viernes, 8 de agosto de 2014

Estrategia Misionera - Primer paso: ORAR

Rogad—exhortación que indica la urgencia del caso—. La fuerza de la urgencia es tanto mayor, cuando es omnisciente quien la manifiesta. Delante de su vista se extiende la mies, tan vasta como el mundo; pocos son los obreros y se pierde la cosecha por falta de segadores. (E. Lund)
Cuando otras tareas amenazaron con usurpar su tiempo, los apóstoles rehusaron verse embrollados con las mismas diciendo: «Nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra». Ellos pusieron la oración antes que la predicación. (Alejandro R. Hay)
Lo más importante debe ocupar el primer lugar. Cara a cara con las apremiantes necesidades de una multitud, y sintiendo compasión por ella, pues veía las almas «como ovejas desamparadas y dispersas que no tienen pastor»—es decir, a punto de ser devoradas por las fieras—¿qué fue lo primero que Jesús ordenó hacer?
Orar, o mejor dicho, rogar
Leemos con cuidado las palabras pronunciadas por Jesús en Mateo 9:37–38: «A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies», y observamos cuatro cosas importantes:
Quién dice estas palabras: Jesús, el Jefe supremo y la Sabiduría encarnada; el único que no se puede equivocar.
A quiénes lo dice: a sus discípulos, quienes estaban en un proceso de formación que culminaría con la aceptación voluntaria de las normas del discipulado enunciadas en Lucas 9:23 (negarse a sí mismo, tomar la cruz cada día, y seguirlo).
Qué les manda hacer: rogar, lo cual es más intensivo que pedir u orar. Es pedir con insistencia y perseverancia hasta lograr lo que se reclama.
Para qué: para que Dios envíe más obreros a recoger la cosecha.
Este es uno de los casi ciento cincuenta mandamientos que algunos comentaristas bíblicos nos dicen que se encuentran en los evangelios y en las epístolas. En el aposento alto Jesús dijo que el verdadero amor o lealtad a Él se pondría de manifiesto por obedecer y guardar sus mandamientos (Juan 14:15, 21). Y en el párrafo final del evangelio de Mateo—que forma parte de la Gran Comisión—, Él estableció que parte del ministerio de hacer discípulos sería enseñándoles «que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:20). Entre esa numerosa lista de mandatos del Nuevo Testamento y entre «todas las cosas» que Jesús dijo que sus seguidores, debemos enseñar y guardar está este mandato: «Rogad […] que envíe obreros a su mies».
Para resaltar la importancia de esta orden podríamos usar una comparación y decir que si admitimos que la evangelización del mundo es en sí misma una guerra espiritual, en ninguna guerra algún soldado, cabo u oficial, puede desobedecer una orden de un superior sin sufrir dolorosas consecuencias. Orar por obreros, para un discípulo, debería ser algo serio y muy importante. Es una orden del Jefe supremo.
El enemigo apuntará a impedir la oración
Este primer paso es fundamental porque la oración es uno de los elementos más potentes con los cuales Dios ha dotado a su iglesia y al creyente individual para realizar la tarea. Satanás conoce esta verdad mejor que nosotros y siempre ataca este punto clave. ¿Cómo lo hace? Una de sus tácticas favoritas consiste en tratar de desestabilizar al hijo de Dios. Por esta expresión queremos dar a entender lo que ocurre cuando—aunque sea transitoriamente—dejamos de depender de Cristo, quien es nuestro Centro y nos separamos de la Vid, a la cual debemos permanecer unidos. En tal caso damos lugar a que el «Yo egoísta», que está siempre al acecho, ocupe—aunque sea por un corto tiempo—, el lugar de mando y control. Cuando el creyente permite que Cristo sea desplazado de su lugar central, rápidamente los objetivos que están unidos al Señor—la oración, la salvación de las almas, el testimonio, la evangelización del mundo, etcétera—también se debilitan. Entonces la oración, en vez de ser usada para conquistar, avanzar, extender el Reino, se torna egocéntrica, y muy pronto las peticiones que hacemos se refieren sólo a nuestras propias necesidades.
Esto se puede comprobar asistiendo de incógnito a la reunión de oración de muchas iglesias y escuchando los pedidos que se hacen y cuál es la característica que predomina. Se confirmará el hecho de que gran parte de las peticiones giran alrededor de «mi persona»: mi trabajo, mi enfermedad, mi familia, mi hijo, mi suegra, etcétera. Y se cumple lo que dice Santiago 4:2–3: «Pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (o intereses personales). Las oraciones por la extensión del Reino—por el envío de obreros, es decir, por los intereses del Señor—si se producen, ocupan el último lugar. Con no poca razón alguien denominó a la obra misionera como la «cenicienta» de la casa de Dios.
Jesús es nuestro ejemplo
El Señor nunca pidió a sus seguidores que hicieran lo que Él mismo no practicaba. «En aquellos días fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando fue de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6:12–13). Jesús oró y pidió por obreros. En su oración de Juan 17, se refiere varias veces a «los que me diste» y sin duda los recibió en respuesta a la oración.
Lucas 10 nos dice que más adelante designó y envió otros setenta obreros a toda ciudad y lugar adonde Él iría. ¿Habrán participado los primeros doce discípulos en reuniones de oración para lograr los setenta obreros que fueron enviados más tarde? No se nos dice específicamente, pero es posible que lo hayan hecho. Lo cierto es que la oración es algo así como un engranaje esencial en la maquinaria de la acción y providencia de Dios. No siempre nos es dado saber cómo ni cuándo obra, pero sabemos que funciona, y que es indispensable. Cuando los discípulos se levantaban por la mañana, y Jesús no estaba con ellos, sabían donde encontrarlo: «en un lugar desierto, y allí oraba» (Marcos 1:35).
Avance por medio de la oración
La manera como Hudson Taylor y sus colaboradores lograron acrecentar el número de misioneros en la Misión al Interior de la China (1875–1905) es muy desafiante e inspiradora. En el libro El secreto espiritual de Hudson Taylor se nos relata cómo Dios contestó las oraciones de sus siervos que pedían obreros.
Citaremos algunos párrafos de esta obra:
Un día, Hudson Taylor estaba de pie ante el gran mapa de la China y les dijo a unos amigos que le acompañaban: «¿Tienen ustedes fe para pedir conmigo a Dios que nos envíe dieciocho jóvenes para que vayan de dos en dos a las nueve provincias que aún quedan sin evangelizar?»
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Dios contestó plenamente la oración y los pioneros de la Misión iban predicando a Cristo a través de toda la expansión de esas provincias remotas.
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Después de años de oración y de esfuerzo perseverante […] el interior de la China se abría delante de ellos como una oportunidad sin paralelo. En todos los centros necesitaban refuerzos de personal […]. No avanzar significaba una retracción […] hubiera sido como desperdiciar las oportunidades que Dios les ponía delante […] ¿Cuál fue el resultado de aquellos días de esperar confiadamente en el Señor?
Fue un paso de fe tan asombroso que hizo tambalear la comprensión y la simpatía de los amigos que los apoyaban desde Inglaterra. Elaboraron un llamamiento a las iglesias, firmado por casi todos los miembros de la Misión, pidiendo setenta obreros nuevos que fueran enviados dentro de los próximos tres años. Dios obró maravillosamente y envió los setenta misioneros solicitados durante los tres años siguientes, pero la fe tuvo que pasar muchas veces por el crisol de la prueba.
Más adelante en el concilio chino de la Misión celebrado en Anking, dedicaron una semana entera a la oración y al ayuno para que con corazones preparados pudiesen enfrentar los importantes asuntos que debían tratar. De la conferencia surgió la idea de que para poder hacer cualquier avance, se necesitaban urgentemente cien nuevos obreros. Con sumo cuidado se estudió el asunto hasta que Stevenson, en ese entonces director de la Misión, envió un cable a Londres que decía: «Oramos por cien obreros nuevos para 1887». En esos tiempos la Misión tenía sólo ciento noventa miembros y pedirle a Dios un aumento de más del cincuenta por ciento dentro de los próximos doce meses parecía algo imposible.
La oración tenía un triple propósito: a) que Dios levantara cien obreros escogidos por Él mismo; b) que Él supliera los cincuenta mil dólares que harían falta por encima de los ingresos normales sin que fuera necesario hacer solicitudes y colectas; c) que el dinero entrara en grandes sumas para reducir el exceso de correspondencia, consideración muy práctica en una oficina donde había poco personal.
¿Que ocurrió en 1887? Seiscientos hombres y mujeres, efectivamente, se ofrecieron a la Misión ese año, de los cuales fueron escogidos y equipados y enviados ciento dos. No fueron cincuenta, sino cincuenta y cinco mil dólares más los que se recibieron sin hacerse ninguna solicitud, de manera que todas las necesidades fueron suplidas. ¿Cuántas cartas fueron enviadas para acusar recibo de esa gran suma? Hubo un total de once donaciones. Dios contestó la oración una vez más, y con lujo de detalles.

¿Es nuestro Dios el mismo Dios de Elías y de Hudson Taylor? Si lo es, entonces el primer paso de la estrategia es: ¡Rogad! ¡Rogad por obreros! Debemos pedir por más obreros, por su sostenimiento, por poblaciones, por grupos étnicos no alcanzados, etcétera. Pablo pedía que se orara por puertas abiertas (Colosenses 4:3) y se debe interceder específicamente por cada cosa que sea necesaria para llevar a cabo la voluntad de Dios. ¡No cometamos el pecado y la equivocación de dejar a un lado sin usar esta extraordinaria y poderosa arma que es la oración!




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