estatutos que no eran buenos», esto significa que tenían sólo una bondad relativa; y esto es lo que elimina todas las dificultades que se puedan encontrar en las leyes de Moisés».
Sea cual fuere la interpretación que se adopte de las presentadas, ninguno de los anteriores textos, ni ningún otro que se pueda aducir, cuando son apropiadamente entendidos, dan apoyo a la repugnante proposición de que Dios sea el autor del pecado.
Dios, celoso

Libre de celos

Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso (Éx. 20:5).
Se encenderá la ira de Jehová y su celo sobre tal hombre (Dt. 29:20).
Le enojaron con sus lugares altos, y le provocaron a celo con sus imágenes de talla (Sal. 78:58).

Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia. Bueno es Jehová para con todos, y la ternura de su amor sobre todas sus obras (Sal. 145:8, 9).
Porque los celos son el furor del hombre, y no perdonará en el día de la venganza (Pr. 6:34, RV).

Por eso, así dice el Señor Jehová: He hablado por cierto en el fuego de mi celo contra las demás naciones (Ez. 36:5).

Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia? (Pr. 27:4).

Jehová es Dios celoso y vengador (Nah. 1:2).

Duro como el sepulcro (es) el celo: sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama (Cant. 8:6, RV).

Las palabras «celoso» y «celo» o «celos» se emplean en sentidos bueno y malo. Aplicadas a Dios, denotan que es intensamente solícito por su propio carácter y honor, que no tolera rivalidad de ningún tipo. Un Monarca infinitamente sabio y santo no puede ser indiferente a la lealtad de sus súbditos, que por otra parte, al perderle a Él pierden el sumo bien. Y Dios no puede permitir que nada se oponga a Él o intente usurpar su lugar preeminente en el corazón de sus criaturas: porque ello se opone a la realidad absoluta de que Él es el Creador y Sustentador de todo, y también a la voluntad que Él tiene para con nosotros.
Keil considera los términos como implicando que Dios «no transferirá a otro el honor que le es debido a él mismo, ni tolerará la adoración de ningún otro dios» y Bush como denotando «una singular sensibilidad frente a todo aquello que amenace a entrometerse contra el honor, reverencia y estima que él sabe se le debe. El término aparecerá todavía más significativo si se tiene en mente que en las Escrituras la idolatría es frecuentemente descrita como adulterio espiritual, y así como «los celos son el furor del hombre», del mismo modo nada puede expresar más adecuadamente la indignación en contra de este pecado que el término en cuestión». Según Newman, la fraseología trae a la vista «el gran principio esencial a toda aceptación por parte de Jehová su Dios; el de eliminar la adoración de todos los otros dioses. Esto es constantemente expresado con la frase de que «Jehová es un Dios celoso» y de ahí surgió la perpetua metáfora del profeta en la que la relación de Dios con su pueblo es comparada con un matrimonio, con la hija de Israel como su desposada o esposa, y él un marido celoso. Así, también cada falso dios es un amante, y la adoración a ellos es adulterio o fornicación».
Por ello, incluso en la valoración del autor acabado de citar, un escéptico, estas expresiones no constituyen un ataque contra la santidad de Dios.
Dios tienta a los hombres

No los tienta

Y aconteción después de estas cosas, que tentó Dios a Abraham (Gn. 22:1, RV).
Volvió a enojarse Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá (2 S. 24:1).
Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal (Mt. 6:13).

Que nadie diga cuando es tentado: Estoy siendo tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por nadie, ni él tienta a nadie (Stg. 1:13).

La palabra hebrea nissäh, tentar, en el primer texto, significa: «poner a alguien o algo a prueba, probar». Se emplea con referencia a David, probando la armadura de Saúl (1 S. 17:39), y a la reina de Sebá, poniendo a prueba la sabiduría de Salomón (1 R. 10:1). Así, no se trata de tentar, sino que el sentido es, como en la antigua versión de Ginebra, y las modernas revisiones de Reina-Valera y otras: «Dios puso a prueba a Abraham».
Bush: «Dios puede con toda congruencia, en toda su perfección, por su providencia, llevar a sus criaturas a circunstancias de probación especial, no con el propósito de conseguir información para sí mismo, sino a fin de manifestar ante sí mismos y ante otros las actitudes dominantes de sus corazones». Dios puso a prueba a Abraham ante los ángeles y los hombres, a fin de que su fe y obediencia pudieran quedar de manifiesto como ejemplo para todas las generaciones venideras.
En cuanto al segundo texto, es suficiente decir que Dios ordenó o permitió que tales influencias afectaran la mente de David que lo condujeran a un error específico que llevara necesariamente a una necesaria disciplina. Pero el fin último era el bien de David y de su pueblo.
Se debería añadir que, según Lord Arthur Hervey, el pasaje debería leer: «Porque uno movió a David contra ellos». Esta traducción parece cambiar totalmente el aspecto del pasaje, y hacer que el censo fuera la causa, más bien que el resultado, del desagrado divino.
Keil: «La instigación consiste en el hecho de que Dios impele a los pecadores a manifestar la maldad de sus corazones mediante actos, o da la oportunidad y la ocasión para el desarrollo y la manifestación práctica de los malos deseos del corazón, a fin de que el pecador pueda ser llevado al conocimiento de sus caminos más malvados y también al arrepentimiento, mediante el acto pecaminoso y sus consecuencias; o, si el corazón debiera quedar aún más endurecido debido a la mala acción, a fin de quedar más maduro para el juicio de muerte. La instigación de un pecador hacia el mal es simplemente uno de los modos en que Dios, como norma general, castiga los pecados mediante pecadores; porque Dios sólo instiga a malas acciones a aquellos que han atraído sobre sus propias cabezas la ira de Dios como consecuencia de sus propios pecados.»
«Y no nos metas en tentación», significa: «No permitas que seamos tentados al pecado» o bien: «tentación» aquí significa prueba, aflicción. «No nos aflijas o pongas a prueba». Éste es, básicamente, el punto de vista de Barnes. Dios «tienta», pone a prueba a los hombres, pero siempre por razones sabias, y siempre con un buen motivo; nunca pone incitaciones delante de los hombres meramente con el fin de llevarlos al pecado. Su objeto último es siempre bueno.
Dios hace acepción de personas

No hace acepción de personas

Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda. Pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya (Gn. 4:4, 5).

Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses … que no hace acepción de personas, ni admite soborno (Dt. 10:17).

Miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios (Éx. 2:25).
Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto delante de vosotros (Lv. 26:9).
Mas Jehová tuvo misericordia de ellos, y compadecióse de ellos, y mirólos, por amor de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob (2 R. 13:23, RV).
Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas el altivo lo trata a distancia (Sal. 138:6).

Con Jehová nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho (2 Cr. 19:7).
Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34).
Porque ante Dios no hay acepción de personas (Ro. 2:11).
Dios no hace acepción de personas (Gá. 2:6).
El Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y … para él no hay acepción de personas (Ef. 6:9).
(El Padre) sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno (1 P. 1:17).

La primera serie de textos implica una «acepción» justa y benevolente, basada en una apropiada discriminación en cuanto carácter; la segunda serie denota una «acepción» que es parcial, surgiendo de consideraciones egoístas e indignas.
La expresión hebrea näsa pänim, en Dt. 10:17 y 2 Cr. 19:7, tiene que ser tomada, según Gesenius, «en un mal sentido, ser parcial, como un juez injustamente parcial, o corrompido por cohecho». Fuerst da, entre otras definiciones: «Ponerse del lado de alguien con parcialidad».
En los dos textos anteriores, el contexto pone en evidencia que ésta es ciertamente la interpretación correcta. El término griego correspondiente, prosopolepsia, expresando de un modo concreto la misma idea, y ocurriendo con alguna modificación en todas las citas del Nuevo Testamento con una sola excepción, comunica un significado desfavorable, implicando, de una manera uniforme, parcialidad.
Por ello, no hay contradicción entre las dos series de textos, por cuanto se refieren a unos tipos sumamente diferentes de «acepción» o consideración.
Dios, un ser airado

No airado

Dios está airado contra el impío todos los días (Sal. 7:11).
Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete por un breve momento, en tanto que pasa la indignación (Is. 26:20).
La ira de Jehová no se ha apartado de nosotros (Jer. 4:8).

¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares (Éx. 34:6, 7).
Tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia (Neh. 9:17).
Muchas son tus misericordias, oh Jehová (Sal. 119:156).
No hay enojo en mí (Is. 27:4).

La «ira» adscrita a Dios en las Escrituras es, como dice Rashi: «el desagrado y disgusto» que Él experimenta ante la conducta humana pecaminosa. Que alguien reflexione seriamente acerca de cuáles deben ser los sentimientos de un Ser infinitamente sabio y santo con respecto al pecado, y difícilmente dejará de apreciar el sentido del término «la ira de Dios». El profesor Tayler Lewis hace las siguientes observaciones: «Apártate en absoluto de la idea del indiferentismo, y ya no tenemos otro límite que la infinitud. O bien Dios no se interesa en absoluto en lo que nosotros llamamos bien y mal, o, tal como son más altos los cielos sobre la tierra, tanto más excede en intensidad su amor hacia el bien y su aborrecimiento contra el mal a cualquier afecto humano correspondiente». Este ser que ama el bien con una intensidad infinita tiene que aborrecer el mal con la misma intensidad. En lugar de haber incompatibilidad alguna entre este amor y este odio, son complementarios: polos opuestos de la misma emoción moral.
«Una religión sobre cuyo portal está escrita, en letras de fuego, la oración «soy santo», puede, sin temor alguno, presentar a Dios como airado, celoso, doliéndose, arrepintiéndose. Bajo tales circunstancias, cualquier escrupulosidad es indicación de una mala conciencia».
Dios, susceptible de ser tentado

No puede ser tentado

No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Massá (Dt. 6:16).
(Que) tentaron a Dios y escaparon (Mal. 3:15).
No tentarás al Señor tu Dios (Mt. 4:7).
Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, imponiendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo? (Hch. 15:10).

Dios no puede ser tentado por el mal (Stg. 1:13).

En la Biblia se dice que los hombres «tientan» a Dios cuando desconfían de su fidelidad; cuando desafían su desagrado; cuando, retándolo a obrar milagros en favor de ellos, se exponen presuntuosamente al peligro; también lo tientan «poniendo obstáculos en el camino de su curso evidentemente determinado».
La cita de Santiago, tal como está en nuestra versión, simplemente declara que no hay nada en Dios que responda a las solicitaciones y zalamerías del mal; no siente atracción de ningún tipo a ello. No es seducido a ello en lo más mínimo. Es totalmente ajeno a toda su naturaleza.

Alford, DeWette, y Huther, sin embargo, lo traducen, sustancialmente: «Dios no está versado en lo malo». Con cualquiera de estas traducciones no hay discrepancia.


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